IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
Las últimas palabras de una persona revelan mucho sobre su vida. Las últimas palabras de Jesús en la cruz lo revelan todo sobre su misión. Según el Evangelio de Juan, antes de entregar su espíritu, Jesús exclamó: «¡Consumado es!» (Jn. 19:30). Detrás de esa declaración hay una sola palabra en el griego original: Tetelestai. Corta en tinta, inconmensurable en significado.
Como señaló Charles Spurgeon, esa palabra es «una gota de tinta en un océano de significado». Y entender aunque sea algo de ese océano transforma la manera en que los creyentes comprenden la cruz, la gracia y su propia redención.
Para apreciar lo que Jesús declaró, es necesario entender cómo se usaba Tetelestai en la antigüedad. No era una expresión reservada al ámbito religioso; permeaba la vida cotidiana con una fuerza singular.
Cuando un deudor saldaba lo que debía, el acreedor estampaba sobre el documento la palabra Tetelestai: la deuda había sido pagada en su totalidad. Cuando un siervo completaba la tarea encomendada por su amo, regresaba a dar su reporte con esa misma declaración: la misión estaba cumplida. Cuando un artista terminaba su obra, la inspeccionaba con detenimiento y, satisfecho con el resultado, la sellaba con esa palabra: la creación había alcanzado su propósito.
Pero quizás el uso más significativo ocurría en el templo. Cuando se presentaba un cordero de un año para el sacrificio, el sumo sacerdote lo examinaba con cuidado. Si el animal era perfecto, sin mancha ni defecto, el sacerdote pronunciaba su veredicto: Tetelestai. La ofrenda era aceptable.
Jesús es, a la vez, el sumo sacerdote y el cordero. Al morir en la cruz, reunió en una sola declaración todos esos usos: pagó una deuda, completó una misión, ofreció una obra perfecta y presentó el sacrificio sin mancha que Dios demandaba. Lo que el sistema de sacrificios del Antiguo Testamento anticipaba durante siglos, Jesús lo cumplió de una vez y para siempre.
Tetelestai no solo cerró algo; abrió algo. La cruz fue simultáneamente un final y un comienzo, una bisagra en la historia de la redención.
Fue el final de la era de la ley. Jesús la cumplió a cabalidad, sin dejar un solo requisito sin satisfacer. Fue también el final de los sacrificios diarios que se ofrecían en el templo de Jerusalén. Aquellos sacrificios eran sombras, apuntaban hacia adelante; cuando llegó la realidad, las sombras perdieron su razón de ser.
Pero en ese mismo instante comenzó algo nuevo. La cruz inauguró la era de la gracia, una nueva época en la historia de Dios con la humanidad, dirigida por el Espíritu Santo y fundamentada no en el esfuerzo humano, sino en el sacrificio perfecto de Cristo. Fue el inicio del Nuevo Pacto, con todo lo que eso implica: justificación, reconciliación, acceso directo a Dios.
Y las implicaciones no se agotan allí. Al morir, Jesús pagó la deuda del pecado, desarmó los poderes de las tinieblas y abrió el camino de la salvación para todo aquel que cree. La misión que el Padre le encomendó estaba completa. Estaba listo para morir, y tres días después, para resucitar.
«Tetelestai es una gota de tinta en un océano de significado.» — Charles Spurgeon
Comprender Tetelestai no es un ejercicio académico. Es una verdad con consecuencias directas para quienes han creído en Cristo.
La deuda del pecado —esa carga que ningún ser humano puede pagar por sus propios méritos— quedó completamente saldada en la cruz. No en parte, no provisionalmente: Tetelestai. La obra de redención no espera complemento ni perfeccionamiento. Cristo cumplió la ley en todo lo que la ley demandaba, ofreció el sacrificio que Dios requería y comenzó una nueva era de gracia a la que todos los redimidos tienen acceso por fe.
Una sola palabra, pronunciada con el último aliento de quien había venido a salvar al mundo, encierra el evangelio en su forma más densa y poderosa. Spurgeon tenía razón: es poco lo que se necesita para escribirla, pero inmenso lo que significa. Para quienes han sido justificados por esa obra, Tetelestai es la declaración más gloriosa que jamás se haya pronunciado.
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