IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
Miguel Núñez • 27 enero, 2016
Vivimos en un mundo caído, habitado por personas pecaminosas y con entendimiento limitado. A ello se suma una cultura profundamente egocéntrica que valora las decisiones individuales por encima de cualquier otra consideración, y especialmente por encima del nombre y la causa de Dios. En ese entorno, navegar las llamadas «áreas grises» de la vida resulta genuinamente difícil para muchos creyentes. La complejidad se agudiza al considerar que la iglesia de Cristo está compuesta por individuos en distintas etapas de su santificación, con diferentes grados de discernimiento y sabiduría. Lo que para unos es evidente, para otros resulta poco claro o abiertamente confuso.
El discernimiento espiritual consiste en tener la sabiduría necesaria para determinar lo que es verdad, apropiado y santo ante los ojos de Dios, independientemente de cómo luzcan las cosas. Esa capacidad no se desarrolla al inicio de la vida cristiana, ni con poco estudio de la Palabra, ni con una vida de oración pobre, ni con escasa llenura del Espíritu. Las áreas grises son más numerosas cuanto menos santificada está nuestra vida —algo que todos podemos testificar al reflexionar sobre nuestro propio proceso de santificación—. Por esa razón, se hace necesario establecer una serie de principios sustentados en la Escritura que nos ayuden a tomar decisiones que glorifiquen a Dios. El apóstol Pablo lo expresó con una claridad que no deja espacio para excepciones: «ya sea que coman, que beban, o que hagan cualquier otra cosa, háganlo todo para la gloria de Dios» (1 Co. 10:31). La frase «cualquier otra cosa» lo abarca todo, y la frase «para la gloria de Dios» nos revela que ninguna decisión o actividad de nuestra vida es moralmente neutra.
Nuestro Dios nunca ha definido nada en términos relativos. Su carácter mismo se lo impide. Santiago nos recuerda que todo bien desciende del «Padre de las luces, en quien no hay variación ni sombra de cambio» (Stg. 1:17). Aunque el contexto inmediato de ese versículo hace referencia a la benevolencia de Dios, la afirmación es más amplia: en Dios no hay zonas oscuras, sombras ni grises. Es desde ese estándar de perfección absoluta que Él ve y juzga todas las acciones humanas.
Varios textos bíblicos lo confirman con inequívoca claridad. Jesús afirmó: «El que no está conmigo, está contra mí; y el que no recoge conmigo, desparrama» (Mt. 12:30). No existe neutralidad posible: toda criatura con voluntad moral está en un reino o en el otro. Del mismo modo, Pablo advierte que «el deseo de la carne es contra el Espíritu, y el del Espíritu es contra la carne, pues éstos se oponen el uno al otro» (Gá. 5:17). Todo lo que hacemos, sin excepción, o favorece la obra del Espíritu en nosotros o fortalece la carne. La Trinidad no ha experimentado jamás confusión ni ha sido neutral ante ninguna de nuestras acciones.
Resulta iluminadora, en este punto, la respuesta que Susana Wesley le dio a su hijo John cuando este le preguntó en qué consistía el pecado: «Pecado es cualquier cosa que debilite tu razonamiento, altere la sensibilidad de tu conciencia, oscurezca tu apreciación de Dios, o que te quite la pasión por las cosas espirituales. En pocas palabras, cualquier cosa que aumente el poder o la autoridad de la carne sobre tu espíritu... eso para ti se convierte en pecado, independientemente de cuán bueno sea en sí mismo». Es difícil encontrar una definición más precisa y práctica del pecado.
Santiago va aún más lejos al sentenciar: «¿No saben que la amistad con el mundo es enemistad con Dios? Cualquiera que quiera ser amigo del mundo se constituye enemigo de Dios» (Stg. 4:4). Y Pablo, al escribir a los corintios, no deja ningún margen: «¿Qué asociación tienen la justicia y la iniquidad? ¿O qué comunión la luz con las tinieblas? ¿O qué armonía tiene Cristo con Belial? ¿O qué tiene en común un creyente con un incrédulo?» (2 Co. 6:14-15). En todos estos textos, Dios habla en términos de oposición absoluta: justicia frente a iniquidad, luz frente a tinieblas, Cristo frente a Belial.
Las áreas grises las crean nuestra condición caída y el pecado que sigue habitando en nosotros.
El propósito de considerar estos pasajes no es probar que para nosotros no existen áreas grises —claramente existen—, sino que para Dios no existen tales áreas. La ambigüedad no reside en Su carácter, sino en nuestra condición. Esto convierte la llenura del Espíritu en una necesidad vital para todo creyente que desee agradar a Dios de la mejor manera posible.
Reconocer que las áreas grises son un producto de nuestra condición caída y no una característica del diseño divino cambia radicalmente la forma en que debemos abordarlas. No se trata de negociar con la ambigüedad ni de buscar lo que podemos justificar, sino de crecer en discernimiento espiritual mediante la Palabra, la oración y la rendición al Espíritu Santo. A medida que avanzamos en la santificación, lo que antes era gris comienza a verse con mayor claridad —no porque las normas de Dios hayan cambiado, sino porque nuestra capacidad de verlas con fidelidad se va restaurando—. El llamado es alto: que todo lo que comamos, bebamos o hagamos sea para la gloria de Dios (1 Co. 10:31). Ninguna decisión de la vida escapa a ese mandato, y ninguna escapa tampoco a la mirada perfecta de Aquel que juzga sin sombra de variación.
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