Cuando enfrentamos pruebas, a menudo surge una tentación sutil: culpar a Dios por nuestra inclinación al pecado. "Si Él no quiere que caiga, que me quite el deseo", razonamos. Pero Santiago advierte con claridad: Dios no puede ser tentado por el mal, y Él mismo no tienta a nadie. Dios existe en una dimensión completamente separada del pecado; como un rayo de sol que ilumina la basura sin ser tocado por ella, Él está consciente del mal, pero el mal no lo afecta ni proviene de Él.
La fuente real de la tentación está dentro de nosotros. Santiago describe el proceso como el de un pez seducido por la carnada: hay un apetito interno que responde al anzuelo disfrazado. Así funciona el chisme cuando sentimos esa urgencia de contar lo que sabemos, la ira cuando nos descargamos contra alguien, o el materialismo cuando compramos lo que no necesitamos con dinero que no tenemos. El culpable no es el tentador externo, sino el traidor interno. Ni el cónyuge, ni los hijos, ni el país, ni el tráfico son responsables de nuestras reacciones pecaminosas.
La tentación en sí no es pecado; es evidencia de nuestra naturaleza caída. Lo que importa es si cedemos. Para reducir la tentación debemos trabajar en dos frentes: transformar nuestros deseos mediante el consumo abundante de la Palabra, y reducir las oportunidades poniendo límites concretos. Lejos de tentarnos, Dios es fuente de toda buena dádiva. Él hace nacer, no morir. De Él viene la vida, no la destrucción.
Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.
Como ustedes saben, la mayoría ya sabe que hemos estado a través de varios domingos iniciando una serie sobre el libro de Santiago, un libro corto, práctico, amplio en su alcance por la cantidad de temas que trata ahí. Todavía en el día de hoy nos vamos a mantener dentro del contexto, digamos, marginalmente dentro del contexto de las pruebas, pero lo que Santiago viene y trae ahora, después de haber tratado las pruebas en los primeros doce versículos, es una advertencia de lo que puede pasar en la prueba.
A manera de introducción, decíamos en los sermones anteriores que Santiago nos exhorta como creyentes a tener una actitud frente a la dificultad y a las pruebas en nuestra vida, y era la actitud de sumo gozo ante esas circunstancias. Y sabemos que Santiago no dice que sumo gozo porque nos gusta el dolor, porque disfrutamos el sufrimiento, sino porque dice Santiago en su versículo 2 que la prueba y la dificultad producen en nosotros paciencia, y que la paciencia en el tiempo va a producir un carácter íntegro, un carácter completo. En otras palabras, el gozo en medio de la prueba no es producto de la prueba en sí, sino que es producto del resultado que la prueba trae a mi vida.
Pero sucede que muchas veces esa no es nuestra actitud. No es sumo gozo lo que sentimos en medio de la prueba y en medio de la dificultad. A veces nos resistimos, a veces nos rebelamos contra Dios, a veces cuestionamos la bondad de Dios, cuestionamos su benevolencia para con nosotros. Algunos cuestionan hasta su existencia cuando hay cosas que ven que pasan, que son malas y humanamente difíciles.
Pero Santiago, precisamente por eso, un poco más adelante en su versículo 5 dice: si ustedes no entienden la prueba de una manera divina, de una manera que se pueden gozar en ella, entonces pidan la sabiduría a Dios para que les ayude a entender la prueba de la manera que Dios la ve. Pidan la sabiduría, que él se la va a dar. Pídansela de manera confiada, sabiendo, estando seguros de que Dios es un dador de cosas buenas y que él les otorgará la petición de sabiduría que se necesita para tener gozo en la prueba.
Y decía también que, además de eso, además de que la falta de sabiduría muchas veces nos lleva a no gozarnos en la prueba, a veces es nuestra falta de entendimiento de nuestra propia realidad. A veces vemos la pobreza como los seres humanos ven la pobreza: como una carga, como una maldición, como una derrota. Y Dios le dice al pobre más adelante en el capítulo uno de Santiago, le dice al pobre que se gloríe en su alta posición en Cristo, porque aun el pobre tiene de qué gozarse por el hecho de que está sentado con Cristo en lugares celestiales. Y así, sucesivamente, Santiago sigue dándonos instrucciones acerca de cómo lograr esta actitud de gozo en medio de la prueba. Decíamos que si nos falta el gozo, pidamos sabiduría confiadamente, veamos nuestra situación a través de los ojos de Dios, y por último, el versículo 12: Santiago decía al final también, veamos las recompensas eternas que van a tener aquellos que perseveran bajo la prueba.
Pero ¿qué sucede? Todo eso está muy bien, pero muchas veces en medio de la prueba, acompañando la prueba, viene una tentación, un pecado que está detrás y que somos tentados a caer en él, producto precisamente de la prueba. Aquí, por ejemplo, de los que han pasado por situaciones económicas difíciles, ¿en algún momento no les pasó por la cabeza como que Dios no está tan pendiente de nosotros? Yo no siento a Dios, yo creo que Dios está lejos de mí, él como que no está pendiente. Una situación familiar crítica, frustrante, un matrimonio difícil, y la mujer o el esposo orándole, pidiéndole al Señor que los ayude, y sentimos a Dios lejos, y entonces cuestionamos. Y viene la tentación de cuestionar la bondad de Dios hacia nosotros, el cuidado de Dios hacia nosotros. A veces muere un familiar querido y precisamente cuestionamos: Señor, ¿por qué tú permites? Vemos las injusticias que pasan a nuestro alrededor y decimos: ¿por qué hay demasiadas injusticias? Cuestionamos la justicia de Dios. Es decir, en las pruebas muchas veces hay tentaciones que vienen con ellas.
Y Santiago quiere advertirle a sus lectores, y a nosotros también, de que cuidado con que pensemos, cuando estamos en la prueba, que la tentación que muchas veces la prueba trae es mandada por Dios. Literalmente es lo que dice: cuidado con pensar que Dios es fuente de tentación, porque Dios nunca es fuente de tentación. La tentación viene de otro lugar que vamos a ver en el mensaje de hoy, de dónde es que viene. Y básicamente es lo que vamos a leer desde el versículo 13. Hay tres pruebas aquí que Santiago da de por qué la tentación nunca viene de Dios. Bajo ninguna circunstancia podemos pensar que Dios nos coloca en una posición en la que vamos a caer a pecar.
Primera prueba, versículo 13: "Que nadie diga cuando es tentado: soy tentado por Dios, porque Dios no puede ser tentado por el mal, y él mismo no tienta a nadie." Yo he oído personas que me han dicho: "Pero si Dios no quiere que yo haga eso, que me quite el deseo. Si Dios no quiere que yo caiga en tal pecado, en tal adicción, en tal situación, que me lo quite. Él es el culpable de que yo esté en eso todavía." ¿Ustedes no han oído esa expresión? Dios no la última, sino la primera: que me lo quite si él quiere que yo no caiga en eso. Al final, lo que implica es: él es el culpable de que yo esté en esto, porque él tiene el poder de quitarme este deseo, de quitarme esta adicción, de quitarme este hábito, de quitarme esta tendencia de mi carácter a ofender, a herir, a violentar sus principios. Que me lo quite. Santiago dice: cuidado con tú pensar que en la prueba, cuando eres tentado a pecar, es Dios que te trae esa situación. Y nosotros tendemos precisamente a desplazar la culpa cuando somos tentados.
Hay dos razones por las cuales Santiago dice que no podemos pensar que la tentación viene de Dios. Están en el verso. La primera razón es que Dios no puede ser tentado por el mal. Y esa expresión "no puede ser tentado por el mal", la expresión "no puede" en el original indica que Dios está inhabilitado a ser tentado. Dios no tiene los impulsos que lo hacen un ser tentable por el pecado, no tiene los apetitos. Si tú eres un enfermo con la pizza y te traen una pizza caliente, recién hecha, suprema de cualquier pizzería, tú eres tentado por el apetito que hay en ti de la pizza. Pero si tú no soportas la pizza y te traen la mejor pizza que pueden hacer en cualquier pizzería, a ti no te va a hacer ningún tilín, porque tú no sientes ese apetito. Es más o menos la idea que Santiago está tratando de expresar aquí.
Dios no tiene los apetitos que nos llevan a nosotros los hombres a la tentación y al pecado. Dios no es tentable. Dios no puede ser tentado por el mal. Él ocupa, o él existe, en una dimensión totalmente diferente, separado del mal y con un abismo prácticamente no cruzable. De ninguna manera Dios puede ser tentado por el mal. Él está más allá del mal.
Lo mismo, entonces. Ahí se deduce la segunda razón por la que nunca podemos pensar que de Dios viene la tentación: es que él no es tentable, y él mismo no tienta a nadie. A Dios le repugna el pecado. Dios no solamente es indiferente al pecado. No es que solamente él no es tentable. Es que a él le repugna el pecado. Es la manera como Dios se relaciona literalmente en toda su Palabra con el pecado: él odia el pecado. Dios no puede, repugnando y odiando algo, ser la fuente de tu tentación que te va a llevar a ti a hacer algo que él repugna. Es una contradicción de su carácter. Dios no sería bueno y santo si él puede eventualmente conducir a una persona a una tentación en su vida.
Y esas son las dos razones que Santiago da. Primero, él no es tentable, él no tiene los apetitos que nosotros tenemos. Y por esa misma razón, Dios no te va a conducir a ti a tener los apetitos que él mismo no tiene, y no te va a conducir a ti a hacer algo que él mismo repugna. Bajo ninguna circunstancia piense alguien que Dios puede ser fuente de tentación.
Y entonces el segundo punto de Santiago en este mismo tema es precisamente: entonces, ¿dónde está la fuente de tentación? Si Dios no es tentable, si Dios no tienta, no nos tienta a nosotros. Me gustó mucho una ilustración que pone John MacArthur en su comentario de Santiago. Dice: "Dios y el mal existen en dos reinos distintos que nunca se encuentran. Él es invulnerable al mal y es del todo impenetrable por las acometidas del mal. Está consciente del mal, él lo conoce, pero el mal no lo puede tocar. Es lo mismo que la basura no puede tocar el rayo de sol que brilla sobre ella." En otras palabras, la basura es iluminada por el rayo de sol, pero la basura no afecta el rayo de sol. El sol está consciente de la basura. Dios está consciente del mal, pero él no es tocado por el mal. Permanece en una dimensión diferente, distinta, sin los apetitos que nos inclinan a nosotros al mal.
Si Dios no es responsable por nuestra tentación, si Dios no es responsable por nuestra inclinación al mal, en medio de la prueba somos tentados a ofender a Dios. Muchas veces, por ejemplo, y muchos de nosotros hemos sido testigos de eso, en situaciones de extremo estrés, de extremas dificultades en nuestra vida, nuestros límites morales son bajados. ¿Por qué? Porque somos dados a buscar relajación, somos dados a buscar relax, placer, y de alguna manera, en medio del estrés y en medio de las dificultades, bajamos nuestros límites morales. Muchas veces también, en medio del problema que estamos enfrentando, nos volvemos irritables. Estamos pasando una situación económica y entonces en la casa nos volvemos unos insoportables. Se fijan cómo, en medio de la prueba, muchas veces somos tentados a pecar. La situación económica me lleva a ofender a mi esposa. La situación de estrés me lleva a bajar mis límites morales y a ver pornografía.
Somos tentados en medio de la prueba, y muchos pueden pensar: "Pero si Dios me coloca en la prueba, o Dios permite la prueba en mi vida, ¿no es Él entonces la fuente de tentación?" Dice Santiago: "No, Dios no tienta a nadie, Él no es tentable, Dios no tienta a nadie." Por agregar algo más, en los versículos 14 y 15 dice: "Sino que cada uno es tentado cuando es llevado y seducido por su propia pasión. Después, cuando la pasión ha concebido, da a luz el pecado, y cuando el pecado es consumado, engendra la muerte." La culpa no es de Dios. La culpa es tuya, mía. La culpa del pecado y la inclinación al mal le corresponde al hombre.
Aquí él usa una palabra, que es la palabra "pasión" en esta traducción. Hay otras traducciones, como la Reina Valera, que usa la expresión, la palabra "concupiscencia", que habla de un deseo fuerte e intenso hacia algo. Es decir, Santiago dice: "Cada uno es tentado cuando es llevado y seducido por su propia pasión, por su propia concupiscencia." Somos llevados y seducidos por deseos fuertes internos que hay en nuestros corazones. Esa es la razón de la tentación. No es algo que está afuera de nosotros. Las circunstancias no son las culpables. Las personas no son las culpables. El culpable soy yo. Alguien lo puso en estos términos: el culpable no es el tentador externo, sino el traidor interno que hay en nosotros. Y ahí es que tenemos que poner nuestra atención.
Él usa una ilustración. Esas dos palabras, "llevado" y "seducido", eran palabras que se usaban en el lenguaje de la pesca. Como el pescado —no el pecado, el pescado— es llevado y seducido por la carnada del pescador. Y el pescador se ocupa de poner la carnada apropiada. Hay peces que responden a la sangre. Hay peces que responden a la grasa. El punto es que él pone su carnada en función del pescado que quiere capturar. Y lo importante de la carnada es que el pescado nunca se dé cuenta del aguijón debajo de la carnada, que no se dé cuenta de que es una trampa.
De la misma manera, Santiago dice, el pecado te seduce de la misma manera que la carnada seduce al pescado. La carnada tiene que ser olorosa, apetecible, atractiva a los ojos del pescado. Hay un apetito que la carnada quiere despertar, no crear, despertar. Si tú le pones una carnada equis a un pescado que no responde, no va a venir. Hay pescados que responden a esta carnada. De la misma manera, el pecado en nosotros se presenta seductor, se presenta atractivo, apetecible, nos huele bien. Pensamos que nos va a satisfacer un apetito.
Y cuando hablo de pecado, típicamente estamos hablando de pasión y todo ese tipo de cosas, de seducción; pensamos en el pecado sexual. Pero no nos vayamos ahí todavía. Es uno de ellos, pero muchas veces, precisamente como hay pecados más visibles o más significativos que otros, tendemos a no tratar aquellos que están en nosotros y que son más comunes.
Yo ponía el ejemplo del chisme, el pecado del chisme. Una persona que tiene esa inclinación al chisme, a ser indiscreto, a compartir lo que no debe compartir con quien no debe compartirlo, se entera de algo, una bomba. Y ahí, se entera de la bomba y el primer pensamiento es: "¡A quién llamo! Yo tengo que decirlo." Hay una descarga emocional asociada: "Yo tengo que contar esto, yo tengo que decirle a alguien, esto no se puede quedar aquí." Hay una descarga, literalmente. No podemos reír de eso, pero estoy respondiendo a la seducción del pecado. El chisme en mi interior me dice: "Compártelo, que te vas a sentir bien. Compártelo, que vas a satisfacer un deseo del corazón. Te vas a sentir cómodo, eso es bueno, lo vas a disfrutar." Por ahí hay un aguijón detrás que yo no me estoy dando cuenta.
La ira, las explosiones de ira. El que típicamente explota en ira y se descarga, siente un alivio de la descarga. Se descargó y le dijo lo que tenía que decirle. "Me descargué contra mi esposa, me descargué contra mi hijo, me descargué contra mi empleado, mi empleada, me descargué contra el empleado que me sirvió en el restaurante, me descargué." Y la ira me seduce y me dice: "Hazlo, te vas a sentir mejor. Tú te lo mereces, te trataron mal, se justifica tu actitud. Defiende tu derecho, no te quedes callado." Me seduce y termino descargando mi ira contra la persona que está a mi alrededor.
Y así como el chisme, la ira, puede haber muchas otras cosas, pecados. Obviamente caemos en el plano de la sensualidad. Del "yo, persona casada, mi esposo o mi esposa no me escucha tanto como me escucha otra persona", y yo comienzo a satisfacer mi hambre emocional, mi vacío emocional, con esa otra persona. Hay una seducción del pecado hacia la infidelidad, y muchas veces en mi justificación yo digo: "El culpable es mi pareja, que no satisface mis deseos internos, y yo tengo que buscar afuera." Pero al final el culpable soy yo, que estoy respondiendo a la seducción de la carnada.
Y así es del chisme, así es de la ira, así es de la sensualidad. Así podemos hablar del materialismo: constantemente vivimos comprando cosas que no necesitamos con dinero que no tenemos. Pero yo lo necesito, este celular tiene una función que no tiene el otro, me voy a poder ver el celular boca abajo. Yo necesito verlo boca abajo porque muchas veces yo estoy en mi cama y yo lo pongo ahí boca abajo y tengo que verlo boca abajo. Y no, que el vehículo, no, no, no, que el vehículo tiene un timón diferente adelante. Ya no, no, no, no. El materialismo nos envuelve, nos dice satisfacer la novedad: lo necesito, lo quiero, y me seduce. Y termino comprando cosas que no necesito con dinero que no tengo, literalmente. Así funciona el pecado, así es la seducción.
Si vamos a leer, eso fue lo que pasó con Eva. A Eva se le presentó un árbol y dice que era apetecible a los ojos, bueno para los ojos y apetecible para comer, bueno para alcanzar sabiduría. Eva entendía que había algo que ella iba a satisfacer cuando ella se apropiara de eso que le faltaba. Ella tenía todo, pero le faltaba eso. Y entonces, en nuestra pecaminosidad e inclinación pecaminosa, hacemos caso a todas estas seducciones del pecado y terminamos cayendo.
La mentira: cuántas veces nosotros, hablando con una persona, con un familiar, con un cónyuge, con un hijo, con un superior o con un cliente, estamos ahí en la bifurcación que o decimos una mentira o decimos la verdad. No, si digo la mentira voy a salir de este problema. No, no, ya, sí, no, yo te cumplo mañana. Sabemos que no. Yo te cumplo mañana, pero mañana decimos que mañana, porque mañana los metemos en otro cuento, pero nos descargamos. Una seducción. Hay una carnada que no vemos. El pez ve la carnada y dice: "¡Uy, qué buen bocado!" El garfio lo siente ya en la boca.
De la misma manera el pecado: me seduce, me entusiasma. Aunque no morimos tan rápido como muere el pescado, eventualmente, si cedemos a las seducciones del pecado, sea cual sea el pecado, vamos a cosechar muerte en nuestras vidas. Y eso es lo que Santiago está describiendo.
Yo me pregunto: ¿qué lleva al pez a morder la carnada? ¿La destreza del pescador? ¿Qué lleva al pez a morder una carnada? Su hambre. Es su hambre. Si él no tuviera ese apetito, si él no tuviera esa hambre, él no la muerde. ¿Qué me lleva a mí a cometer un acto pecaminoso, a seguir en un hábito pecaminoso, el que sea? Mi deseo interno de ceder ante esa tentación y pensar que hay algo que me va a satisfacer, o me va a ir mejor de alguna manera si yo actúo así que si actúo asado. Eso es lo que estamos tratando de satisfacer. En nosotros es nuestro deseo interno lo que nos conduce al pecado. No es Dios, no son las pruebas, no es la gente, no son las circunstancias. Somos nosotros. Y tenemos que asumir la responsabilidad que nos corresponde en este tema del pecado.
Y hay varias aplicaciones que yo quisiera compartir de estos dos versículos que tan magistralmente Santiago nos presenta la anatomía del pecado. Estos dos versículos en primer lugar nos dicen que la tentación no es pecado en sí misma. Eso es lo primero que nos dicen. Lo vemos claramente en el versículo 14, dice: "Sino que cada uno es tentado cuando es llevado y seducido por su propia pasión. Después, cuando la pasión ha concebido, da a luz el pecado."
A veces nosotros nos sentimos culpables por el hecho de que somos tentados, que sentimos ese apetito interno. Pero según Santiago, el apetito interno no es en sí pecado. El apetito interno es una evidencia de nuestra naturaleza pecaminosa, pero si no hacemos una acción para caer en esa tentación y esa inclinación, no hemos pecado todavía. Y muchos cristianos extremadamente sensibles a la conciencia se viven autoculpando, automutilando, infligiéndose dolor, viven en un constante arrepentimiento del anterior por la mera inclinación a pecar. Hermanos, el día que yo no me sienta tentado, me morí.
Hay una película que este individuo está hablando con sus soldados antes de la guerra. Están a punto de entrar en una guerra y ellos están tratando de relajarse un poco antes de entrar a la batalla, y este capitán de batalla le dice a sus soldados: "Si ustedes sienten que hay un silencio alrededor de ustedes y ustedes sienten paz y ustedes ven campos verdes, dense cuenta de que han muerto, que no están aquí." Bueno, el día que no haya tentación en mi corazón es porque yo me fui. La tentación no es razón para yo autoculparme, automutilarme. La madurez cristiana no se mide por cuán tentado tú eres, sino qué tanto tú caes ante la tentación. Si tú cedes constantemente a tu inclinación pecaminosa de ira, de chisme, de sensualidad, de mentira, de lo que sea, entonces sí, obviamente hay una evidencia de tu inmadurez espiritual. Que tú seas capaz de resistir las inclinaciones pecaminosas de tu naturaleza o de nuestra naturaleza, esa es una aplicación en extremo importante. Es algo que es importante que entendamos para poder vivir transparentemente delante de Dios, sabiendo por qué tenemos que pedirle perdón y por qué no tenemos que pedirle perdón.
La segunda aplicación de este texto es que tenemos que parar de culpar a otros por nuestros pecados. Y yo hice una lista corta de algunas de estas cosas, que ya he mencionado algunas, pero yo quisiera una vez más revisarlas y que cada uno de nosotros vaya afinando el oído y poniéndose el sombrero y sintiéndose aludido en caso de que alguna de estas cosas esté presente en nuestras vidas. Mi llamado al final será: ¿hasta cuándo vamos nosotros a permanecer en ese estado?
Tus hijos no son responsables de tus o de mis explosiones de ira. Yo no puedo culpar a mis hijos porque sencillamente yo no tengo la madurez y el carácter para soportar que mi hijo es tremendo, molesta, es bulloso, llora mucho, es rebelde. Él no es responsable de tus explosiones de ira. Tú eres responsable. Yo soy responsable de mis explosiones de ira.
Tu cónyuge tampoco es responsable por tus explosiones de ira. Que esa mujer no me atiende, que si mi marido no es sensible. El cónyuge no es responsable de que tú agredas verbalmente, y algunos físicamente, a tu cónyuge, o emocionalmente. Y no lo agredimos verbalmente, no lo vamos a agredir físicamente, pero no hago lo que quiera y nos volvemos agresivos pasivamente. No decimos una palabra, no tomamos una acción. "¿Pero qué te pasa?" "No me pasa nada." "¿Vamos para allá?" "Yo no quiero ir." "¿Pero qué te pasa?" "Nada." Agresión pasiva. Y nos descargamos contra el otro culpando al otro porque el otro no llenó una necesidad. Él no es culpable por esas reacciones pecaminosas.
El país no es responsable de tu falta de contentamiento. República Dominicana no es responsable de que tú vivas irritado todo el día. El calor. "El calor me tiene..." ¿Es así o no? El calor lo que está haciendo es el cebo que saca de ti ese apetito de pagar con otro tu incomodidad. El calor no es responsable. El país no es responsable. El tránsito no es responsable de tu irritabilidad, de tu constante... Y nos justificamos: "Es que no es posible, es que no puede ser, es que da mucho tiempo, tengo que bajarme." Entonces mi esposo, mi esposa, el hecho de que yo no haga algo no es responsable de que yo busque en otra persona mi satisfacción emocional o sexual. Que mi esposa no es lo suficientemente sensible, no es lo suficientemente atractiva para mí. Que mi esposo no es lo suficientemente romántico, y entonces eso es una excusa para yo buscar en otra persona la satisfacción de esas necesidades. No lo culpes, no es él.
A los que son hijos que tienen padres: tus padres pueden ser arbitrarios, pero no son responsables de tu desconsideración y de tu falta de respeto. No lo son. Tú eres responsable de tu desconsideración y tu falta de respeto a tus padres. Ellos son responsables de su arbitrariedad delante de Dios. Déjalo así.
Tengamos cuidado de seguir pasando la culpa. ¿Por qué? Porque mientras sigamos pasando la culpa, nunca vamos a reparar esas áreas de nuestra vida. A veces permanecemos en un estado de resentimiento, de rencor, de falta de perdón por lo que me hicieron, y nos justificamos y decimos: "Lo que me hicieron fulano, fulana, puede ser mi papá, mi hermano, mi hermana, mi mamá, eso es... yo no lo acepto, eso yo no lo comprendo, yo no lo concilio, yo hoy en día permanezco airado, permanezco como listo." No solamente con ellos, los que me hicieron daño; estoy molesto con todo el mundo porque yo no he decidido perdonar y dejar atrás ese resentimiento, haciendo culpables a ellos de mis resentimientos.
Que el jefe no me motiva, y como no me motiva, yo me siento aquí en el trabajo desmotivado y yo no cumplo mi trabajo como lo tengo que cumplir, con la excelencia que se espera de mí, con la puntualidad que se espera de mí, con la responsabilidad que se espera de mí. Y culpo por mi falta de cumplimiento y por mi falta de excelencia a mis jefes o a la empresa, que no me pagan bien, que no me motivan. No, ellos no son culpables.
Eso en resumen: ni las circunstancias, ni las personas, ni la iglesia, ni Dios son responsables de que tú cedas a las tentaciones que vienen a tu vida. Asumamos nuestra responsabilidad con nuestras propias tentaciones y nuestras inclinaciones al pecado. Detectémoslas. Y nosotros sabemos, si estamos conscientes, cada uno de nosotros está consciente de cuáles son las inclinaciones más comunes en nuestras vidas. Es decir, nosotros somos conscientes de las carnadas que nos huelen bien. ¿Qué pecado nos atrae? ¿Qué carnada nos atrae? ¿Qué tipo de olores nos gustan? Hay algunas personas que no son personas iracundas, que no son personas que explotan en ira con otro, pero son personas que se dejan seducir por la sensualidad. Hay otros que ni se dejan seducir por la sensualidad, no son fácilmente seducibles por eso ni por la ira, pero el problema de ellos es el chisme, o el problema de ellos es la mentira, o el problema de ellos es...
Envidia, o el materialismo. Qué pecado, pongámosle el nombre. Y después de poner el nombre, decidamos, decidamos resistir esa tentación. Mientras más temprano, mejor.
Aquí hay una anatomía del pecado. Dice que lo primero es que somos llevados y seducidos por nuestra propia concupiscencia. Comienza a nivel de la seducción. Ojalá nosotros nos demos cuenta cada vez que estamos siendo seducidos por el pecado, ahí arriba, y que ahí pongamos el límite y la advertencia de que no podemos seguir el patrón del pecado. Pero somos seducidos. Luego de que somos seducidos, entonces decidimos pecar, y al final terminamos pecando. Y dice Santiago en el capítulo 1, versículo 15, eventualmente habrá muerte.
¿Muerte de qué tipo? ¿De qué tipo está hablando Santiago, de que produce muerte el pecado? Cuando yo peco, muerte. ¿Cómo es eso? Yo no muero cuando peco. Bueno, teológicamente hablando, la paga del pecado es muerte. Aquellos que no conocen al Señor, que no conocen a Cristo, que no han puesto su fe en el sacrificio redentor de Jesucristo, la consecuencia última de su vida de pecado será la condenación eterna, la muerte. Es la realidad. Aquellos que conocemos al Señor, que somos cristianos, que hemos puesto nuestra fe en su sacrificio, todavía hay un tipo de muerte en nuestras vidas cuando permitimos el pecado en nosotros. Hay algo que se sacrifica en términos de nuestra relación con Dios, de nuestra intimidad con el Señor, de nuestra capacidad para hacer frente a las futuras tentaciones. Hay una muerte en nosotros cuando cedemos constantemente a las circunstancias que están viniendo a nosotros. Tenemos que hacernos responsables de esas cosas.
Y yo lo diría de la manera siguiente, para bajar esto todavía más: ¿Cómo vamos nosotros entonces a reducir o eliminar la seducción del pecado en nuestras vidas? ¿De qué manera le vamos a hacer frente cuando vemos la carnada? ¿Cómo la vamos a enfrentar para evitar caer en esa tentación o ese pecado? Yo lo veo de la manera siguiente. Yo soy muy matemático, entonces síganme en la matemática: la tentación es igual a deseo más oportunidad.
En otras palabras, vamos al ejemplo de la pizza otra vez. ¿Cuándo la pizza es una tentación para ti? Bueno, primero tiene que haber un deseo, que a ti te gusta la pizza, cierto. Pero el que te guste la pizza no quiere decir que en todo momento tú estás tentado a comer pizza. No. A ti te gusta la pizza, tú tienes deseo, mas sucede que tú pasas por ahí por —no voy a poner marca porque no sé, quizás yo me siento bien con Pizza Hut y a otro no le gusta— entonces, una pizzería que a ti te gusta, y dices: "Una pizza, qué bueno sería." La tentación viene cuando el deseo que tú tienes ahí se junta con la oportunidad de tú ver una pizzería. Y dices: "La pizza." Ok.
Entonces, para yo reducir la tentación en mi vida, yo tengo que trabajar sobre el deseo y sobre las oportunidades. ¿Cómo yo trabajo con mis deseos? ¿Cómo yo me hago una persona más inmune a las tentaciones? Si nos vamos a la Palabra, la manera más efectiva para hacer eso es consumiendo la Palabra de Dios. Salmo 119: "En mi corazón he guardado tu palabra para no pecar contra ti." ¿Cómo funciona eso? ¿Funciona eso que como yo leo aquí lo que puedo hacer y lo que no puedo hacer, bueno, ya no lo hago? No. No funciona así. Increíblemente hay un efecto purificador que actúa cuando yo consumo la Palabra de Dios de manera regular. Hay un efecto sobre hacerme una persona menos tentable. Me cambian los deseos. Ahora yo cambio mi deseo: en vez de pizza, yo quiero hacer algo virtuoso. Me cambian los deseos. Dios no solamente te da mandatos, Él te da el deseo para cumplir el mandato. Dios pone el querer como el hacer. Y en la medida que yo consumo la Palabra, literalmente hay una purificación de mi alma que sucede, que yo no la sé explicar con lujo de detalle, pero se produce.
La manera como ha operado eso en mi vida yo les puedo confesar. La manera como ha operado no ha sido leyendo un capítulo diario de la Biblia, ni dos capítulos diarios de la Biblia. La manera que yo me di cuenta, como que hubo un salto extraordinario en mi vida —y esto no tiene la Palabra, hermanos, pero lo estoy diciendo por mi experiencia— es cuando yo comencé a leer la Biblia vorazmente. En una semana, en dos semanas, en tres semanas, depende de la capacidad de lectura de cada quien. Lean el Nuevo Testamento entero. Cojan las cartas de Pablo, son cartas cortas. Santiago tiene cinco capítulos, léanlo entero. Lean todo el sentido del libro, todo el espíritu de ese libro, de esa instrucción. Gálatas tiene seis capítulos, Efesios tiene seis. Todos. Cojan tres, cuatro, cinco cartas en un día, en dos días. Léanlas. Y crean que va a haber un efecto transformador del deseo en el corazón.
Lean Levítico. No lo digo bromeando. Ya la gente quizás cree que yo estoy bromeando, porque todo el que lee Levítico dice: "Levítico, Levítico." Pero no. En Levítico dices: "Pero tú, estos pormenores del templo, del sacrificio, de la ofrenda, del cordero, de la grasa, que las entrañas del cordero que tiene que ser quemada." Lean los consiguientes del espíritu. Levítico habla de que Dios es absolutamente santo y minucioso, y hay un efecto purificador extraordinario ahí. Trabajamos en el lado del deseo.
Pero ¿qué pasa? Eso no es inmediato, eso no pasa de una vez. Mientras tu deseo está siendo transformado, para tú manejar tus tentaciones, acuérdense que el otro componente es oportunidad. Tú tienes que identificar cuál es tu tentación, cuáles son tus tentaciones, cuáles son los pecados que te parecen más atractivos, y reducir las oportunidades de pecar poniendo límites, coartando las libertades que el pecado tiene. ¿Tú eres un enfermo con la pizza, un adicto a la pizza? No pases por una pizzería. ¿Tienes problemas con el alcohol? Ni lo veas. ¿Tienes problemas con la pornografía, con las mujeres? Si llegas a la computadora cuando tú estás solo, no veas televisión si puedes. Si está la computadora, mírala con tu esposa. Pon mecanismos que te protejan. Reduce la oportunidad del pecado. ¿Tú eres una persona chismosa? Haz el propósito de que tú no vas a compartir nada con nadie que no te sea autorizado. Es un propósito interno, es un límite a ti mismo. Con la mentira, lo mismo. Y así sucesivamente.
Tú vas trabajando el deseo con el consumo voraz de la Palabra. Vas trabajando las oportunidades. ¿Tú sabes qué va a pasar con el tiempo? Que esos límites saludables que permanezcan ahí, pero ya no van a ser tan necesarios, porque tu deseo va a haber cambiado de una manera tal que la tentación no va a ser efectiva. Ya no te gusta esa carnada, no te gusta ese cebo. En mi vida ha pasado en algunas áreas eso, donde lo que yo antes para mí era apetecible, hoy yo digo: "¿Qué era lo que yo le veía a eso?" Ha pasado una transformación del corazón.
Pero si no decido hacerlo, si no asumo mi responsabilidad con mis pecados y digo: "Eso es culpa mía, no del otro, no de la circunstancia, no del momento, es culpa mía," yo no voy a hacer eso que tengo que hacer de purificar mi vida y de poner límites y reducir las oportunidades del pecado en mi vida. Yo espero, ojalá, que nosotros tomemos una decisión: hasta aquí llega esta actitud, hasta aquí llega este pecado, hasta aquí llega este hábito, hasta aquí llega esta práctica que yo tengo que es ofensiva a Dios. Y quizás tú no sales hoy con el deseo de hacerlo bien, pero por lo menos sal con la decisión de poner un stop. Y ahora comienza a transformar tu deseo con la Palabra de Dios, y vas a ver cómo va a resultar en una victoria.
Romanos 6:12 dice lo siguiente: "Por tanto, no reine el pecado en vuestro cuerpo mortal, para que obedezcáis sus lujurias." Su deseo, su inclinación. El mandato es: no reine. Tomen una decisión: el pecado no es mi reino, no me va a decir a mí lo que yo voy a hacer. Yo voy a decirle a mi cuerpo lo que va a hacer. "No presentéis los miembros de vuestro cuerpo al pecado como instrumentos de iniquidad, sino" —otra decisión— "presentaos vosotros mismos a Dios como vivos de entre los muertos, y vuestros miembros a Dios como instrumentos de rectitud." Son decisiones. Y Dios también va a cambiar el deseo a través de su Palabra.
Es la segunda razón por la que obviamente, bajo ninguna circunstancia, podemos pensar que Dios puede tentarnos. Dios nos prueba, pero no nos tienta. Primero, no nos tienta porque Él no está tentable, y Él mismo no tienta a nadie. Segundo, porque al final, cuando hacemos una reflexión de dónde viene la tentación, viene de nosotros. Son apetitos que hay sembrados en el corazón que tenemos que hacerle frente.
Por la tercera razón por la que Santiago dice "no piensen en Dios como fuente de tentación," es tenemos el versículo 18. Y con esto concluimos. Dice: Dios no puede ser fuente de tentación por lo siguiente. En el versículo 16 al 18 —perdónenme—: "Amados hermanos míos, no os engañéis. Toda buena dádiva y todo don perfecto viene de lo alto, desciende del Padre de las luces, con el cual no hay cambio ni sombra de variación. En el ejercicio de su voluntad Él nos hizo nacer por la palabra de verdad, para que fuéramos primicias de sus criaturas."
En pocas palabras, Dios no solamente no es fuente de tentación, Él es fuente de toda buena dádiva y de todo don perfecto. De una fuente donde sale agua amarga no puede salir agua dulce al mismo tiempo. Dios es de donde proviene todo lo bueno y todo lo perfecto que hay en nuestras vidas.
Y Santiago usa una serie de expresiones aquí interesantes que es bueno saber por qué lo hace. En el 16 dice: "Amados hermanos míos, no os engañéis." O sea, Dios no es fuente de tentación. Mucha gente quizás ya en ese momento estaba pensando que eran tan difíciles las pruebas que estaban pasando: "Oye, ¿por qué Dios quiere que nosotros pequemos? Dios quiere que nosotros... Es una tentación que viene de Dios. Porque al final, ¿no es soberano? Y Él me puede quitar de esta situación y no lo hace." Y dice: "No, no, no se engañen. Dios no es fuente de tentación por su carácter, porque realmente viene de ustedes, y además Él es fuente de toda buena dádiva." No os engañéis.
Y entonces agrega: "Toda buena dádiva, todo don perfecto." ¿A qué se refiere Santiago con esto? Hay dos palabras: toda buena dádiva, todo don perfecto. Dádiva y don son palabras sinónimas, es lo mismo. Lo que viene de Dios siempre es bueno.
Siempre es perfecto y bueno en el sentido de que siempre nace de su buena intención para con nosotros. Los dones de Dios, las dádivas de Dios, las pruebas de Dios están motivadas en una buena intención para nosotros. Pero no solamente es buena, es perfecta. No nos inclina a la inmoralidad, nunca nos inclinaría al pecado porque es perfecta. Entonces una buena dádiva es una dádiva perfecta, y todo esto viene de quién: del Padre de las luces.
Es un nombre extraño; es el único lugar en la Biblia donde Dios aparece con este nombre, el Padre de las luces. Y cuando uno estudia en el original a qué es que Santiago se está refiriendo, bueno, primero Santiago usa muchas referencias a la naturaleza en su corto libro, casi veinte referencias a la naturaleza en su corto libro. Y literalmente es "Padre de los astros"; eso es lo que dice el original: Padre de los astros luminosos. ¿Y cuáles son los astros más visibles que nosotros conocemos? El sol y la luna.
¿Y por qué Santiago usa esas referencias aquí? Bueno, la razón es que si hay algo que es una muestra de la generosidad incondicional de Dios, es el sol y la luna. El sol y la luna son indispensables para la vida en la tierra, indispensables. Sin hubiese sol o no hubiese luna, no hubiese vida. Y Él lo hace salir sobre justos e injustos, sobre santos y pecadores, sobre buenos y malos. Sale ahí, es un buen don, es una buena dádiva para los seres humanos aunque los seres humanos no se lo merezcan. Es una evidencia física visible de la bondad de Dios, de que de Él solamente proceden buenas cosas, de que Él ha estado dispuesto a bendecir a la gente aunque la gente no lo bendice a Él.
Y a contraste de lo que pasa con esos astros, donde la luna tiene cuatro fases, donde hay fases donde está más brillante que en otras, hay una fase menguante donde la luna se reduce de tamaño, cambia de brillantez, dice: en Dios no hay sombra ni cambio. En otras palabras, esas dos luces son buenas, pero Dios es mejor. Esas dos luces nos bendicen, pero Dios es superior. La bendición de Dios es superior, es más estable, no cambia, no varía como cambia la luna, como cambia el sol, no se desgasta. Como se desgasta, por ejemplo, el sol hoy en día se está desgastando; Dios no se desgasta. Por lo tanto, veamos eso como una expresión de su gracia y de su buena voluntad hacia nosotros. ¿De qué manera vamos a acusar a Dios de que Dios nos tienta? Jamás.
Y agrega en el versículo 18: de hecho, no solamente tenemos vida física por estos astros, tenemos vida espiritual. En el ejercicio de su voluntad Él nos hizo nacer por la palabra de verdad, para que fuéramos las primicias de sus criaturas. Él está haciendo nacer la gente, no morir la gente. El pecado conduce a la muerte; Dios está haciendo nacer la gente. ¿De qué manera Dios va a ser responsable del pecado? De ninguna manera. Es imposible que esto sea.
Y concluye Santiago esta sección. Toda esta sección hasta el versículo 18 es de pruebas y dificultades y circunstancias complicadas en nuestra vida. Y comienza diciendo: no tengan por sumo gozo cuando se encuentren ahí. Cuando no tengan gozo, pidan sabiduría confiadamente. Además, vean sus circunstancias a través de los ojos de Dios, tengan una esperanza eterna de la recompensa. Y sigue: pero cuando en medio de las pruebas se sientan tentados, nunca piensen que viene de Dios. No viene de Dios, Él no puede ser tentado; viene de ustedes. Al contrario, no solamente no viene de Dios, viene todo lo bueno, todo lo justo, todo lo santo, todo lo que nos da vida al final.
Entonces como que termina con una nota de agradecimiento. Nos acaban de hablar de las pruebas y las dificultades, y uno termina como: "¡Guau, Señor, tú eres bueno! De ti viene todo lo perfecto, todo lo agradable". Y entonces yo termino también con esa exhortación al agradecimiento en nuestra vida.
Y yo diría, es algo que es un concepto que leía hace un tiempo en un libro que me marcó, donde esta autora hablaba de tres niveles de agradecimiento en la vida de los cristianos. Y el primer nivel de agradecimiento es el más básico, el más elemental. Para eso no necesitamos casi ningún entrenamiento teológico ni saber mucho de la Biblia; es un agradecimiento general por las cosas de la vida. De hecho, hay gente que no es creyente, que no es cristiana, ni siquiera cree en Dios, que tiene un sentido de gratitud hacia la vida. Todos hemos oído la canción "Gracias a la vida que me ha dado tanto", ¿verdad? Y así sigue la canción. O sea, hay un sentido de gratitud general aun en aquellos que no creen. Ese es el sentido de gratitud más básico. Si tú no estás ahí, ni siquiera tú estás en cero, cero en gratitud, ¿ok? Espero que todos estemos ahí por lo menos, que hay un agradecimiento general de que estamos mejor que mucha gente por ahí.
Un nivel diferente, superior, bueno, no superior exacto, de agradecimiento, que es dar gracias a Dios en todo momento, en toda circunstancia. Esa expresión "en" es muy importante. Es decir, yo estoy en medio de una situación económica difícil, de una enfermedad, de un estado de estrés, de una dificultad familiar, y yo en esa situación yo le digo: "Señor, yo te doy gracias porque aun yo estoy pasando por esto, yo tengo salud, o tengo familia, tengo una iglesia, tengo tu salvación, Señor". En todo, es decir, encontramos razones para agradecer a Dios aun tengamos carencias.
Pero hay un nivel superior de agradecimiento, y es no solamente en todo, sino por todo, que es diferente. No es solamente: "Señor, yo te doy gracias porque a pesar de que yo estoy pasando esta dificultad económica o del tipo que sea, yo tengo otras cosas". No, no es eso. Es: "Señor, yo te doy gracias por esta dificultad económica, por esto que para mí me duele, me genera ira muchas veces, frustración. Esto, Señor, por eso yo te doy gracias, por eso". Claro, tenemos que darnos cuenta si eso se debe a un pecado mío, porque si estoy en esa condición por un pecado mío, entonces arrepintámonos, dejemos eso y démosle gracias a Dios que nos abrió los ojos. Pero si es algo que sencillamente estamos ahí porque entendemos que Dios nos ha colocado ahí, demos gracias a Dios por eso.
Por las bendiciones generales, aun en momentos donde otros no agradecerían, el llamado al cristiano es agradecer. Pero además, el llamado al cristiano es más elevado: es darle a Dios gracias no solamente en todo, sino por todo. Y es difícil, es difícil. Hay que tener una perspectiva divina, hay que pedirle a Dios que nos la cambie, que nos dé sabiduría, que nos abra el entendimiento, que nos haga verlo a Él como Padre de toda buena dádiva y de todo don perfecto, que nos haga ver cómo llueven sus bendiciones sobre nosotros a pesar de la dificultad.
Héctor Salcedo es economista de profesión y pastor de corazón. Posee una maestría en Estudios Bíblicos del Moody Bible Institute de Chicago y estudios de posgrado en Macroeconomía Aplicada. Es pastor de la Iglesia Bautista Internacional desde 2004, donde supervisa áreas administrativas y financieras, además de predicar regularmente. Está casado con Chárbela El Hage y tienen dos hijos, Elías y Daniel.