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El yugo desigual
El yugo desigual

Foto de Emma Frances Logan en Unsplash

Familia y relaciones

El yugo desigual

Miguel Núñez 8 septiembre, 2011

El apóstol Pablo plantea una serie de preguntas retóricas que no admiten respuesta favorable: «¿Qué asociación tienen la justicia y la iniquidad? ¿O qué comunión la luz con las tinieblas? ¿O qué armonía tiene Cristo con Belial? ¿O qué tiene en común un creyente con un incrédulo?» (2 Co. 6:14-15). La lógica es impecable: quien ha seguido a Cristo y quien lo ha rechazado no comparten la misma naturaleza espiritual, los mismos valores ni la misma dirección de vida. Esa incompatibilidad de fondo es precisamente lo que hace imposible toda unión profunda entre ambos.

Este principio tiene implicaciones concretas para dos de las decisiones más trascendentes que puede tomar un cristiano: el matrimonio y las asociaciones de negocios. Entender bien lo que Pablo enseña en este pasaje no es un ejercicio meramente académico; es una guía práctica e ineludible para quienes desean honrar a Dios en todas las áreas de su vida.

La pregunta del matrimonio: más allá de las denominaciones

Uno de los errores más comunes al leer 2 Corintios 6:14 consiste en reducir el mandato a una cuestión de etiquetas religiosas. Muchos se preguntan, por ejemplo, si un cristiano evangélico puede casarse con un católico. La respuesta de Pablo no gira en torno a denominaciones, sino en torno al estado espiritual real de cada individuo. Es posible llamarse evangélico y no ser creyente. Es posible llamarse católico y serlo verdaderamente.

Lo que define si alguien califica como creyente, a la luz de las Escrituras, es si ha depositado su fe en Cristo solo para la salvación —«porque por gracia ustedes han sido salvados por medio de la fe, y esto no viene de ustedes, sino que es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe» (Ef. 2:8-9)— y si reconoce que no existe otro mediador entre Dios y los hombres que Jesucristo (Hch. 4:12; 1 Ti. 2:5). Si un individuo, sea cual sea su afiliación religiosa, cumple esas condiciones, puede ser considerado un creyente genuino.

No obstante, aun cuando ambos cónyuges sean creyentes, es imprescindible que definan desde el inicio cómo vivirán su fe en común. Si cada uno continuará asistiendo a congregaciones distintas con doctrinas incompatibles, esa situación contradice el concepto mismo de ser «una sola carne». El matrimonio exige unidad, también en la adoración. Un creyente no puede consentir que la pareja asista regularmente a una iglesia cuyas doctrinas sean contrarias a lo que la Palabra enseña, independientemente de cuánto amor exista entre ellos.

El yugo desigual en los negocios

El principio no se limita al matrimonio. La misma pregunta que Pablo formula —«¿qué tiene en común un creyente con un incrédulo?» (2 Co. 6:15)— aplica con plena vigencia a las asociaciones comerciales entre creyentes e incrédulos. Los principios que rigen la manera de hacer negocios, de tratar a los empleados, de pagar impuestos, de actuar con honradez en las transacciones, no son los mismos cuando provienen de una cosmovisión bíblica que cuando provienen de una cosmovisión puramente secular o pragmática. Esa diferencia de fondo genera conflictos predecibles y, con frecuencia, dolorosos.

Pero el riesgo mayor no es únicamente el conflicto: es la influencia. La experiencia histórica y la observación pastoral confirman que, por lo general, no es el creyente quien transforma al incrédulo en el contexto de una sociedad de negocios, sino al revés. Charles Swindoll lo ilustraba con una imagen memorable: cuando un guante blanco cae en el lodo, no es el lodo el que adquiere el color del guante, sino el guante el que toma el color sucio del lodo. El pueblo de Israel lo vivió en carne propia: al permanecer entre las tribus paganas de Canaán, terminó adoptando sus costumbres e idolatrías, porque es mucho más fácil ser influenciado que ser influyente.

Es mucho más fácil ser influenciado que ser influyente.

La fidelidad a Dios como criterio definitivo

El mandato del yugo desigual no nace del sectarismo ni del desprecio hacia quienes no comparten la fe cristiana. Nace de una realidad espiritual objetiva: entre la luz y las tinieblas no hay punto de encuentro. Dios habita en su pueblo y camina entre él (2 Co. 6:16), y esa presencia demanda una vida coherente con quién es Él.

Tomar en serio este principio bíblico no es un acto de arrogancia, sino de obediencia. Y la obediencia, en este caso, protege lo más valioso: la integridad del alma, la unidad del hogar y el testimonio del evangelio ante un mundo que observa. Antes de comprometerse en cualquier asociación íntima —ya sea en el altar o en la firma de un contrato—, el creyente debe hacerse con honestidad la pregunta que Pablo dejó escrita para todas las generaciones: ¿qué tengo en común con esta persona en lo que más importa?

Miguel Núñez

Miguel Núñez

Miguel Núñez es pastor Titular de la Iglesia Bautista Internacional y presidente y fundador de Ministerio Integridad & Sabiduría. Su visión es impactar esta generación con la revelación de Dios en el mundo hispanohablante.

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