IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
Hay momentos cotidianos en los que la vida misma se convierte en parábola. Sandra se paró en la puerta de su cocina, respiró hondo y contempló el caos: una torre de trastes en el fregadero, dos calderos llenos de grasa en la estufa, el mostrador cubierto de residuos de una tarde de brownies. Para cobrar ánimo, imaginó el cuadro final —su cocina reluciente y ordenada— y comenzó. Cuando terminó con el fregadero y volteó a ver lo que aún faltaba, la sobrecogió una mezcla de tristeza, cansancio y enojo. Tomó una bocanada de aire, la soltó y continuó, hasta que al fin pudo decir: «¡Cocina limpia!». Fue entonces, al terminar aquella cargada cotidianidad, cuando el Señor trajo a su mente una gloriosa verdad: la recompensa del que persevera hasta el fin.
Esa verdad no es una motivación de autoayuda ni un principio de productividad personal. Es una realidad bíblica, teológicamente rica, que el escritor de Hebreos desarrolla con claridad y urgencia.
En Hebreos 6, el escritor inspirado por el Espíritu Santo traza un fuerte contraste entre el fin de los que desisten y el fin de los que persisten hasta terminar la tarea. El que, habiendo conocido las bondades de Dios, se aleja de la obediencia a sus mandatos, es comparado con una tierra que produce espinos y cardos: cosas inútiles, destinadas al fuego. Pero el que obedece la instrucción de Dios hasta el final de sus días es comparado con vegetación útil que recibe su bendición. El texto lo dice con una claridad que no admite ambigüedades:
«Estamos seguros de mejores cosas en cuanto a vosotros, cosas que corresponden a la salvación, aunque hablamos de esta manera. Porque Dios no es injusto como para olvidarse de vuestra obra y del amor que habéis mostrado hacia Su nombre, habiendo servido, y sirviendo aún, a los santos. Y deseamos que cada uno de vosotros muestre la misma diligencia hasta el fin, para alcanzar la plena certeza de la esperanza, a fin de que no seáis perezosos, sino imitadores de los que mediante la fe y la paciencia heredan las promesas.» (Heb. 6:9-12)
La lógica es sencilla pero exigente: así como sería absurdo considerar limpia una cocina en la que solo se lavó el fregadero, olvidando la estufa y el mostrador, así de ilógico resulta en la vida cristiana ser obediente solo en algunas áreas, o vivir de glorias pasadas de la fe, olvidando que el caminar de un discípulo es una labor del día a día. No por una temporada, sino mientras haya aliento en los pulmones.
El ejemplo más alto de perseverancia no está en ningún héroe de la antigüedad ni en ninguna figura de la historia de la iglesia. Está en Cristo mismo. Él no obedeció al Padre solo durante los tres años de su ministerio público, ni se contentó con haber formado a sus discípulos o haber realizado señales portentosas. La pregunta que Sandra se hace en su reflexión es aguda: ¿qué hubiera sido de nuestra esperanza si en Getsemaní Jesús hubiese desistido? Pero su amor lo llevó a obedecer hasta la muerte, y al hacerlo recibió lo que le correspondía: resucitó, se sentó a la diestra de Dios Padre y nos concedió vida eterna junto a Él.
Esa es la lógica de la cruz: la perseverancia produce fruto. Y ese mismo patrón —esfuerzo fiel, resistencia en la prueba, recompensa al final— es el que Dios ha diseñado también para sus hijos.
Sin embargo, vivir ese patrón no es sencillo. Tras el pecado, la tierra se nos resiste. El cansancio llega, el desánimo también. Las malas noticias, las pérdidas, la rutina desgastante y la tentación de desobedecer hacen que ser fiel a Dios se sienta pesado. Por eso la Escritura no solo describe la recompensa de la perseverancia, sino que también nos provee de verdades fortalecedoras para sostenernos un día a la vez. Tres de ellas resuenan con especial fuerza:
«No nos cansemos, pues, de hacer bien; porque a su tiempo segaremos, si no desmayamos.» (Gál. 6:9)
«Por tanto, nosotros también, teniendo en derredor nuestro tan grande nube de testigos, despojémonos de todo peso y del pecado que nos asedia, y corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante.» (Heb. 12:1)
«Bienaventurado el varón que soporta la tentación; porque cuando haya resistido la prueba, recibirá la corona de vida, que Dios ha prometido a los que le aman.» (Stg. 1:12)
Sin importar la tortuosidad de los días, las adversidades en casa, las batallas con tu concupiscencia diaria, recuerda esforzarte y ser valiente, sin temor, sabiendo que nuestro Dios estará todos los días con nosotros, hasta el fin del mundo.
Siempre hay un fin del camino. La pregunta que cada creyente debe responder —no con palabras, sino con la dirección de su vida— es cuál será ese fin. Las adversidades no desaparecerán. Las batallas internas tampoco. Pero ninguna de esas realidades tiene la última palabra para quien corre con la mirada puesta en Cristo y en la promesa que Él mismo dejó sellada: «Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo» (Mt. 28:20). La cocina puede parecer interminable. El camino cristiano, también. Pero la recompensa es real, y el que prometió es fiel.
Sandra Morales Castillo es sierva de Cristo por gracia desde los doce años. Esposa de Janly Colón, madre de Odette y Felipe. Miembro de la IBI. Pediatra endocrinóloga, certificada en Estudios Teológicos por la Academia Ministerial de la Gracia (Santiago, RD).
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