IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
Nadie llega al altar anticipando la traición. Viola y su esposo se casaron jóvenes, enamorados y sin mayor preparación para las complejidades del matrimonio. Los horarios opuestos, la llegada de los hijos y la vorágine cotidiana fueron erosionando silenciosamente la intimidad que toda unión necesita. Lo que parecía simplemente el ritmo normal de la vida familiar se convirtió, sin que ella lo advirtiera a tiempo, en el terreno fértil para una infidelidad. Cuando la traición llegó, su primer impulso fue categórico: «Esto no lo perdono».
Lo que siguió no fue una resolución fácil ni instantánea. Fue un proceso —doloroso, resistido y finalmente rendido— que comenzó con las palabras de un guía espiritual y culminó en un retiro donde la Palabra de Dios desmanteló todo el orgullo que ella había levantado como muro de defensa. Esta es su historia, y también una lección para quienes hoy enfrentan una herida similar.
Uno de los errores más frecuentes en el matrimonio ocurre casi sin que los esposos lo noten: con la llegada de los hijos, la madre vuelca toda su energía en la crianza y el hogar, y el esposo pasa a un segundo plano. Viola lo reconoce con honestidad: ordenar la casa y atender a los hijos consumía todo su tiempo, y sin advertirlo, había dejado de ser la compañera, la amiga, la confidente que su esposo necesitaba.
Este desplazamiento no es trivial. Dios le dijo a Adán que no era bueno que el hombre estuviera solo, y le dio una ayuda idónea (Gn. 2:18). Ese diseño divino no queda suspendido cuando nacen los hijos. Ser ayuda idónea significa estar presente, cuidar, acompañar. Cuando esa presencia se retira —aunque sea por razones tan nobles como la maternidad—, se abre una brecha que el enemigo puede aprovechar. Viola admite que no fue lo suficientemente sabia para advertir el peligro: su esposo trabajaba en un ambiente de alta exposición mundana y regresaba a casa donde ella, exhausta y ocupada, era apenas una esposa «de ocasión».
Reconocer este error no equivale a culpar a la víctima de la infidelidad. La traición es responsabilidad del que la comete. Pero la honestidad de Viola al examinar su propio papel es precisamente lo que hace su testimonio tan valioso: no busca justificar al ofensor, sino entender el contexto para no repetirlo, y para ayudar a otros a no caer en el mismo patrón.
Cuando Viola descubrió la infidelidad, el dolor fue devastador. «La traición del ser amado hiere hasta lo más profundo del corazón», escribe. Los extraños pueden rechazarte, pero ese dolor suele ser pasajero. La traición de quien ha sido depositario de tu confianza es otra cosa: es una herida que se instala en lo profundo y que alimenta el rencor con cada recuerdo.
Su guía espiritual no intentó convencerla con argumentos. Le dijo algo más sabio: «Estás demasiado herida, nada de lo que yo te diga ahora te hará cambiar de opinión. Tienes que escuchar la voz de Dios». Casi a regañadientes, Viola asistió a un retiro cuyo tema era, precisamente, el perdón. Llegó con la guardia alta y la decisión tomada. Pero mientras el predicador exponía, algo comenzó a desmoronarse por dentro.
Las palabras que la quebraron no fueron de consuelo psicológico, sino de confrontación escritural. Primero: «No juzguéis, para que no seáis juzgados» (Mt. 7:1). Luego: la enseñanza de perdonar hasta setenta veces siete (Mt. 18:21-22). Sintió que eran los ojos mismos de Jesús escudriñando su corazón. Las lágrimas brotaron sin control. Era Dios confrontándola a través de Su Palabra, y todo su orgullo comenzó a desvanecerse.
La pregunta que surgió entonces lo resume todo: «¿Quién soy yo para no perdonar, si Jesús ya me perdonó y ese perdón le costó su vida en la cruz?».
El perdón es un acto de la voluntad. Negarnos a perdonar es permanecer cautivos dentro de una profunda y oscura celda emocional y espiritual, y Dios nos quiere libres.
Si hoy atraviesas una situación igual o parecida, el consejo de Viola es directo: perdona. Y si te sientes incapaz, hazlo de todas formas —aunque sea por obediencia—. No porque el otro lo merezca, sino por misericordia: dar al otro lo que no se merece. No alimentes el rencor. Cuando decides perdonar, el rencor y el dolor mueren por falta de alimento.
La Segunda Carta a los Corintios lo ordena con claridad: debemos «destruir toda especulación y todo conocimiento altivo que se levante en nuestro interior, y llevarlo cautivo a los pies de Cristo» (2 Co. 10:5). Recoge tu dolor, llévalo cautivo, y déjalo ante la cruz.
¿Requiere esfuerzo? Sí, y grande. Pero es una de las mejores oportunidades de crecimiento que Dios suele concedernos. El perdón no borra el pasado ni niega el dolor, pero sí rompe las cadenas que ese dolor puede imponernos. Y Dios, que pagó el precio más alto para librarnos, nos quiere libres.
Viola Núñez de López anhela servir al Señor hasta el final de sus días. Educadora por profesión y vocación. Miembro de la IBI, donde sirve como consejera y mentora de mujeres. Madre de cuatro, abuela de diecisiete y bisabuela de trece.
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