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El mayor peligro de la sociedad moderna
El mayor peligro de la sociedad moderna

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Cultura, sociedad y ética

El mayor peligro de la sociedad moderna

Miguel Núñez 3 agosto, 2018

El peligro más grande que enfrenta la sociedad contemporánea puede abordarse desde múltiples ángulos, pero hay uno que rara vez aparece en el centro del debate público: la pérdida de un fundamento moral absoluto. Cada civilización que ha perdurado a lo largo de la historia lo ha hecho, en parte, porque reconocía verdades trascendentes y principios morales que le daban cohesión y dirección. Hoy, esa base está siendo demolida sistemáticamente.

El posmodernismo ha instalado en la cultura occidental la convicción de que no existen verdades absolutas y de que toda afirmación moral es, en el fondo, relativa. Por primera vez en la historia, se ha llegado al punto en que ni Dios ni la ciencia son reconocidos como fuentes confiables de verdad. Esta realidad no es un fenómeno abstracto ni meramente filosófico: tiene consecuencias concretas y devastadoras sobre las instituciones más básicas de la sociedad.

La familia: la primera sociedad bajo amenaza

La unidad más pequeña y fundamental de toda sociedad es la familia. Un padre, una madre y los hijos que ellos crían y a quienes transmiten un legado: este diseño no es arbitrario ni culturalmente prescindible. Sin embargo, el nuevo paradigma de moralidad relativa está deshaciendo este concepto de forma acelerada.

La escritora e investigadora Mary Eberstadt, en su libro Cómo el mundo occidental perdió realmente a Dios, llega a una conclusión que merece atención seria: Occidente no perdió primero a Dios para luego perder a la familia, sino que al perder a la familia perdió la vía principal por la que la idea de Dios se transmite de generación en generación. La familia es el primer canal de transmisión de la fe, de los valores y de la identidad moral de un pueblo.

Hoy, esta institución enfrenta una presión sin precedentes. Se difumina la distinción entre roles y géneros, se legitiman configuraciones familiares radicalmente distintas del diseño original, y en algunos países como Canadá ya es legalmente posible registrar a un niño con cuatro padres. Ante este escenario surgen preguntas que no tienen respuesta fácil: ¿con qué código de valores nace un niño en ese contexto? ¿A quién le debe obediencia? ¿Cuál es la primera autoridad a la que debe responder? Cuando la estructura familiar se fragmenta de esta manera, no solo se afecta al individuo: se sacude el cimiento sobre el que descansa toda la sociedad.

El individualismo radical y el colapso de la autoridad

Conectado directamente con el relativismo moral, el individualismo radical es otra de las amenazas más serias para la sociedad moderna. Cuando cada persona se convierte en la medida de todas las cosas y la autonomía personal se eleva como el valor supremo, la convivencia ordenada se vuelve insostenible. No puede existir una sociedad funcional donde cada individuo se rehúsa a someterse a cualquier autoridad que no sea la propia.

Esto no es una hipótesis teórica. Algunos de los fundadores de los Estados Unidos llegaron a la conclusión de que su constitución solo podría funcionar para personas religiosas, es decir, para personas que reconocieran a un Dios como dador de la ley moral y revelador de principios absolutos e inherentes a la vida humana. La libertad civil no es sostenible sin una brújula moral que trascienda la voluntad del individuo. Sin ese fundamento, lo que queda no es liberación, sino desintegración.

Ante todo esto, las palabras del apóstol Juan adquieren una vigencia extraordinaria: «No améis al mundo ni las cosas que están en el mundo. Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él. Porque todo lo que hay en el mundo, la pasión de la carne, la pasión de los ojos y la arrogancia de la vida, no proviene del Padre, sino del mundo. Y el mundo pasa, y también sus pasiones, pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre» (1 Jn. 2:15-17).

El mundo pasa, y también sus pasiones, pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre.

Una civilización que necesita un ancla

El deterioro moral de la sociedad occidental no es una tendencia inevitable a la que debamos resignarnos. Es, más bien, el resultado de haber abandonado el único fundamento capaz de sostener a una civilización: el reconocimiento de que existe un Dios que ha revelado verdades absolutas, ha diseñado la familia como unidad esencial de la sociedad y ha establecido un orden moral que no depende de la opinión de las mayorías. La pérdida de ese ancla no conduce a la libertad, sino a la deriva. Y en esa deriva, las primeras víctimas son siempre las más vulnerables: los hijos que nacen en familias fragmentadas, los ciudadanos que viven en sociedades sin cohesión moral y las generaciones futuras que heredarán el vacío que nosotros dejemos. La respuesta del creyente no es el pánico ni el pesimismo, sino el compromiso firme con la Palabra de Dios como guía infalible para la vida personal, familiar y social.

Miguel Núñez

Miguel Núñez

Miguel Núñez es pastor Titular de la Iglesia Bautista Internacional y presidente y fundador de Ministerio Integridad & Sabiduría. Su visión es impactar esta generación con la revelación de Dios en el mundo hispanohablante.

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