Integridad y Sabiduria
3 privilegios de la intimidad con el Padre
3 privilegios de la intimidad con el Padre

Foto de Kari Alfonso en Pexels

Vida devocional

3 privilegios de la intimidad con el Padre

Ezer 21 julio, 2020

Hay frases que decimos tan seguido que dejamos de escucharlas. «Padre nuestro que estás en los cielos» es una de ellas. La repetimos con naturalidad, casi sin detenernos a considerar lo que estamos haciendo: criaturas finitas, pecadoras y rotas, dirigiéndose al Dios infinito, santo y majestuoso —aquel ante cuya presencia los ángeles se cubren el rostro— como a un padre. ¿Cómo es posible? ¿Qué hace que esto no sea una imprudencia, sino un privilegio?

La respuesta está en Gálatas 4. Pablo escribe que «el Espíritu clama: ‹Abba, Padre›» (Gál. 4:6), y con esas dos palabras resume uno de los milagros más profundos del evangelio: la adopción. A través de Cristo, Dios nos ha recibido como hijos suyos. Y a través de su Espíritu, nos da la confianza para vivir como tales.

Hablar y pensar en Dios como hijos, no como esclavos

Cuando un niño adoptado llama «papá» o «mamá» a sus nuevos padres por primera vez, algo cambia. Quizás al principio lo hace con timidez, tanteando el terreno de una relación que todavía está aprendiendo a habitar. Pero ese momento es una señal de que el niño está comenzando a sentirse verdaderamente en casa. Calvino lo expresó con precisión: no habría audacia más grande que llamar «Padre» a Dios, a menos que fuéramos adoptados como hijos de gracia en Cristo. Es precisamente el Espíritu quien nos mueve a ese clamor con «voz libre y plena».

Dios planeó esta adopción «de acuerdo con su beneplácito» (Ef. 1:5). No fue un accidente ni una concesión. Fue su propósito eterno. Y si los padres terrenales experimentan alegría genuina cuando su hijo adoptado los llama por primera vez «papá» o «mamá», ¿cuánto más se complace Dios cada vez que uno de sus hijos lo llama «Padre»?

Esto transforma también la manera en que pensamos en Dios. Pablo establece una distinción importante en Gálatas 4:7: ya no somos esclavos, sino hijos. El esclavo vive en permanente temor a la desaprobación de su amo, siempre inseguro de su lugar, siempre calculando si ha hecho suficiente para no ser rechazado. El hijo, en cambio, no puede ser despedido. Puede ser disciplinado —y todo buen padre lo hace por el bien de sus hijos—, pero nunca desechado. La filiación no es temporal ni condicional. «No eres hijo de crianza. ¡Eres adoptado de por vida, y la vida para ti es eterna!»

El grito «Abba, Padre» no está reservado para los momentos tranquilos de devoción. En su uso original, era la exclamación espontánea de un niño que corría hacia su padre en el momento de necesidad. Cuando un niño se cae y se lastima, no busca a cualquier adulto cercano: quiere a su papá o su mamá. Así es como debemos acercarnos a Dios: no como quienes deben ganarse su atención, sino como hijos que saben que su Padre se preocupa por lo que les sucede.

La herencia que lo cambia todo

Pablo va aún más lejos: «Y como eres su hijo, Dios te ha hecho también heredero» (Gál. 4:7). En el mundo romano, solo los varones heredaban. Al decir que todos los creyentes —hombres y mujeres— son «hijos» y, por tanto, herederos, Pablo está afirmando algo radicalmente inclusivo: en la familia de Dios, todos heredan sin excepción. La herencia no se distribuye por mérito ni por posición social. Se recibe por filiación.

Y lo que heredamos sobrepasa cualquier cosa que podamos imaginar. Heredamos el glorioso mundo nuevo de Dios. Pero más aún: heredamos a Dios mismo. Frente a eso, los mayores sueños humanos —el éxito, la fama, la riqueza, el amor romántico— palidecen. No porque sean malos en sí mismos, sino porque ninguno puede compararse con disfrutar de la comunión con el Padre eterno.

La única vez que se cita a Jesús diciendo ‹Abba, Padre› es en el Jardín de Getsemaní mientras suda sangre ante la perspectiva de la cruz. Incluso cuando te sientes aplastado por tu dolor, Dios sigue siendo tu Abba, Padre.

Esto es especialmente importante en el sufrimiento. Pablo lo afirma sin rodeos: «Considero que los sufrimientos del tiempo presente no son dignos de ser comparados con la gloria que nos ha de ser revelada» (Rom. 8:18). La filiación no nos exime del dolor, pero sí nos da dónde pararnos en medio de él. Jesús mismo, en el momento más oscuro de su vida terrenal, clamó «Abba, Padre». Y si el Hijo eterno recurrió a esa expresión cuando sentía el peso aplastante de la cruz, sus hermanos y hermanas adoptivos pueden hacer lo mismo en sus propios valles de sombra.

La fuente de la alegría verdadera

La alegría cristiana no nace de las circunstancias favorables ni de la ausencia de dificultades. Nace de saber quiénes somos: hijos e hijas del Dios vivo. Se profundiza al vivir como tales. Y se sostiene en la convicción de que Dios nos ama con el mismo amor con que ama a su propio Hijo.

Cada vez que un creyente ora y dice «Padre», está enunciando el evangelio en miniatura. Está declarando que Cristo lo ha redimido, que el Espíritu lo ha sellado y que Dios lo ha recibido para siempre. Es el milagro más cotidiano de la vida cristiana —y también el más extraordinario.

Adaptado de «Reforming Joy: A Conversation Between Paul, the Reformers, and the Church Today» de Tim Chester. Traducción del equipo de Ezer con autorización de Crossway.org.

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