Integridad y Sabiduria
Límites, ¿está Dios a favor de ellos?
Límites, ¿está Dios a favor de ellos?

Foto de Andrea Piacquadio en Pexels

Vida cristiana

Límites, ¿está Dios a favor de ellos?

Sandra J. Viau Majluta 18 octubre, 2019

¿Debe un cristiano poner límites? ¿Está Dios de acuerdo con ellos? ¿Hacerlo me convierte en una persona egoísta? Estas son algunas de las preguntas que muchos creyentes se plantean al abordar este tema. Sin embargo, la respuesta no se encuentra en la cultura ni en la psicología popular, sino en la Palabra de Dios misma.

La palabra límite proviene del latín limes, que significa frontera o borde. Los límites señalan el fin o el término de algo: una línea que distingue, separa y protege, cuya función es precisamente que no sea rebasada. Como ilustración práctica, pensemos en una propiedad cercada: la valla no solo indica que tiene dueño, sino que establece un orden que evita conflictos. De modo similar, los límites que establecemos en nuestra vida nos permiten vivir con paz y seguridad. ¿Te imaginas el caos que sería el mundo si los países no estuvieran demarcados por fronteras? ¿Si no existieran leyes de tránsito que determinen una velocidad máxima para conducir? Todo sería un completo desastre.

Los límites en la creación: Dios como autor del orden

Lo primero que debemos entender es que los límites no son una invención humana: son un diseño de Dios. El propio Señor le pregunta a Job: «¿Hasta aquí llegarás, pero no más allá; aquí se detendrá el orgullo de tus olas?» (Job 38:11). Esta pregunta retórica revela que Dios mismo ha fijado los bordes del mar, del tiempo y del espacio.

Y no es el único ejemplo. En el jardín del Edén, Dios fue explícito con Adán: «De todo árbol del huerto podrás comer, pero del árbol del conocimiento del bien y del mal no comerás, porque el día que de él comas, ciertamente morirás» (Gn. 2:16-17). En la creación, asignó un lugar específico al cielo, a la tierra y al mar: «Cuando al mar puso sus límites para que las aguas no transgredieran su mandato, cuando señaló los cimientos de la tierra» (Pr. 8:29). Incluso en la división de los pueblos quedó su mano ordenadora: «Cuando el Altísimo dio a las naciones su herencia… fijó los límites de los pueblos» (Dt. 32:8).

El Dios que gobierna el cosmos con orden y precisión es el mismo que nos llama a vivir con ese mismo orden en nuestra vida personal. No hay nada arbitrario en sus límites: cada uno tiene un propósito redentor y protector.

Tres errores comunes sobre los límites

A pesar de que la Escritura es clara, entre los cristianos existen perspectivas distorsionadas sobre este tema que vale la pena examinar.

El primero es creer que poner límites equivale a ser egoísta o a contradecir el llamado de imitar a Cristo. Sin embargo, Pablo nos exhorta en Efesios 5:1 a ser «imitadores de Dios como hijos amados», y precisamente el Dios que imitamos es aquel que ha llenado su creación de límites sabios y buenos. Aprender a establecer límites sanos y adecuados no nos aleja de ese llamado, sino que nos permite ser dignos representantes de Dios en un mundo caído que vive en oscuridad y desorden.

El segundo error es pensar que Dios puso los límites para mantenernos subyugados y negarnos una vida plena. La realidad es exactamente la opuesta: vivir dentro de los preceptos de su Palabra nos da acceso a la verdadera libertad. El Señor le dijo a Israel por medio de Moisés: «He puesto ante ti la vida y la muerte, la bendición y la maldición. Escoge, pues, la vida para que vivas, tú y tu descendencia» (Dt. 30:19). Dios nos da la libertad de elegir, pero no sin antes advertirnos que hay límites que dividen el bien del mal. Elegir el bien dentro de esos límites es elegir la bendición.

El tercer error —quizás el más silencioso— es la dificultad para establecer límites en la práctica. Hay personas para quienes la palabra no resulta imposible de pronunciar. Negarse a algo, aun cuando hacerlo las perjudica, les genera culpa o temor a perder la aprobación de quienes les rodean. Viven sobrecargadas de compromisos que no les correspondían asumir, lo que tarde o temprano las lleva al agotamiento, al resentimiento o al pecado. La Escritura lo describe con claridad: «Como ciudad invadida y sin murallas es el hombre que no domina su espíritu» (Pr. 25:28). Y Pablo lo refuerza en Gálatas: «¿Busco ahora el favor de los hombres o el de Dios? Si yo todavía estuviera tratando de agradar a los hombres, no sería siervo de Cristo» (Gá. 1:10).

Como ciudad invadida y sin murallas es el hombre que no domina su espíritu. (Pr. 25:28)

Principios fundamentales para vivir con límites sanos

Establecer límites bíblicos no es un proyecto de autoayuda: es una práctica de obediencia. A continuación, algunos principios que orientan esta tarea:

El dominio propio es indispensable. Si queremos vivir respetando los límites que hemos establecido, necesitamos la disciplina de no transgredirlos. Por eso la oración y la dependencia del Espíritu Santo no son opcionales en este proceso.

Los límites no son solo para nuestro bien, sino también para el del prójimo. Un criterio fundamental al establecerlos es recordar que el amor al prójimo siempre está en juego. «Todo cuanto queráis que os hagan los hombres, así también haced vosotros con ellos» (Mt. 7:12).

Los límites nos protegen del pecado. Cuando son removidos o ignorados, el pecado encuentra la puerta abierta. Los límites nos brindan seguridad, estructura y bienestar —no solo físico, sino espiritual, emocional y moral.

La obediencia a Dios requiere conocer su Palabra. Todo cristiano que desee honrar el nombre de Dios y ser su testigo en la tierra solo podrá lograrlo si conoce, estudia y aplica su Palabra. Ella debe ser el fundamento sólido de sus convicciones y la guía certera que le ayude a establecer límites adecuados.

Los límites no son el enemigo de la libertad cristiana: son su condición. Dios, quien ordenó el cosmos con fronteras precisas, nos invita a vivir con esa misma sabiduría en cada área de nuestra vida.

Sandra J. Viau Majluta

Sandra J. Viau Majluta

Sandra J. Viau Majluta es sierva escogida desde la eternidad y salva por gracia desde su infancia. Consejera y psicóloga familiar, dedicada a ser instrumento de Dios para restaurar mujeres heridas. Miembro de la IBI por más de veinte años. Madre de dos jóvenes.

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