IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
La paternidad exige dos movimientos simultáneos que no siempre resultan naturales: soltar el control excesivo y asumir una responsabilidad profunda. Pablo, en su carta a los efesios, lo articula con precisión: «Padres, no provoquéis a ira a vuestros hijos, sino criadlos en la disciplina e instrucción del Señor» (Ef. 6:4). La primera parte de ese mandato —no provocar— es tan importante como la segunda, y a menudo menos atendida.
Como señala el pastor Tony Evans, el padre suele ser el primero en enojarse y el más propenso a reaccionar con exceso de rigidez. Por eso vale la pena detenerse en la pregunta que pocos se hacen con honestidad: ¿de qué maneras concretas estamos exasperando a nuestros hijos?
Una de ellas es la sobreprotección, ese asfixiarlos con una vigilancia que no deja espacio para crecer. Otra, quizás más dañina, es el favoritismo. La pregunta «¿por qué no puedes ser como tu hermano?» parece inocente, pero tiene el poder de fracturar la identidad de un hijo. Cuando un padre valora más al atleta que al artista —o viceversa— según sus propias preferencias, termina frustrando al hijo que no encaja en su molde.
Está también el error de trasladar los sueños propios no cumplidos a los hijos. «No llegué a ser entomólogo, pero tú lo serás» puede sonar como una aspiración generosa, pero si el hijo no tiene el menor interés en los insectos, se convierte en una carga. A esto se suman el desánimo sistemático, la crítica constante y la retención de la aprobación. Es un dato significativo que rara vez se escucha a un adulto decir que su madre nunca lo afirmó; en cambio, quienes dicen eso de sus padres son legión.
Hay, sin embargo, una forma de provocación que define especialmente a nuestra época: la falta de sacrificio. Se trata del mensaje —a veces implícito, a veces muy explícito— de que los hijos están en medio del camino del padre, interfiriendo con su satisfacción personal. Para muchos padres de hoy, los hijos son un obstáculo, no una prioridad. Esa actitud no construye hogares; los derrumba.
La segunda parte del mandato de Efesios 6:4 es igualmente exigente: criar a los hijos en disciplina e instrucción. Disciplina no significa rigor arbitrario, sino un entorno de reglas claras con recompensas y consecuencias coherentes, donde los hijos saben qué se espera de ellos y pueden tener éxito. Instrucción significa enseñarles la Palabra de Dios —lo que supone que el padre mismo esté en ella y la viva.
Evans comparte una anécdota reveladora: un hombre que lo escuchó hablar sobre el altar familiar —el tiempo de estudio bíblico y adoración en el hogar— le preguntó con toda seriedad si esos altares se vendían en la librería cristiana. La historia hace reír, pero también incomoda. Al menos ese padre quería algo para su familia; el problema era que pensaba conseguirlo sin costo personal.
Porque de eso se trata, en última instancia: de costo personal. Evans mismo lo ejemplifica con un partido de fútbol de su hijo. Había prometido estar presente. Surgió una emergencia que lo obligó a volar a otra ciudad. Su solución fue volar de ida, regresar para la segunda mitad del partido y volver a salir después. Incómodo, costoso, poco eficiente. Y completamente necesario. Cumplir una promesa a un hijo no es un gesto sentimental; es una declaración de quién ocupa el centro.
Nunca tendrás un hogar que sea cristiano si no estás dispuesto a invertir tu tiempo en tus hijos.
La mayoría de los padres cristianos quiere construir un buen hogar. Quiere cumplir sus compromisos con su esposa y sus hijos. Pero querer no es suficiente si no va acompañado de una inversión real: tiempo en la Palabra, tiempo en la iglesia, tiempo con los hijos. No se puede edificar un hogar cristiano desde el sofá. No se puede transmitir una fe que uno mismo no vive.
El llamado es claro y también la promesa que lo acompaña. Un padre que disciplina con amor, que instruye con la Palabra, que cumple sus promesas y que pone a sus hijos por delante de su propia comodidad, no solo está formando hijos que honran a Dios. Está siendo, él mismo, transformado en el proceso. Dios no llama a la paternidad sin comprometerse a sostener a quienes la asumen con fidelidad.
Este artículo es una adaptación del libro «¡Basta ya de excusas!: Sea el hombre que Dios quiere que sea» de Tony Evans. Traducido por el equipo de Ezer con autorización de Crossway.org.
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