Integridad y Sabiduria
¿Cómo puedo mirar al futuro y sonreír en medio de esta pandemia?
¿Cómo puedo mirar al futuro y sonreír en medio de esta pandemia?
Emociones y alma

¿Cómo puedo mirar al futuro y sonreír en medio de esta pandemia?

Sandra J. Viau Majluta 28 abril, 2020

Desde hace algún tiempo, el versículo de Proverbios 31:25 ha resonado con insistencia: «Está vestida de fortaleza y dignidad, y se ríe sin temor al futuro.» La pregunta es inevitable: ¿es posible vivir así en medio de una crisis que hace al futuro lucir sombrío e incierto? La respuesta es que sí —para aquellos que eligen confiar en Dios—, pero esta respuesta exige profundidad. No basta con haberla escuchado decenas de veces ni haberla citado en momentos difíciles; el alma necesita entender lo que esta palabra verdaderamente implica.

La crisis sanitaria producida por el COVID-19 ha expuesto con particular crudeza las fragilidades humanas. Hay quienes enfrentan el aislamiento en soledad; otros cargan con hijos que criar sin apoyo, con ingresos que dependen de cada semana trabajada, o con trastornos de ansiedad y depresión que el clima de incertidumbre agudiza. La verdad es que nadie atraviesa este tiempo sin peso, y algunos lo cargan con una intensidad mayor que otros. Sin embargo, Dios no guarda silencio ante ese peso: «Cuando pases por aguas profundas, yo estaré contigo. Cuando pases por ríos de dificultad, no te ahogarás. Cuando pases por el fuego de la opresión, no te quemarás; las llamas no te consumirán» (Is. 43:2).

Lo que realmente significa confiar en Dios

Para comprender lo que Dios exige de nosotros cuando nos invita a confiar en Él, vale la pena detenerse en el significado mismo de esa palabra. Confiar es esperar con firmeza que algo suceda; es encargar algo a alguien y ponerlo bajo su cuidado. Es tener seguridad y esperanza en otra persona, descansar en ella, sincerarse con ella, y entregarle la responsabilidad de una situación que nos supera.

Trasladadas estas definiciones al plano espiritual, confiar en Dios significa, en primer lugar, esperar afirmados en su Palabra aquello que Él hará en nuestra vida a través de esta crisis. Significa también rendirle por completo la realidad actual y colocarla bajo su cuidado, y creer que Él es el lugar seguro y la esperanza del futuro, sin importar cómo luzca el presente. Implica, además, ocuparse con diligencia de lo que nos corresponde y dejar el resto bajo su control —lo cual produce descanso genuino—, así como sincerarse con Él cuando el miedo aparece, sin creer que eso lo decepciona. Por último, confiar en Dios supone reconocer que todo cuanto acontece está bajo su responsabilidad soberana, pues nada escapa al gobierno perfecto del que sostiene todo lo creado.

El árbol junto al río: confianza personal, no solo doctrinal

El pasaje que más luz ha arrojado sobre este tema se encuentra en Jeremías 17:7–8: «Pero benditos son los que confían en el Señor y han hecho que el Señor sea su esperanza y confianza. Son como árboles plantados junto a la ribera de un río con raíces que se hunden en las aguas. A esos árboles no les afecta el calor ni temen los largos meses de sequía. Sus hojas están siempre verdes y nunca dejan de producir fruto.»

La imagen es poderosa. En medio de la sequía —de la crisis, de la escasez, de la incertidumbre—, el árbol que tiene sus raíces hundidas en las aguas no se marchita. Sus hojas permanecen verdes y su fruto llega en el tiempo preciso. Esa es la promesa para quien confía de verdad.

Pero hay un matiz que merece atención particular: el texto no exhorta a confiar en lo que Dios puede hacer en términos generales, sino a que cada persona deposite su caso específico en sus manos. Un pastor ilustró este punto con una imagen memorable: si alguien dice que confía en cierto médico de excelente reputación, pero cuando enferma prefiere a otro y no le entrega su caso, en realidad no ha confiado en él —solo ha reconocido su fama. Con Dios ocurre exactamente lo mismo. Hay quienes creen firmemente que Él es poderoso y puede obrar maravillas, pero solo en la vida de los demás, no en la propia. Esa no es confianza; es admiración a distancia.

Muchas veces nos pasa con respecto a Dios: creemos firmemente en que Él es poderoso y puede obrar, pero en la vida de otros, no en la nuestra.

Una fe expectante que mira al futuro sin temor

Es tiempo de dar un paso más allá de la confianza doctrinal y entrar en una fe expectante, personal y concreta. La promesa de Jeremías 17 no es para una categoría abstracta de creyentes; es para cada persona que, en medio de su circunstancia particular, decide plantar sus raíces en el Señor. Esa es la mujer, el hombre, el creyente que puede mirar al porvenir y sonreír —no por ingenuidad, sino por convicción—, porque su esperanza no descansa en las circunstancias, sino en la fidelidad de Dios.

Salir de la zona de confort espiritual significa retarse a confiar en Él incluso cuando el presente duele, cuando las cuentas no cierran, cuando la salud es incierta y cuando el miedo aparece con fuerza. Porque Él ha prometido que quien confía en su nombre será prosperado aun en medio de la crisis y florecerá en la sequía. Su Palabra lo confirma: «El Señor es mi fortaleza y mi escudo; confío en él con todo mi corazón. Me da su ayuda y mi corazón se llena de alegría; prorrumpo en canciones de acción de gracias» (Sal. 28:7). Esa es la invitación: confiar en Dios con todo el corazón —no a medias, no solo en teoría—, y descubrir que Él es, en efecto, más que suficiente.

Sandra J. Viau Majluta

Sandra J. Viau Majluta

Sandra J. Viau Majluta es sierva escogida desde la eternidad y salva por gracia desde su infancia. Consejera y psicóloga familiar, dedicada a ser instrumento de Dios para restaurar mujeres heridas. Miembro de la IBI por más de veinte años. Madre de dos jóvenes.

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