IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
Guerras en Medio Oriente, disturbios sociales en América Latina, enfermedades, pérdidas, desempleo: basta con abrir cualquier noticiero para comprobar que la paz escasea en el mundo. Y sin embargo, esta ausencia de paz no se limita a los grandes titulares; también se cuela en la intimidad de los hogares, las escuelas y las oficinas, instalándose silenciosamente en el corazón de las personas. Ante esta realidad, quien no tiene más horizonte que el aquí y el ahora tiene razones de sobra para vivir dominado por el miedo, la ansiedad y la desesperación.
Pero cuando la luz de Cristo ilumina nuestra existencia, algo cambia radicalmente. El creyente puede ser llenado de una esperanza que no defrauda y de esa paz que la Biblia describe como la que «sobrepasa todo entendimiento» (Fil. 4:7). Esto no significa que los cristianos seamos ajenos al dolor o al temor. Muchos hemos experimentado miedo, frustración y noches sin dormir tratando de entender cómo, creyendo en Dios, podemos sentirnos tan frágiles. Si ese es tu caso, necesitas saber que no estás solo. Sentir estas emociones no significa haber dejado de creer, y el Señor no dejará de amarte por experimentarlas.
Las Escrituras no idealizan a sus protagonistas. Moisés, uno de los líderes más grandes en la historia de Israel, sintió miedo cuando Dios le encomendó la misión de sacar a su pueblo de Egipto. Sin embargo, el Señor, en su infinita bondad, atendió ese temor y le mostró que sus enemigos habían muerto (Éx. 4:19). De la misma manera, nuestro Dios nos cuida en cada paso, pues «su Padre sabe lo que ustedes necesitan antes que se lo pidan» (Mt. 6:8).
También Jesús, en el huerto de Getsemaní, reconoció la fragilidad humana de sus discípulos cuando les dijo: «Velen y oren para que no caigan en tentación; el espíritu está dispuesto, pero la carne es débil» (Mt. 26:41). El Señor conoce cada uno de nuestros miedos. No los ignora ni los menosprecia; quiere infundirnos aliento y ayudarnos a crecer en nuestra confianza en Él. Para eso, debemos estar dispuestos a buscar su voluntad y pedirle que nos dé la capacidad de discernirla en un mundo que cada día busca confundirnos más.
Moisés nos enseña otras dos virtudes esenciales: la humildad y la fe. La Biblia lo describe como «muy humilde, más que cualquier otra persona en la tierra» (Nm. 12:3), y esa humildad fue el suelo fértil desde el cual ejerció una fe extraordinaria. Fue enviado a una misión que lo exigía todo —su vida, su familia, su seguridad— y aun así caminó hacia adelante, confiando en quien lo enviaba y sin apoyarse en su propio entendimiento (Prov. 3:5). Su esposa Séfora también lo siguió a una tierra desconocida, demostrando sumisión y fe en medio de la incertidumbre.
Las situaciones inesperadas no piden permiso para llegar. La pandemia, la muerte de un ser querido, el desempleo repentino, la enfermedad, la persecución por la fe: todas son realidades que nos sorprenden sin darnos tiempo de preparar un plan. En esos momentos, solo podemos mantenernos en pie si ponemos nuestra mirada en Cristo y no en nuestras circunstancias.
Conocer a nuestro Señor —su amor, su bondad, su misericordia, su compasión, su justicia— es la base sobre la cual la fe crece y se sostiene. Cuando fundamentamos nuestra confianza en lo que sabemos de Él, y no en lo que vemos con nuestros ojos, podemos caminar por fe y no por vista (2 Co. 5:7). Y su promesa permanece firme: Él estará con nosotros cada día, hasta el fin del mundo (Mt. 28:20b). Esa certeza nos permite encontrar paz en medio de la tormenta (Jn. 14:27; 16:33).
Tal vez en este momento tienes un familiar enfermo, llevas meses sin trabajo, estás siendo perseguido por tu fe o simplemente sientes que el tiempo pasa y la situación no mejora. Ancla tu corazón en la Palabra de Dios y en sus promesas, porque «sabemos que para los que aman a Dios, todas las cosas cooperan para bien» (Ro. 8:28). El cambio quizás no llegue tan rápido como esperas ni de la forma que quisieras, pero lo que sí es seguro es que lo que estás viviendo obrará para tu bien y para su gloria.
Solo el saber en quién hemos confiado y conocer a nuestro Señor, aferrándonos a Él, nos permitirá seguir caminando en fe.
El Señor mismo nos indica en su Palabra el camino hacia esta paz: «No se preocupen por nada; más bien, oren por todo. Díganle a Dios lo que necesitan y denle gracias por todo lo que Él ha hecho. Así experimentarán la paz de Dios, que supera todo lo que podemos entender. La paz de Dios cuidará su corazón y su mente mientras vivan en Cristo Jesús» (Fil. 4:6-7). La oración con acción de gracias no es una fórmula mágica; es el acto de rendición del alma que abre la puerta a la paz que solo Dios puede dar.
¿Conoces esa paz? ¿En quién o en qué la estás buscando? La respuesta que las Escrituras ofrecen es clara y sin rodeos: solo en Jesús. Presenta tus peticiones ante Dios, continúa obedeciendo en medio de las pruebas y confía, aun cuando no veas cambios ni entiendas lo que sucede. Esa paz que sobrepasa todo entendimiento —la paz del alma que ninguna circunstancia puede arrebatar— está disponible para todo aquel que lo busca con sinceridad.
Aurita Gómez es miembro de la Iglesia Bautista Internacional desde 2006 y vive agradecida por haber sido alcanzada por Cristo en 2013. Sus pasiones son las misiones y el discipulado de mujeres. Actualmente estudia en el Instituto Integridad & Sabiduría y es Contador Público de profesión.
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