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Mi novia misionera
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Mi novia misionera

Enrique Crespo 10 marzo, 2018

«No es bueno que el hombre esté solo; le haré una ayuda idónea» (Gn. 2:18). Esta promesa divina no describe un ideal inalcanzable, sino una provisión concreta de la gracia de Dios. Aurora y yo cumplimos este año 36 años de noviazgo —de los cuales los últimos 30 hemos estado casados, pues creo que el noviazgo no termina con el matrimonio— y a lo largo de ese camino he podido contemplar de cerca cómo Dios cumple su palabra.

No escribo esto para idealizarla ni para construir un retrato romántico. Lo escribo porque la historia de Aurora es, ante todo, la historia de la gracia de Dios manifestada en alguien completamente ordinario. Y precisamente por eso vale la pena contarla.

Una mujer común con una gracia extraordinaria

Aurora no es la «Mujer Maravilla». No le gustan las cucarachas, los ratones ni las culebras. Le tiene miedo a los aviones. No disfruta las actividades extremas ni sobresalir en público. Lucha con los triglicéridos y el colesterol. Tenemos ambos algo más de cincuenta años, y nuestros cuerpos lo recuerdan con sus propias limitaciones: cambios hormonales, dolores, menos resistencia física. Varios colegas suyos —es médico de profesión— le han sugerido que sus síntomas podrían corresponder a fibromialgia. Su respuesta ha sido ignorarlo sencillamente «porque hay muchas cosas que hacer». Esa frase, dicha casi de paso, revela algo profundo sobre quién es ella.

El Señor nos unió cuando ambos teníamos poco tiempo en la fe y predicábamos juntos en las calles de Santo Domingo, República Dominicana. Desde entonces, a pesar de sus limitaciones reales y confesadas, Aurora se ha subido a aviones, ha dormido en carpas en el interior del país, ha participado en operativos médicos de misericordia —incluido el terremoto de Haití—, ha navegado ríos en la selva amazónica de noche, se ha montado en motocicletas por caminos haitianos que exigen tanto fe como equilibrio, y ha comido insectos con el mismo espíritu con el que cualquier misionero fiel come lo que le ponen al frente. Ha dado charlas, discipulados y entrenamientos a mujeres en distintos contextos y lugares.

Todo esto no lo hace porque sea invencible. Lo hace porque la gracia de Dios obra con más claridad en quienes saben que son débiles.

El ministerio que nadie ve en los titulares

Hay otro ministerio que Aurora ejerce, menos visible pero igualmente poderoso. En su trabajo diario en un barrio de escasos recursos en República Dominicana, atiende pandilleros, ancianos, migrantes y personas en situación de adicción. Todos pobres. A todos les da la milla extra, no solo como médico, sino como creyente que lleva la Buena Nueva de Jesús a cada consulta. Su empatía natural facilita la presentación del Evangelio de una manera que abre puertas que las palabras solas no podrían abrir.

En casa, esa misma vocación se tradujo en años de leer la Biblia con nuestros tres hijos en el estacionamiento del colegio mientras esperábamos que abrieran las puertas —aprovechando el tiempo, como dice la Escritura—. En los viajes, en las conversaciones cotidianas, en los momentos inesperados del camino, ella convertía cada interacción en una nueva oportunidad para que nuestros hijos vieran el Evangelio desde otro ángulo. Mantiene la casa con cariño, las visitas siempre encuentran bienvenida, y su práctica devocional —los himnos que escucha, la oración constante— pone un toque espiritual en el hogar que no puede fabricarse artificialmente.

Cuando ha sido necesario hablarme como hermana en la fe, lo ha hecho. Sin rodeos, con amor, con fidelidad. Definitivamente, ella es mejor cristiana que yo.

La gracia de Dios se manifiesta de manera poderosa en ella, de tal forma que el Espíritu de Dios la usa para esparcir amor, sanación, consuelo y esperanza.

La ayuda idónea no es un ideal, es una promesa cumplida

Génesis 2:18 no es solo el texto de bodas que se lee en las ceremonias. Es la declaración de un Dios que conoce la soledad del ser humano y actúa para remediarla con precisión. Una ayuda idónea no es alguien sin miedos ni limitaciones; es alguien en quien la gracia de Dios obra de tal manera que complementa, fortalece y multiplica lo que uno solo no podría sostener.

No puedo imaginarme una ayuda idónea mejor que mi novia Aurora. El llamado al evangelismo y las misiones habría sido mucho más arduo sin ella. Gracias a Dios porque nos la concedió. Y nuestra esperanza es sencilla: que el cuento de nuestras vidas termine con «se casaron y fueron útiles».

Enrique Crespo

Enrique Crespo

Enrique Crespo fue llamado a salvación en 1980 y desde entonces ha servido al Señor en la evangelización, enseñanza, consejería y predicación. Es miembro de la IBI desde 2005 y, desde 2015, dirige Misión Antioquía, el ministerio de evangelismo, plantación de iglesias y misiones de la iglesia. Posee estudios en Mercadeo, Derecho, Educación y Teología, incluyendo una Maestría en Estudios Teológicos del Southern Baptist Theological Seminary. Está casado con Aurora Almánzar y tienen tres hijos adultos: Aldo, Iván y Javier.

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