IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
«Puedes hacer todos los planes que quieras, pero el propósito del Señor prevalecerá» (Prov. 19:21). Esta frase, breve y contundente, resume una de las luchas más profundas de la vida cristiana: la tensión entre nuestra voluntad y la de Dios. No es una lucha abstracta ni teológica en el papel; es la que se libra en el corazón cada vez que la realidad no coincide con lo que esperábamos.
La historia de Jonás lo ilustra con una honestidad que incomoda. Jonás tenía claro su propósito —anunciar las buenas nuevas de parte de Dios—, pero decidió que su criterio era superior al divino. Ante la orden directa de ir a Nínive, emprendió la huida en dirección opuesta. Es una imagen que, con toda su ironía, resulta profundamente familiar. Cuántas veces hacemos exactamente lo mismo: nos dejamos seducir por la «seguridad» que nos ofrece nuestro propio juicio y nos alejamos del consejo de Aquel cuyo plan es infinitamente más beneficioso.
Sandra lo cuenta con una transparencia que vale mucho: en los primeros años de su matrimonio, ella y su esposo atravesaron una etapa de limitaciones económicas. Los días de oración ferviente por la provisión de Dios convivían con una resistencia interior difícil de admitir. Dios proveyó, sí —pero a través de padres y amigos cercanos—, y eso le resultaba difícil de aceptar. La vergüenza y la amargura se instalaron en su corazón. Para salir de esa incomodidad por sus propios medios, aumentó sus horas de trabajo, lo que terminó afectando su rendimiento en casa, su matrimonio y su maternidad.
Es el patrón clásico: cuando queremos resolver las cosas a nuestra manera, el remedio suele agravar la situación. Un corazón insatisfecho no solo sufre en silencio; infecta todo lo que toca.
Fue entonces cuando Dios le recordó un pasaje de Deuteronomio que educó su orgulloso corazón. Moisés le habla al pueblo antes de entrar a la tierra prometida y le pide que recuerde el desierto: «Recuerda cómo el Señor tu Dios te guió por el desierto durante cuarenta años, donde te humilló y te puso a prueba para revelar tu carácter y averiguar si en verdad obedecerías Sus mandatos» (Deut. 8:2). No fue descuido ni abandono. Fue un taller. La ropa no se gastó, los pies no se ampollaron, el maná llegó cada mañana. Dios no estaba ausente; estaba obrando con precisión quirúrgica en lo que más necesitaba ser formado: el carácter.
La diferencia entre hacer las cosas a nuestra manera y hacerlas a la manera de Dios no es solo una cuestión de resultados prácticos; es una diferencia de naturaleza. Cuando actuamos guiados por nuestro propio corazón, operamos desde un centro cambiante, orgulloso y limitado. Solo vemos el desierto, no su trayecto ni su duración. La perspectiva humana, por más sincera que sea, está encerrada en el presente. El resultado inevitable es la ansiedad, la desobediencia y una amargura que termina afectando a quienes nos rodean.
Cuando confiamos en el plan de Dios, la ecuación cambia por completo. Él es inmutable: Su plan no fluctúa con el estado de ánimo ni con las circunstancias. Es omnipotente: no puede fallar. Es omnisciente: conoce el antes, el durante y el después de nuestro desierto, así como la razón y el destino de nuestra travesía. Y es misericordioso: Su plan siempre busca el mayor bien, tanto para nosotros como para los que nos rodean. El desierto no es el destino; es el camino hacia una tierra de abundancia.
Qué bueno que mi destino no descansa en mí, en mi estado de ánimo, en mi voluntad, en mi corazón y sus deseos... Descansa en el único y sabio Dios.
Hay una profunda libertad en reconocer que el propósito de Dios prevalecerá. No es resignación pasiva; es fe activa y obediente que descansa en el carácter de Aquel que sostiene todas las cosas. La ansiedad que genera nuestro deseo de control encuentra calma cuando recordamos que el Dios que abrió el mar ante Moisés no tiene ninguna dificultad para obrar en nuestra situación. Él conoce nuestra necesidad y la suple. Su disciplina no es castigo arbitrario; es la obra de un Padre que nos lleva hacia una versión más parecida a Cristo, que es la meta más gloriosa que cualquier ser humano puede anhelar.
«Puedes hacer todos los planes que quieras, pero el propósito del Señor prevalecerá» (Prov. 19:21). Que esta verdad no sea solo una frase memorable, sino el ancla que detiene nuestra huida y nos devuelve, como Jonás al fin, a la dirección correcta.
Sandra Morales Castillo es sierva de Cristo por gracia desde los doce años. Esposa de Janly Colón, madre de Odette y Felipe. Miembro de la IBI. Pediatra endocrinóloga, certificada en Estudios Teológicos por la Academia Ministerial de la Gracia (Santiago, RD).
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