IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
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Aurita Gómez • 28 septiembre, 2021
Hay un versículo que, leído con calma, produce gratitud inmediata: «Mas tú, Señor, eres un Dios compasivo y lleno de piedad, lento para la ira y abundante en misericordia y verdad» (Sal. 86:15). Leerlo es recordar de dónde nos sacó Dios, y reconocer que su misericordia nos alcanza incluso en los tropiezos del camino. Porque si algo deja claro la Escritura es que quien está en Cristo es una nueva creación: «Las cosas viejas pasaron; he aquí, todas son hechas nuevas» (2 Cor. 5:17). Lo que éramos antes de llegar a sus pies ya no nos define. Cristo vive en nosotros, y el Espíritu Santo transforma la manera en que pensamos y actuamos.
Sin embargo, esa nueva identidad no elimina el proceso. La santificación dura toda la vida, y en medio de una época profundamente caótica, los creyentes enfrentamos cada día tentaciones y retos que exigen una respuesta clara. Por eso Romanos 12:2 nos convoca no a adaptarnos al mundo, sino a ocuparnos activamente en la renovación de nuestra mente. Conocer la voluntad de Dios —lo que es bueno, agradable y perfecto— requiere llenar la mente con sus verdades y sostener la mirada en todo aquello que le agrada a Él.
La vida cristiana puede parecerse, en ciertos momentos, a un espiral: ganamos una batalla contra el pecado, fallamos en otra, y luego el ciclo se repite. Esta no es una realidad nueva ni exclusiva de nuestra generación. Incluso los héroes de la fe la conocieron de cerca.
Moisés es un ejemplo que no podemos pasar por alto. Era el líder del pueblo de Israel, el hombre a quien Dios habló cara a cara, y aun así fue presa de sus emociones en más de una ocasión. Se airó y mató a un egipcio (Hch. 7:24). Arrojó al suelo las tablas de la ley y las hizo pedazos. Golpeó la roca cuando esa no era la instrucción que el Señor le había dado (Núm. 20:10-11). Cada uno de estos eventos ocurrió a lo largo de años, y cada vez que pecó, su pecado tuvo consecuencias (Núm. 20:12). La más contundente de todas fue no poder entrar a la tierra prometida, aun estando frente a ella (Deut. 32:48-52; 34:4-5). Décadas de fidelidad, y un instante de emociones no controladas marcaron el límite de su herencia.
Esto no significa que Dios lo abandonó ni que su vida careció de propósito. Significa algo más sobrio: el Señor es misericordioso, pero nuestro pecado siempre trae consecuencias. Y esas consecuencias pocas veces se quedan encerradas en nosotros; se extienden hacia quienes nos rodean, con especial peso cuando ejercemos algún tipo de liderazgo.
Hace algún tiempo, alguien llegó a confesar una caída en pecado. Lo que esa conversación dejó no fue solo tristeza, sino una especie de duelo. Lo más desconcertante para esa persona era no entender cómo había llegado hasta allí, pues no había dejado de congregarse, no había dejado de orar ni de leer la Palabra. Lo que no había visto eran las barreras que fue levantando poco a poco, casi sin notarlo, hasta que cayó.
Esa historia es un espejo de lo que vivió Moisés. Las emociones no sometidas no siempre producen una explosión inmediata; a veces trabajan en silencio, erosionando la guardia hasta que, en un instante, lo que costó años construir se derrumba. Y las consecuencias no llegan solo para quien cayó: otros tendrán que escuchar lo sucedido, otros tendrán que reacomodarse, y toda una comunidad sentirá el impacto. La Escritura lo advierte con claridad: «Hermanos míos, no os hagáis maestros muchos de vosotros, sabiendo que recibiremos mayor condenación» (Stg. 3:1).
¿Qué emoción está controlando tu vida? ¿Cuál es esa emoción que está haciendo que sigas dando vueltas en el desierto?
La pregunta es directa porque la realidad lo exige. Para Moisés, el precio fue no entrar a la tierra prometida. Para muchos creyentes hoy, el precio es la vergüenza, la pérdida de la confianza de una congregación, o el daño a personas que estaban bajo su cuidado. Todo esto, producto de emociones que no fueron rendidas a tiempo.
La buena noticia es que Dios no nos deja solos en este proceso. La misma gracia que nos hizo nuevas criaturas en Cristo es la que nos sostiene en el camino de la santificación. Trae tus pecados a los pies de Cristo, y si aún no los has identificado, pídele al Señor que te muestre qué estás dejando entrar en tu vida que necesita ser rendido ante Él. Sé intencional en cultivar tu fe mediante el estudio continuo de su Palabra, y verás cómo tu mente es transformada día a día. Las emociones no tienen que dominarte; pueden ser sometidas. Pero eso requiere decisión, vigilancia y dependencia constante del Espíritu Santo.
Aurita Gómez es miembro de la Iglesia Bautista Internacional desde 2006 y vive agradecida por haber sido alcanzada por Cristo en 2013. Sus pasiones son las misiones y el discipulado de mujeres. Actualmente estudia en el Instituto Integridad & Sabiduría y es Contador Público de profesión.
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