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Una perspectiva correcta del sufrimiento
Una perspectiva correcta del sufrimiento

Foto de Alena Darmel en Pexels

Emociones y alma

Una perspectiva correcta del sufrimiento

Aurita Gómez 9 noviembre, 2021

El sufrimiento es una realidad que no requiere argumentación: basta con abrir las noticias o sentarse a conversar con alguien para que emerja. Es una constante en el mundo caído en que vivimos. Todo ser humano, en algún momento de su existencia, ha experimentado el sufrimiento como algo malo, y con razón: genera molestia, dolor, inseguridad y duda. Estos sentimientos son genuinos y no deben minimizarse.

Sin embargo, para quienes han sido redimidos por Cristo, el sufrimiento puede y debe ser visto a una luz distinta. Esto no significa que deje de doler ni que los cristianos estén exentos de él. El mismo Señor Jesús lo dejó claro: «En el mundo tienen tribulación; pero tengan valor; Yo he vencido al mundo» (Jn 16:33). La promesa no es la ausencia de sufrimiento, sino la victoria sobre él. La pregunta, entonces, no es si vamos a sufrir, sino cómo vamos a hacerlo.

La soberanía de Dios como ancla en el dolor

La primera verdad que debemos tener clara cuando sufrimos es quién está en control de todo cuanto nos sucede. Lamentaciones 3:37-38 nos recuerda con una pregunta directa: «¿Quién es aquel que habla y así sucede, a menos que el Señor lo haya ordenado? ¿No salen de la boca del Altísimo tanto el mal como el bien?». Nada escapa a la soberanía de Dios. Él habla y así sucede; Él ordena, y en esa soberanía canaliza tanto el bien como el mal.

Si hemos puesto nuestra confianza en un Dios bueno, podemos descansar en que todo cuanto Él permita en nuestra vida «coopera para bien de los que aman a Dios, de los que son llamados conforme a Su propósito» (Ro 8:28). Nuestra tendencia natural es ver el sufrimiento como algo exclusivamente dañino, pero a la luz de la Escritura, el sufrimiento puede producir crecimiento espiritual y fortaleza de carácter cuando aprendemos a atravesarlo de la mano de nuestro Salvador.

Y no solo eso. Al mirar hacia atrás, muchos creyentes pueden testificar que en las temporadas más difíciles, Dios se hizo más cercano, más real. Con el paso del tiempo, aquellas experiencias dolorosas fueron tomando forma y propósito. Uno de esos propósitos es la capacidad de consolar a quienes atraviesan situaciones similares a las que ya hemos vivido (2 Co 1:3-4). El sufrimiento, lejos de encerrarnos en nosotros mismos, puede volvernos más sensibles y solidarios con el dolor ajeno.

Pablo: un modelo de cómo sufrir bien

El apóstol Pablo es uno de los ejemplos más claros en las Escrituras de alguien que aprendió a sufrir bien. El libro de los Hechos registra los enormes padecimientos que soportó por causa de Cristo: prisiones, azotes, naufragios, peligros constantes y la amenaza permanente de perder la vida. Pablo no llegó a ser el gran apóstol que fue sin pasar por la escuela del dolor.

Lo primero que podemos aprender de él es su sumisión al Señor incluso en el encarcelamiento: «Quiero que sepan, hermanos, que las circunstancias en que me he visto han redundado en el mayor progreso del evangelio, de tal manera que mis cadenas por la causa de Cristo se han hecho notorias en toda la guardia pretoriana y a todos los demás» (Fil 1:12-13). Su prisión no apagó su misión; su enfoque permaneció fijo en la gloria de Cristo.

También fue vulnerable y sincero delante de Dios. Respecto a su aguijón en la carne, escribió: «Acerca de esto, tres veces he rogado al Señor que lo quitara de mí» (2 Co 12:8). Pablo reconoció su necesidad y recurrió al único que podía ayudarlo. Y la respuesta del Señor fue contundente: «Te basta Mi gracia, pues Mi poder se perfecciona en la debilidad» (v. 9). En su punto más vulnerable, Pablo no encontró silencio, sino la gracia de Dios obrando con poder. Cabe preguntarnos: ¿hemos experimentado en nuestra propia debilidad que la gracia de Dios es suficiente?

El sufrimiento traerá a nuestras vidas crecimiento espiritual y fortaleza de carácter si aprendemos a atravesarlo de la mano de nuestro Salvador.

El contentamiento: fruto de una vida rendida al Señor

El punto culminante del camino de Pablo en el sufrimiento no fue la eliminación del dolor, sino el contentamiento en medio de él. Aprendió a estar contento en escasez y en abundancia, en hambre y en saciedad, en necesidad y en prosperidad. Y de allí brota esa declaración que tantas veces hemos citado sin medir su profundidad: «Todo lo puedo en Cristo que me fortalece» (Fil 4:13). Este contentamiento no fue instantáneo; fue el resultado de una vida diaria de dependencia del Señor, de comunión con Él y de un conocimiento creciente de su carácter santo.

Ese mismo proceso está disponible para cada creyente hoy. Requiere paciencia, humildad y la disposición de buscar a nuestro Salvador cada día, para que nuestra confianza en Él crezca y nuestra perspectiva del sufrimiento sea transformada. El Dios que acompañó a Pablo en sus prisiones es el mismo que nos acompaña a nosotros en nuestros propios valles. Y bajo su mano misericordiosa, el sufrimiento no tiene la última palabra.

Aurita Gómez

Aurita Gómez

Aurita Gómez es miembro de la Iglesia Bautista Internacional desde 2006 y vive agradecida por haber sido alcanzada por Cristo en 2013. Sus pasiones son las misiones y el discipulado de mujeres. Actualmente estudia en el Instituto Integridad & Sabiduría y es Contador Público de profesión.

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