Integridad y Sabiduria
Sermones

Planificando según la voluntad de Dios

Héctor Salcedo 29 enero, 2012

Planificar el futuro sin considerar a Dios es una forma de arrogancia que Santiago confronta directamente en su carta. Cuando alguien dice con total certeza "mañana iré a tal ciudad, pasaré un año allí, haré negocio y tendré ganancias", está actuando como si tuviera control absoluto sobre su vida. El problema no es la actividad comercial ni el deseo de prosperar, sino la actitud de quien deja a Dios fuera de la ecuación, como si el Creador no tuviera nada que decir sobre nuestros planes.

Santiago confronta esta presunción con dos realidades ineludibles: no sabemos qué pasará mañana, y nuestra vida es tan frágil como un vapor que aparece por un momento y luego se desvanece. Hay una tentación particular para quienes tienen recursos económicos: pensar que si tienen dinero para hacer algo, automáticamente tienen el permiso de Dios para hacerlo. El pastor Héctor Salcedo ilustró esto con su propia experiencia al mudarse a Chicago para estudiar. Tenía todo calculado: cuándo se vendería su apartamento, en cuánto, cuándo estaría listo el nuevo. Nada salió como planeó. Fue la manera en que Dios le mostró que no era él quien tenía el control.

El llamado no es simplemente añadir la frase "si Dios quiere" antes de cada plan, sino cultivar una actitud de corazón genuinamente sometida a los propósitos divinos. Esto implica obedecer primero lo que ya sabemos que Dios quiere, usar criterios espirituales al tomar decisiones, y mantener siempre una mano abierta con nuestros planes, dispuestos a que Dios los cambie según su voluntad.

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

La mayoría sabe que hemos estado haciendo una serie del libro de Santiago. Este es el sermón número 12 sobre la carta. Y ha sido una carta, y es una carta muy práctica. Santiago se interesa más en cómo vive un cristiano que en lo que cree un cristiano. No es que no sea importante lo que cree, pero su énfasis es en cómo vive un cristiano.

El énfasis de constante estímulo a lo largo de su epístola es que nosotros debemos vivir conforme a lo que hemos sido enseñados. Nuestra vida debe reflejar lo que nosotros decimos creer. Debe haber una consistencia entre lo que yo predico y lo que yo hago. Ese es el énfasis del libro de Santiago a lo largo de toda la carta, prácticamente. Y uno de los aspectos centrales de la carta es aquella expresión que dice que una fe sin obras es una fe muerta; o sea, una fe que no se manifiesta en mi vida es una fe que no es real, es una fe muerta.

En ese sentido, él nos trae hoy un tema tremendamente práctico: la manera como un cristiano debe ver el futuro y planificar el futuro. Cómo debemos nosotros, como hijos de Dios, relacionarnos con esa época de nuestra vida que está más adelante, que es el futuro. Algo que caracteriza a los cristianos, o debería caracterizar a los cristianos, es nuestro deseo de hacer la voluntad de Dios.

Cuando nosotros no éramos creyentes y no éramos hijos de Dios, vivíamos nuestra vida según nuestro propio criterio, nuestra conveniencia. Hacíamos las cosas que nos parecían bien, tomábamos decisiones en función de lo que más nos convenía, en función de lo que más beneficio nos traía, y hacíamos nuestros planes considerando el beneficio personal: a veces el beneficio económico, o el beneficio familiar, o lo que íbamos a obtener, lo que sea. Pero vivíamos nuestra vida según nuestro propio criterio, nuestra propia prudencia.

Cuando venimos al Señor, se supone que el propósito principal, o uno de los objetivos principales de la vida cristiana, es poner en práctica lo que Dios quiere y no lo que yo quiero en mi vida. Es decir, yo quiero vivir ahora no para mis deseos y conveniencias, sino para los propósitos de Dios. En otras palabras, el plan de mi vida debería determinarlo Dios y no yo.

En ese sentido, Santiago trae una porción ahora delante de nosotros que tiene que ver precisamente con eso: cómo yo puedo planificar mi vida de tal manera que lleve a cabo los propósitos de Dios. Yo he titulado el sermón, el mensaje: "Planificando según la voluntad de Dios", planificando mi vida según la voluntad de Dios. Como les decía, que mi plan no responda a mi deseo anterior de satisfacerme yo mismo, sino a mi nuevo propósito de honrar a Dios, vivir para Dios, y que mi vida le sea de gloria a Él. Esa es la idea central de esta porción de Santiago 4, que vamos a leer desde el versículo 13.

Versículos 13 al 17, vamos a leer: "¡Ahora bien, vosotros los que decís: Hoy o mañana iremos a tal o cual ciudad, y pasaremos allá un año, haremos negocios y tendremos ganancia! Sin embargo, no sabéis cómo será vuestra vida mañana. Solo sois un vapor que aparece por un poco de tiempo y luego se desvanece. Más bien, deberíais decir: Si el Señor quiere, viviremos y haremos esto o aquello. Pero ahora os jactáis en vuestra arrogancia. Toda jactancia semejante es mala. Y aquel que sabe hacer lo bueno y no lo hace, le es pecado."

Como les decía, es una porción muy práctica que tiene que ver con planificar y poner por obra lo que Dios quiere para nuestras vidas. Y hay cuatro aspectos que yo quisiera que viéramos en estos cinco versículos. Lo voy a listar de tal manera que podamos entrar más adelante en cada uno de ellos.

El primer aspecto es cómo Santiago expone esta planificación arrogante. Fíjense la palabra que aparece en el versículo 16, dice: "Pero ahora os jactáis en vuestra arrogancia." A esta práctica que ellos tenían de planificar sin Dios, él la llama planificación arrogante. Y lo primero que hace es exponerla, presentarla: en qué consiste la planificación arrogante. Ese es el primer aspecto y está en el versículo 13.

El segundo aspecto es la planificación arrogante confrontada. Él no solamente la expone, sino que ahora la confronta. Él dice: "Esto no está bien, por esta y esta razón." Y eso está en el versículo 14, y lo vamos a ver más adelante. Luego de exponerla y confrontarla, él pasa a una sentencia sobre la planificación arrogante, que está en los versículos 16 y 17, donde le llama pecado a esta forma de ver la vida sin Dios. Esa es su sentencia, ese es su veredicto sobre la planificación arrogante.

Y por último, la planificación arrogante abandonada, que es el llamado que se hace en el versículo 15: "Deberíais decir: Si el Señor quiere, viviremos y haremos esto o aquello." Fíjense entonces cómo la expone, cómo luego la confronta, cómo la sentencia, y cómo luego exhorta a que sea abandonada esa práctica de ver la vida sin que Dios forme parte de nuestros planes.

El primer aspecto, entonces, de esta planificación arrogante es cómo la expone. El versículo 13 es donde él la detalla y la expone: "Oíd ahora, los que decís: Hoy o mañana iremos a tal o cual ciudad, y pasaremos allá un año, haremos negocios y tendremos ganancias." Santiago se está refiriendo de manera ilustrada a la práctica de algunos, probablemente comerciantes de las iglesias a las que les escribe, donde ellos estaban viendo el futuro con tantos planes y con tanta certeza delante. Y esa era su manera de hablar: "Bueno, yo me voy mañana pasado, me voy a tal o cual ciudad, voy a estar allá un año, voy a hacer negocios y tendré ganancia."

Esa forma de planificar, que en sí no está mal como vamos a ver más adelante, tiene sin embargo un problema, y él comienza diciéndoles: "Oíd ahora, los que decís." Es una manera distinta como Santiago comienza esta exhortación. La mayoría de las exhortaciones de Santiago en todo su libro comienzan con "hermanos", "hermanos míos", reflejando esa noción de calidez y de hermandad que quiere transmitir. En este caso, en el original, la expresión "oíd ahora" es brusca, es tosca; es como si yo dijera en español: "¿Qué te pasa?"

Tú no estás viviendo como se supone que debes estar viviendo. Parece que era algo común en estos comerciantes y estas personas: el ver la vida sin que Dios formara parte de sus planes, sin que mencionaran "si Dios quiere", "si Dios lo permite", "vamos a ver qué nos dice Dios", "vamos a orar". No; ellos estaban planificando la vida según sus propios criterios, y a la luz de la Palabra, eso es reprochado en la vida de un cristiano.

¿Cómo voy a ver hacia adelante mi vida y no voy a considerar la voluntad de Dios o los propósitos de Dios en lo que estoy haciendo y planificando? De ahí la reprensión de Santiago al decirles qué les pasa, porque están planificando y haciendo las cosas de esa manera. Ellos comienzan entonces a decir: "¡Vamos! Mañana iremos..." Y hay cinco aspectos que ellos señalan en su planificación. Dicen el tiempo en el que se van a ir; "iremos a tal o cual ciudad", dicen el lugar donde van a ir. No solamente estaban ciertos en el tiempo, estaban ciertos en el lugar, estaban ciertos también en el período: "vamos a pasar allá un año". Luego dicen lo que van a hacer: "vamos a comprar, vamos a vender". Y no solamente estaban seguros de todos esos detalles, estaban seguros del resultado: "vamos a obtener ganancia".

Una planificación arrogante, pensando que se tiene control de todos los aspectos de la vida, que no hay nada que se salga de su control, como si Dios no tuviera nada que decir con relación a cada uno de estos puntos en su planificación. Así describe Santiago la planificación arrogante que muchos de nosotros a veces también hacemos. Son hombres hechos según su propio esfuerzo, gente que se hace con el sudor de su frente, gente que siente que no le debe nada a nadie, que ha logrado llegar donde está por su propia capacidad de planificar y su propia capacidad de trabajar, gente que entiende que se merece lo que tiene, que sabe lo que hace, gente orgullosa. Pero esto no se ve así en el mundo; en el mundo se ve a esta gente como gente ambiciosa, como gente emprendedora. Sin embargo, a los ojos de Dios esto no es más que arrogancia.

El problema, hermanos, no era la actividad comercial. Muchos autores han dicho que lo que Santiago está señalando es que esta gente lo que quería era comprar, vender y hacer negocio, pero ese no es su señalamiento; él no dice "no hagan eso". El problema que Santiago señala no es tanto la actividad, sino la actitud con la que yo hago tal o cual cosa. Ni siquiera era el dinero el problema; en ningún momento la Biblia condena el hacer dinero, siempre y cuando lo hagamos de una manera digna y honesta. Tampoco era ese el problema, ni era la tarea de planificar; de hecho, la Biblia habla de que debemos planificar.

El problema era la actitud de considerar su vida y su futuro, pensar en todos los elementos, faltándole un detalle: Dios. Por más pequeño que parezca ese detalle, faltó Dios. El problema de esta declaración, de esta planificación, no era lo que decía, era lo que no decía; no era lo que incluía, era lo que dejaba fuera. Es que Dios no está en la ecuación. Es que Dios no forma parte de tus decisiones. Es que cuando tú tomas decisiones y ves hacia adelante, lo único que piensas es en tu beneficio, en tu comodidad, en tu conveniencia. Tú no piensas de qué manera Dios va a ser glorificado a través de esto; tú no piensas de qué manera va a tener su impacto en tu familia; tú no estás pensando en los propósitos de Dios en la medida en que caminas por la vida, sino que planificas según tus propios criterios.

Y había un peligro que esta gente estaba enfrentando, que es muy típico para aquellos que disponen de cierta cantidad de recursos económicos. Esta gente obviamente tenía dinero, porque hacer un plan como ese —desplazarse de una ciudad a otra, establecerse un año en una ciudad, montar un negocio— requería recursos. Y es común que el que tiene dinero piense que, si tiene dinero para hacer algo, tiene el permiso de Dios para hacerlo. Y eso no es así. "Tengo dinero para montar un negocio, no hay problema, lo monto. Tengo dinero para cambiar mi carro, no hay problema, lo compro. Tengo dinero para hacer tal cosa, lo hago." ¡Qué tentación tienen aquellos que disponen de cierta cantidad de recursos al pensar que el tener o disponer de los recursos para hacer algo implica el permiso de Dios para hacerlo! Y no es así.

Dios tiene una voluntad específica en nuestra vida con relación a cada decisión, y cada decisión debe ser consultada, aun cuando yo tenga los recursos económicos para llevar a cabo lo que me propongo. Eso es vivir una vida sometida a los propósitos de Dios, aunque yo piense que soy el dueño de mi destino, porque no lo soy al final. No lo soy.

Lo primero que Santiago hace entonces es exponer: mira lo que está haciendo. Lo expone. Ahora lo confronta. El versículo 14 es una confrontación de por qué exactamente esa arrogancia es necia, es absurda. Versículo 14: "Sin embargo, no sabéis cómo será vuestra vida mañana. Solo sois un vapor que aparece por un poco de tiempo y luego se desvanece." En primer lugar, Santiago les dice: ustedes no saben lo que va a pasar. Literalmente, "no sabéis cómo será vuestra vida mañana". Ustedes no saben si eso va a ser así; ustedes no saben si se van a ir mañana; ustedes no saben si van a llegar siquiera a esa ciudad; ustedes no saben si el negocio que quieren poner ya lo puso otro; ustedes no saben si van a obtener beneficio. ¿De dónde viene esa arrogancia? Es una arrogancia absurda y pretenciosa, pretenciosa en el sentido de que esta gente pretende saber lo que no sabe.

Por esas razones Santiago la confronta. Lo primero que les dice es que ustedes no conocen los desvíos de la vida, las incertidumbres de la vida. Solo Dios conoce eso; solo Dios conoce los detalles. Deberían ustedes estar sujetos a su gestión, a su misión y a sus planes, en lugar de planificar de la manera tan específica como están haciendo sin buscar su ayuda, su dirección y su guía.

Y yo diría que es una bendición que el ser humano no conozca su futuro. Si me entregaran mi vida en un libro y me dijeran "ahí está tu vida, pasado, presente y futuro", le pido a Dios que me dé la fuerza para aguantar la tentación de abrirlo, porque yo no quiero conocer mi futuro. ¿Qué preocupación me va a traer? Imagínense que en mi futuro, en cuatro meses, se proyecta que voy a tener una gran tristeza. Si lo leo y lo veo, mi tristeza comienza hoy. Pero supongamos que en cuatro meses no es una gran tristeza, sino una gran felicidad lo que voy a tener; entonces hoy comienza mi ansiedad porque quiero que llegue. Conocer el futuro no nos traería sosiego ni paz. Es una bendición no conocerlo, qué bueno que está en las manos de Dios y que podemos vivir día a día, caminar día a día con Él.

Lo primero que Santiago les dice es que ustedes no saben lo que va a ser mañana, y lo segundo que les dice es que ustedes son un vapor que aparece por un poco de tiempo y luego se desvanece. La vida es frágil. Primero, ustedes no saben si esos detalles se van a dar así; pero además, ustedes no saben si van a morir. Alguien podría decir: "Bueno, eso es un poco trágico." Trágico sería pensar que la gente no se muere de repente; hasta el más joven lo hace cuando menos lo espera. La vida es frágil. Hoy estamos vivos; mañana no sabemos. Así es la vida. Yo que creo que no me voy a morir, que estoy bien, que estoy en salud, que tomo mis precauciones, que me pongo el cinturón, que manejo en un carril seguro... me puedo matar resbalando en una escalera. Así es la vida.

La vida debería ser depositada en las manos del Señor, confiando en sus propósitos, esperando su dirección y su luz verde para hacer lo que tengamos que hacer, y planificar según sus propósitos. Y ahí entonces Él confronta esta actitud de esta gente: primero la expone, luego la confronta, luego la sentencia.

Mira lo que dice Santiago en los versículos 16 y 17 con relación a esta actitud: "Pero ahora os jactáis en vuestras arrogancias. Toda jactancia semejante es mala. A aquel, pues, que sabe hacer lo bueno y no lo hace, le es pecado." ¿Cuál es la sentencia de Santiago sobre esta actitud? Primero, es malo. Una jactancia que es mala, en el original, implica moralmente corrupta, porque es orgullosa, porque pretenden lograr algo y saber algo que no saben; por esa razón es orgullosa y es corrupta. Pero además de eso, constituye un pecado, pues sabiendo que tenemos que incluir a Dios en nuestros planes y no lo incluimos, sabiendo hacer lo bueno y no lo hacemos, es pecado.

Estas arrogancias de las que Santiago habla… esta gente no solamente dejaba a Dios fuera, era que se enorgullecía de que ellos podían planificar de esa manera, era que se jactaban de que "yo sé lo que hago, yo sé lo que voy a hacer". En una ocasión, hace unos años, cuento esta ilustración con el peligro siempre de haberla contado varias veces y caer en la falta de interés, pero hay un aspecto de mi vida que yo quiero señalarles e ilustrar este punto con eso.

Hace unos años yo me voy a Chicago, como ustedes saben, a estudiar teología, a estudiar pastorado, y yo tenía mi plan muy cuadradito. Yo le había dicho a mi esposa, me había sentado con ella: "Mira, ya el plan está aquí." O sea, estoy parafraseando lo que le dije, pero este es el plan: nos vamos para Chicago, ponemos el apartamento en venta, el apartamento se vende en tanto y tanto, se va a vender en no más de tantos meses; con ese dinero construimos otro, y cuando vengamos, en no más de un año, el apartamento, el otro apartamento, está terminado, nos mudamos. Todo cuadrado. Y yo se lo conté a varias personas, se lo contaba y la gente decía: "¡Oye, qué bien!" Y yo pensaba: "Gracias al Señor, todo cuadrado."

Yo no le pregunté al Señor si ese era su plan, honestamente. Yo no lo esperé. Yo pensé para mí mismo: "Bueno, yo me voy a estudiar para pastor, ¿cómo el Señor no va a apoyar mi plan?" No se trata de eso. Y precisamente en mi primer plan como pastor, el Señor me dice: "No eres tú el que está en control, sino yo." El apartamento no se vendió cuando yo pensé, no se vendió en lo que yo pensé, el otro no se construyó cuando yo pensé, y muchas fueron las lecciones. Obviamente fue una actitud arrogante de mi parte pensar que Dios iba a doblegar su voluntad a lo que yo quería, o pensaba, o necesitaba en ese momento. Y yo me dijo: "No, no eres tú el que tiene el control, soy yo." Fue una presunción orgullosa y arrogante de mi parte hacer eso de esa manera. Fue pecado. Yo sabía que debía buscar la dirección del Señor, yo lo sabía y no lo hice. Fue orgullo, fue pecado, al haber omitido la consulta a Dios.

Y hay un aspecto aquí en el versículo 17 que no quiero pasar por alto, porque es tremendamente importante: es la definición, la nueva definición que Santiago da de pecado. "Al que sabe hacer lo bueno y no lo hace, le es pecado." En este contexto, lo que implica es: aquel que sabe que debe planificar con Dios y no planifica con Dios, está pecando. Pero esta definición tiene una aplicación mucho más amplia.

Nosotros normalmente entendemos la santidad como el rechazo de actos pecaminosos, como el "yo no cometer actos pecaminosos". Así que nos relacionamos con el pecado y decimos: "Santidad es no hacer ciertas cosas." Y esta definición nos dice: "No. Santidad es mucho más que no hacer ciertas cosas. Santidad no es solamente no hacer lo malo, es hacer lo bueno también." Y cuando yo no hago lo bueno, yo estoy pecando también. Lo primero, no hacer lo malo, son pecados de comisión. Cuando yo me acuesto con alguien que no es mi cónyuge, he cometido adulterio; eso es un pecado de comisión. Pero el pecado que está aquí no es de comisión, es de omisión: yo no hacer lo que tenía que hacer. Quizás yo no lo maté, no cometí el pecado de comisión, pero quizás yo no lo amé como debía amarlo. Ese es un pecado de omisión. ¿Se dan cuenta?

Los Diez Mandamientos tienen dos aspectos: tienen el aspecto de comisión —no matarás, no adulterarás, no mentirás— y esas cosas, verdad, yo las debo cumplir y no las debo cometer. Perdón, pero hay otro aspecto también de omisión donde nos quemamos todos, porque los Diez Mandamientos nos llaman no solamente a no matar, a no mentir, a no adulterar, sino a amar a Dios por encima de todas las cosas, a amar a mi prójimo como a mí mismo. Y cuando yo no hago eso, estoy pecando también, aunque no mate a mi prójimo, aunque no le mienta a mi prójimo. ¿Se dan cuenta? Pecado de omisión. Y eso es enormemente importante que lo entendamos.

La santidad no es solamente el no hacer ciertas cosas; es procurar la virtud positivamente: acercarnos a Dios, pensar en lo puro, pensar en lo honesto, pensar en lo digno, buscar su presencia, tener comunión con Él, amar al otro como debe ser amado, amar a Dios como debe ser amado. Son actos positivos de santidad, no solo de rechazo al pecado. Y cuando yo me evalúo a la luz de esa definición, yo me quedo muy corto. Nosotros, no solamente yo: sí, yo he cometido pecado, y hay muchos que no he cometido, pero hay muchas cosas, muchos pecados de omisión, que yo he dejado de hacer. Yo he dejado de amar, yo he dejado de honrar a mis padres, yo he dejado de ministrar a mis vecinos, yo he dejado de ser con el prójimo como yo quiero que sean conmigo, yo he dejado de honrar a Dios como Él debe ser honrado. Yo he dejado de hacer muchas de esas cosas, aunque no haya matado, ni robado, ni adulterado. Y bajo ese estándar, estamos todos fritos, quemados.

Es la razón por la que en 2 Corintios 5:21, oigan cómo define Pablo el Evangelio de Jesucristo. Dice: "Al que no conoció pecado" —Cristo no conoció pecado— "le hizo pecado por nosotros." Él cargó mi pecado; el pecado que yo había cometido lo cargó, y la buena obra que yo no había hecho, Cristo la cargó, "para que fuéramos hechos justicia de Dios en él." Lo primero fue que Cristo no conoció pecado, pero le fue transferido mi pecado, para que su justicia —lo recto que Él caminó, lo santo que Él caminó, su justicia, lo bueno que Él hizo— me sea transferida a mí. Muchos teólogos le llaman la doble transferencia: mi transferencia a Cristo de mi pecado, y la transferencia de Cristo hacia mí de su justicia. Ese es el Evangelio, y eso se recibe por fe.

Yo no llego a ser justo delante de Dios por mis propios méritos. Yo nunca, ni tú nunca, llegarás a una vida donde no cometas pecado ni omitas cosas buenas que hacer. Tú siempre estarás, de un lado, cometiendo pecado, o del otro, omitiendo cosas buenas. Siempre, desde que uno nace. Es la razón por la que tenemos que recurrir a Cristo, pedir perdón y decir: "Señor, me arrepiento, porque me doy cuenta de que cometo pecado u omito cosas buenas, y estoy pecando igual. Necesito tu salvación, necesito tu redención."

Lo primero, entonces, que Santiago hace es exponer esta planificación arrogante. Lo segundo que hace, luego de exponer la planificación, es confrontarla en el versículo 14: ahora la sentencia es que es pecado, porque hacer eso sin considerar a Dios es pecado. Y luego sugiere que la abandonemos: la planificación arrogante, abandonada en el versículo 15: "Más bien, deberías decir: 'Si el Señor quiere, viviremos y haremos esto o aquello.'" Más bien, a diferencia de esto, deberías decir: "Si el Señor quiere."

Y no pensemos que lo que Santiago está diciendo es que antes de cada plan debemos poner adelante la frase "si Dios quiere" y hacer de eso una disciplina religiosa, un dicho de "si Dios quiere, si Dios quiere". Esto no se refiere a una expresión verbal de "si Dios quiere"; se refiere a una actitud de corazón, de sumisión a los propósitos de Dios. Hay gente que lo dice y no tiene esa actitud. Hay gente que no lo dice y tiene la actitud. Se refiere a esa actitud interna donde yo me sujeto a los propósitos de Dios y estoy literalmente sometido a lo que Él quiera.

Yo puedo planificar mi vida, yo puedo pensar hacia adelante, pero nunca pensar que yo tengo el total control de esas cosas. Yo tengo siempre que mantener mi futuro viéndolo con una flexibilidad gozosa: "Señor, si Tú lo quieres cambiar, Tú lo puedes cambiar. Yo lo puedo planificar hasta donde puedo ver, pero si Tú cambias el plan, pues Tú cambias el plan. Tú sabes lo que es mejor." A veces hacemos nuestros planes, nos aferramos a ellos, y un desvío del plan produce ansiedad, produce tristeza, produce frustración. No estamos verdaderamente sometidos a lo que Dios quiera, porque Dios puede cambiar las circunstancias, Dios puede cambiarme a mí, Dios puede cambiar la gente que está alrededor, Dios puede cambiar muchas cosas. Él es soberano, y si Él es soberano, yo tengo que aceptar sus cambios gozosamente.

Así abandono esta planificación arrogante: con una actitud de corazón donde yo dispongo mi vida en los propósitos de Dios. Y voy más allá: esto no es solamente planificar y que se haga "si Dios quiere"; es que yo voy a buscar lo que Dios quiere para yo hacerlo. No son "mis planes, estos son mis planes, si Dios quiere se hacen". No, no. ¿Cuáles son tus planes? ¿Por qué? "Es lo que yo quiero hacer." Esa es la actitud verdaderamente sometida a los propósitos de Dios.

Entonces, Santiago expone toda esta actitud orgullosa, arrogante, jactanciosa, del que piensa que tiene control de su vida, del que cree que se las sabe todas, del que tiene todo lo que ha planificado, y cuando las cosas no salen bien comienza a torcer los brazos para que las cosas salgan a su manera. Le llama arrogante, le llama jactancioso, les dice que están pecando, que requieren arrepentimiento y humillación delante de los propósitos de Dios. Todo esto nos está diciendo en este pasaje.

Algunas aplicaciones útiles para nosotros, que yo creo que se derivan del pasaje, y quisiera ya terminar con ellas. Lo primero que quiero que vean es que la ilustración que Santiago usa tiene que ver con los negocios, y yo no creo que sea casual. Es posible que tenga que ver con que había un viajante ahí que estaba planificando su negocio de esa manera. Pero qué bueno que fueron los negocios, porque ese es un área donde muchos de nosotros pensamos que Dios no tiene que ver, que Dios tiene que ver con la iglesia, con la familia, pero los negocios, tú sabes, "es una selva allá afuera, entonces los hacemos nosotros". No, porque imagínate: "Si hago lo que la iglesia me dice que haga, no subsisto." Qué interesante que Santiago dice: "Tu planificación en los negocios debe estar sujeta a los propósitos de Dios." Aún los negocios, algo tan mundano. Aún el ganar dinero, algo tan mundano —digo entre comillas—, porque toda nuestra vida es sagrada si somos sus hijos. Es sagrado cómo tú te…

Levántate, lo que tú comes, dónde tú gastas, dónde tú vas, es sagrado lo que tú haces. Eres su hijo, eres su representante. Hemos sido llamados a anunciar la virtud de aquel que nos llamó de las tinieblas a su luz admirable. Entonces, todos los aspectos de la vida deben estar rendidos a lo que Dios quiere. Yo debo tratar de introducir principios bíblicos en todo lo que yo hago, en cómo yo funciono.

El segundo aspecto que yo quiero señalar, ya a manera de aplicación, es cómo podemos nosotros planificar con Dios en términos prácticos. ¿Cómo lo introducimos? Aparte del "si Dios quiere", ¿qué más hacemos? Aparte de eso, con algunas sugerencias para planificar con Dios.

Lo primero es: propongámonos obedecer la voluntad revelada de Dios. ¿A qué me refiero? Muchos de nosotros queremos saber qué quiere Dios que nosotros hagamos como negocio, pero estamos en franca desobediencia en ciertas áreas, en franca desobediencia que sabemos que tenemos que arreglar. Lo que nos corresponde es comenzar por obedecer lo que conocemos que Dios quiere. Comencemos por obedecer en nuestro hogar, en nuestras relaciones con los demás, en nuestro compromiso con el Señor. Comencemos por obedecer en esas áreas donde sabemos lo que Dios quiere.

Y cuando comencemos a obedecer en las áreas que han sido reveladas, que sabemos claramente lo que Dios quiere, cuál es el estándar de padre, cuál es el estándar de ciudadano que Dios espera, cuando comencemos a obedecer en esas áreas, no será mucho más difícil, sino mucho más claro para nosotros lo que Dios quiere en otras áreas de nuestra vida. Pero queremos más dirección sin haber obedecido las direcciones que ya se nos han entregado, y así no funciona. Dios dice: "¿Para qué te voy a dar más información y más dirección si lo que te he dicho tú no lo obedeces?"

Segundo, tenemos que aprender a incorporar otros criterios al tomar decisiones, que no sea simplemente conveniencia, o ganar dinero, o comodidad, ese tipo de cosas típicas. Vamos a cambiar de trabajo y la pregunta es: ¿me están pagando más o me están pagando menos? Es la pregunta básicamente que se hace casi todo el mundo, entre otras cosas como el impacto en la carrera profesional o en el currículo. Pero hay otros criterios importantes para el hijo de Dios al tomar decisiones.

Si yo me cambio de trabajo, si me cambio de ciudad, ¿qué impacto tendrá eso en el estado espiritual de mi corazón? ¿Qué va a pasar con mi crecimiento espiritual, con mi conocimiento de la Palabra? ¿O me voy a ir a un empleo que me van a pagar cuatro veces más, pero no hay una iglesia que me pueda nutrir? Es decir, la gente cambia de ciudad y de país por una empresa y no por una iglesia. Piensen eso bien, razónenlo, y eso tiene sentido. Me cambio por lo que representa más beneficio económico, pero no por lo que representa más beneficio espiritual. No estamos usando los criterios de Dios para evaluar las decisiones.

Ese es un aspecto: ¿cuál es la rentabilidad espiritual de esta decisión? ¿Crezco yo? ¿Crecen otros con esto? ¿Cuál es el impacto emocional sobre mí, sobre mi familia, de esta decisión, de lo que yo quiero hacer? ¿Me lleva a violar algún principio esta decisión que estoy tomando? ¿Hay algún principio que yo he decidido creer y que está revelado en la Palabra, que esta decisión me lleva a violentar? Fíjense que el hijo de Dios debe tener muchos más criterios que el ser humano común al momento de tomar decisiones, si queremos hacer lo que Dios quiere. El "si Dios quiere" es mucho más que un "si Dios quiere". Todas estas cosas nos ayudan a dirigirnos en ese sentido.

Otro aspecto podría ser también que yo me proponga intencionalmente buscar la voluntad de Dios para mi vida. A veces queremos hacer lo que Dios trae a nosotros, pero ¿cuántas veces nos proponemos hacer algo en pro del Reino de Dios? Este año, además de la dieta, además del inglés que voy a aprender, ¿qué voy a hacer para la salud de mi alma? ¿Cuántos libros voy a leer? ¿Cuántas veces me voy a leer la Biblia? ¿Qué tipo de comunión voy a establecer con la iglesia? ¿Me voy a integrar finalmente a la iglesia o no? Intencionalmente en la búsqueda: ¿cómo voy a contribuir con que otros conozcan de Cristo? ¿Qué voy a hacer con mis vecinos? ¿Qué voy a hacer con mi comunidad? ¿Cómo puedo contribuir? Buscar intencionalmente los propósitos de Dios. En ese camino, Dios irá hablando a muchos de nosotros.

Una sugerencia en esa planificación es que practiquemos más la posposición de las cosas. No la negligencia, no me confundan. No que seamos negligentes, pero a veces somos muy impulsivos al tomar decisiones. Pensamos que está bien, nos convencemos de que está bien. "Esa es la persona con quien me quiero casar." Y uno dice: "Pero, Dios mío, para, para. Yo me quiero casar porque ya lo hemos decidido." ¿Se conocen? "Bueno, sí, ya... es que cuando hablamos es como si nos conociéramos de siempre." De siempre no se conocen. Y así con otras decisiones. La posposición es algo muy bueno. Pon las cosas en remojo, espera, consulta con otros, ora. En ese proceso no te va a bajar una luz del cielo, pero Dios, a través de su sabiduría, va a iluminar tu camino. Te va a ir dando otros elementos, otros aspectos, mostrándote cosas. Si tú dices: "Pero no sé si quizás es la persona, pero voy despacio", piénsalo, razónalo.

Y por último, en todo ese proceso, en todo lo que hemos dicho: obedezcamos la voluntad revelada, usemos otros criterios para tomar decisiones, busquemos intencionalmente hacer la voluntad de Dios en nuestra vida, pospongamos las cosas a veces, consultemos a los demás. Por último, ya lo mencioné, pero quiero recalcarlo: mantengamos siempre una mano abierta con nuestros planes, una mano abierta con Dios. "Señor, tú eres dueño de mi vida. Estos son mis planes, te los entrego. Si tú los quieres cambiar, tú los puedes cambiar. Yo voy a hacer todo lo que pueda para llevarlos a cabo, pero tú eres soberano. Cuando tú los cambies, yo no voy a ser un recalcitrante, un intransigente, un quejón. Yo voy a aceptar tu cambio y voy a buscar de qué manera yo puedo seguirte en esa dirección que tú estás trazando ahora para mí."

Que Dios nos alcance esa actitud. Si Dios quiere, que Dios quiera hacer esto en nosotros: convertirnos de planificadores arrogantes a planificadores sujetos a sus propósitos y voluntad. Señor, nos bendiga.

Héctor Salcedo

Héctor Salcedo

Héctor Salcedo es economista de profesión y pastor de corazón. Posee una maestría en Estudios Bíblicos del Moody Bible Institute de Chicago y estudios de posgrado en Macroeconomía Aplicada. Es pastor de la Iglesia Bautista Internacional desde 2004, donde supervisa áreas administrativas y financieras, además de predicar regularmente. Está casado con Chárbela El Hage y tienen dos hijos, Elías y Daniel.