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A propósito del debate sobre el aborto: un análisis genético, médico y ético
A propósito del debate sobre el aborto: un análisis genético, médico y ético

Foto de MART PRODUCTION en Pexels

Cultura, sociedad y ética

A propósito del debate sobre el aborto: un análisis genético, médico y ético

Miguel Núñez 12 diciembre, 2014

El debate sobre el aborto rara vez es tan honesto como debería serlo. Con frecuencia se presenta de manera emocional o pragmática, y como consecuencia, gobernantes y legisladores reciben información manipulada que los conduce a decisiones que no resisten un análisis ético riguroso. Cuando la solución a un problema moral y teológico se busca en términos meramente utilitaristas, el resultado es una grieta profunda que, con el tiempo, hace colapsar el edificio entero. En el caso del aborto, ese edificio es la sociedad misma.

Lejos de estabilizar a una sociedad en crisis, la legalización del aborto solo profundiza sus fracturas. Los índices de drogadicción, promiscuidad, depresión, suicidio y violencia intrafamiliar no disminuyen en las naciones que han despenalizado el aborto; con frecuencia, aumentan. Ninguna civilización ha prosperado destruyendo a sus miembros más vulnerables. La historia lo confirma con elocuencia.

Lo que la genética enseña sobre la vida humana

El Dr. Jérôme Lejeune, padre de la genética moderna y descubridor de la trisomía 21 como causa del síndrome de Down, dedicó parte de su vida a defender la vida humana desde la concepción ante los tribunales de Francia y Estados Unidos. Sus argumentos no eran filosóficos ni religiosos en primer término: eran científicos.

Lejeune explicaba que a tan solo dos meses de la concepción, el ser humano en formación posee manos, pies, órganos internos y cerebro. Sus huellas dactilares ya son distinguibles. Todo lo necesario para establecer su identidad única está en su lugar. «Lo único que tiene que hacer es crecer», escribió. Ante el subcomité judicial del Senado estadounidense, declaró con precisión: «Cuando el espermatozoide y el óvulo se encuentran, un nuevo ser humano es formado porque su propia constitución humana y personal está completamente definida. No hay duda de que es un ser humano».

La biología respalda esta conclusión de forma contundente. Si un organismo posee metabolismo, es capaz de crecer y puede dividirse de manera autónoma, ese organismo tiene vida. El cigoto cumple estas tres condiciones desde el instante de la fecundación. Y dado que proviene de dos donantes humanos y contiene cromosomas e información genética humana, es una vida humana. Y si es una vida humana, tiene derechos humanos. El artículo 4 de la Convención Americana de Derechos Humanos lo reconoce explícitamente al establecer que ese derecho debe ser respetado desde el momento de la concepción.

El costo moral de ignorar la evidencia

Algunos han argumentado que eliminar vidas con enfermedades genéticas reduciría el sufrimiento y el costo social. El Dr. Lejeune respondió a este razonamiento con una claridad implacable: «El precio de estas enfermedades es precisamente lo que una sociedad debe pagar para seguir siendo plenamente humana». Medir el valor de una vida humana en términos de utilidad o capacidad funcional no es un ejercicio de compasión; es el primer paso hacia la barbarie.

La historia lo ilustra de manera perturbadora. Esparta fue la única ciudad griega que practicó sistemáticamente la eugenesia, eliminando a los recién nacidos considerados inútiles para la guerra. El resultado: no dejó ni un poeta, ni un músico, ni una sola obra que enriqueciera a la humanidad. Como señaló Lejeune, los genetistas se preguntan si Esparta se empobreció intelectualmente porque mató a sus futuros pensadores antes de que pudieran desarrollarse.

El Dr. Bernard Nathanson, quien fuera director de una de las clínicas de abortos más activas de Nueva York y uno de los principales promotores de su legalización en Estados Unidos, abandonó esa práctica al observar, durante un procedimiento, la expresión de dolor de un feto al ser sujetado por una pinza. La fetología, inaugurada por Sir William Liley, ha documentado ampliamente que el feto responde al dolor, al tacto, al sonido, a la luz y al calor. La ultrasonografía en tiempo real, el electrocardiograma fetal y el electroencefalograma lo confirman sin lugar a dudas.

La calidad de una civilización se mide por el respeto que tiene por sus miembros más débiles. No hay otro criterio.

Una súplica en nombre de la vida

El Salmo 139:16 declara: «Tus ojos vieron mi embrión, y en Tu libro se escribieron todos los días que me fueron dados, cuando no existía ni uno solo de ellos». Esta verdad no es solo teológica; converge con lo que la ciencia ya confirma: que desde el primer momento de la concepción existe un ser humano único, irrepetible, conocido y sostenido por Dios.

En nombre de la genética, del sentido moral común a todos los hombres, del florecimiento humano y del Dios del cielo y la tierra, es imperativo que quienes tienen autoridad para legislar reconsideren cualquier decisión que autorice la destrucción de la vida humana. Esos seres que aún no tienen voz no tienen a nadie que abogue por ellos si quienes gobiernan no lo hacen. La defensa de la vida no es solo una convicción religiosa; es la condición mínima de una civilización que aspira a llamarse humana.

Miguel Núñez

Miguel Núñez

Miguel Núñez es pastor Titular de la Iglesia Bautista Internacional y presidente y fundador de Ministerio Integridad & Sabiduría. Su visión es impactar esta generación con la revelación de Dios en el mundo hispanohablante.

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