IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
El mismo término unión libre revela su propia deficiencia. Una pareja casada delante de Dios no está libre, sino atada: por un compromiso, por un juramento y por testigos que estuvieron presentes en el momento en que se sellaron los votos. El primero de esos testigos es Dios mismo. Las parejas que conviven sin contraer matrimonio carecen de todos estos elementos.
Este no es un asunto de formalismo cultural ni de tradición religiosa. Es una cuestión de fidelidad a lo que Dios ha establecido desde la creación como el único contexto legítimo para la unión entre un hombre y una mujer.
Uno de los problemas más serios de la unión libre es que cada uno de los involucrados se siente en la libertad de abandonar la relación en cualquier momento, precisamente porque el nivel de compromiso es menor y la unión puede deshacerse con relativa facilidad. Pero esto contradice directamente lo que Dios tiene en mente cuando une al hombre y a la mujer como una sola carne.
Cuando Dios une a un hombre y a una mujer, Él espera que ambos comprendan que están unidos de por vida. La única excepción reconocida en las Escrituras es la infidelidad, tal como Cristo lo expresó en Mateo 19. El matrimonio es sumamente serio delante de Dios. Requiere que quienes lo contraen no se consideren «libres» en su unión, sino atados el uno al otro de manera permanente e irrompible salvo por causas específicas.
La diferencia entre la fornicación y una relación sexual lícita radica precisamente en que, en este segundo caso, ha habido una ceremonia a través de la cual los individuos han adquirido un nivel de compromiso que va mucho más allá de un noviazgo o de una convivencia que deja a los involucrados en libertad de quedarse o irse según su conveniencia. No hay relación sexual legítima fuera del matrimonio formal.
La seriedad con que Dios trata este asunto queda en evidencia ya desde la Ley de Moisés. Si una joven era tomada como esposa y se descubría que no era virgen, la ley prescribía la muerte por apedreamiento (Dt. 22:13-21). Esta disposición nos deja ver cuán gravemente Dios consideraba que las relaciones sexuales ocurrieran antes de que los individuos contrajesen matrimonio. No se trataba simplemente de una norma cultural: era la expresión de la santidad que Dios demanda en el vínculo conyugal.
Esta es precisamente la razón por la que las iglesias cristianas históricamente no han aceptado la unión libre como un estado civil válido, sino que han requerido de sus miembros la oficialización de su unión matrimonial. No es rigidez institucional, es fidelidad al diseño de Dios.
El matrimonio es algo sumamente serio delante de Dios, que requiere precisamente que las personas involucradas no se consideren 'libres' en su unión, sino más bien atadas el uno al otro.
Aun en tiempos de Cristo, cuando ni los sacerdotes ni los apóstoles celebraban las bodas tal como lo hace un pastor hoy, existía una ceremonia a la que asistían familiares y amigos como testigos, y se firmaba un documento llamado ketubá. De igual manera, cuando había divorcio durante la época de la Ley de Moisés, se firmaba un certificado formal. Ambas prácticas —el contrato matrimonial y el certificado de divorcio— apuntan en la misma dirección: Dios le otorga un peso enorme al vínculo que se ha establecido entre un hombre y una mujer.
La unión libre no es una versión más informal o auténtica del matrimonio. Es una sustitución de él que elimina precisamente lo que Dios considera esencial: el compromiso público, el juramento irrompible y la responsabilidad mutua ante testigos. Quienes conviven sin casarse se privan a sí mismos de esa cobertura y se exponen a una dinámica de relación donde la salida siempre está abierta, lo cual impide la profundidad de entrega que el diseño de Dios contempla.
Para quienes desean honrar a Dios en su relación de pareja, el llamado es claro: formalizar la unión, asumir el compromiso con seriedad y vivir la sexualidad dentro del único marco que Dios ha bendecido: el matrimonio.
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