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La palabra de Dios es un ancla inamovible en tiempos de tormentas
La palabra de Dios es un ancla inamovible en tiempos de tormentas

Foto de Tara Winstead en Pexels

Vida devocional

La palabra de Dios es un ancla inamovible en tiempos de tormentas

Maria del Carmen Tavarez 17 enero, 2023

La imagen del ancla habla por sí sola: su valor depende enteramente de aquello a lo que está sujeta. En la antigüedad, las anclas se utilizaban para mantener las embarcaciones firmes frente a los embates del mar. Cuando Pablo se dirigía a Roma, fue necesario echar cuatro anclas para asegurar el barco en medio de la tormenta (Hch. 27:29–30, 40). El autor de la carta a los Hebreos toma esta imagen y la eleva a una verdad espiritual de alcance eterno: la esperanza del creyente es un ancla firme para el alma, una que no cede porque está sujeta a Cristo mismo, dentro del velo.

Esta es la gran exhortación de Hebreos 6:19: que el cristiano fije su mirada en el cielo, donde reside el fundamento de su esperanza. Sin importar las tormentas que se levanten en la vida, es posible afrontarlas cuando la esperanza ha sido depositada en Cristo. Él es el ancla segura.

Las Dos Cosas Inmutables que Sostienen Nuestra Esperanza

La base de esta esperanza no es sentimental ni frágil. El texto de Hebreos 6:18 lo declara con precisión: «Así que Dios ha hecho ambas cosas: la promesa y el juramento. Estas dos cosas no pueden cambiar, porque es imposible que Dios mienta. Por lo tanto, los que hemos acudido a él en busca de refugio podemos estar bien confiados aferrándonos a la esperanza que está delante de nosotros» (Heb. 6:18, NTV).

Promesa y juramento: dos realidades inconmovibles. El término griego traducido como «inmutables» alude al lenguaje jurídico de una última voluntad, un documento legal que nadie fuera de su autor podía modificar. Esta firmeza no descansa en circunstancias favorables ni en la fortaleza del creyente, sino en el carácter mismo de Dios. Dios no miente, y su fidelidad es parte constitutiva de su ser. La promesa no se sostiene sobre una declaración externa, sino sobre quién Él es en su propia esencia.

Esta certeza se amplía en la persona de Cristo, porque «todas las promesas de Dios se cumplieron en Cristo con un resonante "¡sí!", y por medio de Cristo, nuestro "amén" (que significa "sí") se eleva a Dios para su gloria» (2 Cor. 1:20, NTV). Así, la esperanza del creyente no es solo una promesa pendiente de cumplimiento; es una realidad ya inaugurada en Cristo, quien entró al lugar santísimo como precursor en favor nuestro (Heb. 6:20). Él está allí, intercediendo constantemente, ejerciendo su ministerio como gran sumo sacerdote. El ancla del alma no resbala porque está fijada en Aquel que ya venció.

El Poder que Sostiene al Creyente en Medio de la Tormenta

Esta verdad no es solo teológica en abstracto; tiene consecuencias directas y profundas en la experiencia cotidiana de quien cree. Al enfrentarse por primera vez a una tormenta como creyente, sin aún conocer bien la Palabra de Dios, es precisamente en ese momento de vulnerabilidad cuando Dios, en su misericordia infinita, acerca al alma el texto que necesita. Así lo expresa Efesios 1:19–20: «También pido en oración que entiendan la increíble grandeza del poder de Dios para nosotros, los que creemos en él. Es el mismo gran poder que levantó a Cristo de los muertos y lo sentó en el lugar de honor, a la derecha de Dios, en los lugares celestiales» (Ef. 1:19–20, NTV).

El Espíritu que resucitó a Cristo de entre los muertos es el mismo que habita en cada creyente, sellándolo y confirmando su posición en Él. No existe necesidad, aflicción ni tormenta humana que exceda ese poder. Sin embargo, esta realidad se apropia por la fe. Es precisamente a través de la fe que Dios confirma su presencia en medio de las pruebas, y el creyente comienza a experimentar lo que antes solo había confesado con los labios.

No existe necesidad, aflicción o tormenta humana que exceda a Su poder.

Un Ancla Que Penetra Más Allá del Velo

La Palabra de Dios es firme e inamovible en los tiempos de tormenta, precisamente porque esa ancla de esperanza penetra a través del velo, hasta donde está Cristo Jesús, intercediendo sin cesar por los suyos. Dios alienta al creyente con su Palabra porque lo ama, y esa promesa no tiene fecha de vencimiento: «Porque los montes serán quitados y las colinas temblarán, pero Mi misericordia no se apartará de ti, y el pacto de Mi paz no será quebrantado, dice el Señor, que tiene compasión de ti» (Is. 54:10).

La esperanza cristiana no es optimismo ni resignación; es la certeza anclada en Aquel que no puede fallar. En Cristo, el creyente tiene refugio, intercesión y poder. Y eso, en verdad, es más que suficiente.

Maria del Carmen Tavarez

Maria del Carmen Tavarez

María del Carmen Tavarez es miembro de la IBI por más de diecisiete años. Graduada del Instituto Integridad & Sabiduría y actualmente finalizando la especialidad en Consejería Bíblica. Ha servido como maestra de Escuela Dominical y escribe para MPLGDG y Lifeway Mujeres. Sirve en los grupos pequeños del Ministerio de Mujeres Ezer.

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