IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
Vivimos en un mundo profundamente competitivo, donde el individualismo y el afán de imponer la propia perspectiva generan fracturas constantes: familias divididas, amistades rotas, iglesias fragmentadas y naciones en conflicto. La lógica del «yo primero» parece gobernar cada esfera de la vida, y las consecuencias se acumulan a diario. Sin embargo, como bien lo recuerda el Predicador, «no hay nada nuevo debajo del sol» (Ec. 1:9). El conflicto no es una novedad de nuestra era; es una realidad tan antigua como la humanidad misma.
Lo que sí resulta urgente es aprender a enfrentarlo de manera bíblica. El libro de Hechos nos ofrece un ejemplo sorprendentemente cercano: un desacuerdo real entre dos siervos de Dios, Pablo y Bernabé, que habían viajado juntos, predicado juntos y enfrentado la oposición juntos. Su historia no solo nos muestra que los creyentes también pueden entrar en conflicto, sino que nos enseña cómo transitarlo con integridad.
Pablo y Bernabé eran compañeros probados en la misión. Juntos habían sido apartados por el Espíritu Santo para la obra (Hch. 13:2), habían enfrentado la controversia de los judaizantes y habían regresado victoriosos del concilio de Jerusalén, «siendo despedidos en paz» (Hch. 15:33). Pero al proponer Pablo un segundo viaje misionero, surgió el punto de quiebre: Bernabé quería llevar a Juan Marcos, quien en una ocasión anterior los había abandonado en Panfilia. Pablo se negó rotundamente. El resultado fue contundente: «Se produjo un desacuerdo tan grande que se separaron el uno del otro, y Bernabé tomó consigo a Marcos y se embarcó rumbo a Chipre. Mas Pablo escogió a Silas y partió, siendo encomendado por los hermanos a la gracia del Señor» (Hch. 15:39-40).
Este episodio es instructivo precisamente porque no ocurrió entre personas negligentes ni alejadas de Dios. Sucedió mientras cumplían fielmente su llamado. Y así también nosotros podemos estar en medio de nuestras labores cotidianas, con los mejores deseos de obedecer al Señor —incluso habiendo orado por ello—, y aun así enfrentarnos al conflicto. Como advierte la Escritura, «el diablo, como león rugiente, anda al acecho buscando a quien devorar» (1 P. 5:8). Somos personas con una naturaleza caída, y no estamos exentos de reaccionar de maneras que no agraden a Dios.
Cuando el conflicto llega, la primera tarea no es defender la propia posición, sino examinar el propio corazón. En todo desacuerdo existen diferentes perspectivas, y cada parte tiene razones desde su punto de vista. Por eso, el primer paso es evaluar con sinceridad las motivaciones propias: ¿qué me mueve a reaccionar como lo estoy haciendo? Si la respuesta honesta revela orgullo, egoísmo o vanagloria, la acción correspondiente es pedir perdón al Señor, ceder donde se deba ceder y someterse a su voluntad, «siguiendo la paz con todos» (Ro. 12:18).
El segundo paso es evaluar las reacciones antes de actuar. Muchas situaciones angustiantes podrían evitarse si se tomara un momento —antes de enviar ese correo, hacer esa llamada o dar esa respuesta— para calmar las emociones. La Escritura es clara: «la ira del hombre no produce la justicia de Dios» (Stg. 1:20), y «la respuesta suave aparta el furor» (Pr. 15:1). Un minuto de pausa puede cambiar el rumbo de un conflicto.
A esto debe sumarse la humildad. El corazón humano es «más engañoso que todas las cosas» (Jer. 17:9), y es perfectamente posible estar equivocado sin saberlo. Filipenses 2:3-4 llama a los creyentes a estimar a los demás como superiores a uno mismo y a mirar no solo los intereses propios, sino también los de los demás. La humildad no es debilidad; es la condición necesaria para ver la realidad con claridad. De igual manera, la honestidad exige vigilar la tendencia a manipular las situaciones en favor propio, y la objetividad implica ponerse en el lugar del otro, reconociendo que desde su perspectiva también él considera que tiene razón.
El que procura la paz es bienaventurado, llamado hijo de Dios.
El desenlace de la historia entre Pablo y Bernabé es revelador. No hay evidencia de que hayan vuelto a trabajar juntos, pero Pablo los menciona en varias de sus cartas, lo que indica que sus diferencias fueron sanadas. En cuanto a Juan Marcos —el mismo que había causado el conflicto—, la reconciliación fue completa: aparece enviando saludos en las cartas a los Colosenses y a Filemón (Col. 4:10; Flm. 24), y Pablo mismo le pide a Timoteo: «Toma a Marcos, y tráele contigo, porque me es útil para el ministerio» (2 Ti. 4:11). La gracia tuvo la última palabra.
Este llamado a la unidad no es opcional para el creyente; es parte constitutiva de su vocación. Pablo lo expresó con claridad desde la prisión: «Yo, pues, prisionero del Señor, os ruego que viváis de una manera digna de la vocación con que habéis sido llamados, con toda humildad y mansedumbre, con paciencia, soportándoos unos a otros en amor, esforzándoos por preservar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz» (Ef. 4:1-3). Procurar la paz no es ingenuidad ni capitulación; es el distintivo de quienes han sido transformados por el evangelio y llevan el nombre de hijos de Dios. «Seguid la paz con todos, y la santidad, sin la cual nadie verá al Señor» (He. 12:14).
Aurita Gómez es miembro de la Iglesia Bautista Internacional desde 2006 y vive agradecida por haber sido alcanzada por Cristo en 2013. Sus pasiones son las misiones y el discipulado de mujeres. Actualmente estudia en el Instituto Integridad & Sabiduría y es Contador Público de profesión.
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