Integridad y Sabiduria
Sermones

Cierta fe no salva

Héctor Salcedo 23 enero, 2011

La fe que salva no es simplemente creer que Dios existe ni vivir como persona decente. Santiago 2 confronta dos errores comunes: pensar que los buenos van al cielo por sus méritos, o que basta con una creencia general en Dios para estar bien con Él. Ambas ideas chocan con la enseñanza bíblica. Efesios 2 dice claramente que somos salvos por gracia mediante la fe, no por obras. Pero Santiago advierte que una fe sin obras que la respalden está muerta, no sirve de nada, no salva a nadie.

El argumento es contundente: los demonios creen que Dios es uno y tiemblan. Conocen más teología que cualquier creyente, reconocen la deidad de Cristo, pero su problema no es de conocimiento sino de sujeción. Una fe que no transforma la vida, que no produce obras distintivamente cristianas, no es fe genuina. Y las obras que evidencian la fe no son simples actos de bondad que cualquiera puede hacer, sino comportamientos que nacen de la obediencia a la Palabra: cómo trata un esposo a su esposa, cómo maneja alguien su negocio con integridad, cómo responde un hijo a sus padres.

Santiago ilustra con Abraham y Rahab. Uno era patriarca rico y respetado; la otra, una prostituta gentil. Pero ambos fueron justificados de la misma manera: su fe actuó. Abraham ofreció a Isaac, Rahab arriesgó su vida por los espías. La fe genuina siempre se mueve, siempre produce fruto visible. El llamado es claro: examinar si nuestra fe puede mostrarse en nuestras obras, y si no puede, reconciliarnos verdaderamente con Dios.

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

El sermón que me corresponde hoy es un mensaje que está en el capítulo 2 del libro de Santiago, la segunda parte, a partir del versículo 14. Antes de ir al texto, quiero introducir un poco el mensaje con algunas reflexiones que creo que son importantes para situarnos en la relevancia de este pasaje.

En primer lugar, cuando yo comencé a enseñar o a predicar el libro de Santiago, este es uno de los pasajes más importantes del libro. En la medida que íbamos avanzando, yo lo esperaba con entusiasmo llegar a él, pero a la vez con cierto temor humano, en vista de que el pasaje tiene ciertas complicaciones de interpretación que yo entiendo que van a quedar claras en la medida que yo explique. Pero tiene sus retos, y además de que tiene los retos de interpretación, realmente la porción que vamos a estudiar tiene una enorme importancia en lo que tiene que ver con nuestro concepto de lo que es la salvación de nuestras almas.

Es un aspecto en el que casi todo el mundo tiene su propia opinión. Yo decía que es como la economía: que como la economía nos toca a todos, todo el mundo se atreve a opinar de economía pensando que son economistas o cuasieconomistas. De la misma manera, cuando se trata de la salvación de las almas, todo el mundo tiene su propia opinión, una opinión personal de cómo yo soy salvo, cómo el ser humano se salva.

Pudiéramos comenzar por ahí: ¿qué es lo que típicamente la gente entiende que es la salvación del ser humano? Si uno sale por la calle, probablemente la mayoría de la gente acuerde, sobre todo en nuestro país que es un país tradicionalmente judeocristiano, católico pero judeocristiano, casi todo el mundo va a entender que la salvación es que cuando yo me muera yo pueda ir a la presencia de Dios, ¿cierto? Otros dicen bueno, irse al cielo. Eso es la salvación de nuestras almas: estar en la presencia de Dios, irse al cielo, ser salvado por Dios. Yo creo que ahí habría un acuerdo, y eso es correcto bíblicamente.

La segunda pregunta que haríamos para indagar qué piensa la gente acerca de lo que es la salvación es: ¿cómo tú eres salvo, cómo yo me salvo? Y yo diría que la opinión ahí está más dividida, y van a estar mayormente en dos extremos. Por un lado, yo creo que la mayoría de la gente en nuestro país, y yo diría que es algo casi universal, entiende que el individuo bueno, es decir, el empleado decente, el hombre responsable, honesto, buen padre, buen esposo, buen hijo, buen ciudadano, buen empleado, todo lo que le puedas poner bueno, un hombre bueno, una mujer buena, esa persona cuando se muera va al cielo. Es decir, el cielo para muchos es algo que yo obtengo o me gano fruto de un caminar de rectitud. Esa es la opinión más común, y mucha gente está absolutamente confiada de que si vive su vida bien, si vive su vida responsablemente haciendo lo que le corresponde, pone su vida en juego, porque de hecho lo que está en juego es su vida, que cuando se muera va a la presencia de Dios. Lo cual, digo brevemente entre paréntesis, no es lo que la Biblia enseña, pero ese es el común denominador.

El otro extremo, o sea, en este extremo están los que creen que los buenos van al cielo. El otro extremo está en aquellos que creen: "No, si yo creo en Dios, yo voy al cielo, porque el ateo es el que no va al cielo, el que no cree en Dios es el que no va al cielo, pero si yo tengo cierta fe general, aunque sea general, en Dios, yo entiendo que yo voy al cielo cuando yo me muera." Y de hecho, yo honestamente en mis 38 años de vida, yo no he ido a ningún funeral donde alguien se haya ido al infierno. El infierno no existe en los funerales. No sé si es que no está en la Palabra, o no está en el corazón humano, o no está en nuestro deseo, pero nadie, absolutamente nadie, se va para el infierno, y menos si fue una persona buena. ¿Entienden cuál es el concepto común y corriente que hay de lo que es la salvación? ¿Estamos de acuerdo que es el concepto más generalizado que hay?

Entonces, ¿qué sucede? Eso choca con el consejo bíblico, con la Palabra de Dios. Claramente uno de los pasajes de más importancia en cuanto a la salvación está en el libro de Efesios, capítulo 2, versículo 8, donde dice lo siguiente: "Porque por gracia habéis sido salvados por medio de la fe, y esto no de vosotros, sino que es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe."

Ese pasaje le da en el cuello a la idea de que yo me salvo porque soy bueno, porque dice que habéis sido salvados por medio de la fe, y no de vosotros. Esto no es algo que ustedes hacen, que ustedes se ganan, que ustedes producen, sino que es don de Dios, es un regalo de Dios, un regalo inmerecido, porque dice que es por gracia, que significa un favor inmerecido. Y ahora enfatiza: no por obras, para que nadie se gloríe. Parece redundante, porque miren lo que dice: salvados por medio de la fe, esto no de vosotros, es don de Dios; ahora vuelve y enfatiza: no por obras. Es un regalo, no es de vosotros, es un don de Dios, no es por obras.

Entonces, estamos de acuerdo con que eso destruye el argumento, la idea de que es por obras y que el bueno va al cielo, porque lo que Dios pide no es mera bondad, no es un poco de bondad o mucha bondad. Dios pide perfección, y nadie es perfecto. Por esa razón es que tenemos que recurrir a Jesús, a Cristo, y decir: "Yo no soy perfecto, yo no me puedo ganar el cielo por bien que haga las cosas, yo no tengo más remedio que recurrir a Cristo, hacer arrepentimiento y pedirle perdón por mis pecados, muchos o pocos, los hay, todos los tenemos, y poner mi fe en que su sacrificio en la cruz es suficiente para la redención de mi alma, para mi salvación."

Eso es lo que dice: por gracia habéis sido salvados por medio de la fe. ¿En qué? ¿En quién? En Cristo, que es el instrumento que Dios usó para pagar mi deuda con Él, y yo entonces pongo mi fe en su sacrificio redentor. Entonces, no es por obras.

Pero tampoco es, como vamos a ver en el libro de Santiago, con una fe de "yo creo en Dios, yo creo en Cristo, yo creo que Él vino a salvarme de mis pecados", y entonces ahora yo vivo como yo creo que debo vivir sin estar sujeto a su Palabra, sin tener obras que muestren lo genuino de mi fe, y yo entiendo que voy para el cielo porque Cristo me salvó. Santiago dice no. La fe que salva es una fe en Cristo que cambia la vida. Si tu vida no ha sido cambiada y transformada por tu fe, tu fe no salva, no es genuina. No tengas ni creas que estás bien con Dios cuando no lo estás.

Y eso es lo que vamos a ver en el día de hoy. Esa es la enseñanza. Santiago ataca la idea de que si yo creo en Dios, yo puedo tener una vida a mi manera pensando que bueno, es por fe, eso es lo que yo hago, es por fe, y yo voy para el cielo, y yo no tengo que tener una vida específica. Santiago dice no, no, no, no. La fe genuina, es por fe que tú eres salvo, pero si tu fe es genuina, va a producir obras y va a producir cambio y transformación en la vida de aquellos que la tenemos.

Vamos a buscar entonces Santiago 2, con esa introducción. Santiago 2, del 14 al 26. Lo voy a leer completo. Lo voy a hacer diferente a como lo he estado haciendo, porque creo que la idea queda mucho mejor presentada cuando se lee completo el pasaje:

"¿De qué sirve, hermanos míos, si alguno dice que tiene fe pero no tiene obras? ¿Acaso puede esa fe salvarle? Si un hermano o una hermana no tienen ropa y carecen del sustento diario, y uno de vosotros les dice: 'Id en paz, calentaos y saciaos', pero no les dais lo necesario para su cuerpo, ¿de qué sirve? Así también la fe, por sí misma, si no tiene obras, está muerta. Pero alguno dirá: 'Tú tienes fe y yo tengo obras.' Muéstrame tu fe sin las obras, y yo te mostraré mi fe por mis obras. Tú crees que Dios es uno; haces bien. También los demonios creen, y tiemblan. Pero, ¿estás dispuesto a admitir, hombre vano, que la fe sin obras es estéril? ¿No fue justificado por las obras Abraham nuestro padre cuando ofreció a Isaac su hijo sobre el altar? Ya ves que la fe actuaba juntamente con sus obras, y como resultado de las obras la fe fue perfeccionada. Y se cumplió la Escritura que dice: 'Y satisfizo el Señor a Abraham, y le fue contado por justicia', y fue llamado amigo de Dios. Vosotros veis que el hombre es justificado por las obras y no solo por la fe. Y de la misma manera, ¿no fue también la ramera Rahab justificada por las obras cuando recibió a los mensajeros y los envió por otro camino? Porque así como el cuerpo sin el espíritu está muerto, así también la fe sin las obras está muerta."

Ese es el texto completo. Tiene dos partes en las cuales yo voy a dividir el mensaje. La primera parte está del versículo 14 al versículo 17, es donde Santiago presenta la verdad que quiere compartir y la ilustra. Y la verdad que Santiago quiere compartir es que la fe sin obras que la respalden no salva a nadie. Eso es lo que Santiago quiere compartir, y está del versículo 14 al 17.

Lo leo para que lo enfaticemos: "¿De qué sirve, hermanos míos, si alguno dice que tiene fe pero no tiene obras?" ¿De qué sirve? Es una pregunta retórica, como que la respuesta es obvia. ¿De qué sirve si alguien dice que tiene fe y no tiene obras? La respuesta es: de nada. Él pregunta otra pregunta retórica: ¿acaso puede esa fe salvarle? No. Miren cómo caen las respuestas. Es una pregunta retórica, porque la respuesta cae automáticamente en el pensamiento. De hecho, las preguntas retóricas lo que hacen es que ponen las respuestas en tu mente y tú automáticamente las respondes. ¿De qué sirve esa fe que no tiene obras? De nada. ¿Acaso puede esa fe salvarle? No.

Ese es el primer planteamiento y la idea que Santiago transmite: una fe que no se nota, que no se vive, que no hay obras que la respalden, no sirve de nada.

Cuando digo que no sirve de nada, es que el objetivo de la fe, según la fe, es que yo sea salvo. Cuando yo digo que una fe no sirve de nada, es que esa fe no salva. De hecho, fíjense que la segunda pregunta dice: ¿acaso puede esa fe salvarle?

Pero fíjense que en este texto lo que Santiago está planteando es: ¿de qué sirve que alguien diga que tiene fe? Él no está diciendo que ese individuo tiene fe genuina; él dice que la tiene. Él dice: "No, no, yo creo en Dios, yo creo en Cristo, yo de hecho soy cristiano". Él dice que tiene fe, pero no tiene obras. Yo les pregunto a ustedes: ¿es una fe genuina? Una fe que es una mera profesión, una mera confesión, que no tiene una vida transformada que presentar como evidencia de su fe, no es genuina. Es una fe que carece de realidad, es una fe aquí en la mente, no en el corazón, no en las acciones.

La fe es algo interno, la fe es algo que Dios ve. Yo no la veo, tú no la ves; por lo tanto, para yo ver si alguien tiene fe, yo tengo que ver cómo esa persona vive. Y cómo esa persona vive aplica a todos los aspectos de su vida: cómo trabaja, cómo trata a su esposa, a sus hijos, a su novio, a su novia, cómo trata al ciudadano común y corriente, cómo trata a los hermanos de la iglesia. O sea, tiene que ver con todas sus relaciones interpersonales: la manera como reacciona, como actúa, como responde, como habla, como trata, como ama, como no ama.

Ahí yo me voy a dar cuenta si la persona tiene fe o no tiene fe. Ahí yo me voy a dar cuenta si es una persona cristiana, porque déjenme decirles, hermanos, yo me he dado cuenta de que el mundo sabe perfectamente cómo debe un cristiano comportarse. Desde que tú te equivocas, aquel que no es cristiano dice: "¿Y eso son los cristianos?" Él tiene la información porque hay una conciencia, ¿no dice Romanos dos?, que Dios ha puesto en el corazón humano, que sabe lo que está mal.

Entonces nosotros, que somos cristianos, que decimos seguir al Dios de rectitud y de santidad, cuando yo me equivoco fuera de aquí, el que no es cristiano, que no cree lo que yo creo, dice: "Si es el cristiano, mira eso". Entonces se ha justificado: "Por eso es que yo no voy a iglesia, no creo en hombre, mi relación es aparte con Dios". Y se justifica en su individualidad porque hay alguien que lo decepcionó en su fe.

Entonces te he dicho: ¿de qué sirve que alguien dice que tiene fe? De nada. Una fe verbal, una fe de asentimiento intelectual a un grupo de verdades no me convierte, no me hace hijo de Dios, no me hace un representante de Dios. No dice que tengo fe. Ahora viene y agrega: "¿Acaso puede esa fe salvarle?" Es interesante que Santiago pone ahí un artículo específico; en el griego es algo específico, dice "ese tipo de fe".

Si yo redactara la pregunta de esta manera: ¿acaso puede la fe salvar a alguien? Según Efesios 2, que leímos hace un momentito, que dice: "Porque por gracia sois salvados por medio de la fe", si se usa este texto, ¿puede la fe salvarme? Sí, la fe me salva. Lo que no me salva es este tipo de fe. ¿Cuál es este tipo de fe de la cual Santiago habla? La fe que no tiene obras, la fe que es una mera profesión de fe, una mera confesión de ciertas verdades. Esa fe no salva. ¿Acaso puede esa fe salvar a alguien? No, no puede salvar a nadie porque no es real.

De hecho, si ustedes se fijan, leímos el texto completo y quizá les pasó desapercibido. En el versículo 17 dice: "Así también la fe por sí misma, si no tiene obras, está muerta". Sigue hacia abajo y dice en el 20: "Pero, ¿estás dispuesto a admitir, oh hombre vano, que la fe sin obras es estéril?" Y si ustedes siguen leyendo en el 26, vuelve y dice: "Porque así como el cuerpo sin el espíritu está muerto, así la fe sin las obras está muerta". En el 14 dice que no sirve de nada, en el 17 dice que está muerta, en el 26 dice que está muerta. Una fe sin obras está muerta, y lo que está muerto no existe.

Es decir, en otras palabras, no todo el que dice "soy cristiano" es cristiano. No todo el que dice "vengo a la iglesia y creo en este grupo de verdades" es lo que dice ser. A veces la gente dice una cosa, pero su vida no exhibe lo que esa persona es. Y lamentablemente esa fe no salva. Muchos creen que si yo tengo una fe verbal, si yo tengo una fe general, yo soy salvo, y eso es un error que te va a costar el alma.

Entonces, ¿qué sucede? Esta es la verdad que Santiago está transmitiendo: la fe sin obras no salva. Y lo ilustra ahora, del versículo 15 al 17, lo ilustra con un ejemplo: "Si un hermano o una hermana no tienen ropa y carecen del sustento diario, y uno de vosotros les dice: 'Id en paz, calentaos y saciaos', pero no les dais lo necesario para su cuerpo, ¿de qué sirve? Así también la fe por sí misma, si no tiene obras, está muerta".

No pensemos que lo que Santiago está diciendo es que si alguien viene en necesidad y te pide y tú no le das, tú estás condenado, tú no tienes fe. Santiago está usando una analogía. Fíjense que lo que él dice es: alguien viene a buscar ayuda donde ti, y tú le dices —en el lenguaje original se capta mejor la idea— muy religiosamente: "Que Dios te supla y te sacie, hermano". Y tú le dices eso de todo corazón: "Que Dios sea contigo, voy a mejorar por ti", y tú no haces nada. ¿Cuánto es lo que Santiago está diciendo? ¿De qué sirve tu buen deseo hacia el hermano de que sea abrigado y saciado por Dios si tú no estás haciendo nada para suplir su necesidad? De la misma manera, como tu "sé calentado y saciado" no le sirve de nada, de la misma manera el que dice "yo tengo fe" y no actúa, no le sirve de nada esa fe.

Pero me parece interesante también que Santiago, y esta es la tercera ocasión en dos capítulos, pone ejemplos entre nuestra relación con gente que tiene dinero y gente de escasos recursos: capítulo uno, capítulo dos en la primera parte que lo vimos la semana pasada en cuanto al favoritismo, y aquí trae otro ejemplo de que viene un hermano en necesidad y te pide que le ayudes. Una vez más Santiago introduce este elemento, y desde mi punto de vista entiendo que es un énfasis de que la sensibilidad hacia la necesidad de los otros es un buen indicador de la madurez espiritual de alguien. De hecho, es un buen indicador de la existencia de la fe genuina.

Eso no quiere decir que todo el que se conduele de un individuo en necesidad es cristiano, porque hay muchos que se conduelen de la necesidad del otro porque han sido creados a imagen de Dios, tienen una conciencia en su interior, y Dios ha puesto compasión en la raza humana. Lo que está diciendo es que si tú ni siquiera te condueles porque tiene necesidad, siendo un hermano tuyo, entonces eso es una buena evidencia de que tu fe, a lo menos, tiene que ser evaluada. A lo menos tiene que ser evaluada.

Entonces el principio es: la fe sin obras no salva. Lo ilustró el principio con esta situación de necesidad, y él concluye diciendo en el 17: "Así también la fe por sí misma, si no tiene obras, está muerta". Yo creo que quedó claro el principio. Este es un sermón, de hecho, de un solo punto. Yo no voy a agregarle a ese principio; yo lo voy a abundar, explicar y demostrar, pero ese es el principio. Eso es el sermón de hoy: la fe que no tiene obras, la fe que no actúa, que no actúa sobre la base de la fe, no salva a nadie.

Ahora, Santiago utiliza un recurso típico de las discusiones que se llama diatriba. En el versículo 18 él supone un individuo que viene y le pregunta: "Pero alguno dirá: Tú tienes fe y yo tengo obras. Muéstrame tu fe sin las obras, y yo te mostraré mi fe por mis obras". Una manera de decir: déjame seguir extendiendo este argumento y vamos a poner una situación hipotética. Y eso es lo que pone: que alguien dice "tú tienes fe, pero yo tengo obras", y él le dice: "Ok, muéstrame tu fe sin las obras, y yo te mostraré mi fe por mis obras".

Claramente lo que Santiago está implicando es que él desafía a su oponente. Le dice: "Muéstrame tu fe sin las obras, muéstramela". No es posible mostrar una fe que no tiene obras. La fe es algo interno; la fe que se puede mostrar es la fe que tiene obras, porque yo lo muestro con las obras que tengo. Y ahora él agrega: "Entonces yo te mostraré —sí, ahora sí se puede— yo te mostraré mi fe por mis obras". Así sí se puede demostrar la fe.

¿A qué tipo de obras me estoy refiriendo? Pueden ser muchas. Podemos entender que son obras buenas en términos generales, pero las obras buenas en términos generales no son distintivamente cristianas. Una obra buena no es distintivamente cristiana. ¿Qué me refiero? Una limosna o una ayuda a una persona necesitada lo puede hacer un creyente como un no creyente. Eso lo puede hacer cualquiera; eso no es distintivamente cristiano. Tú no le vas a mostrar a nadie tu cristianismo porque tú le das una limosna a alguien, porque cualquiera que no es cristiano lo puede hacer.

Ahora, hay obras que son distintivamente cristianas. Les pongo algunos ejemplos. La Palabra dice que nosotros los maridos debemos tratar a nuestras esposas como a vaso más frágil, dándole honor como a coherederas de la gracia de la vida, considerándolas de igual valor que nosotros. Dios las creó a su imagen y semejanza; tienen el mismo valor, la misma dignidad delante de Dios. ¿Cómo trato yo a mi esposa? ¿La trato como vaso más frágil? El mundo no trata a las mujeres y a las esposas como vasos más frágiles. Eso es algo distintivamente cristiano.

Tus negocios, cómo tú los manejas. Yo creo que ya hoy en día ha llegado a ser algo distintivamente cristiano si tú manejas tu negocio con integridad y pulcritud, buen trato a tus empleados, cumpliendo tus responsabilidades con el gobierno, pagando tus impuestos, vendiendo y teniendo prácticas honestas de mercadeo. No diciendo "el primer producto del país" cuando tú no eres el primer producto del país, "el mejor producto del país" cuando tú no eres el mejor producto del país, "el que me va a dar tanto" cuando tú no eres el mejor. Esas son prácticas distintivamente cristianas.

A lo que me estoy refiriendo, hermanos, es: ¿qué obras hay en tu vida que son producto de que tú eres cristiano? "Esto yo lo hago porque la Palabra de Dios me lo instruye. Yo le hablo así a mi esposa y a mi hijo porque la Palabra de Dios me lo instruye". Los jóvenes: "Yo hago esto y no hago aquello porque la Palabra de Dios me lo instruye. Yo respeto a mi padre de esta manera porque la Palabra de Dios me lo instruye". Yo hago esto, y muchas de esas cosas, hermanos, que vamos a hacer porque somos creyentes, incluso van a ir en contra de lo que hace la mayoría. Pero lo hacemos porque son obras que nacen y fluyen de mi fe.

El trato a mi cónyuge, el trato a mi hijo, el trato a mi jefe, a mi familia, mi cumplimiento como ciudadano, mi desenvolvimiento como miembro aquí: todas esas cosas, hermanos, tienen que tener un distintivo cristiano si es que tus obras van a hablar de la genuinidad de tu fe. Si tú te comportas y hablas a tu esposa, a los vecinos, a los ciudadanos, a la gente, te comportas como cualquier otra persona se comporta, tú no puedes mostrar tu fe por tus obras. No, no lo puedes hacer, porque hay obras que son distintivamente cristianas. Muéstrame tu fe, tu fe cristiana, por tus obras: obras específicas y concretas que me dicen "este es cristiano, este es cristiano".

¿Cómo es tu trato a los empleados de tu casa, a las empleadas de tu casa? El amor al prójimo, ¿cuál es el nivel de amor al prójimo en tu vida? Es indicador de cómo está tu fe. Y así sucesivamente, hermanos. Solamente les puse una ilustración de qué manera podemos nosotros mostrar, qué tipo de obras estamos llamados a mostrar en nuestra vida si es que somos creyentes en el Señor. Obviamente, obviamente que no vamos a ser perfectos. Yo no estoy apelando a una perfección, pero la aspiración tiene que estar ahí.

Ser alta, la rectitud de nuestra vida tiene que ser superior a la rectitud del promedio de los que no están en el Señor, de los que no han sido salvados por la gracia de Dios, de los que no conocen su Palabra y su sabiduría. Tiene que haber un grado superior de integridad, de pureza, de integridad, de amor, de gracia en nuestras vidas versus la vida de los otros. Si no, yo no puedo mostrar mi fe por mis obras. A eso es que Santiago se refiere.

Santiago se refiere: tu fe, ¿es genuina? Tu fe va a transformar tu vida. Si tu fe no ha transformado tu vida, cuestiono tu fe. Y examina esto contigo mismo: mi fe, ¿no ha transformado mi vida? Quizá necesitas arrepentirte y venir entonces de una vez y por todas a una verdadera relación con Dios. O quizás tu vida sí ha sido, muy parcialmente, mínimamente cambiada. Hay una fe genuina, pero está muy, muy opaca, muy pálida, luce muy poco. Te da trabajo mostrar tu fe con tus obras. "Muéstrame tu fe con tus obras, déjame ver." "Bueno, tú te acuerdas, hace dos años yo le di un dinero..." Si tienes que rebuscar para demostrar tu fe, probablemente entonces o no la estás viviendo como Dios quiere que la vivas, o no la tienes.

Y ahora entonces, el principio: la fe sin obras no salva. Él ilustra el principio, nos confronta el principio con esta diatriba. Ahora le pone tres ejemplos: tres ejemplos, un negativo y dos positivos, de cómo las obras son y hablan de una fe viva y genuina.

El primer ejemplo es un ejemplo negativo y está en el versículo 19: el ejemplo de los demonios. Versículo 19, uno de los versículos más impactantes de toda la Biblia. Le dice en este contexto de "muéstrame tu fe sin las obras", él le dice: "Tú crees que Dios es uno, haces bien." Y ahora le lanza ese fuetazo: "También los demonios creen, y tiemblan."

Para aquellos que lo que creen, "Dios", que los que entienden que creer en Dios, "creo en Dios, yo creo en Dios, yo estoy bien, yo creo en Dios y yo más o menos vivo mi vida más o menos bien, soy salvo", no. De hecho, tu nivel de conocimiento teológico te coloca al mismo nivel que los demonios. De hecho, yo me voy a atrever a decirte, a decirnos algo: los demonios saben más teología que todos nosotros. Miren, los demonios y Satanás creen que Dios creó el mundo, creen que Jesús vino y es el Hijo de Dios, ellos creen que Jesús vino a sacrificarse por nuestros pecados, ellos conocen la Palabra de cabo a rabo. De hecho, Satanás es tan atrevido y tan ducho en la Biblia que toma la Biblia y se la recita a Jesús queriendo como hacerlo resbalar. O sea, un ser que su conocimiento teológico nos supera a todos juntos. Y no solamente eso: tiembla, le tiene temor a Dios por lo que sabe de Dios, tiembla. Por ahí hay gente que ligeramente dicen: "Yo creo en Dios, yo voy pa'l cielo." Pues si por eso, los demonios estarían en el cielo todos.

Y hermanos, esto no es una opinión mía, estamos hablando de lo que dice la Biblia. Ese es el argumento de Santiago. Él llega y te dice: "Tú crees en Dios, muy bien, eso está muy bien. Los demonios creen igual y tiemblan." Y ahora la griega, por esas razones. O sea, eso es lo que Santiago está diciendo: eso no es un argumento para tú decir que tu fe salva. Esa fe no te salva.

Él agrega en el versículo 20, después de eso: "¿Estás dispuesto a admitir, oh hombre vano, que la fe sin obras es estéril?" O sea, te estoy demostrando que los demonios creen y no son salvos. Admite que tú estás mal, que tú no sabes más que un demonio de teología. Eso no es lo... El problema de Satanás y los demonios no es creer en Dios, ni reconocer su señorío y su deidad. El problema no es su teología. El problema es su sujeción a la Palabra de Dios. El problema es que si tú le dices a Satanás: "Satanás, muéstrame tu fe por tus obras", Satanás no te va a poder mostrar nada porque ha sido un rebelde. Entonces el problema de los demonios es su sujeción.

Y la fe que salva no es la fe que cree en Dios, que cree que Dios es uno. En este contexto, ese es el Shemá judío: "Dios es uno." Y habían otras cosas que ellos recitaban todos los días varias veces al día de Deuteronomio 6:4, los recitaban varias veces: "Dios es uno, Dios es uno." En el contexto del Nuevo Testamento, decir que Dios es uno significa: yo creo en Dios Padre, yo creo que Dios Hijo Jesucristo es Dios, porque Santiago en su carta en varias ocasiones habla de la deidad de Cristo. Por lo tanto, decir que Dios es uno en este contexto de Santiago es decir: Dios Padre es Dios, Dios Hijo es Dios, yo creo en eso, y Dios Espíritu Santo es Dios, yo creo en eso, creo en la Trinidad, y muchas de las cosas que se implican.

Primer argumento entonces: la verdad teológica de que Dios existe y de que Dios es uno y de que Cristo es Dios no salva a nadie. Esa fe, como dice el capítulo 2, versículo 14, es esa fe sola, sin obras, sin obras que digan "yo estoy sujeto a Dios, esta fe que yo tengo es genuina y real y vibrante". Esa fe no salva.

Ahora él pone un ejemplo positivo. Se dio el ejemplo negativo, ahora él pone, y yo creo que no solo le pongo un ejemplo positivo, en el versículo 21 al 24: el ejemplo de Abraham. Dice: "¿No fue justificado por las obras Abraham nuestro padre cuando ofreció a Isaac su hijo sobre el altar? Ya ves que la fe actuaba juntamente con las obras, y como resultado de las obras la fe fue perfeccionada. Y se cumplió la satisfacción que dice: 'Y Abraham creyó y le fue contado por justicia', y fue llamado amigo de Dios. Vosotros veis que el hombre es justificado por las obras y no solo por la fe."

Esa porción, esa porción es la porción más complicada de todo el libro. Esa fue la porción que llevó al mismo Martín Lutero a luchar con esta enseñanza de Santiago. Porque si vemos el versículo 24: "Vosotros veis que el hombre es justificado por las obras y no solo por la fe", literalmente es contrario a la afirmación de Pablo en Romanos 3:28 de que nadie es justificado por las obras y no solo por la fe. Entonces, ¿cómo conciliamos estas dos declaraciones? Santiago dice: las obras justifican al hombre. Pablo dice: no, las obras no justifican al hombre.

El contexto nos va a responder eso. El contexto de Abraham. Miren lo que dice el versículo 21: "¿No fue justificado por las obras Abraham nuestro padre cuando ofreció a Isaac su hijo sobre el altar?" Justificado por las obras cuando ofreció a Isaac su hijo sobre el altar. Pero Abraham había sido justificado por la fe años antes de eso. En ese momento que Abraham ofreció a Isaac su hijo en respuesta a la petición de Dios, o lo iba a ofrecer, no lo llegó a ofrecer, Dios a lo último le dice que no es necesario, hacía 30 años Dios le había dado una promesa a Abraham en Génesis 15:6. Y Dios le dijo: "Abraham, te voy a dar un hijo, y a través de ese hijo yo bendeciré a todas las naciones de la tierra." Y dice en Génesis 15:6: "Y Abraham creyó y le fue contado por justicia."

En Génesis 15:6 Abraham fue justificado por Dios por su fe. Siete capítulos después, en Génesis 22, que son 30 años más adelante en la vida de Abraham, ahora Abraham ofrece a su hijo y ahora es justificado por las obras. Ya él fue justificado por la fe, ahora es justificado por las obras. ¿Qué es lo que nos está diciendo Santiago? Santiago nos está diciendo: las obras de Abraham en Génesis 22 son una evidencia de que su fe de Génesis 15 fue real. Explico: su fe en Génesis 22 habló. La fe de Abraham dijo: "Soy real." ¿Por qué? Porque cuando le tocó entregar lo más preciado, lo más hermoso, lo que él más amaba, a Dios, porque Dios se lo pidió, él dijo: "Sí, Señor, aquí está." Eso demuestra que la fe de Abraham era una fe viva, real. En ese sentido Abraham fue justificado por las obras, en ese sentido. Pero no porque sus obras lo hacen santo delante de Dios.

Sabemos que nosotros somos justificados por la fe. Dice en Efesios 2:8-9, nos dice Pablo en Romanos 3:28, y así sucesivamente. La fe es la base de nuestra justificación delante de Dios. Y aquí me detengo y hago un paréntesis de lo que es la justificación, de lo que se levanta el Evangelio de Jesucristo.

¿En qué consiste esto de que Abraham creyó y le fue contado por justicia? ¿Qué es eso? De hecho, es la misma manera como nosotros nos salvamos hoy en día: yo creo y me es contado por justicia. Oigan lo que dice 2 Corintios, que es el versículo más corto del Evangelio en este sentido. 2 Corintios 5:21 dice: "Al que no conoció pecado, Dios le hizo pecado por nosotros, para que fuéramos hechos justicia de Dios en Él."

¿Qué es lo que eso dice? Es la misma manera, eso mismo está diciendo lo mismo de que Abraham creyó y le fue contado por justicia. Eso es lo que dice: al que no conoció pecado, le hizo pecado por nosotros, para que fuéramos hechos justicia de Dios en Él. Cristo no conocía pecado, no conoció el pecado, nos dice la Palabra en varios pasajes. Nadie lo pudo acusar. En varias ocasiones Cristo dijo: "¿Quién me acusa de pecado?" Ni sus enemigos le pudieron sacar un tropiezo, nadie lo acusa de pecado.

Entonces, ¿qué es lo que agrega? Pero Dios, según Isaías 53, lo hizo pecado por nosotros. Él, Dios, hizo que Cristo llevara la paga por mi pecado. ¿Con qué propósito? Para que fuéramos hechos justicia de Dios en Él, para que yo ahora fuera considerado justo delante de Dios. Es decir, el sacrificio de Jesucristo me hace justo delante de Dios. Eso es algo que pasó, eso no es algo que yo produzco, eso pasó. La pregunta es: ¿pongo mi fe en eso o no? Ese es el llamado del Evangelio.

Pon tú tu fe en que tú necesitas el perdón de Dios. "Sí, yo necesito el perdón de Dios porque yo reconozco que yo soy pecador." Ok, Cristo fue hecho pecado por ti para que tú seas hecho justicia de Dios en Él, para que Dios te considere justo a ti. Él sufrió la cruz. En ese sentido, cuando tú crees en el sacrificio de Jesucristo, Dios te lo cuenta como si tú fueras un hombre, una mujer recta. Increíble es la gracia de Dios. Tú no eres recto, yo no soy recto, nadie es recto, nadie es justo. Dios te declara justo por gracia, porque por tu fe, Efesios 2:7, 8 y 9, Dios te declara justo. Tú no lo eres, te declara justo. A partir de ese momento tú eres justo y santo delante de Dios, tú te mueres y vas al cielo. Entonces tú comienzas a partir de ese día a caminar de una manera que tú comienzas a honrar esa justicia que tú has recibido, esa rectitud. Tú comienzas a caminar en una manera recta, digna de ese regalo que tú has recibido.

Recibido. Eso es lo que significa que Abraham creyó y le fue contado por justicia. Fíjense que Santiago en el versículo 22 establece la importancia de las obras, pero no descarta la fe. Él dice: "Ya ves que la fe actuaba juntamente con las obras." La fe actúa detrás de las obras. Cuando hay una obra distintivamente cristiana, una obra de sacrificio a Dios, una obra que a Dios le agrada, es la fe que mueve a obra. Mi fe se genuina cuando empuja mi vida a hacer obras, a cambiar, a transformarme, a santificarme, a hacerme más recto, más íntegro, más santo en sentido general. Y como resultado de las obras, la fe fue perfeccionada, fue completada. En buen dominicano: "Ahora sí, Abraham, yo creo que tu fe se genuina, tu fe se completó, tu fe fue completa." Ahora, en ese sentido su fe fue perfeccionada.

Y ese es el ejemplo de Abraham, el ejemplo positivo de que la fe de Abraham actuó para producir buenas obras en su vida, obras de sacrificio y devoción a Dios que dieron muestra de que su fe era genuina.

El segundo ejemplo positivo que Santiago pone es el ejemplo de Rahab en el versículo 25, bien corto. Este versículo dice: "De la misma manera, de la misma forma que Abraham fue justificado," dice, "¿no fue también la ramera Rahab justificada por las obras cuando recibió a los mensajeros y los envió por otro camino?" Para los que no conocen la historia de Rahab: Rahab es una mujer habitante de la ciudad de Jericó. Cuando los israelitas iban a conquistar la ciudad de Jericó, ellos mandaron ciertos espías a espiar la ciudad y a obtener información. Estos espías, cuando llegan a la ciudad, nos dice el texto que Rahab ya había, en tiempos antes de ese momento, puesto su confianza y su fe en el Dios de los israelitas, porque ya había oído en su ciudad de Jericó que Dios había abierto el mar, había vencido a los egipcios, había traído grandes plagas sobre los egipcios para favorecer a este su pueblo Israel. Y ella decidió poner su fe en ese Dios.

¿Qué sucedió entonces? Que cuando llegaron los espías judíos a chequear la ciudad, ella los hospedó en su casa. Es decir, ella creyó en Dios, en el Dios verdadero, puso su fe en él. Para hospedar a los espías puso en riesgo su vida por honrar a Dios. Su fe actuó, su fe era genuina. De la misma manera que Abraham actuó al ofrecer a su hijo, de la misma manera Rahab actuó al hospedar a los espías judíos, al poner su fe en Dios. Se fijan que la fe real siempre actúa, siempre va acompañada de buenas obras. Que yo puedo decir que tengo fe, y si no tengo obras que la respalden, yo no soy creyente, yo no soy hijo de Dios. Eso es una fe que no me salva. Eso tiene que quedar preclaro, hermanos. Yo me propuse en este mensaje de hoy ser preclaro con eso. Te pueden no creerlo, pero no por falta de información. Ese es mi objetivo.

Entonces, interesante es cómo la gracia de Dios se manifiesta en su Palabra al ver que Santiago pone dos ejemplos: Abraham y Rahab. Porque uno dice: "Bueno, uno entiende el ejemplo de Abraham, el patriarca, el padre de la fe, el padre de la nación judía, gente de la cual, hombre del cual los judíos se sienten orgullosos." Le decían a Jesús: "¿Quién nos condena? Nosotros somos hijos de Abraham." Se sentían orgullosos de su linaje. Y yo entiendo la razón por la que Santiago trae a Abraham aquí, diciéndole: "Aun Abraham tuvo que probar su fe, tuvo que actuar su fe." Aun este gran patriarca Abraham, un hombre rico. Primero era hombre, era rico, era judío, era devoto a Dios, todo eso.

Pero ahora Santiago se va al otro extremo de la escala personal, social, moral y todo, y busca una mujer, no judía, gentil. Primero ya ahora mujer, y no hombre. Pobre y prostituta. Y le dice: "De la misma manera que Abraham fue justificado por sus obras, así mismo Rahab la prostituta, sin valor a los ojos de ustedes, también fue justificada por la fe en Dios y por sus obras al confiar en Dios."

¿Qué es lo que está diciendo Santiago? La salvación es la misma para todo el mundo. La vía de salvación para el gran padre Abraham y para la prostituta de Jericó es exactamente la misma. Y la gracia abarca a este y a aquel, en este momento, en el mismo lugar. La gracia de Dios y la fe, no importa quién sea, tiene que ser mostrada para decir que es genuina.

Entonces concluye el versículo 26 con el mismo principio que me ha estado enseñando: "Porque así como el cuerpo sin el espíritu está muerto, así también la fe sin las obras está muerta." Yo creo que eso ya quedó explicado.

¿Cuáles son las aplicaciones entonces que esto tiene para nosotros? ¿De qué manera yo aplico esto a mi vida? Bueno, lo primero que tengo que entender es que a lo largo del sermón, a lo largo del mensaje, lo que he tratado de explicar es una idea, es un concepto que tiene que quedar claro. Pero la primera aplicación es: tenemos que corregir el concepto de salvación que nosotros tenemos. No es el bueno que va al cielo, no. No es el que cree en Dios que va al cielo, no. El que va al cielo, según la Palabra, es el que pone su fe absoluta en que Cristo le paga los pecados y somete su vida al señorío de esta Palabra. Esa es una fe viva, es una fe verdadera, es una que me transforma, verdades que me cambian, una fe con obras. Es la fe que salva.

Y ese concepto de salvación que es muy generalizado y muy popular, de que todo el mundo va al cielo si se portó bien, o todo el mundo va al cielo si cree en Dios, eso es un concepto, déjame decirle, yo lo considero infantil. Lo considero infantil porque cuando tú lo analizas agudamente, solo un niño puede creer de que si tú te portaste bien o menos, tú estás bien con Dios. Es infantil, es superficial, es insignificante el argumento. Si tenemos un Dios que se ha revelado con tanta precisión, su Palabra nos ha dicho es así, así, así, así, tenemos que corregir ese concepto.

La segunda pregunta de aplicación para nosotros es: ¿Qué tipo de fe tú tienes? Tu fe, ¿tú me la puedes mostrar en tus obras, en tu vida? ¿Hay un grupo de obras, de comportamientos, de hábitos, de actitudes que tú puedes decir: "Esto me distingue como cristiano y esto yo te lo presento, míralo, dime a mí, o dime tú, dime si es genuino esto"? Y uno lo evalúa y dice: "No, definitivamente este grupo de actitudes, forma de ser, forma de hablar, forma de actuar, forma de comportarme, evidencia de que tú estás confiando en Dios." Tu fe es genuina, está viva.

Pero si tú no tienes, tú no puedes presentar y mostrar tu fe por tus obras, quizás tu fe no es genuina. Y el llamado es: ven a Dios, comprométete con él, arrepiéntete, haz que tu fe sea genuina y vibrante, y comienza a caminar con él de manera tal que él vaya cambiando tu vida poco a poco. En un año tú tendrás cinco obras que presentar, en dos años diez, y así sucesivamente. Nunca llegaremos a la perfección, solo Cristo, pero estamos en ese proceso.

Aquellos que ya tenemos la salvación y que sí tenemos obras que podemos mostrar como muestras de nuestra fe, quizás los niveles de intensidad con lo que estamos viviendo como cristianos son mediocres. El nivel de entrega en diferentes áreas de mi vida, diferentes áreas de nuestra vida, en nuestra relación de pareja, de hijos, en nuestra relación comercial, en las cosas en las que nosotros estamos conectados, no reflejan realmente los niveles de compromiso que un cristiano debe tener con la integridad, con la pureza, con la veracidad, con lo que sea. Entonces, un mensaje también que nos llama a un mayor nivel de compromiso, porque la fe tiene que mostrarse en obras. Y Dios nos salvó y no nos llevó al cielo, nos dejó aquí. ¿Para qué? Para que mostremos su gloria. Nos dejó aquí porque nos ha dicho Mateo 5 que nosotros somos la sal y la luz del mundo, la sal de la tierra y la luz del mundo. Pero a veces nuestra sal está insípida y nuestra luz es una velita prendida, pero cualquier vientecito la apaga.

Y número tres, y por último para terminar: nosotros como comunidad cristiana, hay una exhortación en la Palabra que yo quisiera leer, porque nosotros estamos supuestos a exhortarnos mutuamente a las buenas obras. Es una de las razones de la iglesia, una de las razones de la iglesia. Parte de alcanzar el mundo, de reflejar la gloria de Dios a través de nuestras buenas obras, pero también hay un estímulo mutuo a las buenas obras. Y le voy a poner algunos ejemplos de ese estímulo, pero quisiera leer Hebreos 10 del 23 al 25, algo que dice: "Mantengamos firme la profesión de nuestra esperanza sin vacilar, porque fiel es el que prometió. Y consideremos cómo estimularnos unos a otros al amor y a las buenas obras, no dejando de congregarnos como algunos tienen por costumbre, sino exhortándonos unos a otros, y mucho más al ver que el día se acerca."

¿Qué es lo que el autor de Hebreos está diciendo? Que muchas veces en nuestro caminar cristiano nuestras fuerzas desfallecen, nuestro ímpetu se reduce, nuestra intensidad disminuye. La iglesia, una de sus razones, es que vengamos mutuamente y nos motivemos a las buenas obras. Yo veo, por ejemplo, un hermano en el que Dios ha hecho una gran obra de transformación, y ese hermano se para en el púlpito, o en un pasillo me cuenta su testimonio y me dice cómo Dios lo está cambiando de principio a fin, cómo Dios ha restaurado su matrimonio, cómo Dios ha cambiado su relación de padre con sus hijos, y yo soy exhortado a las buenas obras. Yo digo: "¡Ah, Señor!" Soy desafiado, soy confrontado quizás, motivado a las buenas obras.

A veces en otro sentido, a veces nosotros como pastores también nos congregamos aquí para exhortarnos. ¿Qué es lo que estoy haciendo a través de todo el sermón? Exhortando a las buenas obras. Esta congregación contribuye con que yo sea más enérgico para querer hacer buenas obras. Y por eso es que el autor dice: "No se dejen de congregar." Esto tiene un beneficio, hay un estímulo aquí para el amor y para las buenas obras. Y el mejor lugar, hermano, para usted aprender a amar incondicionalmente es la iglesia. ¿Que aquí hay gente con problemas? Todos tenemos problemas. Yo tengo problemas. Yo soy muy olvidadizo, por ejemplo. A veces yo le digo a la gente que la voy a llamar y no la llamo. Estoy haciendo una confesión.

Se me olvida, se me pasa, la gente se ofende conmigo, de pronto pido perdón, pero nos aprendemos a amar con nuestras imperfecciones y demás, y aprendemos entonces a vivir de una manera que honre a nuestro Dios.

Ese es mi mensaje para este día, ese es mi mensaje: que nosotros el valor de nuestra fe la comparemos con la fe que se supone que es la fe que salva. Y ojo, no nos quedemos ahí. Si tenemos una fe que salva, intensifiquemos nuestra muestra de buenas obras. Si no tenemos una fe que salva, pues reconciliémonos con Dios y pidámosle: Señor, dame una fe genuina, verdadera, que me salve a mí y que me cambie.

Héctor Salcedo

Héctor Salcedo

Héctor Salcedo es economista de profesión y pastor de corazón. Posee una maestría en Estudios Bíblicos del Moody Bible Institute de Chicago y estudios de posgrado en Macroeconomía Aplicada. Es pastor de la Iglesia Bautista Internacional desde 2004, donde supervisa áreas administrativas y financieras, además de predicar regularmente. Está casado con Chárbela El Hage y tienen dos hijos, Elías y Daniel.