Integridad y Sabiduria
Como perseverar en la aflicción
Como perseverar en la aflicción

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Emociones y alma

Como perseverar en la aflicción

Angélica Rivera de Peña 14 abril, 2020

La pregunta no es si enfrentaremos aflicciones, sino cómo perseveraremos cuando lleguen. Las tribulaciones no son la excepción en la vida cristiana; son parte del camino. Por eso, el apóstol Pablo escribe a los tesalonicenses con orgullo y gratitud, reconociendo en ellos algo que no se improvisa: una fe creciente y un amor que abunda aun bajo presión (2 Ts. 1:3-5). ¿Qué había en el carácter de Pablo y en esa iglesia que los sostuvo? La respuesta tiene implicaciones profundas para todo creyente.

Una gratitud que sostiene y una fe que crece

Lo primero que salta a la vista en el texto es que Pablo siempre daba gracias. No ocasionalmente, no cuando las circunstancias lo permitían, sino siempre. Y lo llama «justo»: dar gracias a Dios no es un sentimentalismo opcional, sino una actitud que refleja madurez cristiana. La ausencia de queja en el creyente no es ingenuidad ni negación de la realidad; es el fruto de un corazón que ha aprendido a ver a Dios por encima de las circunstancias. Sin ese corazón agradecido, la perseverancia se agota.

Lo segundo que distingue a la iglesia de Tesalónica es que su fe y su amor crecían día tras día, precisamente en medio de persecución y presión. La fe no se desarrolla en el vacío; crece al conocer a Dios. Ese conocimiento produce confianza, y la confianza genera quietud y libera de la preocupación. Pero hay algo más: el verdadero conocimiento de Dios siempre desemboca en amor al prójimo. No es posible crecer en el conocimiento real y práctico de Dios sin crecer en amor por el otro. Juan lo dice con claridad: «El que no ama no conoce a Dios, porque Dios es amor» (1 Jn. 4:8). El amor al hermano, entonces, es un barómetro confiable del crecimiento espiritual.

Este amor no es pasivo. Mueve a la acción: buscar, restaurar, trabajar, no criticar. Al mismo tiempo, la fe opera en otra dirección: nos lleva a la quietud. Nos permite ver lo que el temor nos oculta. Como dice el autor de Hebreos, la fe es «la certeza de lo que no se ve» (Heb. 11:1). A medida que un creyente madura, se preocupa menos por las faltas ajenas, no porque las ignore, sino porque comprende que la transformación de las personas es obra del Espíritu de Dios. La amonestación sigue siendo responsabilidad nuestra; la carga de producir el cambio, no.

La prueba revela lo genuino de nuestra fe

No sabemos de qué estamos hechos hasta que la adversidad llega. Job se quejó en su prueba; Jeremías maldijo el día de su nacimiento. La aflicción puede enfriar la fe y llevar al creyente a dudar y cuestionar a Dios. La iglesia de Tesalónica creció bajo condiciones de oposición real, y eso es precisamente lo que hace que su ejemplo sea tan valioso: su fe era genuina porque fue probada.

Las circunstancias difíciles nos recuerdan que estamos fuera de control, pero nunca fuera del control de Dios. El dolor es la ocasión idónea para conocer la consolación divina; la soledad, para experimentar su compañía; la carencia, para recibir su provisión. Como lo expresó el pastor Miguel Núñez:

Si el Dios de la bonanza, de la salud no sigue siendo el mismo Dios en la aflicción, yo lo que tenía era un becerro de oro y no a Dios.

La mirada puesta en Cristo, no en las circunstancias

El tercer elemento que sostuvo a los tesalonicenses fue poner los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe. El amor mutuo entre los creyentes no solo los consoló y animó, sino que les impidió concentrarse en las debilidades del otro. Cuando los ojos se apartan de Cristo y se fijan en uno mismo o en los demás, la división entra al cuerpo. La estrategia del enemigo es precisamente esa: sembrar duda y crear división. La debilidad de la iglesia no es principalmente teológica ni litúrgica; es relacional. Una iglesia que conoce poco a Dios, confía poco en Él, lo ama poco, y en consecuencia ama poco a su hermano. El mejor barómetro de una congregación no es la elocuencia de su oración ni la solidez de su teología, sino la confianza y el amor con que vive. Juan lo resume sin adornos: «Hijitos míos, no amemos de palabra ni de lengua, sino de hecho y en verdad» (1 Jn. 3:18).

En medio de la aflicción, el creyente necesita reconocer que Dios es su guía, fortaleza, refugio, compañía, sustento y roca firme. No un Dios conveniente para las temporadas fáciles, sino el mismo Dios en todo tiempo. Esa convicción, unida a una fe que crece, un amor que se practica y una gratitud que no cede ante las circunstancias, es lo que hace posible perseverar cuando todo parece desmoronarse.

Angélica Rivera de Peña

Angélica Rivera de Peña

Angélica Rivera de Peña es miembro de la Iglesia Bautista Internacional en la República Dominicana y sirve junto a su esposo, el pastor Joel Peña, en el ministerio de Vida Joven. Es graduada del Instituto Integridad & Sabiduría y posee un certificado en ministerio del Southern Baptist Theological Seminary a través del Seminary Wives Institute. También forma parte del equipo del ministerio de mujeres Ezer. Está casada con Joel, y juntos tienen dos hijos: Samuel y Abigail.

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