IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
Dios ha dado dones, talentos, oportunidades y recursos a cada uno de Sus hijos, dádivas que la mayoría no está aprovechando. Su intención es que Sus hijos puedan «volar alto» al vivir para Su gloria. Sin embargo, existe una brecha dolorosa entre ese diseño y la realidad cotidiana de muchos creyentes: en vez de elevarse como las águilas, caminan con una visión completamente horizontal, atrapados en el «aquí y en el ahora».
Esta imagen del águila resulta especialmente poderosa. Esta ave tiene la particularidad de abrir sus alas cuando siente los vientos de la tormenta, lo que le permite elevarse por encima de ella y sobrevolarla. Así debería vivir el cristiano que existe para la gloria de Dios: aprender a abrir sus alas y dejar que el Espíritu de Dios lo levante hasta donde Dios quiere que vuele, desplegando la gloria de su Creador en su vida. Cristo mismo enseñó: «En esto es glorificado Mi Padre, en que den mucho fruto, y así prueben que son Mis discípulos» (Jn. 15:8). El Padre no es glorificado simplemente por llevar algún fruto, sino por llevar mucho fruto. La pregunta, entonces, es inevitable: ¿qué se requiere de un cristiano para vivir a la altura para la cual Dios lo creó?
La respuesta es tan contundente como desafiante: ese cristiano necesita renovar su mente. En la Biblia, la mente ocupa un lugar de importancia monumental. No es casual que aparezca en el mandamiento más grande de toda la ley de Dios: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente» (Mt. 22:37). Amar a Dios involucra la mente de manera inseparable.
Piensa por un momento en lo que has hecho en los últimos seis meses o en el último año, lo bueno y lo malo. Lo que has hecho es el fruto de pensamientos que precedieron los hechos. Lo que has hecho en ese tiempo es, en un sentido muy real, lo que tú eres, porque la Palabra afirma: «Pues como piensa dentro de sí, así es él» (Pr. 23:7). Ese es el veredicto de la Escritura: eres lo que piensas.
La mente dirige los pensamientos, el entendimiento, las emociones, las acciones y las motivaciones. Es, en sentido humano, el centro de operación de toda la vida. Pablo lo describe con honestidad desarmante en Romanos 7: «Porque en el hombre interior me deleito con la ley de Dios, pero veo otra ley en los miembros de mi cuerpo que hace guerra contra la ley de mi mente, y me hace prisionero de la ley del pecado que está en mis miembros. ¡Miserable de mí! ¿Quién me libertará de este cuerpo de muerte?» (Ro. 7:22-24). Una vez que el creyente es regenerado, hay una nueva naturaleza en él que ama la ley de Dios. El problema es que el cuerpo no ha sido glorificado ni regenerado, y sus deseos caídos hacen guerra contra los deseos de la mente redimida. Como lo confirma Gálatas 5:17: «Porque el deseo de la carne es contra el Espíritu, y el del Espíritu es contra la carne, pues estos se oponen el uno al otro, de manera que no podéis hacer lo que deseáis».
Frente a esta realidad, Pablo hace un llamado claro y urgente en Romanos 12:2: «Y no os adaptéis a este mundo, sino transformaos mediante la renovación de vuestra mente, para que verifiquéis cuál es la voluntad de Dios: lo que es bueno, aceptable y perfecto». En otras palabras: no permitas que el mundo deje una huella en tu mente que te lleve a pensar y actuar como un incrédulo. Esto exige una renovación continua.
La mayoría de los creyentes desean hacer la voluntad de Dios y anhelan conocerla. Pero conocer, verificar y comprobar esa voluntad que es buena, agradable y perfecta es imposible a menos que dos condiciones se cumplan: que la mente haya estado siendo renovada y que no se haya permitido que el mundo le dé forma al pensamiento. Es Dios quien lleva adelante esa transformación, pero el creyente debe poner su parte, absteniéndose de adaptarse a las corrientes del mundo y entrando en la práctica disciplinada de la renovación a través de la Palabra, la meditación y la reflexión.
En este campo, el adversario no permanece pasivo. Satanás sabe cómo distraer y cómo introducir pensamientos nuevos en la mente del creyente. Su estrategia es siempre la misma: primero distrae y, una vez que el creyente está distraído y sus defensas han bajado, introduce la tentación. No puede traer la tentación con éxito cuando la persona está enfocada en el estudio de la Palabra. Por eso la Escritura nos llama a estar alertas, como un radar preparado para identificar de dónde viene el enemigo.
El Padre no es glorificado por llevar fruto, sino que es glorificado con mucho fruto.
Vivir por encima de la mediocridad espiritual no es un ideal romántico ni una promesa de prosperidad: es el llamado concreto que Dios hace a cada uno de Sus hijos. El águila no desafía la tormenta por casualidad; lo hace porque fue diseñada para eso. De igual manera, el cristiano fue diseñado para glorificar a Dios con mucho fruto, y esa vida comienza en la mente. Una mente que se niega a ser moldeada por el mundo, que se somete continuamente a la Palabra, y que permanece alerta frente a las estrategias del enemigo, es una mente que Dios puede usar para transformar no solo al individuo, sino a quienes lo rodean. El llamado está sobre la mesa. La pregunta es si estamos dispuestos a responderlo.
Lorem ipsum dolor sit amet, consectetur adipiscing elitLorem ipsum dolor sit amet, consectetur adipiscing elit