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Límites en el noviazgo
Límites en el noviazgo

Foto de Alex Green en Pexels

Sexualidad y género

Límites en el noviazgo

Miguel Núñez 8 septiembre, 2011

Las relaciones sexuales antes del matrimonio son conocidas en la Palabra de Dios como fornicación, uno de los pecados más severamente condenados en las Escrituras. El apóstol Pablo es contundente al respecto: «Pero que la inmoralidad sexual, y toda impureza o avaricia, ni siquiera se mencionen entre ustedes, como corresponde a los santos» (Ef. 5:3). Más adelante añade: «Porque con certeza saben esto: que ningún inmoral, impuro o avaro —que es idólatra— tiene herencia en el reino de Cristo y de Dios» (Ef. 5:5). Estas palabras no dejan margen para la ambigüedad: Dios llama a su pueblo a una pureza sexual que refleje su propio carácter santo.

La cultura contemporánea ha normalizado las relaciones prematrimoniales hasta el punto de considerarlas parte inevitable del noviazgo. Sin embargo, el criterio del creyente no debe estar determinado por las costumbres de una época, sino por los principios eternos de la Palabra de Dios.

La fornicación: un pecado contra el propio cuerpo y contra Dios

Las Escrituras son extraordinariamente específicas al hablar de este pecado. En 1 Corintios 6:18–20, Pablo escribe: «Huyan de la inmoralidad sexual. Todos los demás pecados que comete una persona son ajenos al cuerpo; pero el que comete inmoralidades sexuales peca contra su propio cuerpo. ¿O no saben que su cuerpo es templo del Espíritu Santo que está en ustedes, el cual tienen de Dios, y que no se pertenecen a sí mismos? Porque han sido comprados por un precio. Por tanto, glorifiquen a Dios en su cuerpo». La fornicación no es simplemente una falta moral entre muchas otras: es un acto que profana el templo del Espíritu Santo y contradice el propósito redentor de Dios para el cuerpo humano.

Pablo refuerza esta enseñanza en 1 Tesalonicenses 4:3–8: «Porque esta es la voluntad de Dios: su santificación; es decir, que se abstengan de inmoralidad sexual; que cada uno de ustedes sepa cómo poseer su propio vaso en santificación y honor, no en pasión de concupiscencia, como los gentiles que no conocen a Dios». Y concluye con una advertencia solemne: «Por consiguiente, el que rechaza esto no rechaza a hombre, sino a Dios que les da su Espíritu Santo» (1 Ts. 4:8). Rechazar la norma de pureza sexual no es simplemente ignorar un mandato humano; es rechazar al Dios que la establece.

El Antiguo Testamento revela con igual seriedad cuánto le importa a Dios la pureza sexual de su pueblo. En Deuteronomio 22:13–21, la ley mosaica estipulaba que la mujer que no era hallada virgen al momento del matrimonio debía ser apedreada. Si bien el creyente no vive bajo el régimen de la ley mosaica, este pasaje pone de manifiesto el peso que Dios le asigna a la pureza sexual y la gravedad con que trata su violación.

El matrimonio como unión consagrada y exclusiva

Para comprender por qué la fornicación es pecado, es necesario entender el diseño original de Dios para la sexualidad. Desde la creación, Dios unió a un hombre con una mujer —Adán y Eva— en matrimonio. La palabra hebrea para matrimonio, kiddushin, significa «consagrar» o «dedicar para uso exclusivo». En el matrimonio, Dios separa al hombre para uso exclusivo de esa mujer, y a la mujer para uso exclusivo de ese hombre. Las relaciones prematrimoniales, por tanto, no pueden garantizar esa exclusividad: la mayoría de los noviazgos no llegan al altar, y quienes los inician pueden terminar casándose con otras personas sin haber preservado su virginidad para quien Dios tenía destinado.

Aquello que Dios no permite es pecado, y Dios nunca ha permitido las relaciones prematrimoniales. Esta no es una restricción arbitraria, sino la expresión de un diseño sabio y amoroso. Pedro lo resume con claridad: «Como hijos obedientes, no se conformen a los deseos que antes tenían en su ignorancia, sino que así como aquel que los llamó es santo, así también sean ustedes santos en toda su manera de vivir; porque escrito está: "Sean santos, porque Yo soy santo"» (1 P. 1:14–16).

Lo que define nuestros criterios y nuestros límites no es lo que la cultura de un momento dado determine que es correcto o incorrecto, sino los principios que la Palabra de Dios establece.

Los límites prácticos que la Palabra de Dios demanda en el noviazgo

Además de evitar la relación sexual en sí misma, toda práctica que conduzca o incite a la consumación sexual también está fuera de los límites que Dios permite antes del matrimonio. Esto incluye el manoseo de los genitales, los masajes de partes íntimas y el sexo oral, prácticas que constituyen relaciones sexuales independientemente de cómo las clasifique la cultura popular.

¿Hasta dónde pueden llegar los novios, entonces? No existe una fórmula matemática, pero sí hay principios claros. Los besos profundos y el contacto con zonas corporales altamente sensibles deben quedar fuera de los límites del noviazgo, pues su propósito es despertar el deseo sexual. Tomarse de la mano, un abrazo fraternal sin contacto indebido y un beso superficial representan límites que, aunque puedan parecer anticuados a los ojos del siglo XXI, son coherentes con el llamado bíblico a huir de las pasiones juveniles y seguir la justicia (2 Ti. 2:22).

El creyente que desea honrar a Dios en su noviazgo no pregunta «¿hasta dónde puedo llegar?», sino «¿cómo puedo glorificar a Dios en mi cuerpo?». Esa pregunta, respondida con fidelidad a las Escrituras, es la que da forma a una vida sexual que honra al Señor, protege a la pareja y construye sobre fundamentos que duran más que cualquier pasión momentánea.

Miguel Núñez

Miguel Núñez

Miguel Núñez es pastor Titular de la Iglesia Bautista Internacional y presidente y fundador de Ministerio Integridad & Sabiduría. Su visión es impactar esta generación con la revelación de Dios en el mundo hispanohablante.

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