IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
Foto de Tara Winstead en Pexels
Angélica Rivera de Peña • 31 enero, 2023
«Todo el mundo lo hace». «No parece tan malo, es solo un poquito». «Nadie me está viendo». Las excusas para desobedecer a Dios son numerosas y creativas, y cada una de ellas revela algo inquietante: la tendencia humana de confiar en el propio criterio antes que en los mandatos del Señor.
La Biblia no esconde esta realidad. Al contrario, la expone con honestidad a través de hombres y mujeres que escogieron su propio camino por encima de la voluntad de Dios. Uno de los casos más ilustrativos es el del rey Saúl, cuya desobediencia no solo le costó el trono, sino que también reveló una verdad teológica fundamental: la obediencia no es una opción entre muchas formas de agradar a Dios; es la expresión más profunda de nuestra adoración a Él.
Dios le dio a Saúl una instrucción clara e inequívoca: ir contra Amalec y destruir todo por completo, sin excepción (1 Sam. 15:3). Sin embargo, Saúl decidió perdonar la vida al rey Agag y conservar lo mejor del ganado. Y cuando el profeta Samuel lo confrontó, Saúl intentó justificarse: los animales habían sido reservados para ofrecer sacrificios al Señor. En su mente, la desobediencia parcial quedaba compensada por una ofrenda religiosa.
La respuesta de Samuel desmontó esa lógica por completo:
¿Se complace el Señor tanto en holocaustos y sacrificios como en la obediencia a la voz del Señor? Entiende, el obedecer es mejor que un sacrificio, y el prestar atención, que la grasa de los carneros. Porque la rebelión es como el pecado de adivinación, la desobediencia, como la iniquidad e idolatría. Por cuanto tú has desechado la palabra del Señor, Él también te ha desechado para que no seas rey. (1 Sam. 15:22-23)
Al analizar la conducta de Saúl, es posible identificar al menos cuatro razones que lo llevaron a desobedecer. Primero, no consideró sabia la instrucción divina; la juzgó con su propia razón y la encontró cuestionable. Segundo, confió en su propia inteligencia por encima de la Palabra de Dios. Tercero, le importó más la opinión del pueblo que la aprobación del Señor. Y cuarto, puso su corazón en lo terrenal, codiciando aquello que Dios había ordenado destruir. Cada una de estas razones sigue siendo sorprendentemente actual. Los mismos mecanismos que operaron en Saúl operan hoy en cualquier creyente que negocia con la obediencia.
La pregunta que surge naturalmente del relato es incómoda: ¿cómo podemos ofrecer sacrificios a Dios, servir en la iglesia o practicar cualquier forma de devoción mientras vivimos en desobediencia deliberada? La respuesta implícita en el texto es que no podemos. Un corazón rebelde no puede adorar genuinamente, por muy elaborados que sean sus rituales.
Dios prefiere la obediencia antes que el dinero, los dones o cualquier servicio que le ofrezcamos, porque la obediencia es el corazón de la adoración verdadera. El Señor recibe como ofrenda grata no las palabras vacías ni los gestos religiosos, sino un corazón que obedece sus mandatos. Esto no significa que los actos de adoración carezcan de valor, sino que su valor depende de que estén enraizados en una vida que se somete a la voluntad de Dios.
Nuestra obediencia es nuestra mejor adoración; Dios la prefiere antes que rituales vacíos.
Para caminar en obediencia genuina, es necesario cultivar ciertas disposiciones del corazón. La primera es confiar en la sabiduría y bondad de Dios cada vez que sus mandatos resultan incomprensibles o incómodos: «Confía en el Señor con todo tu corazón, y no te apoyes en tu propio entendimiento» (Prov. 3:5-6). La segunda es abandonar la arrogancia de creerse sabio en la propia opinión (Prov. 3:7). La tercera es dejar de vivir para complacer a los demás, recordando que quien busca agradar a los hombres no puede ser siervo de Cristo (Gál. 1:10). Y la cuarta es quitar el corazón de los afectos del mundo, pues el amor al mundo y el amor al Padre no coexisten (1 Jn. 2:15-16).
La historia de Saúl termina con una advertencia que no debería pasarse por alto: él escogió su pecado, pero no pudo escoger sus consecuencias. El precio de la desobediencia fue demasiado alto, y lo pagó hasta el final. Sin embargo, el propósito de este relato no es producir temor paralizante, sino invitar a una evaluación honesta: ¿qué áreas de la vida todavía no han sido rendidas en obediencia al Señor?
Vivir en obediencia a Dios no es legalismo ni carga insoportable. Es el camino por el que el creyente honra al Señor en cada día de su vida, y también el camino por el que recibe el bien que Dios tiene reservado para quienes le temen. Que cada uno pueda identificar esas áreas que aún resisten la autoridad de Dios, y que la oración del corazón sea sincera: «Danos, oh Señor, vidas que te obedezcan y se postren en adoración».
Angélica Rivera de Peña es miembro de la Iglesia Bautista Internacional en la República Dominicana y sirve junto a su esposo, el pastor Joel Peña, en el ministerio de Vida Joven. Es graduada del Instituto Integridad & Sabiduría y posee un certificado en ministerio del Southern Baptist Theological Seminary a través del Seminary Wives Institute. También forma parte del equipo del ministerio de mujeres Ezer. Está casada con Joel, y juntos tienen dos hijos: Samuel y Abigail.
Lorem ipsum dolor sit amet, consectetur adipiscing elitLorem ipsum dolor sit amet, consectetur adipiscing elit