IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
Foto de Atahan Demir en Pexels
Miguel Núñez • 22 febrero, 2016
Pocos temas generan tanta tensión intelectual y emocional como la existencia del mal en un mundo creado por un Dios bueno y todopoderoso. Si Dios puede impedirlo y no lo hace, ¿no lo convierte eso en cómplice? Y si no puede impedirlo, ¿sigue siendo Dios? Esta tensión ha llevado a muchos a cuestionar, abandonar o redefinir su fe. Sin embargo, antes de concluir que el problema es irresoluble, conviene examinar las respuestas que se han ofrecido a lo largo de la historia y evaluar cuál de ellas, si alguna, resulta verdaderamente coherente.
La Biblia no elude este problema. Por el contrario, lo aborda con una profundidad que ninguna otra cosmovisión logra igualar. Explorar sus enseñanzas requiere, primero, entender por qué las alternativas propuestas fuera de ella terminan siendo filosóficamente insostenibles.
A lo largo de la historia se han propuesto al menos tres respuestas recurrentes que merecen un examen cuidadoso.
La primera es el teísmo finito: la idea de que Dios existe pero es limitado, que no puede controlar plenamente el universo y que, por tanto, no puede impedir el mal. El problema es evidente: un dios que no controla el universo es un dios que podría ser destruido por el mismo mal que no logra contener. Esa figura no corresponde al Dios que revela la Escritura, ni siquiera al dios que reconocen las otras dos grandes religiones monoteístas, el judaísmo y el islam.
La segunda respuesta es el ateísmo: si Dios no existe, el mal tampoco tiene explicación real. Sin un Dios que fundamente la ley moral, no hay estándar alguno para distinguir el bien del mal. Si el ser humano es solo materia evolucionada, no existe diferencia moral entre la muerte de una gallina y la de un hombre. Los homicidios y genocidios nos resultan atroces precisamente porque reconocemos que el ser humano posee una dignidad que lo trasciende, dignidad que solo puede fundamentarse en haber sido creado a imagen de Dios (Gn. 1:27). Sin ese fundamento, la indignación moral ante el crimen carece de sustento racional.
La tercera respuesta proviene de ciertos sistemas religiosos orientales, como gran parte del hinduismo: el mal es una ilusión. Pero esta postura se destruye a sí misma en el momento en que alguien se queja del abuso, la injusticia o el sufrimiento. Nadie vive realmente como si el dolor que experimenta fuera ilusorio. Afirmar que el atropello, la violación o el genocidio no son reales resulta no solo filosóficamente irracional, sino moralmente insostenible.
La cuarta respuesta —la que la Escritura sostiene— es que tanto Dios como el mal existen, pero que Dios gobierna soberanamente el mal y lo hace cooperar para un bien mayor. Esta no es una idea abstracta: está anclada en narrativas históricas concretas que la revelación bíblica registra con claridad.
El caso de José es paradigmático. Sus hermanos lo vendieron como esclavo por envidia y odio. José terminó en una cárcel egipcia. Sin embargo, a través de una cadena de circunstancias que solo la providencia divina puede hilvanar, fue sacado de esa celda para convertirse en la mano derecha del faraón y preservar la vida de miles de personas durante una hambruna devastadora, entre ellas la de sus propios hermanos. Su respuesta ante ellos resume con precisión notable lo que la Escritura enseña sobre el mal y la soberanía divina: «Ustedes pensaron hacerme mal, pero Dios lo cambió en bien para que sucediera como vemos hoy, y para preservar la vida de mucha gente» (Gn. 50:20).
El mismo principio se despliega en el acontecimiento central de la historia de la redención. La crucifixión de Jesucristo fue el acto más injusto jamás cometido: el Hijo de Dios, sin pecado, condenado y ejecutado. Sin embargo, el libro de Hechos deja en claro que ese acto no ocurrió a espaldas de Dios ni en contra de su voluntad: «Porque en verdad, en esta ciudad se unieron tanto Herodes como Poncio Pilato, junto con los gentiles y los pueblos de Israel, contra tu santo siervo Jesús, a quien tú ungiste, para hacer cuanto tu mano y tu propósito habían predestinado que sucediera» (Hch. 4:27-28). Un hecho tan horroroso como la muerte del Hijo de Dios resultó en la glorificación de Dios de una manera sin precedentes y en el mayor beneficio que el ser humano puede recibir: la salvación.
Ustedes pensaron hacerme mal, pero Dios lo cambió en bien para que sucediera como vemos hoy, y para preservar la vida de mucha gente.
La respuesta bíblica al problema del mal no elimina el misterio ni anestesia el dolor. Sin embargo, ofrece algo que ninguna otra cosmovisión puede dar: un fundamento racional y moral sobre el cual pararse, y una esperanza concreta anclada en la historia. Dios no es indiferente ante el mal, ni impotente frente a él. Lo gobierna, lo limita y lo conduce hacia sus propósitos, que siempre son buenos. No siempre comprendemos sus caminos —la Escritura no lo oculta—, pero sí sabemos que el mismo Dios que sacó a José de la prisión y que resucitó a su Hijo de entre los muertos no ha perdido el control de nada. Y esa certeza, aunque no responda todas las preguntas, es suficiente para seguir caminando.
Lorem ipsum dolor sit amet, consectetur adipiscing elitLorem ipsum dolor sit amet, consectetur adipiscing elit