Integridad y Sabiduria
Perseverando a pesar del abuso
Perseverando a pesar del abuso

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Emociones y alma

Perseverando a pesar del abuso

Yicell de Ortiz 28 julio, 2020

«Gozándoos en la esperanza, perseverando en el sufrimiento, dedicados a la oración» (Rom. 12:12). Esta exhortación del apóstol Pablo no es una fórmula de consuelo vacío: es una invitación a mantenerse de pie cuando el dolor parece insoportable. Porque el abuso existe, y existe también dentro de las congregaciones cristianas.

Los casos de violencia doméstica alcanzan a millones de personas cada año. Las estadísticas indican que una de cada cuatro mujeres ha sido víctima de alguna forma de maltrato. Y aunque el tema pueda parecer ajeno, es muy probable que alguien cercano a nosotros lo esté viviendo en este momento. Las iglesias no son inmunes a esta realidad: muchos creyentes llegan a sus congregaciones cargando el peso silencioso del abuso en el hogar, con el corazón herido y, con frecuencia, sin saber a quién acudir.

Reconocer el abuso para poder enfrentarlo

Antes de hablar de perseverancia, es necesario nombrar con claridad aquello de lo que estamos hablando. Jim Newheiser, consejero cristiano, define el abuso como «el trato inadecuado y perjudicial que una persona le da a otra al hacer uso de sus poderes, privilegios o ventajas». Esta definición es amplia porque el abuso adopta muchas formas:

  • Maltrato físico: comportamiento que inflige una lesión física no accidental a la víctima.
  • Abuso sexual de adulto: incluye el acoso sexual y la violación.
  • Abuso sexual infantil: cualquier uso de un niño con el propósito de obtener satisfacción sexual.
  • Agresión verbal y maltrato psicológico: lenguaje y acciones de odio, amenazas y manipulación.

El abuso, en cualquiera de estas manifestaciones, es pecado. Quien lo comete pone en peligro la seguridad, la vida y la integridad de otra persona; viola a un ser humano que lleva impresa la imagen de Dios (Gén. 1:27). Reconocer esto es importante no solo para quien lo sufre, sino también para quienes están a su alrededor y pueden acompañar y ayudar.

Cuando el abuso ocurre en el hogar, las consecuencias se extienden más allá de la víctima directa. Los hijos que crecen en ambientes de violencia sufren traumas severos que marcan su desarrollo emocional y espiritual. El ambiente de temor constante también puede llevar a quien lo padece a caer en ira, amargura y desesperación, estados que, lejos de aliviar el sufrimiento, lo intensifican. Por eso, si estás atravesando alguna de estas situaciones, el primer paso es acercarte a tus líderes y buscar consejería. No estás solo ni sola en esto.

Cuatro anclas para perseverar en medio del dolor

La Escritura no promete que el sufrimiento desaparecerá de inmediato, pero sí ofrece anclas concretas para sostenerse en medio de él.

Clama al Dios de los indefensos. El Salmo 10:17-18 declara: «Señor, tú conoces las esperanzas de los indefensos; ciertamente escucharás sus clamores y los consolarás. Harás justicia a los huérfanos y a los oprimidos, para que ya no los aterre un simple mortal». Dios no está ausente ni indiferente. La historia de José, vendido por sus propios hermanos y arrojado a una cisterna, ilustra con claridad que el Señor permanece con quienes sufren injusticia, y que a su tiempo obra a favor de ellos (Gén. 37:18-25).

Confía en su justicia. Romanos 12:17-19 nos exhorta: «Nunca paguéis a nadie mal por mal […] Amados, nunca os venguéis vosotros mismos, sino dad lugar a la ira de Dios, porque escrito está: Mía es la venganza, yo pagaré, dice el Señor». Puede parecer que los abusadores quedan impunes, pero la justicia de Dios es perfecta y definitiva. Esta certeza no es una evasión de la realidad, sino un fundamento sólido para la perseverancia.

Perdona al que te ha herido. Efesios 4:32 ordena: «Sed más bien amables unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros, así como también Dios os perdonó en Cristo». Perdonar no significa minimizar el daño ni exponerse de nuevo al peligro. Significa soltar la carga del rencor y confiar el caso a Dios. Él nos perdonó primero, y nos capacita para hacer lo mismo con quienes nos han lastimado.

Vence el mal con el bien. José pudo haberse vengado de sus hermanos cuando la providencia puso el poder en sus manos. En cambio, eligió el amor y la compasión. Romanos 12:20-21 lo expresa así: «Pero si tu enemigo tiene hambre, dale de comer; y si tiene sed, dale de beber […] No seas vencido por el mal, sino vence con el bien el mal». Una forma práctica de vivir este principio es orar por el abusador, pidiendo a Dios que lo lleve al arrepentimiento.

Así como de grande es tu dolor, mayor que ese dolor es la Gracia de Dios.

Un Dios que no se mantiene distante

Perseverar en medio del abuso no depende de fuerzas propias. Dios promete en Isaías 41:10: «No temas, porque yo estoy contigo; no te desalientes, porque yo soy tu Dios. Te fortaleceré, ciertamente te ayudaré, sí, te sostendré con la diestra de mi justicia». Cristo mismo conoce el sufrimiento: lo padeció de manera inimaginable en la cruz, y por eso puede compadecerse de quienes sufren. Hebreos 4:16 nos invita con confianza: «Acerquémonos con toda confianza al trono de la gracia de nuestro Dios. Allí recibiremos su misericordia y encontraremos la gracia que nos ayudará cuando más la necesitemos».

Si estás en medio del abuso o lo has vivido en el pasado, hay esperanza real para ti. No en el silencio ni en el aislamiento, sino en el Dios que ve, que escucha, que juzga con justicia perfecta y que camina contigo en cada paso del proceso. Acércate a quienes pueden ayudarte. Busca a tu pastor o consejero de confianza. Y aférrate a la Palabra, porque allí encontrarás el refrigerio que tu alma necesita.

Yicell de Ortiz

Yicell de Ortiz

Yicell de Ortíz es autora del blog yicelldeortizblog.com, dedicado a guiar a mujeres hacia Cristo mediante recursos bíblicos. Esposa y madre. Miembro de la IBI, donde, junto a su esposo, sirve en el ministerio de Jóvenes Adultos M-AQUI.

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