IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
Hace poco, el pastor Steven Cole escribió estas palabras que merecen detenernos: «Me temo que en nuestra sociedad decadente, incluso nosotros mismos en la iglesia hemos crecido tan acostumbrados al pecado que ya no es chocante». Esa observación, escrita desde otra cultura, refleja exactamente la misma carga que pesa sobre tantos ministros del evangelio hoy: el pueblo de Dios ha dejado de reaccionar al pecado como debería.
Esta desensibilización se manifiesta de dos maneras concretas: la normalización de pecados que antes eran considerados de enorme gravedad, y lo poco que perturba ese mismo pecado a quienes no lo practican, pero lo presencian a diario. No es un fenómeno marginal; es una crisis silenciosa que atraviesa congregaciones enteras.
Los factores que nos han conducido a este punto son múltiples y se refuerzan mutuamente. La exposición al pecado en el mundo contemporáneo es sencillamente abrumadora. Es difícil ver televisión, ir al cine, caminar por las calles o hacer uso de las redes sociales sin encontrarse con expresiones diversas de pecado de manera tan frecuente que la gran mayoría de esas exposiciones nos pasan completamente desapercibidas.
Lo que antes perturbaba, hoy entretiene. Lo que antes avergonzaba, hoy se celebra. Y la repetición constante de esas imágenes, narrativas y comportamientos va erosionando, casi sin que lo notemos, la sensibilidad moral que la Palabra de Dios busca cultivar en sus hijos. El problema no es solo externo; lo hemos interiorizado.
Pero la influencia cultural no actúa sola. Dentro de la iglesia, en los últimos años se ha hecho un énfasis en la gracia de Dios divorciada de su santidad, y esto ha tenido consecuencias serias. La preocupación no radica en haber exaltado demasiado la gracia —ese atributo de Dios es tan infinito que resulta difícil hablar de un exceso genuino—, sino en que cuando la gracia se presenta a expensas de la santidad, se vuelve muy difícil para el creyente comprender lo horroroso que resulta el pecado ante los ojos de Dios.
Una mirada honesta a la crueldad de la cruz basta para convencernos. El Padre entregó al Hijo a un madero por una sola razón: el pecado. Esa es la medida de cuánto Dios aborrece el pecado. Y si eso no fuera suficiente, considerar que un Dios infinitamente misericordioso condena a una eternidad de sufrimiento a quienes mueren en sus transgresiones deja en claro que el pecado no es una debilidad comprensible ni un error menor; es, como alguien lo ha definido con precisión, una «traición cósmica» ante el Creador.
Estamos tan desensibilizados al pecado que bromeamos con él, nos reímos de nuestras propias formas pecaminosas y aún aplaudimos cuando vemos a otros confesar pecados profundos que nos debieran llevar a llorar antes que celebrar. La confesión es algo bíblico, necesario y profundamente bueno; pero no podemos olvidar que diferentes personas confiesan por diferentes motivaciones, y que una vida de piedad genuina no siempre sigue a esa confesión. Lo más apropiado sería llorar con quien confiesa: llorar por las consecuencias que el pecado ha traído y llorar al contemplar la realidad de una naturaleza humana que, aún después de la redención, continúa siendo arrastrada por él.
Estamos tan desensibilizados al pecado que bromeamos con él, nos reímos de nuestras propias formas pecaminosas y aún aplaudimos cuando vemos a otros confesar pecados profundos que nos debieran llevar a llorar antes que celebrar.
El apóstol Pablo conocía bien esta lucha. En Romanos 7:24 exclama: «¡Miserable de mí! ¿Quién me libertará de este cuerpo de muerte?» Y casi en el mismo aliento responde: «¡Gracias a Dios, por medio de Jesucristo Señor nuestro!» (Ro. 7:25). Ahí reside el modelo bíblico de cómo reaccionar ante el pecado: primero, una expresión genuina de horror ante su realidad; después, una mirada de esperanza dirigida al único que puede librarnos de él.
Esa secuencia —horror y esperanza— no es extremismo ni intolerancia. Es precisamente la respuesta que el evangelio produce en una conciencia despierta. Recuperarla no es optional para el creyente; es una señal de que la gracia de Dios ha hecho su obra en nosotros de manera plena y no parcial, que conocemos tanto la misericordia del Padre como la seriedad de aquello de lo que esa misericordia nos rescató.
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