Integridad y Sabiduria
Sermones

¿Quién te dirige?

Héctor Salcedo 8 mayo, 2011

¿Qué te dirige en la vida? Esta pregunta atraviesa todo el texto de Santiago 3:13-18, donde se confrontan dos tipos de sabiduría con resultados radicalmente opuestos. La sabiduría bíblica no se mide por cuánto sabe una persona, sino por cómo vive. El sabio no es quien tiene todas las respuestas, sino quien exhibe una vida que agrada a Dios, caracterizada por buenas obras hechas con mansedumbre y humildad genuina.

El problema surge cuando las buenas obras se hacen con motivaciones torcidas. Hay quienes sirven para sentirse bien consigo mismos, para que otros vean su generosidad o para aliviar su conciencia. Esa actitud ensucia la obra. Peor aún es cuando hay celos amargos y ambición personal, cuando queremos imponer nuestro punto de vista y ganar cada discusión. El pastor Héctor Salcedo comparte cómo una vez, sintiéndose atacado por la pregunta de un joven, optó por avergonzarlo con una respuesta contundente. Ganó el argumento, pero perdió a la persona. Es mejor perder la discusión y ganar el corazón.

La sabiduría terrenal produce confusión, desorden y toda cosa mala. La sabiduría de lo alto es primeramente pura, luego pacífica, amable, condescendiente, llena de misericordia y buenos frutos. El sabio es como un caballo domado: se deja conducir por su Señor. Martín Lutero observó dos cabras en un puente estrecho; una se echó al suelo para que la otra pasara encima. La lección: contéstate si tu persona es pisoteada por causa de la paz. Quien vive según la sabiduría divina siembra justicia y cosecha paz a su alrededor.

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

Santiago 3, desde el versículo 13. Yo quisiera introducirlo antes de leerlo, como normalmente hago, tomando de referencia el mensaje de la semana pasada, donde vimos lo que la lengua es en nosotros y el cuidado que nosotros debemos tener con respecto a nuestras palabras. Santiago comienza el capítulo 3 con el versículo siguiente: "Hermanos míos, no os hagáis maestros muchos de vosotros, sabiendo que recibiríamos un juicio más severo." Ese es el así comenzó el texto de la semana pasada, y él se dirige a este grupo de hermanos donde muchos de ellos querían ser maestros, querían ser instructores, y les dice: no quieran serlo tan rápidamente, por la responsabilidad que implica, pero también porque nosotros fallamos, todos fallamos con la lengua con mucha facilidad.

Y la lengua es algo muy poderoso, más poderoso de lo que mucha gente se imagina, y más poderoso, entiendo yo, de lo que nosotros nos imaginamos. Es poderosa para hacer el bien, para instruir, para corregir, para estimular, para infundir esperanza. Pero es poderosa también para destruir: para destruir una reputación, destruir una iglesia, dividir una familia, un matrimonio, aplastar la personalidad de un hijo. La lengua puede ser usada para todo eso.

Y precisamente ahí es que él hace el cambio a la idea de que la lengua no es solamente poderosa para el bien o para el mal, sino que la lengua es particularmente destructiva. Si vemos los efectos que tiene, la compara con un fuego, la compara con un fuego que con apenas una chispa comienza todo un incendio forestal que acaba con miles y miles de hectáreas y espacios en el bosque. Y esa es la lengua. Precisamente, a veces de manera involuntaria, de la manera como comienzan los fuegos forestales, de manera involuntaria nosotros decimos una palabra y no nos damos cuenta del fuego y la destrucción que estamos empezando. No nos damos cuenta lo fácil que se esparce una palabra desalineada con Dios, una palabra mala, una palabra hiriente. Se esparce con mucha facilidad y tiene grandes y amplios efectos, ya sea sobre la persona a la que se le dijo o sobre la comunidad en la que se dijo eso.

Y él concluye que la lengua no solamente es poderosa, es destructiva. La lengua es inconsistente. Recuerdan que dijimos que de la misma boca sale bendición y maldición. Con la boca que bendecimos a Dios, con esa misma boca maldecimos al ser humano que ha sido hecho a la imagen de Dios. Es algo vergonzoso para nosotros, a veces, vernos en esa situación donde estamos siendo inconsistentes. Y decimos que amamos a nuestros hijos, y a veces les hablamos de una manera que no refleja ese amor. Llamamos a nuestras esposas y a veces no refleja el amor en la manera como nos comunicamos. Y eso se esparce a cada una de nuestras relaciones.

Y él concluye entonces que de una misma fuente no puede salir agua dulce y agua salada, o agua buena y agua mala. Por lo tanto, él dice: si de tu lengua lo que está saliendo es agua mala, si de tu lengua lo que está saliendo es crítica, queja y maldición, si de tu lengua lo que sale es ira, pues posiblemente hay problemas en la fuente, que es el corazón. Y ahí nos deja, y nos deja en un estado como de: ¿y entonces? ¿Y ahora qué?

Entonces él comienza el texto de hoy preguntando: "¿Quién es sabio y entendido entre vosotros?" Parece ser que para Santiago la solución que le da al problema de la lengua es venir a Dios a buscar sabiduría. Es la misma solución que les dio. Recuerdan, en el capítulo uno, cuando nos encontramos en diversas pruebas, Santiago dice: "Tened por sumo gozo cuando os halléis en diversas pruebas." Y uno dice: ¿pero cómo es posible que él llame al ser humano a regocijarse y gozarse en medio de las pruebas, en medio del dolor, en medio de la aflicción? Eso no es consistente, eso no es sensible a la persona que está sintiendo el dolor y la aflicción. Pero él concluye ese texto unos versículos después diciendo: "Si alguno se ve falto de sabiduría, pídala a Dios, que la da sin reproche, que la da a todos en abundancia."

La solución para yo sentir gozo en la prueba es sabiduría de Dios, pedirle a Dios: "Señor, ayúdame a ver esta prueba como tú la ves." De la misma manera, la solución para manejar la lengua es sabiduría de Dios: "Señor, ayúdame a manejar mi manera de hablar, la manera de comunicarme, la manera como yo manejo mi lengua, con tu sabiduría." Y yo creo que la misma solución que él propone ante dos situaciones que parecerían como que no podemos, como que no podemos. Y la lengua entonces es como la entrada, lo que despierta la necesidad de la sabiduría de Dios, que es el texto que vamos a ver en el día de hoy. Es de eso que él habla: de la sabiduría, de la sabiduría de Dios para vivir una vida que a Dios le agrade.

El mensaje de hoy yo lo he titulado —el viernes lo titulé "La verdadera sabiduría"— pero le he dado un nuevo título: "¿Qué te dirige? ¿Qué te dirige en tu vida? ¿Cuáles son los criterios que tú usas para vivir? ¿Es la sabiduría del mundo o la sabiduría de Dios?" Y aquí Santiago presenta las dos y dice: estas son las características de una y estas son las características de la otra.

Y él habla de la sabiduría. Si a nosotros nos preguntaran: ¿a quién tú consideras como una persona sabia?, ¿quién es sabio?, ¿quién es un entendido?, ¿quién es una persona de la que tú dices "esta es una persona sabia"?, muchos pudieran pensar: bueno, se trataría de un profesor, un hombre que sabe mucho, un hombre que entiende mucho, un hombre que sabe explicar las cosas. O se refiere acaso a un presidente, un hombre que ha llegado a la altura máxima de una nación, un hombre que ha sabido manejarse con las intrigas del poder y que ha sabido llegar ahí. O se referiría a un científico, a una persona que sabe el porqué de las cosas, que está tratando de descubrir la verdad en su proceso de investigación. O se trataría de un intelectual, un hombre que ha leído mucho. ¿Eso es un sabio? La gente tiene diferentes imágenes de lo que es una persona sabia.

Santiago hace esa pregunta: "¿Quién es sabio y entendido entre vosotros?" Y para Santiago, el sabio no es el que mucho sabe. El sabio no se ve en lo que sabe, sino en lo que es en la vida práctica. La sabiduría no es algo que esté en la cabeza, es algo que se ve en la vida. La sabiduría es algo que se vive. Y yo detecto la sabiduría en la vida de una persona no por si esa persona tiene todas las respuestas que yo le hago, no por si esa persona es alguien que habla bien, que tiene una buena oratoria o retórica. No. Para Santiago, el sabio es el que puede exhibir una vida ejemplar. Vamos a resumirlo así, porque más adelante vamos a ver el detalle.

Es un concepto hebreo de la sabiduría; el concepto griego de la sabiduría es totalmente diferente. El mundo grecorromano, el mundo en el que Santiago vivía, y el concepto grecorromano de la sabiduría era el concepto de Platón, de Aristóteles, de Sócrates, de Cicerón. Esa gente que se encerraba, por así decirlo, a filosofar, a teorizar, a hablar, a pensar. Y ciertamente cuando uno lee los escritos de esa gente, verdaderamente sus observaciones son intensas, agudas; uno a veces se siente abrumado. Y se puede pensar que una persona puede pasarse una hora hablando de, por ejemplo, la teoría de la pausa en la oratoria. Hay todo un discurso sobre la teoría de la pausa en la oratoria, y uno se pregunta cuál es la necesidad, cuál es la utilidad de ese tipo de cosas. Pero ciertamente era gente que sabía mucho. Pero Santiago dice: no, esa no. La gente sabia no es Platón, no es Aristóteles, no es esta gente, no son los filósofos. Es en la vida que se ve, no es en la cabeza que se ve; la sabiduría es en la vida que se ve.

El concepto bíblico de la sabiduría es algo más práctico que teórico, es algo más vivido que conocido. Y obviamente, para yo vivir la sabiduría yo tengo que conocer algo, porque no voy a vivir en un vacío de conocimiento. Pero si yo conozco y no vivo, hay un problema de sabiduría. Ese es el conocimiento. Digamos que la sabiduría bíblica es precisamente esa. La pregunta que Santiago trata de responder. Si nosotros sabemos que el libro de Proverbios —ya yo mencioné la semana pasada— es el libro que de manera más clara presenta lo que es una vida sabia, hay un famoso versículo en Proverbios 1:7 que establece que el principio de la sabiduría es el temor al Señor. Si alguien puede considerarse sabio, debe comenzar —lo primero que debe tener— este amor al Dios creador. Proverbios entiende que nadie puede considerarse sabio si no tiene primero un temor por aquel que es la fuente de la sabiduría, que no puede considerarse sabio si no tiene ya, en el Nuevo Testamento, una relación con aquel que es la fuente de la sabiduría.

Y ahí comienza nuestra sabiduría. Y comenzamos a caminar entonces con Dios, donde Dios va cambiando nuestras vidas con su sabiduría, y entonces nosotros vamos desplegando en nuestra vida su sabiduría. La sabiduría bíblica, la sabiduría de Proverbios, es una sabiduría que se vive, y se vive conectada a Dios. Esa es la verdadera sabiduría.

Entonces, con esa introducción de lo que es la sabiduría y las implicaciones que tiene, vamos a leer el versículo 13. Hagamos una pausa y veamos algunas implicaciones de este versículo: "¿Quién es sabio y entendido entre vosotros? Que muestre por su buena conducta sus obras en mansedumbre de sabiduría."

La pregunta, ¿verdad? "¿Quién es sabio y entendido entre vosotros?" Es posible que esa pregunta, siguiendo la línea del versículo uno del capítulo tres —donde él dice: "No se hagan maestros muchos de vosotros"—, y aquí ahora él dice: "¿Quién es sabio y entendido entre vosotros?", ¿quién es el que puede ser maestro? No es el que mejor habla. ¿Quién es el sabio realmente entre vosotros? No es el que más sabe. ¿Quién es el sabio? Y fíjense lo que dice: la respuesta es "que muestre por su buena conducta sus obras en sabiduría." Uno se da cuenta de que la pregunta de Santiago y la

Respuesta de Santiago: él no está esperando un "yo, yo, yo, ¿quién es sabio y entendido entre vosotros?" Él no está esperando eso, porque él se responde inmediatamente. Él dice: "No me digan quién es; yo le voy a decir que muestre, que muestre sus obras, su buena conducta, sus obras en mansedumbre de sabiduría." Entonces el sabio no es el que dice "yo", no es el que dice "yo sé", no es el que dice "yo sé lo que tú estás preguntándonos." El sabio es el que muestra, el que exhibe cómo, con su buena conducta. Ese es el mismo principio que nosotros sabemos del versículo 2:18.

Recuerda que en el versículo 2:18, donde Santiago estaba diciendo y hablando de las obras y la fe, que la fe sin obras es muerta, él dice: "Pero si alguno dice: tú tienes fe y yo tengo obras, muéstrame tu fe sin las obras, y yo te mostraré mi fe por mis obras." Santiago tiene este asunto de que la fe se muestra, la sabiduría se muestra. Tú no me puedes decir que tienes fe si tú no tienes obras que las respalden. Tú no me puedes decir que eres sabio si tú no tienes obras, una buena conducta que respalde tu declaración.

Y si eso está claro en el texto de hoy, Santiago no está esperando un "yo." Él dice: "Muestre con su buena conducta lo que es la sabiduría." Mi sabiduría, si es que la tengo, resultará en algo visible, en algo observable. La gente podrá deducir, por la manera como yo vivo, que yo soy una persona sabia. La gente no se va a sentar a escuchar mi sabiduría, aunque puede haber algo de eso; la gente debería poder observar mi sabiduría en mi manera de vivir, de actuar, de interactuar con la gente. Esa es la verdadera sabiduría a la que Santiago hace alusión.

Y obviamente el concepto aquí es que lo que tenemos que mostrar —si es algo que se muestra— ¿qué es lo que tenemos que mostrar? Bueno, dice: "Muestre su buena conducta." Literalmente, lo que la expresión significa es: muestre una vida que agrada a Dios, una vida que responde a lo que Dios espera de nosotros, una vida sometida a Dios, una vida que tiene a Dios como su foco. Hoy cantábamos en el momento de la adoración: "Mi deleite has sido Tú, toda mi fe, mi pasión, toda mi fe está en Ti." Y yo me preguntaba a mí mismo: ¿Realmente el foco de mi vida, el deleite de mi vida, es el Señor? ¿Es esa una realidad de mi vida? "Mi deleite has sido Tú" es una hermosa canción, pero más hermoso sería que fuese una realidad en nosotros. Ese es el tipo de vida que Santiago está esperando que se muestre: algo visible, por su buena conducta, una vida que se someta a Dios, que se sujete a Dios, que viva como Dios quiere.

Fíjense en algo: el énfasis ahí no está tanto en la buena conducta, aunque eso es indispensable. El énfasis está en que la buena conducta debe hacerse en mansedumbre de sabiduría. ¿Se fijan cómo dice la última expresión? "En mansedumbre de sabiduría." No va a ser suficiente con que yo haga buenas obras y tenga una buena conducta. No, eso no es suficiente. Eso es indispensable para mostrar sabiduría, pero ¿cómo la haces? ¿Con qué actitud la haces? ¿Con qué disposición la haces? Hay gente que hace buenas obras, hermanos, por hacer buenas obras, por sentirse bien consigo misma, por decirle a los otros lo bueno que es, lo extraordinario que es, lo desprendido que es. Su enfoque no está en agradar a Dios; su enfoque está en agradarse a sí mismo, en darse palmaditas emocionalmente, sentirse bien, aliviar su conciencia.

Un ejemplo clásico es la persona que todos los diciembres, todos los Días de Reyes, va a una comunidad de escasos recursos y les reparte juguetes y reparte comida. Y eso es muy bueno que lo hagamos; es una buena obra. Pero no es suficiente. La actitud con la que yo hago la obra es vital para yo saber si soy una persona sabia, para Santiago. ¿Cuál es mi interés al yo ir a esa comunidad? ¿Mi interés es sentirme bien yo? ¿Mi interés es que la gente vea lo nobles que somos, lo generosos que somos, lo caritativos que somos, lo desprendidos que somos? Eso es una actitud totalmente egoísta. Eso le quita nobleza a la buena obra, eso ensucia la buena obra. Y muchas veces nosotros hacemos buenas obras y tenemos buenas conductas para que el otro me vea. Eso no es una obra hecha con una actitud de mansedumbre, con humildad.

La expresión en el original que usa Santiago es una actitud de mansedumbre, de humildad, sabiendo que esa obra yo quiero que glorifique a Dios y que beneficie a los otros genuinamente. Eso no quiere decir, hermanos, que cuando yo estoy haciendo una buena obra y hay una pizca de egoísmo, y hay una pizca de autopromoción, y de yo sentirme bien, ya la obra completa es mala. No, porque somos pecadores y lamentablemente vamos a estar luchando con nuestras tendencias pecaminosas constantemente. No sé cómo ustedes se han sentido haciendo ese tipo de obras, pero yo me he sentido haciendo ese tipo de obras a veces tentado a pensar que yo soy muy bueno, que yo soy muy noble, que yo soy muy generoso. Y yo voy y vengo de allá y digo: "No, el Señor me ministró más a mí que a ellos." Como que el enfoque era yo. Tengo esa tentación. Eso no quiere decir que ya la obra sea totalmente mala, pero tengo que luchar contra esa tentación. No estoy siendo sabio cuando hago una buena obra enfocado en mí y no enfocado en el otro, enfocado en el Señor.

Que haga la buena obra, dice Santiago, que la buena conducta se obre en mansedumbre de sabiduría, con una actitud de sumisión a Aquel que es digno de toda nuestra adoración y de toda nuestra exaltación. Entonces lo que Santiago está diciendo es que si tú eres sabio, verdaderamente sabio, tú no lo vas a decir, tú lo vas a vivir; lo vas a vivir haciendo buenas obras y teniendo buena conducta, pero no solamente haciendo la buena obra y la buena conducta, sino haciéndola con una actitud de mansedumbre, de sumisión.

Esta palabra "mansedumbre" en el original se refería a cuando un caballo era domado por su dueño y era hecho útil. La sabiduría nos lleva a un estado de humildad y mansedumbre que nos hace útiles a nuestro Señor. Cuando Dios dispone tu vida de cierta manera que a ti no te gusta, o a mí no me gusta, y nosotros nos quejamos y nos resistimos y oramos para que Dios cambie las circunstancias antes de orar para que Dios nos revele su propósito en la circunstancia, yo no estoy siendo manso. Yo estoy como el caballo loco, como "loco" como muchos le dicen, brincando: "¡Bájate de ahí, quítate de ahí! A mí no me gusta esta posición, esta situación. Quítame la silla, quítame la circunstancia."

Y a veces comenzamos nosotros de esa manera con Dios. Dios dispone la circunstancia en nuestra vida y comenzamos a orar: "Señor, en el nombre de Jesús..." Y hay gente que comienza a declarar: "Yo declaro, yo no recibo, yo no quiero esto, yo creo que estoy sano, yo creo que Dios ya resolvió eso. Aprópialo por la fe." Y todo eso está bien en un sentido, porque hay que confiar en que Dios puede sacarnos de las circunstancias. Pero esa no es la primera actitud de un hombre manso o de una mujer mansa. La primera es: "Señor, que Tú quieras que yo camine bajo esto, que yo sea como un caballo domado, que Tú me pusiste esta silla arriba y yo digo: 'Está bien, ¿adónde quieres, Señor?'" El caballo dócil se deja llevar, se deja instruir, se deja conducir. Esa es la palabra que está ahí en el original.

Entonces, la sabiduría es algo que se muestra; se muestra por la buena conducta hecha mansamente, con humildad, con gentileza —también se puede traducir esa palabra—, con gracia, con dulzura: una vida vivida con dulzura, con gentileza, de buena conducta, de buenas obras, pero vivida con gentileza, con dulzura, con mansedumbre.

Pero esa no era la realidad, hermanos, de la comunidad a la que Santiago le estaba escribiendo. La realidad era otra. Versículo 14. Miren cuál era la realidad de ellos, y aquí ahora Santiago aprovecha para explicar en qué consiste la sabiduría falsa, lo que no es sabiduría. Y Santiago lo explica ahora: "Pero si tenéis celos amargos" —versículo 14— "pero si tenéis celos amargos y ambición personal en vuestro corazón, no os hagáis arrogantes y así mintáis contra la verdad."

Santiago está diciendo que la sabiduría se muestra con buenas obras, con una actitud de mansedumbre, de humildad, de disposición y de dulzura. Pero la realidad de ellos no era esa. La realidad de ellos era que había celos amargos y ambición personal en sus corazones. Esta era una comunidad que estaba enfrentando el conflicto, posiblemente la división. Nosotros lo sabemos porque en el capítulo 4, inmediatamente después de terminar este texto de hoy, capítulo 4 versículo 1, Santiago dice: "¿De dónde vienen las guerras y los conflictos entre vosotros?" Había problemas, había conflictos, había división. Y la razón de eso es que ellos no estaban viviendo sabiamente; no estaban viviendo su vida con una buena conducta hecha mansamente. Posiblemente algunos de ellos eran maestros, eran pastores, eran ancianos o eran diáconos, y estaban haciendo esas buenas obras, pero no con una actitud de mansedumbre, no con una actitud de disposición, no con una actitud de servicio.

"Pero si tenéis celos amargos y ambición personal." Las dos palabras hablan de algo importante. "Celos", por un lado: la palabra en el original, "zelos" en el griego, sencillamente no es una palabra negativa en principio. Es una palabra que tiene que ver con mi pasión y mi convicción al yo defender algo. ¿Saben cuando uno, como cristiano, está oyendo por ejemplo una enseñanza que es contraria a la Palabra y uno siente ese fuego por dentro? Cuando yo creo, por ejemplo, en una idea —yo creo que soy economista—, nosotros los economistas discutimos muchísimo. Dicen que si juntas tres economistas en un cuarto, salen cuatro opiniones. Entonces tú, como economista, a veces oyes cosas que no son correctas técnicamente, o que no van de acuerdo a tu filosofía económica o a lo que tú entiendes que es el modelo económico correcto, y te sale como un celo, y tú quieres...

Fragmento limpio y párrafado:

A veces queremos, ante ciertas enseñanzas, tener la posibilidad de decir: "No, eso no es así." Ese celo en principio no es malo. Dios nos ha hecho seres emocionales que, cuando nuestras convicciones son retadas y cuestionadas, queremos defenderlas emocionalmente; queremos demostrar que tenemos pasión por las cosas. Pero para Santiago el problema del celo no era el celo de defender sus posiciones, sino que era un celo amargo. Fíjense cómo dice: "celo amargo." Era un deseo de defender que los amargaba, que era agrio. Ellos querían imponer sus puntos de vista, hacer que las cosas salieran como ellos decían, y si no era así se agriaban, se amargaban; les faltaba el gozo, les faltaba el sentido de comunidad, de amor, de afecto.

"Si tenéis celos amargos y ambición personal..." Aquí hay una elevación de la inmoralidad que estaban viviendo. Había gente que estaba luchando o jalando para su lado, había gente que estaba formando como partidos dentro de la iglesia, que entendemos era donde se estaba dando el conflicto, defendiendo su punto y jalando para su lado. Había una ambición personal de que me vean, de que sepan que yo sé, de que yo estoy en lo correcto, que aquel perdió y yo gané. Y cuando muchas veces tenemos esa actitud, no solamente dentro de la iglesia, sino en la familia, en el círculo social, a donde quiera que llevemos esa actitud de celo amargo, de querer imponer lo que yo digo y de jalar para mi lado, vamos a destruir lo que hay ahí. Y eso es lo que estaba pasando con ellos.

"Si tenéis celos amargos y ambición personal en vuestro corazón, no os hagáis arrogantes y así mintáis contra la verdad." Dejen ese orgullo, ese orgullo de pensar que ustedes están en lo correcto, que tienen la razón, de jalar para su lado. Esa arrogancia es mentir contra la verdad. El que es verdaderamente sabio no actúa de esa manera; eso es obrar contra la verdad. Si ustedes fueran verdaderamente sabios, no actuarían así, porque la sabiduría es una buena conducta hecha en mansedumbre. Por el contrario, cuando yo actúo con ambición personal y con celo queriendo defender mi punto, queriéndolo hacer por encima y a expensas del otro, yo estoy viviendo una vida que no es sabia; es una mentira contra la verdad de que ustedes son sabios. Eso es lo que Santiago está tratando de explicarles.

El sabio es manso, dulce, gentil. Ese es el sabio. Aunque su punto de vista no haya sido observado, aunque su punto de vista no haya sido escuchado, aunque las cosas no salieran como él quiso, con su esposo, con sus hijos, él no se impone por la fuerza, no gana por intimidación. No es como: "Así es como yo digo, llévate de mí." El sabio no gana de esa manera; el sabio es manso, humilde, sensible, escucha.

En una ocasión yo estaba aquí con el grupo de jóvenes y alguien me hizo una pregunta. Sentí que me la hizo con mala intención —digo "sentí", porque no necesariamente es así; no puedo juzgar su corazón— y me sentí agredido, atacado. Era algo doctrinal que estábamos discutiendo, y yo opté por avergonzar a esa persona en medio del grupo. La gente no se dio cuenta, pero esa fue mi intención: darle una respuesta tan contundente que él se diera cuenta de que la manera en que me hizo la pregunta fue absolutamente inadecuada y que su pregunta era ridícula. Cuando yo salí del grupo me sentí tan mal, porque había habido un celo amargo, un deseo de defender la verdad de una manera amarga, una ambición personal de yo ganar, de yo demostrarle que él estaba equivocado, y lo hice con esa actitud de celo amargo y de ambición personal.

El otro viernes, cuando vine, hablé de algunas de esas cosas y dije: muchas veces nosotros ganamos el argumento pero perdemos la persona. Yo puedo ganarle a una persona el argumento, la discusión, pero perdí el afecto de esa persona, perdí su respeto, perdí su consideración, perdí la buena opinión que esa persona tiene de mí. Entonces gané, pero perdí. Y a veces hacemos eso en nuestras casas, o en las iglesias, o en cualquier círculo en que nos movemos: ganamos, nos imponemos, al final se hizo como nosotros dijimos, pero perdimos. Porque cuando lo hacemos con una actitud de celo amargo y de ambición personal, de querer ganar mi punto, gané pero perdí. Y es mejor a veces perder el argumento y ganar la persona, porque al final el argumento me exalta a mí, pero cuando gano la persona la gano para el Señor, y esa es una realidad que muchas veces no nos damos cuenta.

Él sigue diciendo en el versículo 15: "Esta sabiduría..." ¿Cuál sabiduría? La que estamos hablando, la que usted está exhibiendo, la sabiduría de celo amargo, de ambición personal, de querer ganar. Esa sabiduría dice: no viene de lo alto; no es la que viene de lo alto, sino que es terrenal, natural y diabólica. Él describió qué pasa en una comunidad, en una relación, cuando esa sabiduría está presente: hay ambición personal, hay celos amargos, hay diatribas, hay luchas, hay divisiones, hay fricciones. Eso es lo que está describiendo en el versículo 14. Pero en el versículo 15 él dice: déjenme decirles que eso no es de Dios.

Usted puede defender su punto, aun puede ser un punto doctrinal, con un celo que usted cree que es un celo de Dios, pero no. Porque a veces decimos: "Cristo echó fuera a los cambistas del templo que estaban usando la casa de Dios para mercadear, y los echó fuera diciendo: 'Mi casa será llamada casa de oración, y la han convertido en una cueva de ladrones.'" Pero Cristo echó a esa gente fuera. Ese fue un celo cierto, sí. Sin embargo, en ningún lugar de la Biblia se nos autoriza a nosotros entrar en un lugar con un látigo y echar a todo el mundo fuera, porque si fuera así trataríamos a nuestra esposa cuando nos lleva la contraria o cuando peca contra nosotros de esa manera. No, no tenemos ese permiso. Eso fue Cristo, eso fue Dios, porque Cristo era Dios. Entonces no podemos equipararnos con eso.

Esta sabiduría no viene de lo alto. De hecho, en la traducción Nueva Versión Internacional, y también en inglés, esa palabra "sabiduría" del versículo 15 aparece entre comillas: "esta sabiduría", si es que puede llamarse sabiduría. Esta manera de proceder, esta manera de actuar, no viene de Dios, por más que crean que viene de Dios. A veces son arrogantes pensando que sí, que están defendiendo su punto, pero no viene de Dios; sino que es terrenal, natural y diabólica. ¿De dónde viene entonces, si no viene de Dios? Es diabólica, viene del diablo. Y la caracteriza con estas tres palabras: terrenal, natural y diabólica. Vamos a analizar un poco lo que esas tres palabras significan, porque no están ahí por casualidad.

Lo primero es que una sabiduría entre comillas que es natural solamente considera este plano; no considera la voluntad de Dios en lo que está sucediendo. Tengo un problema, tengo una discusión, y yo no considero lo que Dios está haciendo detrás de esa situación. Tomo decisiones solamente considerando qué es lo que más me conviene, qué es lo más rentable, qué es lo más apropiado humanamente hablando. No veo lo que Dios puede estar haciendo en la situación, sino que veo todo en un plano totalmente natural.

Así vive mucha gente, hermanos. Mucha gente vive tomando decisiones diariamente sin considerar qué dice Dios acerca de eso que quieren hacer, cuál es la opinión de Dios, cuál es la voluntad de Dios, cuál es la sabiduría de Dios para ese caso en particular. Y no culpo al que no es creyente por vivir de esa manera. Pero sí creo que cuando nosotros somos creyentes, nos llamamos cristianos y decimos que somos hijos de Dios, y actuamos de una manera totalmente natural ante el problema —lo primero que hacemos es desmoronarnos antes que preguntar: "Señor, ¿qué estás haciendo? ¿Dónde estás?"— eso es no ver la vida de manera natural solamente. Hay un Dios por encima de lo natural que puede estar haciendo algo que a mí en principio no lo veo, pero que está ahí y está presente. Dios obviamente se ha comprometido con nosotros a hacer de nosotros personas que reflejemos la imagen de Jesús, y ¿te has dado cuenta de una cosa? La única manera de hacer eso en un corazón humano es produciendo circunstancias, produciendo situaciones en la vida que me van a desafiar, y ese desafío, ese cuestionamiento y ese dolor me van a cambiar. Es la única manera. Pero cuando yo vivo mi vida según un plano natural de la sabiduría, solamente veo lo que hay, lo que se ve, y no pregunto: "Dios, ¿dónde estás y qué estás haciendo?"

Me acabo de dar cuenta de que brinqué la palabra "terrenal" y expliqué "natural". Lo que expliqué corresponde a la natural. La terrenal es precisamente considerar lo que este mundo nos dice. Una sabiduría terrenal, de la tierra, del mundo —en el original es literalmente el mundo— nos dice qué hacer y cómo actuar. Famosos refranes dirigen nuestras vidas muchas veces. Por ejemplo, terminamos una relación sentimental, a veces incluso matrimonial, hubo un divorcio, y viene un amigo o una amiga y dice: "No te preocupes, con clavo saca otro clavo." Sabiduría terrenal. Muchos refranes tenemos. A veces muchas chicas o muchachos ven que pasan los años y no hay nada en perspectiva.

el horizonte para ellos. Y viene otro sabio y nos dice: "Julana, camarón que se duerme se lo lleva la corriente; tienes que venderte." Entonces comienza con una terminología como si fuéramos una lata de Coca-Cola: "Tienes que presentarte bien, tienes que venderte, tienes que promoverte; lo que no se promueve no se vende." Sabiduría terrenal. Manejamos nuestra vida según criterios puramente terrenales. Tratamos a los empleados de una manera: "No, tú le das el dedo y te coge el brazo a los empleados; hay que tratarlos de lejitos, no te involucres en su vida, no te involucres con sus problemas, no profundices, porque te va a salir lo que no esperas." ¿Cierto? Sabiduría terrenal.

Y eso yo lo llevo al plano del matrimonio. ¿Cuántas veces hemos oído? A mí me han dicho: "A la mujer no se le da tanta explicación, no se le detiene con tanta explicación." Yo estoy poniendo solamente ejemplos. Eso es sabiduría terrenal para dirigir nuestro matrimonio, a nuestros hijos, nuestros negocios, todo lo demás. La sabiduría terrenal nos va a dejar ahí, en la tierra; ahí nos va a dejar. Lo natural, como ya les expliqué, es solamente considerar lo que me conviene, lo que me satisface, lo que me es más cómodo; lo natural es lo que satisface mi carne.

Pero dice entonces que es diabólica. Obviamente es diabólica, no necesariamente porque haya una posesión. Recuerden que en el versículo 3, en el mensaje de la semana pasada, decíamos que la lengua es inflamada por el infierno. Yo decía también que Santiago no se refería a una posesión de nuestra lengua, una posesión demoníaca como tal, sino que se refería a que cuando la lengua es un instrumento de destrucción está respondiendo a los intereses satánicos. De la misma manera, cuando mi sabiduría no considera a Dios, no toma en cuenta la sabiduría de Dios, no va adonde Dios y le pregunta: "¿Qué quieres? ¿Qué estás haciendo? ¿Para dónde me llevas?", es una sabiduría diabólica, porque hay dos fuentes de sabiduría, por así decirlo: una divina y otra diabólica.

Y por eso dice que es diabólica. Pero fíjense también algo interesante: Santiago presenta esto como una especie de progresión que va de mal en peor. Natural: solamente tú como foco. Terrenal: aquí, lo de abajo. Y diabólica: Satanás es la fuente. Hay una progresión en estas características de la sabiduría terrenal, de la sabiduría que no viene de lo alto.

Esa es la sabiduría que nos está describiendo el versículo 16. La conclusión, entonces: ¿cuál es el resultado en tu vida cuando te dejas llevar por esa sabiduría? "Porque donde hay celos y ambición personal, allí hay confusión y toda cosa mala." Déjate llevar de eso y ya sabes lo que va a resultar: confusión y toda cosa mala. La palabra "confusión" significa literalmente desorden, anarquía, ingobernabilidad. Te van a perder el respeto, te van a perder la consideración, se va a formar un caos en tu familia, en tu iglesia, cuando tú quieres manejar tu vida con celos amargos, con ambición personal, haciendo que las cosas salgan a tu manera, haciendo que tu punto de vista siempre prevalezca, sin importar cómo el otro se sienta, sin importar lo que el otro piense.

El resultado de eso es confusión, desorden, anarquía, ingobernabilidad, rebelión en algunos casos. Maneja tu casa así para que tengas hijos rebeldes. Maneja la iglesia así para que tengas gente rebelde que no se somete a tu liderazgo, que no se somete a tu dirección, que no se somete a lo que tú sugieres o pides. "Y toda cosa mala" es un término amplio que describe todo lo que ustedes puedan pensar que es malo al vivir en un lugar como ese. Ese es el resultado de manejar mi vida con una sabiduría que es terrenal, que solamente responde a los criterios mundanos; que es natural, que solamente responde a lo que yo quiero; y que es diabólica, que viene de Satanás.

Y ahora, en el versículo 17, usando todo esto como telón de fondo, como contraste: "Pero la sabiduría de lo alto..." Este "pero" es extraordinario ahí, porque contrapone todo lo que hemos dicho de la sabiduría terrenal, natural y diabólica, con lo que él va a explicar ahora. Podríamos incluso cerrar el texto ahí de una manera y decir: "Pero la sabiduría de lo alto no es así, ni actúa así, ni resulta así; eso no es lo que la sabiduría de lo alto busca, ni espera, ni produce."

Y el texto explica: "Pero la sabiduría de lo alto es primeramente pura, después pacífica, amable, condescendiente, llena de misericordia y de buenos frutos, sin vacilación y sin hipocresía." ¡Qué extraordinaria descripción de cómo se ve la sabiduría que viene de lo alto! Pudiéramos decir, como yo decía al principio, que el título de este mensaje es: "¿Qué te dirige?" Si la sabiduría de lo alto es lo que te dirige, versus la sabiduría terrenal que te dirige, los resultados de tu vida van a ser totalmente diferentes.

Si la sabiduría terrenal te dirige, tu vida va a estar plagada de conflicto, de tensión, de desorden, de insubordinación, de división, de celos amargos, de "déjala pa' mi lao', quítate tú, pa' ponerme yo", todo ese tipo de cosas. Si tú te dejas dirigir por lo que el mundo dice, por lo que tú quieres y por lo que Satanás, digamos, últimamente quiere, ese es el resultado. Pero si tú te dejas dirigir por la sabiduría de lo alto, que es primeramente pura, ¿cuáles serían las características de tu vida? Pacífica, amable, condescendiente, llena de misericordia, de buenos frutos, sin vacilación y sin hipocresía. Así tú vas a actuar si te dejas dirigir por la sabiduría de lo alto. Y yo diría: así tú debes actuar.

Porque constantemente en la Palabra —y es increíble la Palabra—, constantemente nos llama a hacer cosas que se nos dice que ya nos han sido dadas. ¿A qué me refiero? Si tú vas a Gálatas 5:22-23, donde se describen los frutos del Espíritu, Pablo dice: "Y el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, mansedumbre, humildad y dominio propio." Eso lo que dice Pablo, que ese es el fruto del Espíritu Santo. Y la palabra "fruto" significa que ese es el resultado de tú tener una relación con el Espíritu Santo; es decir, eso no es algo que tú produces, es algo que el Espíritu produce en ti. ¿A ti qué te toca hacer? Ponerte a su disposición. Tú te pones a su disposición, tú dices: "Sí, Señor, haz en mí lo que Tú quieras", y el resultado es amor, gozo, paz, paciencia.

Pero ciertamente, aunque la Biblia nos dice que esas son cosas que se reciben, por otro lado también hay otros pasajes que dicen que esas son cosas que debemos procurar. "Ama a tu prójimo como a ti mismo." El amor no es solo un fruto del Espíritu; también es un deber del cristiano. Y hay esa tensión: hay algo que Dios hace, que Dios ha hecho, y algo que te toca a ti. Si tú procuras el amor intencionalmente en tu vida, ya sabes una cosa: va a resultar amor. Y ese amor que resulte no es por tu esfuerzo solamente; es por la obra de Dios en ti. De esa misma manera, esta sabiduría: cuando tú vives según la sabiduría de lo alto, estas son cosas que tú recibes, pero también son cosas que tú debes procurar. Y es importante que veamos esa tensión entre la responsabilidad humana y la responsabilidad de Dios.

Y la primera descripción dice: "Primeramente, la sabiduría de lo alto", la que viene de Dios. Esto de "lo alto", otras traducciones dicen "del cielo"; es una manera muy judía de hablar con respecto a Dios. Los judíos no pronunciaban el nombre de Dios. Si hubiésemos escrito eso hoy en día, diríamos: "La sabiduría que viene de Dios." Mateo, que es un judío que le escribe a judíos, no dice "el reino de Dios"; dice "el reino de los cielos", porque no mencionaba el nombre de Dios. En este caso, Santiago está diciendo "la sabiduría del cielo"; en otras palabras, la sabiduría de Dios, la que viene de Dios, cuya fuente es Dios.

"Primeramente, pura." La palabra "primeramente" significa que esta es la gran característica fundamental: es pura. No tiene ese interés personal, no tiene ese celo amargo de que las cosas se hagan a mi manera, a mi forma, como yo digo, como yo quiero. No, no tiene eso. Es pura. Tiene las mejores intenciones, tiene el mejor propósito, es noble con la gente. Entonces dice: después de eso, ¿cómo se ve? Después es pacífica. Es decir, la pureza es la gran característica. Ahora, ¿cómo se ve esa pureza? ¿Cómo la podemos conocer y observar? Bueno, siendo pacífica, amable y condescendiente.

Esas tres primeras características son importantes porque se entiende que Santiago literalmente dividió esto en tres grupos. Estas tres primeras características —pacífica, amable y condescendiente— tienen que ver con la actitud del sabio. El sabio no es el que está siempre discutiendo, queriendo imponer su punto. El sabio es la persona amable, pacífica, condescendiente; es un amante de la paz, busca conciliar, busca pacificar las partes, busca reconciliar, armar puentes. Condescendiente, pacífica y amable quiere decir todo eso: "Yo estoy dispuesto a ceder; yo estoy en la mejor actitud, siempre, de ceder de mi espacio, de ceder de mi derecho, de ceder de mi posición, mi turno. Yo estoy constantemente buscando esa conciliación con el otro." Esa es mi actitud ante la vida.

Me gustó mucho la traducción en el original de la palabra "condescendiente", que es la tercera característica que tenemos ahí, porque significa una persona fácil de persuadir. Fácil de persuadir: que cuando una persona tiene un punto contrario, yo tengo la capacidad para ver lo que el otro me quiere decir, y si hay algo que yo tengo que cambiar, yo con facilidad lo cambio. Ya entendí: "Mira, gracias por decirme eso, gracias por explicármelo de esa manera."

A veces con nuestras esposas nos sucede mucho, con nuestros hogares nos sucede mucho, que ella tiene un parecer y yo tengo otro, y nos trabamos. Yo no soy fácil de persuadir y actúo no de una manera condescendiente, sino de una manera contenciosa. Y el orgullo entonces hace que no cedamos ahí: "No, porque yo no…", y comenzamos a hablarnos dañinamente. "No, porque yo no le voy a dar esa satisfacción, ese gusto. Tú verás. Ahora va a ver que vamos a pasar dos o tres días hablando de esto." Pero puede ser todo eso lo que yo me estoy auto-convenciendo de que no debo ceder con tanta facilidad. Pero el sabio es pacífico, busca la paz.

Esa amable, gentil, tierno, condescendiente, dispuesto a ser persuadido. Se cuenta la historia —o Martín Lutero cuenta una historia real— donde él anda por el campo y ve dos cabras que se juntan a la entrada de un puente. Bueno, no se hablaron, pero obviamente como que se ven y como que se dan cuenta. Increíble la inteligencia que Dios le otorga a los animales. Ellos se dan cuenta, las cabras se dan cuenta de que no pueden pasar por el puente porque es muy estrecho; no pueden pasar las dos juntas.

Y dice Martín Lutero que lo observó: las dos cabras, como si estuvieran hablando, hicieron algo así: una se acostó y vino la otra y le pasó por encima; pasó la primera, luego la segunda se paró y pasó. Y dice Lutero lo siguiente: "Después de un breve intercambio, una de ellas se echó al suelo y dejó que la otra pasase por encima, y así no se hicieron daño." La lección es sencilla: conténtate si tu persona es pisoteada por causa de la paz —tu persona, digo, no tu conciencia—. La lección es que yo debo estar dispuesto a que me pasen por encima cada vez que sea en aras de la paz, siempre y cuando, obviamente, mi conciencia esté clara cuando estoy haciendo eso.

¡Qué buen ejemplo de la naturaleza de esta persona condescendiente, pacífica y amable! ¡Qué buen ejemplo para nosotros! El sabio no solamente es el que se maneja con esa actitud de condescendencia, de paz, de conciliación, permanentemente tratando de conciliar, de resolver. Es una actitud vital, hermanos. Eso fue lo que Cristo vino a ser aquí a la tierra: a reconciliar a Dios con el hombre, o al hombre con Dios, más bien. Pablo nos dice más adelante en Primera de Corintios que nosotros hemos sido hechos ministros de la reconciliación, que somos ministros que reconcilian a Dios con el hombre constantemente. Pero eso tiene una aplicación horizontal también: estar constantemente tratando de reconciliar al otro conmigo, a los otros con los otros, y que haya paz y condescendencia entre nosotros.

La cuarta y la quinta característica —perdón, la cuarta y la quinta— tienen que ver no solamente con mi actitud, sino con mis acciones. La sabiduría de lo alto está llena de frutos, nos dice el texto: llena de misericordia y de buenos frutos. El que es sabio tiene frutos, frutos de misericordia; muestra que es un individuo sensible a la necesidad ajena. Esto es importante para Santiago. Nosotros sabemos del capítulo 1, versículos 26 y 27, donde Santiago dice que el que no refrena su lengua, la religión del tal es vana; y que la religión pura e inmaculada es esta: visitar a las viudas y a los huérfanos, que son los grupos más vulnerables. Para Santiago, una persona sabia es una persona que está tratando de llenar necesidades, de servir, de ser útil para el otro: no solamente necesidades económicas, sino necesidades emocionales, a veces necesidades de estímulo, a veces necesidades de corrección, a veces necesidades de instrucción que se requieran en un momento dado.

Yo recuerdo en una ocasión —y esto no es un ejemplo para que se haga siempre, porque yo no lo he hecho siempre— pero en una ocasión yo estaba en una farmacia. El muchacho que sirve en la farmacia estaba hablando con una clienta, y otra empleada también estaba ahí hablando. Yo estoy ahí pidiendo mi medicamento y ellos están hablando de relaciones sentimentales, de novios y novias. Y dice una muchacha: "Yo no entiendo por qué, si yo tengo un novio, no puedo tener también un buen amigo con el que yo me desahogue y con quien también yo hable." Entonces comenzaron a hablar de infidelidades y ese tipo de cosas. Y yo oyendo ahí, yo estoy pidiendo mi medicamento, y dice el muchacho: "Eso no es nada, eso no es nada; tú puedes hacer eso en la relación, eso no es nada, porque, total, si tú te sientes bien, si tú te sientes feliz, está bien."

Yo no pude aguantar. Me salió un celo, no amargo, sino un celo —no, no, no—, y yo les dije: "Señores, por eso es que estamos como estamos. El principio de tener una relación con una persona implica un compromiso de fidelidad. Si tú no quieres estar con esa persona sola, entonces no estés; pero no digas que tú tienes el derecho de estar con dos, con tres, con cuatro, con cinco, porque si tú llevas ese principio de deslealtad a todos los planos —sentimentales, empresariales o de iglesia—, es un desorden. Nadie le es leal a nadie; simplemente, si yo me siento bien, vamos a hacerlo." Y el muchacho me miró desde el otro lado del mostrador y dijo: "Eso es... eso es... eso es." Yo sentí que yo serví a esas tres personas ahí. No lo he hecho siempre, mano; lo pongo como ejemplo porque fue algo que me pasó. Pero el que está lleno de frutos de misericordia y de buenas obras está sirviendo, viendo qué puede hacer, qué puede aportar, qué puede llenar, cómo puede servir, cómo es útil aquí y allá. Ese es la persona sabia.

Y concluyen entonces diciéndonos que la persona sabia no es solamente pacífica, amable, condescendiente, llena de misericordia y de buenos frutos, sino que también es sin vacilación y sin hipocresía. La palabra traducida como "sin vacilación" tiene que ver con favoritismo. La persona sabia no es una persona que actúa por favoritismo, que hace las cosas porque este le cae mejor que aquel, porque este tiene mejor posición que aquel, porque este es más educado, porque este es más bonito. Es una persona que hace las buenas obras de misericordia indiscriminadamente; las hace a todos, comenzando por los suyos. Digo comenzando por los suyos porque muchas veces nuestras buenas obras nos caracterizan en nuestra relación con los demás, pero cuando vamos a la casa, nuestra esposa y nuestros hijos no pueden decir que yo soy un hombre lleno de misericordia o de buenas obras. Y eso les choca. Alguien dijo: "Si el cristianismo no funciona en el hogar, no lo saques de ahí, que no sirve." Es decir, si no funciona en tu casa, si tu esposa y tus hijos no se dan cuenta de que tú eres realmente así, no digas que lo eres fuera, porque no sirve.

Entonces es sin parcialidad, sin favoritismo, y sin hipocresía. Él dice lo que es; la gente sabe lo que es. No está aparentando una cosa que no es, aparentando ser bueno, cuando por dentro tiene una doble intención, cuando quiere que la gente piense que es bueno. Cuando él hace la obra de misericordia, la obra de bondad, el servicio a la persona, no hay vacilación; hace las buenas obras indiscriminadamente. Y también es un individuo sin hipocresía: no está aparentando algo que él no es. Y cuando se da cuenta en algún momento de que fue hipócrita, le pide perdón a Dios y posiblemente también a la persona con la cual fue hipócrita.

Entonces el resultado de esta vida, hermanos, versículo 18: "Y la semilla cuyo fruto es la justicia se siembra en paz por aquellos que hacen la paz." Fíjense que en la sabiduría terrenal él comenzó describiéndola —los amargos celos, la ambición personal— y describió su resultado: confusión y toda cosa mala. Aquí, de la misma manera, él comienza describiendo la sabiduría divina: es pura, pacífica, amable, condescendiente, llena de frutos. ¿Y en qué resulta? Así como la otra resulta en confusión y toda cosa mala, ¿en qué resulta esta? "Y la semilla cuyo fruto es la justicia se siembra en paz por aquellos que hacen la paz."

Ese versículo tiene mucha controversia alrededor, pero yo simplemente voy a decir que primero: este es el resultado de la sabiduría que viene de lo alto. Dos palabras resaltan inmediatamente: paz y justicia, rectitud. Una vida que responde a la sabiduría de lo alto, que va donde Dios y le dice: "Señor, yo no tengo sabiduría para vivir mi vida; yo estoy actuando más como un terrenal, un natural, un diabólico, que como uno que te pertenece. Yo quiero que Tú me la des." Y cuando Dios da esa sabiduría, sucede que la persona encuentra paz a su alrededor y comienza a vivir una vida de justicia, de rectitud. Yo creo que ese es el resultado de la sabiduría verdadera. La sabiduría verdadera no solamente se ve en la manera como yo vivo —amable, condescendiente, lleno de misericordia—; se ve también, y se nota, en qué resulta a tu alrededor: resulta paz, resulta rectitud, resulta justicia. Y eso es un resultado que todos queremos.

Y Santiago nos dice en el capítulo 1, versículo 5: "Pero si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría, pídala a Dios, el cual da a todos abundantemente y sin reproche, y le será dada." Ojalá Dios nos dirija. Ojalá yo decida dirigir mi vida por la sabiduría de lo alto, dándome cuenta de que la sabiduría terrenal con la que quizás he estado manejando mi vida es una sabiduría que me conduce al desorden y a toda cosa mala, que no produce la gloria de Dios ni la satisfacción mía ni de los que están a mi alrededor.

Integridad y Sabiduría es una producción que llega hasta ustedes gracias a los aportes de individuos y empresas comprometidos con la defensa de la fe. Para más información, preguntas y comentarios, visite nuestra página de internet: www.integridadysabiduria.org. En esta página encontrará información sobre la producción de este y otros recursos que ponemos a su disposición, como también las formas en las que usted puede contribuir con la producción de programas como estos. Les invitamos nuevamente a visitar nuestra página de internet: www.integridadysabiduria.org. Será hasta la próxima, cuando nos reencontremos con integridad y sabiduría.

Héctor Salcedo

Héctor Salcedo

Héctor Salcedo es economista de profesión y pastor de corazón. Posee una maestría en Estudios Bíblicos del Moody Bible Institute de Chicago y estudios de posgrado en Macroeconomía Aplicada. Es pastor de la Iglesia Bautista Internacional desde 2004, donde supervisa áreas administrativas y financieras, además de predicar regularmente. Está casado con Chárbela El Hage y tienen dos hijos, Elías y Daniel.