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Matrimonio y divorcio
Matrimonio y divorcio

Foto de Phillip Goldsberry en Unsplash

Familia y relaciones

Matrimonio y divorcio

Miguel Núñez 8 septiembre, 2011

El tema del divorcio ha generado una de las controversias más persistentes en la vida de la iglesia. Las posiciones oscilan entre dos extremos: quienes rechazan el divorcio bajo cualquier circunstancia y quienes lo permiten por casi cualquier motivo. Entre ambos, existe una posición intermedia —sostenida por muchos pastores y teólogos— que reconoce causas específicas y bien delimitadas por las cuales el divorcio podría ser válido. A continuación, se examinan esas causas a la luz de la Escritura.

El adulterio y el abandono como causas reconocidas por la Escritura

Cuando los fariseos se acercaron a Jesús para tentarlo con la pregunta sobre el divorcio, el trasfondo era una disputa entre dos escuelas rabínicas: la de Hilel, que lo permitía por cualquier causa —incluso que la esposa quemara el pan—, y la de Shamai, que lo restringía al adulterio. La respuesta de Jesús no se inclinó por ninguna de las dos en sus propios términos; en cambio, remitió a sus interlocutores al propósito original de Dios en la creación: «¿No habéis leído que aquel que los creó, desde el principio los hizo varón y hembra, y añadió: "Por esta razón el hombre dejará a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y los dos serán una sola carne"? Por consiguiente, ya no son dos, sino una sola carne. Por tanto, lo que Dios ha unido, ningún hombre lo separe» (Mt. 19:4-6).

La intención de Dios nunca ha sido la separación. Fue la dureza del corazón humano lo que llevó a Moisés a permitir el divorcio, no un mandato divino. No obstante, Jesús mismo introduce una excepción: «Yo os digo que cualquiera que se divorcie de su mujer, salvo por infidelidad, y se case con otra, comete adulterio» (Mt. 19:9). Con estas palabras, quedó claramente establecido que el adulterio constituye una causa válida de divorcio. Es importante notar, sin embargo, que esto no es un mandato: en muchos casos, el perdón y la restauración del matrimonio son no solo posibles, sino preferibles. Cada situación debe ser examinada a la luz de la Palabra y con la guía pastoral adecuada.

La segunda causa reconocida por la Escritura es el abandono del cónyuge no creyente. El apóstol Pablo lo aborda con claridad en 1 Corintios 7:15: «Sin embargo, si el que no es creyente se separa, que se separe; en tales casos el hermano o la hermana no están obligados, sino que Dios nos ha llamado para vivir en paz». El creyente abandonado queda libre del pacto conyugal; no está obligado a permanecer vinculado a quien ha decidido marcharse.

Separación, viudez y la posibilidad de un nuevo matrimonio

Existe una tercera situación que merece consideración pastoral, aunque no cuenta con el mismo consenso entre intérpretes: los casos en que no ha ocurrido adulterio ni abandono formal, pero en los que hay circunstancias que ponen en peligro la integridad o la vida de uno de los cónyuges. En situaciones de violencia física o de conductas destructivas no resueltas —como la adicción a la pornografía—, puede ser necesaria una separación temporal. El propósito, no obstante, debe orientarse siempre hacia la restauración: buscar consejería, garantizar la seguridad del cónyuge afectado y trabajar hacia la reconciliación cuando sea posible.

En este punto, las palabras de Pablo en 1 Corintios 7:10-11 resultan esclarecedoras: «A los casados instruyo, no yo, sino el Señor: que la mujer no debe dejar al marido (pero si lo deja, quédese sin casar, o de lo contrario que se reconcilie con su marido), y que el marido no abandone a su mujer». La separación entre creyentes no habilita automáticamente un nuevo matrimonio; la meta es la reconciliación, o bien permanecer sin casar.

La intención de Dios nunca ha sido que el hombre se separe de su mujer, porque fue la intención de Dios en el momento de la creación unirlos en una sola carne.

Finalmente, la Escritura también es clara respecto al nuevo matrimonio en caso de viudez. Pablo escribe en 1 Corintios 7:39: «La mujer está ligada mientras el marido vive; pero si el marido muere, está en libertad de casarse con quien desee, solo que en el Señor». La frase «en el Señor» es determinante: la nueva unión debe ser con un creyente. El versículo siguiente añade que, en opinión de Pablo, quien ha enviudado sería más feliz permaneciendo soltero, no porque el matrimonio sea pecaminoso, sino porque —como él mismo señala en los versículos 32 y 33— el soltero puede dedicar su atención de manera más plena a las cosas del Señor, sin la legítima pero demandante preocupación de agradar al cónyuge.

La permanencia del matrimonio como horizonte irrenunciable

El divorcio nunca es el ideal de Dios. La Escritura lo presenta siempre como una concesión ante la realidad del corazón humano caído, no como una puerta de salida fácil ni como algo que deba tomarse a la ligera. Reconocer las causas bíblicas que pueden justificarlo no significa minimizar el peso del pacto matrimonial, sino tomarlo tan en serio que solo circunstancias extraordinarias —el adulterio, el abandono del incrédulo, el peligro físico grave— pueden constituir excepciones. Cada situación debe ser llevada ante la Palabra de Dios y acompañada de consejería pastoral fiel, con los ojos puestos siempre en la restauración cuando sea posible y en la gloria de Dios por encima de todo.

Miguel Núñez

Miguel Núñez

Miguel Núñez es pastor Titular de la Iglesia Bautista Internacional y presidente y fundador de Ministerio Integridad & Sabiduría. Su visión es impactar esta generación con la revelación de Dios en el mundo hispanohablante.

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