Integridad y Sabiduria
La suficiencia de las Escrituras
La suficiencia de las Escrituras
Teología y doctrina

La suficiencia de las Escrituras

Miguel Núñez 27 septiembre, 2018

A lo largo de toda la historia redentora, el pueblo de Dios ha enfrentado la misma tentación: confiar en algo o en alguien más que en Dios y en su Palabra. Adán y Eva cedieron, y la creación entera quedó hundida en pecado. Aarón levantó un becerro de oro. Los jueces, los reyes, los sacerdotes y los ancianos de Israel abrieron la puerta a toda clase de iniquidad. Los discípulos tardaron en creer la resurrección que el propio Cristo había anunciado tres veces. Y hoy, muchos hijos de Dios siguen depositando su confianza en sus finanzas, sus habilidades, la ciencia, la sociología o la psicología antes que en la Palabra de Dios.

Lo que esta época necesita, quizás más que cualquier otra cosa, es un grupo de creyentes genuinamente comprometidos con la suficiencia de las Escrituras. Pero ese compromiso exige, primero, entender con claridad qué significa esa suficiencia.

Los cuatro atributos clásicos de las Escrituras

La teología histórica ha reconocido cuatro atributos fundamentales de las Escrituras, de manera análoga a los atributos de Dios.

El primero es la claridad: el camino de salvación está suficientemente explicado en la revelación de Dios para que cualquier persona pueda comprenderlo. El segundo es la autoridad: la Palabra de Dios es la autoridad definitiva en todas las áreas sobre las que habla. Como señalaba R. C. Sproul, donde la Biblia habla, su revelación está por encima de todo maestro, de toda otra autoridad, de toda ciencia y de toda razón humana. El tercero es la necesidad: la Biblia es indispensable para ser salvo, crecer en santidad, saber cómo adorar a Dios y saber cómo vivir (1 Co. 2:6-13), pues la revelación general en la creación no alcanza para ninguna de esas cosas. El cuarto es la suficiencia: las Escrituras proveen todo lo que necesitamos saber acerca de Dios, del ser humano, de la relación entre ambos y de cómo adorar a Dios en el diario vivir de manera que glorifique su nombre.

Es importante precisar que la suficiencia de las Escrituras no significa que la Biblia sea el único libro necesario para toda área del conocimiento. Como lo señala John MacArthur, la Biblia no dice nada acerca de las estructuras del ADN, la microbiología, la gramática del chino o la ciencia espacial. Las Escrituras no nos dicen todo lo que queremos saber, pero sí todo lo que necesitamos saber para una vida de piedad. De ahí que afirmemos que son suficientes para hacer santo al hombre que ha nacido de nuevo y para hacerlo perseverar en el camino de la salvación hasta entrar en gloria.

La suficiencia de la Palabra, desde la salvación hasta la santificación

El texto más iluminador para comprender esta doctrina es 2 Timoteo 3:14-17: «Tú, sin embargo, persiste en las cosas que has aprendido y de las cuales te convenciste, sabiendo de quiénes las has aprendido; y que desde la niñez has sabido las Sagradas Escrituras, las cuales te pueden dar la sabiduría que lleva a la salvación mediante la fe en Cristo Jesús. Toda Escritura es inspirada por Dios y útil para enseñar, para reprender, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, equipado para toda buena obra».

Pablo escribe esta carta anticipando una muerte cercana, lo que la hace profundamente personal. Su propósito es grabar en la memoria de Timoteo cuán suficiente ha sido la Palabra aprendida, y cuánto lo seguirá siendo para el resto de los creyentes. Pablo no solo le pide a Timoteo que recuerde qué aprendió, sino de quiénes lo aprendió. Su abuela Loida y su madre Eunice le enseñaron el Antiguo Testamento desde niño y, aún sin contar con el Nuevo Testamento, en esas páginas había suficiente luz para revelar el camino de salvación a través del Cristo que habría de venir.

Quienes nos enseñan las Escrituras influyen profundamente en cómo las recibimos, y esa recepción tiene un impacto monumental en cuánto nos transforman. Si no creemos que representan la misma Palabra de Dios, no nos someteremos a ellas. Si nos sometemos de manera selectiva, la transformación también será selectiva: algunas áreas de la vida rendidas a Cristo y otras todavía en rebelión. Como lo expresa Pablo en 1 Tesalonicenses 2:13: «…cuando recibisteis la palabra de Dios, que oísteis de nosotros la aceptasteis no como la palabra de hombres, sino como lo que realmente es, la palabra de Dios, la cual también hace su obra en vosotros los que creéis». Recibir la Palabra por lo que realmente es determina la clase de discípulos que llegamos a ser.

Cada libro de la Biblia ocupa un lugar singular en la historia de la redención y revela a Cristo en su rol de Redentor. Cada libro es como una pieza de un rompecabezas; cuando todas se ensamblan, el panorama completo aparece. Si no entendemos plenamente la revelación de Dios, no es porque falte alguna pieza, sino porque nos falta sabiduría y discernimiento para verla en su totalidad.

La autoridad de la Escritura descansa en su origen: «Toda Escritura es inspirada por Dios» (2 Ti. 3:16). Y su capacidad transformadora viene de ese mismo origen. Las Escrituras son «útiles para enseñar, para reprender, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, equipado para toda buena obra» (2 Ti. 3:16-17). La fe que inicia la vida cristiana viene por el oír la Palabra de Cristo; y la santificación que sostiene esa vida también depende de esa misma Palabra. Como afirmó el propio Señor Jesús en oración: «Santifícalos en la verdad; Tu palabra es verdad» (Jn. 17:17). Y como escribió Hebreos: «Porque la palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que cualquier espada de dos filos; penetra hasta la división del alma y del espíritu, de las coyunturas y los tuétanos, y es poderosa para discernir los pensamientos y las intenciones del corazón» (He. 4:12).

La Palabra puede penetrar áreas del alma que ninguna sabiduría humana alcanza a sondear. Jerry Bridges lo resumió con precisión: «Es imposible practicar la piedad sin una ingesta constante, consistente y equilibrada de la Palabra de Dios en nuestras vidas».

Las Escrituras no nos dicen todo lo que queremos saber, pero sí todo lo que necesitamos saber para nuestra vida de piedad.

La Palabra y el Espíritu: un testimonio inseparable

No obstante, es necesario aclarar que la Palabra de Dios actúa en inseparable unión con el Espíritu Santo. Sin su acción, la Palabra no produce fruto, porque «el hombre natural no acepta las cosas del Espíritu de Dios, porque para él son necedad; y no las puede entender, porque se disciernen espiritualmente» (1 Co. 2:14). El Espíritu inspiró la Palabra, el Espíritu la aplica al corazón humano y el Espíritu es quien transforma al creyente. Pablo lo confirma en 1 Tesalonicenses 1:5: «nuestro evangelio no vino a vosotros solamente en palabras, sino también en poder y en el Espíritu Santo y con plena convicción». La conversión de Saulo camino a Damasco es una ilustración poderosa: en un solo encuentro con Cristo, toda la estructura de pensamiento que lo había convertido en perseguidor de la iglesia fue demolida, y ese mismo hombre se convirtió en el proclamador más ferviente del evangelio.

Un pensamiento anónimo de profunda belleza resume bien lo que las Escrituras son y representan: la Biblia contiene la mente de Dios, la condición del hombre, el camino de salvación, la condenación de los pecadores y la felicidad de los creyentes. Es el mapa del viajero, el cayado del peregrino, la brújula del piloto, la espada del soldado y la constitución del cristiano. Cristo es su gran tema, nuestro bien es su diseño y la gloria de Dios su meta. Debe llenar nuestra memoria, gobernar nuestro corazón y guiar nuestros pasos.

La Palabra de Dios es suficiente. No necesitamos ninguna otra instrucción para completar lo que ella enseña. Comprometerse con esa verdad no es un ejercicio académico; es la base de toda vida de piedad genuina y de toda transformación real.

Miguel Núñez

Miguel Núñez

Miguel Núñez es pastor Titular de la Iglesia Bautista Internacional y presidente y fundador de Ministerio Integridad & Sabiduría. Su visión es impactar esta generación con la revelación de Dios en el mundo hispanohablante.

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