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¿Cómo luce un avivamiento?
¿Cómo luce un avivamiento?

Foto de Alejandra Montenegro en Pexels

Iglesia y ministerio

¿Cómo luce un avivamiento?

Miguel Núñez 14 marzo, 2016

La historia de la iglesia registra momentos extraordinarios en los que Dios irrumpe de manera soberana en medio de su pueblo. Estos períodos no son simplemente temporadas de entusiasmo religioso o crecimiento numérico: son visitaciones divinas con características bien definidas que los distinguen de cualquier otro fenómeno eclesiástico. Entender qué es —y qué no es— un avivamiento resulta urgente para la iglesia latinoamericana de hoy.

El libro de los Jueces nos ofrece un patrón revelador: el pueblo hebreo se desviaba pecando contra Dios, era oprimido por naciones enemigas, clamaba al Señor, y Él respondía con renovación y liberación. Este ciclo se repitió aproximadamente siete veces en un período de unos 350 años. Lo notable es que, con frecuencia, los grandes avivamientos de la historia han llegado precisamente cuando el pueblo de Dios se encontraba en sus peores condiciones espirituales. La gracia divina no espera que el hombre mejore; desciende cuando el hombre reconoce su necesidad.

El primer avivamiento neotestamentario: Pentecostés como modelo

El día de Pentecostés marca el primer gran avivamiento de la iglesia. Tras un único sermón de Pedro, tres mil personas fueron convertidas al cristianismo (Hch. 2:41). Se trata de un evento difícilmente comparable en toda la historia de la iglesia. Pero más significativo que el número es lo que lo produjo y lo que le siguió: una comunidad que «se dedicaban continuamente a las enseñanzas de los apóstoles, a la comunión, al partimiento del pan y a la oración» (Hch. 2:42), y sobre la cual «sobrevino temor a toda persona» (Hch. 2:43).

Ese temor reverente hacia Dios es una de las señales más elocuentes del avivamiento genuino, como se confirma también en Hechos 5:11: «Y vino un gran temor sobre toda la iglesia, y sobre todos los que supieron estas cosas». El sermón de Pedro, por su parte, no fue un mensaje diseñado para agradar al oyente: fue cristocéntrico, cruzcéntrico, y confrontó directamente la pecaminosidad del hombre a la luz de la santidad de Dios. Esta es una verdad que no puede eludirse: no es posible ver la propia pecaminosidad con claridad hasta no haber contemplado la santidad de Dios tal como ella es.

Hoy en día se usa la palabra «avivamiento» con demasiada facilidad para describir cualquier reunión numerosa o temporada de efervescencia religiosa. Sin embargo, cuando falta la centralidad de la Palabra, el mensaje cristocéntrico, la confrontación del pecado y el temor reverente hacia la santidad de Dios, no estamos ante un avivamiento en el sentido histórico y bíblico del término. Llamar avivamiento a algo que carece de estas características no es consistente con las visitaciones especiales de Dios en los últimos dos mil años.

La Reforma y los Grandes Avivamientos: Dios mueve todo a su alrededor

Cuando Martín Lutero clavó sus 95 tesis en la catedral de Wittenberg en 1517, encendió un movimiento que llegó a transformar ciudades y naciones enteras. El reformador John Knox describió la Ginebra de Juan Calvino como «la escuela de Cristo más perfecta desde el tiempo de los apóstoles». Escocia llegó a adoptar una confesión de fe evangélica de manera oficial. El avivamiento europeo cruzó el océano Atlántico, y para la década de 1730 irrumpió en las colonias norteamericanas lo que se conoce como el primer Gran Avivamiento.

Su figura central fue Jonathan Edwards —catalogado por la Enciclopedia Británica como el académico más grande en la historia de los Estados Unidos—, quien predicó su célebre sermón «Pecadores en manos de un Dios airado» el 8 de julio de 1741 en Enfield, Connecticut. Se cuenta que aquel día la congregación cayó al suelo llorando de arrepentimiento, profundamente convencida de su pecado. Junto a Edwards, George Whitefield —predicador anglicano inglés usado por Dios en múltiples denominaciones— viajó catorce veces a Escocia y siete a Estados Unidos. En 1740, predicó 175 sermones en tan solo 42 días, y se dice que convocaba audiencias de veinte mil personas sin amplificación alguna.

En todos estos casos se repite el mismo patrón: antes del avivamiento, la iglesia vivía en apatía. Y en todos, la predicación fue osada, confrontadora y exaltadora de la santidad de Dios. Como bien puede concluirse: cuando Dios se mueve, todo a nuestro alrededor se mueve.

Nosotros no podemos ver toda nuestra pecaminosidad hasta no haber visto la santidad de Dios por lo que verdaderamente es.

Lo que aún necesita la iglesia latinoamericana

Los avivamientos genuinos presentan marcas reconocibles: centralidad de la Palabra, mensajes cristocéntricos y cruzcéntricos, confrontación del pecado, un despertar hacia la santidad de Dios, conversiones numerosas, transformación de vidas y comunidades, e instrumentos humanos soberanos usados por el Señor.

Frente a este cuadro, cabe preguntarse con honestidad: ¿se encuentra la iglesia latinoamericana actual en condiciones de avivamiento? Puede que existan señales tempranas y alentadoras en ciertos círculos. Sin embargo, para que se produzca algo comparable a lo que la historia de la iglesia nos ha mostrado, todavía se necesita un despertar de la predicación expositiva de la Palabra que enfatice la cruz, el arrepentimiento y la santidad de Dios. Se necesita también una vida de oración más profunda y extendida, y un nuevo mover en la adoración: composiciones menos sentimentales y más doctrinales. Las canciones no producen avivamiento, pero sí son fruto de un Dios que ha comenzado a manifestarse con mayor claridad y poder. Que oremos, pues, para que Dios tenga misericordia de su pueblo en Latinoamérica, y para que la predicación expositiva de la Palabra recupere la centralidad que tuvo en los grandes momentos de la historia de la iglesia.

Miguel Núñez

Miguel Núñez

Miguel Núñez es pastor Titular de la Iglesia Bautista Internacional y presidente y fundador de Ministerio Integridad & Sabiduría. Su visión es impactar esta generación con la revelación de Dios en el mundo hispanohablante.

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