IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
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Angélica Rivera de Peña • 24 mayo, 2022
«He aquí la sierva del Señor; hágase conmigo conforme a tu palabra» (Lc. 1:38). En pocas palabras, María resumió lo que debería ser la postura de cada creyente ante Dios: disponibilidad total, sin reservas y sin negociaciones. Sin embargo, si somos honestos, ese nivel de rendición no nos resulta natural. Recibir un llamado que interrumpe nuestros planes, que implica un costo real y que puede traer incomprensión de quienes nos rodean, es difícil de abrazar. La pregunta que subyace en la historia de María nos confronta a todos: ¿acaso la vida se trata de nosotros, o se trata de Dios?
Cuando respondemos esa pregunta con honestidad, la perspectiva cambia. María no fue simplemente una joven que vivió una experiencia extraordinaria; fue un instrumento útil, escogido soberanamente, para llevar a cabo el propósito más grande de la historia de la redención. Ella tuvo el privilegio de ver de primera mano ese hermoso milagro y sostener en sus manos al Dios verdadero, encarnado en un bebé. Pero ¿por qué María? ¿Qué cualidades vio Dios en ella para escogerla? La Escritura nos permite identificar al menos tres.
Lo primero que el ángel le comunicó a María fue precisamente esto: «has hallado gracia delante de Dios» (Lc. 1:30). No le habló de sus virtudes, de su linaje ni de su capacidad. Le habló de gracia. Y eso lo cambia todo.
Nadie es lo suficientemente bueno ni digno para ser usado por Dios. El personaje principal de cada historia en la Biblia no es ningún ser humano: todo se trata de Dios, y es Su historia. Reconocer esto produce humildad genuina. Si hoy podemos servirle en alguna área, no es porque seamos mejores, más inteligentes o más dignos que otros; es porque Dios, en Su gracia soberana, quiso usarnos. No hay lugar para el orgullo cuando entendemos que todo —absolutamente todo— se lo debemos a Él.
Esta verdad debería transformar la manera en que nos acercamos al servicio cristiano. El ministerio no es una plataforma que nos pertenece ni un reconocimiento que merecemos; es una expresión de la gracia de Dios obrando a través de vasos humanos frágiles e imperfectos.
La segunda cualidad de María se revela en su respuesta inmediata: se identificó como «la sierva del Señor». Antes de preguntar por los detalles, antes de calcular el costo, antes de buscar la aprobación de quienes la rodeaban, su primer movimiento fue reconocer quién gobierna y para quién se vive.
Ser siervo de Dios implica necesariamente dejar de buscar la aprobación humana. María tenía razones concretas para temer el juicio de los demás: ¿quién le creería que estaba embarazada por obra del Espíritu Santo? Ni siquiera José, descrito en la Escritura como un hombre justo, lo creyó hasta que el ángel del Señor se lo confirmó directamente. El riesgo de ser tachada de mentirosa, de inmoral, de estar fuera de su juicio, era completamente real.
Sin embargo, su corazón de sierva tenía una sola meta: agradar a su Señor. Esta actitud resuena con las palabras del apóstol Pablo: «¿Busco ahora el favor de los hombres o el de Dios? ¿O me esfuerzo por agradar a los hombres? Si yo todavía estuviera tratando de agradar a los hombres, no sería siervo de Cristo» (Gá. 1:10). Un corazón verdaderamente rendido no puede servir a dos señores al mismo tiempo. La aprobación divina y la aprobación humana, cuando entran en conflicto, nos obligan a elegir.
No se puede ser siervo de Dios si tememos a los hombres.
La tercera cualidad de María es quizás la más exigente: su rendición fue completa. «Hágase conmigo conforme a tu palabra» no fue una respuesta condicionada. No dijo «sí, pero…»; no negoció los términos ni pidió garantías adicionales. Simplemente se puso a disposición de lo que Dios había determinado.
Cada creyente enfrenta circunstancias distintas: llamados diferentes, pruebas particulares, oportunidades únicas y una dosis inevitable de incertidumbre ante el mañana. En esos momentos, la respuesta de María sigue siendo el modelo. Es legítimo, como lo hizo el propio Señor Jesús en Getsemaní, pedir que pase de nosotros la copa que nos resulta difícil de beber. Pero la disposición final debe ser la misma: «no se haga mi voluntad, sino la tuya» (Lc. 22:42).
Nada de lo que nos ha ocurrido ni de lo que está por venir ha escapado al conocimiento y al permiso de Dios. En lugar de quejarnos por nuestra situación, podemos decirle con confianza: «Hágase conmigo conforme a tus planes». Esa confianza no nace de la ingenuidad, sino de conocer el carácter de quien nos llama: Él es un buen Padre, y podemos descansar en Su amor y cuidado.
Las tres cualidades de María —reconocer la gracia de Dios, vivir como siervos del Señor y mantener un corazón rendido a Su voluntad— no son un ideal reservado para ella. Son la descripción de lo que significa seguir a Cristo en cada época y en cada contexto. Que Dios nos forme como siervos disponibles, que no vivan para su propia gloria ni para la aprobación de los demás, sino únicamente para la gloria de Aquel que, en Su gracia, nos escogió.
Angélica Rivera de Peña es miembro de la Iglesia Bautista Internacional en la República Dominicana y sirve junto a su esposo, el pastor Joel Peña, en el ministerio de Vida Joven. Es graduada del Instituto Integridad & Sabiduría y posee un certificado en ministerio del Southern Baptist Theological Seminary a través del Seminary Wives Institute. También forma parte del equipo del ministerio de mujeres Ezer. Está casada con Joel, y juntos tienen dos hijos: Samuel y Abigail.
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