Integridad y Sabiduria
Un llamado a correr
Un llamado a correr

Foto de Ozan Yavuz en Pexels

Vida cristiana

Un llamado a correr

Charbela Salcedo 25 febrero, 2020

Hay textos bíblicos que no nos dejan indiferentes. Hebreos 12:1-3 es uno de ellos. En él, el autor convoca a sus lectores a correr con perseverancia la carrera que tienen por delante, a poner los ojos en Jesús y a no desmayar. Pero para entender bien la profundidad de ese llamado, es necesario saber a quiénes se les dirigía originalmente y por qué su situación no es tan distinta a la nuestra.

Este es el segundo artículo de nuestra serie A correr y ¡correr bien!, y en él queremos abundar precisamente sobre ese llamado: quiénes lo reciben, qué implica y por qué vale la pena correr, aun cuando la carrera duela.

Los destinatarios de la carta: dos grupos, una misma invitación

La Epístola a los Hebreos le habla, como su nombre indica, a judíos. Pero la pregunta más importante no es su nacionalidad, sino su relación con el evangelio. Los estudiosos identifican en los destinatarios de esta carta dos grupos bien diferenciados.

El primero estaba compuesto por judíos que ya habían aceptado a Jesús como Mesías, pero que, bajo la presión de familiares, amigos y líderes religiosos, habían comenzado a retroceder en su caminar cristiano y contemplaban la posibilidad de volver a sus patrones judíos anteriores. A ellos, los primeros capítulos de la carta les recuerdan que en Cristo tenemos un mejor pacto, un mejor sacrificio, un mejor sacerdocio y un mejor profeta que Moisés. El nuevo pacto es suficiente. Por eso, el autor los exhorta con plena confianza: «Acerquémonos con confianza al trono de la gracia para que recibamos misericordia, y hallemos gracia para la ayuda oportuna» (Heb. 4:16).

El segundo grupo lo conformaban judíos que estaban intelectualmente convencidos de que el evangelio era verdad —que Jesús era el Mesías y Salvador— pero que nunca habían dado el paso de recibirlo personalmente. El temor a comprometerse, a pagar el costo visible en quienes sí lo habían hecho, los mantenía en la periferia. A la luz de Hebreos 10:38 —«el justo por la fe vivirá»— y del gran capítulo 11, que despliega el testimonio de hombres y mujeres que vivieron por fe, es probable que el propósito principal del autor fuera decirles a estos últimos: vengan a correr. Y a los creyentes que ya corrían, recordarles: corran bien.

Nuestra realidad hoy no es tan distinta. Quizás alguien que lee este artículo ha escuchado el evangelio, entiende que es verdad, sabe que Jesús es Dios y que pagó por nuestros pecados, pero el temor lo paraliza: miedo a perder amigos, a perder la aprobación familiar, a hacer cambios que cree que le restarán gozo —lo cual no es cierto—, o incluso miedo a las implicaciones financieras de vivir con integridad. Ese temor lo ha mantenido al margen, sin dar el paso de comenzar a vivir la vida de la fe.

O quizás la situación es la opuesta: ya hubo un compromiso con Cristo, pero la carrera se ha vuelto muy pesada. La presión del entorno es agotadora y, en algún momento, la idea de volver a la vida de antes parece más llevadera que seguir adelante.

Para ambos grupos, Dios habla con claridad a través de esta porción de su Palabra: ¡Ven y corre, y corre bien!

La carrera que duele —y la victoria que espera

Pero ¿qué es exactamente lo que se corre? La respuesta es sencilla: la carrera de la fe. Sin embargo, la palabra original que el texto griego usa para «carrera» merece toda nuestra atención. El término es agón, de donde proviene en español la palabra agonía.

Eso es lo que esta porción de las Escrituras nos invita a correr: una agonía. Y es posible que eso no suene atractivo ni convincente. Pero no se trata de algo que no haya advertido el propio Jesús.

Él mismo dijo: «Si el mundo los odia, recuerden que a Mí me odió primero» (Juan 15:18). Y más adelante añadió: «Ya que a Mí me persiguieron, también a ustedes los perseguirán» (Juan 15:20). En el capítulo siguiente, las palabras son aún más directas: «Los van a expulsar de las sinagogas… los van a matar» (Juan 16:2). Y sin embargo, casi al cierre de ese mismo discurso, Jesús coloca las expectativas en el lugar correcto: «Aquí en el mundo tendrán muchas pruebas y tristezas; pero anímense, porque Yo he vencido al mundo» (Juan 16:33).

Jesús nos está poniendo las expectativas de esta vida en el lugar correcto. Van a tener aflicción, esta carrera es agónica, pero Yo he vencido al mundo.

Jesús no nos ofrece una vida sin dolor. Nos ofrece algo infinitamente mejor: su victoria. La carrera de la fe es agónica, sí. Habrá presión, pérdidas y tristeza. Pero al final de esa carrera no espera el vacío, sino Aquel que ya venció.

Vale la pena correr —y correr bien

El llamado de Hebreos 12 no es una invitación ingenua. Es un llamado honesto, respaldado por la nube de testigos que nos precede y, sobre todo, por la persona y la obra de Jesucristo. A quienes aún no han comenzado a correr, la Palabra los convoca a dar el primer paso. A quienes ya corren pero están agotados, los exhorta a no abandonar la carrera.

En ambos casos, la promesa es la misma: no correrás solo, y el que venció al mundo corre contigo.

Charbela Salcedo

Charbela Salcedo

Chárbela Salcedo es miembro de la Iglesia Bautista Internacional en Santo Domingo, donde forma parte del ministerio de mujeres Ezer. Está casada con el pastor Héctor Salcedo y juntos tienen dos hijos, Elías y Daniel. Sirve junto a su esposo en el ministerio de jóvenes adultos solteros MAQUI. Posee una maestría en Formación Espiritual y Discipulado del Moody Theological Seminary de Chicago.

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