Statamic
El problema del bien y el mal: La relación de Dios con la maldad.
El problema del bien y el mal: La relación de Dios con la maldad.

Foto de Alfo Medeiros en Pexels

Apologética y cosmovisión

El problema del bien y el mal: La relación de Dios con la maldad.

Miguel Núñez 1 marzo, 2016

Una de las preguntas más antiguas y persistentes de la fe es esta: si Dios es bueno y todopoderoso, ¿por qué existe el mal? La respuesta no es sencilla, pero la Escritura no nos deja sin luz. Dios ha revelado con claridad suficiente cómo se relaciona con el mal, por qué lo permite y hacia dónde conduce todo dentro de su plan soberano. Comprender esto no elimina el misterio, pero sí ofrece una base firme desde la cual confiar en Él en medio de un mundo roto.

Para aproximarse bien a esta pregunta, conviene comenzar desde el principio: ¿de dónde viene el mal?

El origen del mal y la libertad humana

El mal no es una cosa que pueda ser creada. Esta fue precisamente la intuición del teólogo Agustín de Hipona (354–430 d. C.), quizás el pensador más influyente en toda la historia de la iglesia. El mal no tiene existencia propia ni fue diseñado por Dios; se originó espontáneamente en el corazón de criaturas que recibieron libertad y la abusaron.

Los textos de Ezequiel 28:12–19 e Isaías 14:12–20 describen cómo Lucifer quiso rebelarse contra Dios y actuar de manera independiente. Lo mismo ocurrió con Adán y Eva. La lógica es clara: Dios creó seres humanos con libre albedrío; esa libertad presupone la posibilidad de obrar en contra de su voluntad; y fue precisamente esa libertad —algo bueno en sí mismo— la puerta por la que el mal entró al mundo. Dios no lo causó; lo permitió como consecuencia inevitable de haber creado seres genuinamente libres.

Pero Dios no se limitó a observar. Desde el mismo momento de la caída, reveló su intención de redimir su creación. En Génesis 3:15 leemos la primera promesa mesiánica de toda la Escritura: «Y pondré enemistad entre tú y la mujer, y entre tu simiente y su simiente; Él te herirá en la cabeza, y tú lo herirás en el calcañar» (Gn. 3:15). Satanás heriría a Cristo en el calcañar al llevarlo hasta la cruz; pero Cristo heriría a Satanás en la cabeza al desarmarlo completamente en esa misma cruz (Col. 2:14–15). El instrumento del mal más grande se convertiría en el acto redentor más poderoso de la historia.

Dios permite el mal, pero no lo pierde de vista

Aquí surge una pregunta inevitable: si Dios puede destruir el mal, ¿por qué no lo hace de inmediato? Las Lamentaciones ofrecen una respuesta que merece detenerse a considerar: «Por la misericordia del Señor no hemos sido consumidos, pues nunca decayeron Sus misericordias» (Lm. 3:22). Imaginemos que Dios decidiera eliminar toda maldad esta misma noche. La aplicación inmediata de su justicia perfecta incluiría a cada ser humano que ha pecado, es decir, a todos. La misericordia divina exige una pausa en el juicio, y esa pausa es lo que experimentamos como historia.

Pero hay algo más que la Escritura afirma con claridad y que con frecuencia incomoda: Dios no es ajeno al mal que ocurre. Las Lamentaciones lo expresan sin rodeos: «¿Quién es aquel que habla y así sucede, a menos que el Señor lo haya ordenado? ¿No salen de la boca del Altísimo tanto el mal como el bien?» (Lm. 3:37–38). Esto no significa que Dios sea el autor moral del mal, sino que nada escapa a su gobierno soberano. Él ha decidido permitirlo, usarlo para sus propósitos y hacer que de él resulte un bien mayor.

La cruz es la demostración suprema de este principio. Nada ha sido más malvado que la crucifixión del Hijo santo de Dios; y sin embargo, ningún otro acontecimiento en toda la historia ha producido mayor bien. El libro de los Hechos lo dice con precisión asombrosa: «Porque en verdad, en esta ciudad se unieron tanto Herodes como Poncio Pilato, juntamente con los gentiles y los pueblos de Israel, contra Tu santo Siervo Jesús, a quien Tú ungiste, para hacer cuanto Tu mano y Tu propósito habían predestinado que sucediera» (Hch. 4:27–28). El mal obró; y Dios lo gobernó.

Nada ha sido más malvado que la crucifixión del santo Hijo de Dios, y sin embargo, no ha habido ningún otro hecho en toda la historia que haya traído mayor bien.

El final ya está escrito: el mal será destruido

La historia redentora tiene un destino claro. Dios ha prometido que llegará el día en que culminará todo, y en ese momento ya no habrá llanto, ni dolor, ni maldad. El Apocalipsis lo anuncia con palabras que son al mismo tiempo promesa y consuelo: «Él enjugará toda lágrima de sus ojos, y ya no habrá muerte, ni habrá más duelo, ni clamor, ni dolor, porque las primeras cosas han pasado… Y ya no habrá más maldición» (Ap. 21:4; 22:3). En ese momento, todo lo que hoy confunde o duele encontrará su lugar dentro de un propósito que siempre estuvo en manos de Dios.

Mientras tanto, caminamos en medio de un mundo donde el mal es real y duele. Por eso resultan tan pertinentes las palabras de C. S. Lewis: «Dios nos susurra en nuestros buenos tiempos, habla a nuestras conciencias, pero nos grita en el dolor; es su megáfono para despertar a un mundo sordo». El mal no es la última palabra. El Dios soberano que permitió la cruz y la transformó en redención es el mismo que sostiene nuestra historia hoy, y que la llevará, sin falta, a su conclusión gloriosa.

Miguel Núñez

Miguel Núñez

Miguel Núñez es pastor Titular de la Iglesia Bautista Internacional y presidente y fundador de Ministerio Integridad & Sabiduría. Su visión es impactar esta generación con la revelación de Dios en el mundo hispanohablante.

Sidebar Banner

UNETE A NOSOTROS

Lorem ipsum dolor sit amet, consectetur adipiscing elitLorem ipsum dolor sit amet, consectetur adipiscing elit

Banner