IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
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Maria del Carmen Tavarez • 6 octubre, 2022
¿Qué es exactamente un milagro? Aunque la palabra se usa con frecuencia, su significado preciso merece atención. El Dr. Bernard, en el Hastings Bible Dictionary, lo define como «una intervención sobrenatural en el mundo externo que aporta una revelación singular de la presencia y del poder de Dios». No se trata, pues, de cualquier coincidencia extraordinaria ni de un simple evento providencial, sino de un acto directo de la voluntad divina que irrumpe en el orden natural para revelar quién es Dios y cuáles son sus propósitos.
Desde una perspectiva bíblica, toda la naturaleza depende del Creador; el universo no está gobernado por leyes inmutables e independientes. Como señala Schultz en su Old Testament Theology, «la esencia del milagro no es que sea sobrenatural, sino que constituye una prueba clara y singularmente notable del poder de Dios y de la libertad que usa para cumplir sus propósitos». Con este fundamento en mente, la pregunta relevante no es simplemente qué es un milagro, sino para qué sirvieron los milagros de Jesús.
El apóstol Juan responde con precisión: «Pero estas se han escrito para que ustedes crean que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios; y para que, al creer, tengan vida en Su nombre» (Jn. 20:31). Este versículo revela dos propósitos inseparables.
El primero es evangelístico. La palabra «creer» aparece aproximadamente cien veces en el Evangelio de Juan, lo que no es casual. Juan escribió su Evangelio para ofrecer razones sólidas para la fe salvadora, entendida como un regalo divino que conduce a la vida eterna: «Pero a todos los que lo recibieron, les dio el derecho de llegar a ser hijos de Dios, es decir, a los que creen en Su nombre» (Jn. 1:12).
El segundo propósito es apologético: dar a conocer la verdadera identidad de Jesús como el Dios-hombre encarnado, cuyas naturalezas divina y humana estaban perfectamente unidas en una sola persona. Él es el Cristo —el Mesías profetizado— y el Salvador del mundo (Jn. 1:41; 3:16; 4:25-26; 8:58).
Para sostener esta doble intención, Juan organizó su Evangelio en torno a ocho «señales» o pruebas que refuerzan la identidad de Jesús y fortalecen la fe del creyente:
Cada una de estas señales apunta a la misma verdad: Jesús es el gran «Yo Soy», el Dios encarnado, el Príncipe de Paz (Is. 9:6), el único en quien hay salvación. «En ningún otro hay salvación, porque no hay otro nombre bajo el cielo dado a los hombres, en el cual podamos ser salvos» (Hch. 4:12).
¿Sigue Jesús haciendo milagros hoy? La respuesta es sí. Cada vez que Dios atrae a una persona a la fe y esa persona confiesa que Jesús es el Señor, el Hijo de Dios, eso es un milagro, y uno de proporciones extraordinarias. La conversión de un alma no es menos asombrosa que la resurrección de Lázaro; en ambos casos, Dios da vida donde no la había.
Como hijos e hijas de Dios, tenemos el privilegio y la responsabilidad de ser instrumentos de ese milagro. Dondequiera que el Señor nos envíe —en el hogar, con los vecinos, en el trabajo, en los espacios de descanso— existe la oportunidad de que ocurra el milagro de la salvación si nos dejamos guiar por el Espíritu Santo que habita en nosotros (Mr. 13:11). Dios, en Su gracia, nos ha otorgado dones (1 Co. 12:9-10, 28-30) para continuar la obra que Jesús encomendó a sus discípulos (Mt. 28:18-20).
Toda la plenitud de la Deidad reside corporalmente en Él.
Sin embargo, es indispensable mantener la guardia espiritual. No toda manifestación que se presenta como «milagro» proviene de Dios. El adversario es incansable y obra mediante falsos prodigios. Por eso, el discernimiento —cultivado mediante la oración constante y la comunión íntima con Dios— es esencial para reconocer cuándo es Él quien obra y cuándo no.
Vivir motivados por el milagro de la salvación que hemos recibido a través del sacrificio de Jesús —en quien tenemos perdón y redención por Su sangre (Col. 1:14)— transforma la manera en que miramos el mundo. El horizonte que se une con el mar, el nacimiento de un niño, la vastedad del cosmos: todo apunta a un Creador que sostiene todas las cosas «por la palabra de Su poder» (He. 1:3).
Los milagros de Jesús no fueron espectáculos diseñados para impresionar, sino señales que apuntan a una sola verdad: Él es el Cristo, el Hijo de Dios, y creer en Él es tener vida. Esa vida, transformada y sostenida por Su gracia, es en sí misma el mayor milagro que cualquier ser humano puede experimentar.
María del Carmen Tavarez es miembro de la IBI por más de diecisiete años. Graduada del Instituto Integridad & Sabiduría y actualmente finalizando la especialidad en Consejería Bíblica. Ha servido como maestra de Escuela Dominical y escribe para MPLGDG y Lifeway Mujeres. Sirve en los grupos pequeños del Ministerio de Mujeres Ezer.
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