IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
Foto de Engin Akyurt en Pexels
Miguel Núñez • 10 agosto, 2015
La violencia contra la mujer es una de las crisis más persistentes y devastadoras de nuestra época. El 20 de diciembre de 1993, la Asamblea General de las Naciones Unidas adoptó la Declaración para la Eliminación de la Violencia contra la Mujer. Desde entonces, los esfuerzos globales para erradicarla han sido considerables. Sin embargo, las cifras siguen siendo alarmantes: en América Latina, más de la mitad de las mujeres ha sido víctima de violencia en su propio hogar. Según la Organización Mundial de la Salud, entre un 15 % y un 71 % de las mujeres en distintos países ha sufrido abuso sexual entre los 16 y los 49 años. El costo emocional, físico y psicológico —tanto para ellas como para sus hijos— es inconmensurable, y el costo económico en países como Estados Unidos supera los 5,8 billones de dólares anuales.
Ante esta realidad, es legítimo preguntarse: ¿qué está causando todo esto? Se han señalado factores como la dependencia económica, el machismo cultural y los bajos niveles de educación. Estos pueden ser causas secundarias, pero no llegan al fondo del problema. La raíz de la violencia contra la mujer no está fuera del hombre, sino dentro de él.
Las Escrituras son directas al respecto. Santiago pregunta: «¿De dónde vienen las guerras y los conflictos entre vosotros? ¿No vienen de vuestras pasiones, que combaten en vuestros miembros?» (Stg. 4:1). La violencia doméstica, la violencia social, la violencia intrafamiliar —todas tienen el mismo origen: el corazón humano no transformado.
Quienes sostienen que la educación es la solución primaria deberían considerar la historia con más atención. Fue la intelectualidad alemana la que perpetró el Holocausto Nazi, que cobró la vida de seis millones de judíos y entre diez y once millones de personas en total. El siglo XX fue el más educado y tecnológicamente avanzado de la historia conocida, y sin embargo fue también el más sangriento: más personas murieron en conflictos bélicos durante ese siglo que en todos los siglos anteriores combinados. La educación puede modificar comportamientos externos, pero no cambia el valor que el ser humano se da a sí mismo ni a los demás.
Del mismo modo, el nivel socioeconómico tampoco explica el fenómeno de manera integral. El abuso contra la mujer ha sido documentado en todas las clases sociales y en todas las culturas. Es un problema universal, lo cual señala precisamente a una causa también universal: la condición del corazón humano.
La dignidad de la mujer —y la de todo ser humano— tiene un fundamento que no es político ni filosófico, sino teológico. El libro de Génesis declara: «Creó, pues, Dios al hombre a imagen suya, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó» (Gn. 1:27). Si el ser humano no es más que un conjunto de aminoácidos combinados al azar, como algunos postulan hoy, entonces no existe base sólida para hablar de derechos humanos. Pero si la mujer lleva impresa la imagen de Dios, entonces atacarla es atacar a Dios mismo.
Santiago lo refuerza con una imagen poderosa: maldecir a otro ser humano ya constituye una violación de la imagen de Dios en él (Stg. 3:9). Si una simple maldición merece tal juicio, ¿cómo debe ver Dios el abuso físico cometido contra una mujer o contra una niña?
Ningún movimiento en la historia ha hecho más por elevar la dignidad de la mujer que el movimiento cristiano. Antes de su influencia, en culturas como la romana, la griega y la china, la mujer era considerada propiedad del esposo. Aristóteles la situaba en un punto intermedio entre el hombre y el esclavo. Platón enseñó que un hombre cobarde reencarnaría como mujer. En la India, las viudas eran quemadas junto al cadáver de sus esposos. En China, las niñas eran abandonadas para morir. En África y en nuestra propia región, existían prácticas igualmente crueles. Fue el avance misionero cristiano de los últimos dos siglos el que comenzó a revertir muchas de estas realidades. «Si Dios hizo al hombre y a la mujer a Su imagen y semejanza, entonces la mujer tiene un valor en sí misma, algo que es intrínseco e innegable».
El hombre que abusa de una mujer no tiene temor de Dios en su corazón, y si no tiene temor de Dios, tampoco tendrá respeto por Su imagen.
Hay una ilustración que captura bien el problema. Un padre, queriendo deshacerse de su hija por un momento, tomó un periódico, arrancó una página con el mapa del mundo, la rasgó en pedazos y le pidió a la niña que lo armara. Esperaba tener horas de tranquilidad. Pero la niña regresó en minutos con el mapa completo. «¿Cómo lo hiciste tan rápido?», preguntó el padre, asombrado. «Es que detrás del mapa había la figura de un hombre», respondió ella, «y cuando armas al hombre, el mundo queda armado».
Esa es precisamente la lección que la sociedad moderna se niega a aprender. Se han invertido millones de dólares y enormes cantidades de recursos tratando de modificar la conducta externa del ser humano, mientras el mundo interior permanece sin transformación alguna. El resultado es una sociedad cada vez más disfuncional, a pesar de todos esos esfuerzos. Pablo lo advirtió con claridad: «la mente puesta en la carne es enemiga de Dios, porque no se sujeta a la ley de Dios, pues ni siquiera puede hacerlo» (Ro. 8:7). La mente no renovada no puede someterse a la ley de Dios —ni siquiera cuando lo intenta.
Dios mismo señaló la causa del deterioro social en el libro de Oseas: «Mi pueblo perece por falta de conocimiento» (Os. 4:6). El conocimiento que falta no es académico ni técnico; es el conocimiento del Dios vivo. La única solución definitiva para la violencia contra la mujer —y para cualquier otro mal que brota del corazón humano— es un encuentro transformador con Dios a través de Su Redentor, Jesucristo. No hay legislación, campaña de concientización ni programa educativo que pueda sustituir esa transformación interior.
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