IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
Nadie escoge el dolor. Sin embargo, tarde o temprano, todo ser humano enfrenta valles de sombra, traición, desilusión o pérdida. Para el creyente, esta realidad no desaparece con la fe; más bien, adquiere un significado diferente a la luz de las Escrituras. El sufrimiento, lejos de ser una señal de abandono divino, ha sido la compañía constante de quienes Dios ha llamado a cumplir sus propósitos a lo largo de la historia redentora.
Lo que diferencia al cristiano no es la ausencia de tribulaciones, sino la perspectiva desde la cual las enfrenta. Esa perspectiva, anclada en la eternidad y sostenida por la gracia, es lo que estas páginas buscan explorar.
Las Escrituras no idealizan la experiencia de sus protagonistas. David, llamado «varón conforme al corazón de Dios», escribió sin rodeos: «Mi espíritu está totalmente deprimido; tengo el corazón totalmente deshecho» (Sal. 143:4). Su vida entera fue un tejido de victorias y heridas profundas, persecución y desamparo. Y sin embargo, en medio de todo ello, su confianza en Dios no se extinguió.
El profeta Elías presenta un cuadro igualmente revelador. Tras enfrentarse valientemente a los profetas de Baal y ver el poder de Dios manifestado de manera sobrenatural, huyó al desierto bajo la amenaza de Jezabel y pidió morir: «Basta ya, Señor —dijo—. Quítame la vida» (1 R. 19:4). Estas palabras no salieron de un hombre débil en su fe, sino de alguien agotado en su humanidad. Elías era, como lo recuerda Santiago, «un hombre con una naturaleza como la nuestra» (Stg. 5:17). Su historia nos recuerda que el llamado de Dios no suspende nuestra fragilidad; la acompaña con su presencia.
El apóstol Pablo lo articula con una claridad que deja poco margen para la duda: «Porque a ustedes se les ha concedido por amor de Cristo, no solo creer en Él, sino también sufrir por Él» (Fil. 1:29). Pablo conocía de cerca lo que escribía: persecución, azotes, cárceles, naufragios, hambre y un aguijón en la carne que nunca desapareció. Y, sin embargo, su convicción era que todo ello valía la pena «por la incomparable grandeza de conocer a Cristo Jesús» (Fil. 3:8). Para él, el sufrimiento no era el final de la historia, sino parte del camino hacia una gloria que lo eclipsaría todo.
Reconocer que el sufrimiento es real no significa resignarse a él sin esperanza. La Palabra de Dios ofrece algo más profundo que el simple consuelo: ofrece perspectiva. A pesar de las quejas en los Salmos, a pesar de los miedos y las dudas de los profetas, el llamado de Dios resulta más fuerte que todo, y la convicción de que aguardamos una patria nueva nos ayuda a enfrentarlo todo sabiendo que nada es para siempre, que todo tiene un propósito —aunque al presente no lo veamos— y que nuestra recompensa en los cielos es grande, no por nuestros méritos, sino por los de Cristo.
El mismo Señor Jesús lo proclamó en el Sermón del Monte: «Bienaventurados aquellos que han sido perseguidos por causa de la justicia, pues de ellos es el reino de los cielos. Bienaventurados serán cuando los insulten y persigan, y digan todo tipo de mal contra ustedes falsamente, por causa de Mí. Regocíjense y alégrense, porque la recompensa de ustedes en los cielos es grande» (Mt. 5:10-12). Esta no es una promesa abstracta; es la garantía de quien pasó Él mismo por el mayor sufrimiento para redimirnos.
Vivimos en un mundo caído. No debe sorprendernos que el secularismo nos presione a callar o ceder cuando no aplaudimos sus ideas. Tampoco debería tomarnos por sorpresa que quienes más cerca están —amigos, familiares— a veces sean quienes más nos enseñen el verdadero significado de la palabra «sufrir». Pero hay una verdad que ninguna circunstancia puede alterar: nuestras vidas están escondidas con Cristo en Dios (Col. 3:3). Nos pueden quitar mucho, pero no pueden arrebatarnos el tesoro más valioso.
Es mejor tener una pasajera persecución que transitar por caminos de maldad.
El llamado del cristiano en medio del sufrimiento no es la resignación estoica, sino la rendición confiada ante el Maestro. Es rogar que su misericordia nos cubra, y que en medio de las pruebas podamos testificar que nuestro Cristo aún reina desde su trono. Los sufrimientos no hacen a Dios menos grande; revelan la corrupción a la que este mundo está sometido y, precisamente por eso, hacen brillar con más fuerza el evangelio que trae esperanza, que levanta al que clama y que hace presente a Jesús con su paz que sobrepasa todo entendimiento.
Tomar decisiones que nos hagan menguar para que Cristo crezca en nosotros cuesta. Le costó a los héroes de la fe; nos costará a nosotros también. Pero esa mengua no es pérdida: es el camino hacia una vida escondida en Él, una vida que ninguna tormenta puede arrastrar. El sufrimiento del creyente tiene nombre, tiene propósito y tiene un final glorioso. Y ese final no depende de nuestra fortaleza, sino de la fidelidad de Aquel que prometió andar con nosotros hasta el último día.
Inés Cedeño es esposa de Pedro Jiménez y madre de tres hijos. Miembro de la Iglesia Bautista Internacional desde 2007, ha servido en el ministerio de jóvenes profesionales y en el ministerio de mujeres Ezer. Escribe también para el ministerio Mujeres de Esperanza de Radio TMG RD.
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