IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
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Miguel Núñez • 8 septiembre, 2011
El matrimonio es una institución honrosa establecida por Dios, y como tal debe reflejar su gloria en cada dimensión de la vida conyugal, incluida la intimidad sexual. Las Escrituras lo afirman con claridad: «Sea el matrimonio honroso en todos, y el lecho matrimonial sin mancilla, porque a los inmorales y a los adúlteros los juzgará Dios» (Heb. 13:4). Esta verdad implica que las relaciones sexuales entre esposos no son un asunto neutral o puramente privado, sino que deben ser ejercidas en el marco de la santidad que corresponde a quienes pertenecen al Señor.
Aunque la Palabra de Dios no especifica con detalle cada práctica sexual permitida dentro del matrimonio, sí ofrece principios orientadores que los esposos harían bien en tomar en cuenta. Ignorarlos no es libertad; es negligencia espiritual. A continuación se presentan cuatro de esos principios fundamentales.
El primero de estos principios tiene que ver con el diseño físico con el que Dios creó el cuerpo humano. El ano fue diseñado como un órgano de desecho, no de placer. Su estructura fisiológica está orientada a permitir la expulsión de excrementos hacia el exterior, no a recibir introducción alguna. Las relaciones anales, por tanto, van en contra del propósito para el que ese órgano fue creado.
El apóstol Pablo aborda esta realidad en Romanos 1:26, donde escribe que «Dios los entregó a pasiones degradantes; porque sus mujeres cambiaron la función natural por la que es contra la naturaleza» (Rom. 1:26). Este texto llama la atención sobre dos realidades distintas: la práctica del lesbianismo y, muy probablemente, la práctica del sexo anal, puesto que en ambos casos se abandona la función natural del cuerpo por algo que va en contra de ella. Lo que es contra la naturaleza no deja de serlo por el hecho de ocurrir dentro del matrimonio.
El mismo principio creacional aplica al uso de vibradores y otros dispositivos similares. El Creador, en su sabiduría, diseñó al hombre y a la mujer para satisfacerse mutuamente. El fenómeno de la vibración artificial no formó parte de ese diseño original. Más allá de la práctica en sí misma, su incorporación puede abrir la puerta a una progresión de prácticas cada vez más alejadas del orden natural, hasta llegar a conductas aún más cuestionables. Los esposos deben cuidarse de no ir degenerando de una práctica en otra.
Un segundo grupo de principios tiene que ver con prácticas que, aunque ocurran en privado, introducen elementos externos que comprometen la pureza del matrimonio. El uso de material pornográfico —ya sea en forma de revistas, películas u otros medios— es uno de ellos. Independientemente del argumento de que su uso sea «entre los dos esposos», el material pornográfico es pecaminoso en sí mismo. Introduce en la mente imágenes de terceras personas, alimenta la concupiscencia y distorsiona la visión que los esposos deben tener el uno del otro. No puede haber lugar para él en un matrimonio que busca honrar a Dios.
La sensibilidad de cualquiera de los dos cónyuges no debe ser violada con ninguna práctica, en caso de que uno de los dos en la pareja no se sienta cómodo con ella.
El sexo oral ocupa un lugar diferente en esta conversación. Se trata de una práctica que ha generado debate genuino en el seno de la iglesia: hay cristianos que la aprueban y otros que la condenan. Dado que la Escritura no la prohíbe explícitamente, este es un punto que debe ser guiado por el Espíritu Santo y la conciencia de cada pareja. Sin embargo, lo que sí está fuera de discusión es que ninguna práctica debe imponerse sobre el cónyuge que no se siente cómodo con ella. El amor conyugal no coacciona ni fuerza; respeta y sirve.
El matrimonio honroso que describe Hebreos 13:4 no es simplemente aquel que evita el adulterio o la inmoralidad con terceros. Es aquel en el que los esposos se tratan mutuamente con dignidad, respetan el diseño de Dios para el cuerpo humano y no permiten que la cultura o la curiosidad los arrastren hacia prácticas que deshonran al Creador. La libertad que existe dentro del matrimonio es real, pero tiene como marco la santidad. No todo lo que es culturalmente aceptado o tecnológicamente disponible es conveniente para quienes han sido llamados a glorificar a Dios en todo, incluso en su intimidad más privada.
Los esposos que buscan honrar al Señor en su vida sexual no necesitan una lista exhaustiva de lo permitido y lo prohibido. Necesitan conciencias formadas por la Palabra, sensibilidad mutua y la disposición de someter cada aspecto de su vida —sin excepción— al señorío de Cristo.
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