IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
Dentro del debate sobre la libertad cristiana, pocas palabras se usan con tanta ligereza —y tanta imprecisión— como «legalismo». Con frecuencia, el término se lanza como acusación cada vez que alguien exige un estándar de santidad más elevado o llama a una vida de mayor consagración. Antes de continuar explorando lo que implica la libertad cristiana, resulta indispensable clarificar qué es el legalismo y, quizás más importante aún, qué no lo es.
El apóstol Pablo tenía expectativas de conducta cristiana que muchas veces parecen estar fuera de nuestro alcance. Si aspirar a un alto nivel de santidad fuera legalismo, él sería el mayor legalista de todos los tiempos. El mismo Señor Jesús declaró: «Por tanto, sean ustedes perfectos como su Padre celestial es perfecto» (Mt. 5:48). ¿Puede alguien gritar «¡legalismo!» ante esa exigencia? Evidentemente no, porque corresponde al estándar de Dios mismo. Del mismo modo, que una iglesia desee vivir un nivel de entrega y consagración que resultaba razonable para el cristiano de otras generaciones no la convierte automáticamente en legalista, aunque al creyente del siglo XXI —cuya cosmovisión con frecuencia dista mucho del estándar de la Palabra— le pueda parecer inaceptable.
El legalismo es, antes que nada, una actitud del corazón, no un conjunto de reglas estrictas. Comprender sus rasgos distintivos es fundamental para no confundirlo con una búsqueda genuina de santidad.
En primer lugar, el legalismo establece normas que no están sustentadas por principios de la Palabra, sino por la rigidez de quien las impone. El espíritu legalista juzga a otros con su propio estándar personal; de ahí que se le escuche decir con regularidad «yo no haría eso», en lugar de señalar el principio bíblico que se está violando.
En segundo lugar, en el corazón legalista hay una notable ausencia de gracia, tanto hacia sí mismo como hacia los demás. La persona verdaderamente santificada también espera un nivel de santidad en quienes la rodean, pero cuando esa santidad es violada está dispuesta a enseñar, dialogar, perdonar y esperar al hermano. Ese fue el modelo de Cristo con los doce apóstoles y el de Pablo con sus discípulos.
En tercer lugar, la persona legalista suele ser ciega a sus propias faltas y desproporcionada al juzgar las de los demás. No ve la viga en su propio ojo, pero detecta con precisión la paja en el ojo ajeno (Mt. 7:3-5).
En cuarto lugar, el legalista exhibe un espíritu marcadamente crítico hacia los demás, pero no tolera la más mínima corrección hacia su propia persona. Quizás guarde silencio ante la crítica, pero quien se la hizo ya no vuelve a ser el mismo ante sus ojos.
Quinto, y quizás uno de los rasgos más reveladores: el espíritu legalista está obsesionado con lo trivial. Se ahoga con un granito de arroz mientras se traga un camello en asuntos de verdadero peso espiritual. El Señor Jesús lo denunció con contundencia:
¡Guías ciegos, que coláis el mosquito y os tragáis el camello!
Jesús confrontó a los escribas y fariseos precisamente por esta distorsión: «¡Ay de ustedes, escribas y fariseos, hipócritas! Porque pagan el diezmo de la menta, del eneldo y del comino, y han descuidado los preceptos de más peso de la ley: la justicia, la misericordia y la fidelidad» (Mt. 23:23). Nótese con cuidado que Cristo no les ordenó bajar el estándar —«estas son las cosas que debían haber hecho, sin descuidar aquellas»—, sino que señaló el problema de fondo: su conducta exterior distaba enormemente de su condición interior. Esa hipocresía —esa brecha entre lo que se proclama y lo que se vive— es una de las marcas más características del legalismo.
En síntesis, el legalismo puede reconocerse por cuatro rasgos: normas sin sustento bíblico, ausencia de gracia, presencia de espíritu crítico, y discrepancia entre lo que se habla y lo que se vive.
El hijo de Dios puede, ciertamente, caer en el legalismo, pero también puede caer en el libertinaje o en una simple racionalización de sus conductas al tratar de ejercer —o de evitar— su libertad cristiana. El deseo que guía esta reflexión es que el creyente pueda vivir plenamente la libertad que Cristo le ha dado, honrando al Señor que se la otorgó. El cristiano maduro necesita un equilibrio entre la verdad y la gracia que lo mantenga alejado de ambos extremos. En un próximo artículo se explorarán principios prácticos que pueden orientar al creyente a la hora de tomar decisiones concretas en el ejercicio de esa libertad.
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