IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
Con la llegada de cada año nuevo, se repite un ciclo conocido: se formulan resoluciones, se prometen cambios y, al poco tiempo, todo vuelve a ser igual que antes. Este fenómeno no es casual. Revela algo profundo acerca de la condición humana: abundan los buenos deseos, pero escasea la disposición de pagar el precio que el cambio verdadero exige. Las resoluciones hechas «a la carrera», sin una meditación seria, raramente se convierten en realidad. Y aquellas que dependen únicamente del esfuerzo propio no pasan de ser expresiones de buena voluntad.
El cambio real, sin embargo, comienza con la reflexión. Aun Sócrates, sin conocer al Dios de la Biblia, afirmó que «una vida sin autorreflexión no vale la pena vivirla». Cuánto más deberíamos reflexionar quienes sabemos que somos hechura de Dios, creados con un propósito definido. La pregunta que debería acompañarnos al inicio de cada año no es solo «¿qué quiero lograr?», sino «¿para qué me creó Dios y estoy viviendo conforme a ese propósito?».
Las Escrituras son claras en que cada vida tiene un destino diseñado por Dios. Hechos 13:36 describe a David con una frase significativa: «David, después de haber servido el propósito de Dios en su propia generación, durmió» (Hch 13:36). No se habla de sus logros personales ni de sus ambiciones, sino de haber cumplido el propósito de Dios en su tiempo. Esa es la medida de una vida bien vivida.
Conviene aclarar que la profesión, el talento o el rol social no constituyen en sí mismos el propósito de vida. Ser médico, abogado, artista o cualquier otra cosa son instrumentos mediante los cuales Dios puede llevar a cabo su propósito en nosotros. El propósito último es otro, y la Palabra lo enuncia con precisión para todos los hijos de Dios: «Pero vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido para posesión de Dios, a fin de que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable» (1 P 2:9).
La pregunta entonces es inevitable: ¿escuchan quienes nos rodean acerca de las virtudes de Dios a través de nosotros? ¿Las ven reflejadas en nuestra manera de vivir? ¿O están, quizás, menos inclinados a creer en el Dios que seguimos por la forma en que actuamos? Si nunca nos formulamos este tipo de preguntas, siempre concluiremos que estamos bien, aunque no lo estemos. Proclamar y reflejar las virtudes de Dios requiere conocerlo íntimamente, y ese conocimiento demanda tiempo en su Palabra, meditación de sus verdades y obediencia a lo que él revela.
Aquí radica el núcleo del asunto. El cambio real no se produce por fuerza de voluntad ni por la acumulación de buenas intenciones. Pablo lo describe con claridad en 2 Corintios 3:18: «Pero nosotros todos, con el rostro descubierto, contemplando como en un espejo la gloria del Señor, estamos siendo transformados en la misma imagen de gloria en gloria, como por el Señor, el Espíritu» (2 Co 3:18).
La transformación está en voz pasiva: es Dios quien la obra en nosotros. Pero nuestra parte activa e indispensable es contemplar la gloria del Señor. No es pasividad espiritual, sino una mirada sostenida, reverente y constante hacia Cristo, tal como se revela en su Palabra. Moisés pasó cuarenta días en comunión con Dios y su rostro quedó tan transformado que los demás apenas podían mirarlo. Nadie ha estado en la presencia de Dios el tiempo suficiente sin experimentar cambio.
Cuando te expones al sol por tiempo suficiente, tu piel cambia. Cuando te expones al Hijo por tiempo suficiente, tu corazón cambia.
Este cambio es gradual y, paradójicamente, quienes lo experimentan suelen ser los últimos en notarlo; pero todos a su alrededor lo perciben con claridad. No se trata de alguien que un día decide ser diferente, sino de alguien que ha estado en la presencia de Dios el tiempo suficiente para no poder seguir siendo el mismo.
Vale la pena detenerse y hacerse dos preguntas concretas: ¿En qué cambié —o no cambié— durante el año que acaba de terminar? ¿Qué impidió ese cambio en las áreas que Dios ya me había señalado? Con frecuencia, la respuesta más honesta es que no caminamos lo suficientemente cerca de Dios a lo largo del año. No se trata de acumular más resoluciones; se trata de comprometerse con una vida de mayor exposición a la gloria de Cristo.
El comienzo de un nuevo año es una oportunidad para detenerse, reflexionar con seriedad y reorientar la mirada. No hacia metas externas ni hacia la imagen que queremos proyectar, sino hacia Aquel que tiene el poder real de transformarnos de adentro hacia afuera. El cambio que todos anhelamos no viene de una lista de propósitos, sino de una vida rendida a la contemplación del Señor.
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