IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
La doctrina de la salvación ha sido fuente de controversia a lo largo de los siglos, y no es casual: es precisamente la doctrina que dividió a la Iglesia católica de la Reforma protestante. Martín Lutero llegó a comprender que la salvación es un don de Dios por gracia, no por obras (Ef. 2:8-9), y que el pecador es justificado por la fe, no por el cumplimiento de la ley. Las palabras de Pablo en Gálatas son contundentes: «sabiendo que el hombre no es justificado por las obras de la ley, sino mediante la fe en Cristo Jesús» (Gá. 2:16). Este entendimiento sacudió la cristiandad y sigue siendo central para todo creyente que desee comprender de qué ha sido salvado y por quién.
Dentro de la propia fe evangélica también han existido divisiones: entre quienes sostienen que es Dios quien elige soberanamente al individuo —los llamados calvinistas— y quienes afirman que el individuo posee la capacidad de escoger a Dios por sí mismo —los llamados arminianos, en referencia a la exposición que Jacobo Arminio hizo de esta doctrina en el siglo XVII—. Estas diferencias, aunque significativas, no deben oscurecer las verdades fundamentales que las Escrituras enseñan con toda claridad sobre la naturaleza de la salvación.
La palabra «salvación» proviene de la raíz hebrea yāšaʿ, que significa «ser espacioso». De esa misma raíz derivan términos como liberación, emancipación, preservación, protección y seguridad. Según el teólogo Earl D. Radmacher, la salvación hace referencia a la liberación de una persona —o grupo de personas— de una situación de peligro en la que no eran capaces de ayudarse a sí mismas. Este último detalle es fundamental: Dios nos salva precisamente en el momento en que somos absolutamente incapaces de liberarnos por nuestros propios medios.
La salvación posee una dimensión temporal triple. En el pasado, fuimos liberados de la pena del pecado cuando Cristo murió en nuestro lugar en la cruz: ese es el acto de justificación. En el presente, a través del proceso de santificación, somos librados del poder del pecado. Y en el futuro, en la glorificación, seremos librados incluso de la presencia del pecado al entrar en el reino de los cielos. Se trata, pues, de una obra de alcance eterno.
Toda la Trinidad está involucrada en esta obra. La salvación implica la conversión del estado de incredulidad al estado de fe en Cristo como Señor y Salvador. En la cruz, Cristo murió en sustitución nuestra, reconciliando a Dios con el hombre que estaba enemistado con Él, y aplacando la ira divina contra el pecado —lo que las Escrituras llaman propiciación—. Cristo nos redimió, comprándonos con su sangre en el mercado del pecado. A su vez, nuestros pecados fueron imputados a Cristo, y su justicia fue imputada a nosotros. Como resultado, Dios nos adopta como hijos (Ef. 1:5) e inicia un proceso de santificación que nos preserva hasta la gloria. Esta conversión se produce mediante la predicación de la Palabra, pues «la fe viene del oír, y el oír, por la palabra de Cristo» (Ro. 10:17), y quien confiesa a Jesús como Señor y cree en su resurrección será salvo (Ro. 10:9-13).
Una de las preguntas más frecuentes entre los creyentes es si la salvación puede perderse. La Palabra de Dios responde con claridad. El Señor Jesús declara: «Yo les doy vida eterna y jamás perecerán, y nadie las arrebatará de Mi mano. Mi Padre que Me las dio es mayor que todos, y nadie las puede arrebatar de la mano del Padre» (Jn. 10:28-29). La lógica es irrefutable: si la vida prometida es eterna, no puede perderse mañana; de lo contrario, simplemente no sería eterna. Es el Padre mismo quien garantiza que ninguna fuerza externa —ni interna— podrá arrebatarnos de sus manos.
El apóstol Pablo confirma esta certeza con una convicción que va más allá de la opinión o el sentimiento: «estoy convencido de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni lo presente, ni lo por venir, ni los poderes, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios que es en Cristo Jesús, Señor nuestro» (Ro. 8:38-39). Al mencionar «ninguna otra cosa creada», Pablo incluye implícitamente al propio creyente: ni siquiera nosotros mismos podemos separarnos del amor de Dios en Cristo. De igual manera, en Filipenses escribe: «estando convencido precisamente de esto: que el que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Cristo Jesús» (Fil. 1:6).
No es nuestra fidelidad a Dios la que nos hace perseverar, sino la fidelidad de Dios para con nosotros la que nos preserva.
Estos pasajes —y muchos otros— convergen en una verdad que debería transformar la vida espiritual de todo creyente: la salvación no descansa sobre la fragilidad de nuestra fidelidad, sino sobre la roca inamovible de la fidelidad de Dios. Quien ha sido genuinamente regenerado, transformado de corazón y convertido en una nueva criatura en Cristo, está seguro en las manos del Padre. La perseverancia del creyente no es un logro humano, sino el fruto de la preservación divina. Comprender esto no conduce a la complacencia, sino a la gratitud, a la humildad y a una confianza profunda en aquel que comenzó la obra y la llevará a su perfección hasta el día final.
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