IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
Foto de Timur Weber en Pexels
Miguel Núñez • 5 octubre, 2015
El abordaje de la homosexualidad exige más que opiniones culturales o reacciones emocionales: requiere comprensión bíblica, compasión genuina y sabiduría práctica. A lo largo de esta serie de artículos hemos recorrido un amplio terreno: desde la definición del fenómeno y sus orígenes, hasta la esperanza que existe para quienes desean salir de ese patrón de vida. En esta entrega final nos concentramos en uno de los temas más urgentes y menos atendidos: el rol preventivo que corresponde a los padres.
Es un principio bien establecido que el tratamiento preventivo siempre resulta más efectivo que el curativo. Comprender cómo funciona el diseño familiar que Dios estableció es el punto de partida para proteger a los hijos de dinámicas que pueden desviarlos hacia la disfunción.
Dios diseñó al ser humano para la procreación y ordenó que cada género —masculino y femenino— aportara a la familia y a la relación conyugal dimensiones que el otro, por su misma naturaleza, no puede suplir. Los hijos, tanto varones como mujeres, tienden a acudir a sus madres en busca de amor y ternura; pero necesitan de la figura paterna para encontrar afirmación, atención y aprobación. Cuando ese padre está ausente —ya sea física o emocionalmente—, el hijo comienza a buscar de forma disfuncional lo que no recibe en casa. El varón puede terminar buscando su sentido de valor en otro hombre y experimentando con relaciones homosexuales. La niña, por su parte, puede concluir que los hombres no son confiables y volcarse hacia una mujer con rasgos masculinos en búsqueda del amor y el apoyo que no encontró en su padre. Esta vulnerabilidad se agudiza cuando el padre ha sido verbal o físicamente abusivo.
El problema, sin embargo, no se reduce a la ausencia paterna. Las madres que provienen de hogares disfuncionales y que cargan heridas y resentimientos no sanados pueden, sin advertirlo, transmitirles a sus hijas una imagen distorsionada y negativa de los hombres. Al hablar mal de la figura paterna y del género masculino en general, construyen en la mente de esas niñas en formación una imagen que puede llevarlas a rechazar a los hombres y a buscar en otras mujeres el afecto y la aprobación que necesitan. Esto resulta particularmente relevante en el contexto actual, en el que las niñas son empujadas cada vez con mayor fuerza a adoptar conductas y roles masculinos en los ámbitos deportivos y sociales.
Los padres deben comprometerse a participar activamente en la vida de sus hijos cada día. Con frecuencia, el ritmo acelerado de la vida moderna deja a los padres sin tiempo ni energía para sus familias. Sin embargo, la realidad es que hacemos tiempo para aquello que verdaderamente valoramos. Si un padre puede ir al gimnasio o practicar algún deporte, también puede levantarse por las mañanas para llevar a sus hijos al colegio, acompañarlos en la hora de la comida o estar con ellos al momento de acostarse. Esos instantes cotidianos —aparentemente pequeños— son oportunidades irremplazables para construir vínculos de confianza y afirmación.
Una hija necesita oír de su padre que la ama, que la considera hermosa, que está orgulloso de sus logros. Necesita sentir que su papá quiere pasar tiempo con ella, independientemente de su rendimiento académico o deportivo. Los niños necesitan amor incondicional, y ese amor no está reñido con la disciplina: al contrario, muchos hijos interpretan la ausencia de corrección como una señal de que no le importan a sus padres. Amar sin disciplinar no es amor; es negligencia disfrazada de tolerancia.
Cuando los padres reconocen que fallaron en años anteriores, la respuesta correcta no es la parálisis ni la culpa, sino la acción: pedir perdón a sus hijos, expresarles su amor renovado y comprometerse a guiarlos y protegerlos desde ese momento en adelante. Ese acto de humildad puede sanar heridas profundas y abrir canales de comunicación que parecían cerrados para siempre.
Estas medidas preventivas y correctivas van a funcionar mejor en el contexto de una familia o de un matrimonio que decida caminar con Dios y ajustarse al estándar bíblico.
La homosexualidad no es un fenómeno aislado: es la consecuencia visible de algo que no funciona bien en la familia. Y lo primero que no funciona bien es la relación del padre y la madre con Dios. El hombre que excluye a Dios de su vida no podrá caminar conforme al patrón y modelo que Dios ha establecido para él. Todo lo que hemos descrito —la presencia paterna, el afecto incondicional, la disciplina amorosa, la honra entre los cónyuges— encuentra su fundamento más sólido cuando la familia decide someterse al señorío de Cristo y ajustarse al estándar bíblico.
Para quienes luchan con la homosexualidad, la invitación es clara: miren hacia adentro y reconozcan honestamente las heridas, la ira, el vacío y la insatisfacción que han intentado calmar por medio del placer sexual. Busquen una relación genuina con Dios a través de Jesucristo, donde encontrarán perdón para sus pecados, sanación para sus heridas, gracia para perdonar, fortaleza para vivir y propósito para sus ansias más profundas. Y como fruto de todo eso, encontrarán la paz que han estado buscando por tanto tiempo.
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