Integridad y Sabiduria
El poder de Dios en acción
El poder de Dios en acción

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Vida cristiana

El poder de Dios en acción

Miguel Núñez 28 mayo, 2017

«Nosotros amamos porque Él nos amó primero» (1 Jn. 4:19). Esta verdad no es simplemente un versículo familiar; es el fundamento de toda la vida cristiana. El amor que somos llamados a manifestar no nace de nuestra voluntad ni de nuestro esfuerzo moral: nace de Dios mismo, quien lo ha derramado en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo (Rom. 5:5). Porque Dios es amor por naturaleza, y ese amor ha sido depositado en quienes le pertenecen, los creyentes estamos llamados no solo a recibirlo, sino a reflejarlo y compartirlo.

Esta no es una invitación opcional. Es una demanda que surge de la misma identidad que Dios nos ha dado. Solo los verdaderos creyentes pueden manifestar este amor de manera genuina, porque solo ellos han sido transformados por él. La pregunta, entonces, no es si debemos reflejar el amor de Dios, sino de qué manera lo estamos haciendo —o si verdaderamente lo estamos haciendo.

Lo que significa reflejar el amor de Dios

Reflejar el amor de Dios comienza en lo más íntimo: una relación comprometida, obediente y cercana con Él. No puede haber desbordamiento de algo que no se ha recibido primero. Por eso, quienes rodean al creyente deben poder ver en su vida a Cristo y su evangelio. La forma de ser, el comportamiento cotidiano, la manera de tratar a los demás: todo ello debe hablar de Cristo antes de que abramos la boca.

Esto se traduce en actitudes concretas y reconocibles. Ser imitadores de Cristo, caminar en mansedumbre y humildad, vivir cada fruto del Espíritu, ser luz en los espacios donde Dios nos ha colocado —el hogar, el trabajo, la comunidad— son expresiones visibles de un corazón que ha sido genuinamente transformado. La sabiduría, la virtud, la integridad: nada de esto es decoración espiritual. Son la evidencia de que Dios habita en nosotros.

Sin embargo, es importante comprender también lo que reflejar el amor de Dios no es. No basta con llamarse cristiano. No es suficiente congregarse cada semana, asistir a los grupos, participar en las actividades de la iglesia o incluso enseñar y predicar. Todas estas cosas pueden coexistir con un corazón que no ha sido tocado por el amor genuino de Dios. El amor de Dios debe manifestarse en pureza, piedad, bondad y gozo reales —no en apariencias externas que ocultan una vida interior vacía.

El amor en acción: compartirlo con los demás

Reflejar el amor de Dios hacia adentro —en el carácter, en la devoción, en la obediencia— necesariamente se desborda hacia afuera. Compartir ese amor con los demás no es un proyecto especial reservado para ocasiones particulares; es el modo normal de vivir del creyente. Amar, orar, perdonar, dar, escuchar, servir, acompañar, hospedar, sufrir junto al que sufre: estas son formas prácticas y cotidianas en que el amor de Dios se hace visible en el mundo a través de nosotros.

Cuando el amor de Dios se manifiesta así en nuestras vidas, dejamos en evidencia que Dios vive en nosotros, apuntamos a los demás hacia Cristo, y su nombre es glorificado. La luz del evangelio se convierte en la protagonista, y nosotros pasamos a un segundo plano. Eso es exactamente lo que debe ocurrir.

Por eso, también debemos tomar con toda seriedad la advertencia contraria. Manifestar falta de amor, desprecio, acepción de personas o abandono hacia cualquier ser humano no tiene justificación bíblica y no refleja en absoluto el amor de Dios. La Escritura es contundente: «Si alguien dice: "Yo amo a Dios", pero aborrece a su hermano, es un mentiroso. Porque el que no ama a su hermano, a quien ha visto, no puede amar a Dios a quien no ha visto» (1 Jn. 4:20-21). No hay manera de separar el amor a Dios del amor al prójimo. Son dos caras de la misma moneda.

Si el amor de Dios se manifiesta en nuestras vidas, la luz de Cristo y su evangelio serán los protagonistas, ya no seremos nosotros.

Una pregunta que merece respuesta honesta

El amor es la mayor de las virtudes: «Y ahora permanecen la fe, la esperanza, el amor: estos tres; pero el mayor de ellos es el amor» (1 Cor. 13:13). Esta afirmación no es un cierre poético; es un llamado a la reflexión personal. Quienes nos rodean —en el trabajo, en el hogar, en los estudios— ¿ven en nosotros el amor de Dios? ¿Estamos compartiendo ese amor de manera activa y genuina? ¿Está siendo Dios glorificado por nuestra causa? ¿Estamos comprometidos, en serio, a reflejar y compartir el amor que hemos recibido?

Responder con honestidad estas preguntas es el primer paso para vivir como lo que somos: hijos e hijas de un Dios que es, en su misma naturaleza, amor.

Miguel Núñez

Miguel Núñez

Miguel Núñez es pastor Titular de la Iglesia Bautista Internacional y presidente y fundador de Ministerio Integridad & Sabiduría. Su visión es impactar esta generación con la revelación de Dios en el mundo hispanohablante.

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