Los conflictos que destruyen relaciones, dividen familias e iglesias, no vienen de afuera sino de adentro. Santiago hace una pregunta incómoda a su audiencia: ¿de dónde vienen las guerras y pleitos entre ustedes? Y la respuesta no apunta al otro, sino al propio corazón. Vienen de las pasiones internas, de deseos frustrados, de querer cosas que no se tienen o de envidiar lo que otros poseen. Cuando alguien pregunta cuál es el problema en un conflicto, la respuesta casi siempre señala al otro: él me ofendió, ella no me respeta, él no me considera. Pero Santiago invierte el diagnóstico: el problema está en quien responde.
La codicia y la envidia producen una disposición a herir, calumniar y dividir con tal de satisfacer deseos personales. Pero hay algo más profundo: quien actúa así tiene un problema espiritual. Santiago llama a su audiencia "almas adúlteras" porque están idolatrando su prestigio, su comodidad o su orgullo por encima de Dios. Están actuando como el mundo actúa, usando los mismos mecanismos para obtener lo que quieren.
El remedio no está en técnicas de comunicación sino en arrepentimiento genuino. Humillarse ante Dios, someterse a Él, limpiar las manos y purificar el corazón. Cuando la vida está marcada por conflictos constantes, el problema no son las circunstancias ni las personas difíciles. El problema es la idolatría del corazón que privilegia lo propio sobre lo que Dios manda y el prójimo necesita.
Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.
Vamos a continuar el libro de Santiago en el día de hoy. Algunos que han estado esperando estos mensajes, es paradójico, porque a veces me dicen: "Yo sé que tú nos estás dando duro con Santiago, pero ¿cuándo va a predicar?" Entonces somos como masoquistas. Pero es un libro que nos ha ministrado de manera especial, es un libro altamente práctico y que no deja muchas veces lugar a que nos equivoquemos con lo que está queriendo plantear.
Hoy vamos a iniciar el capítulo 4. Dentro de un momento vamos a leer los primeros versos, pero antes de ir a la lectura del texto, yo quisiera introducir un poco el tema que Santiago nos trae en este día. Yo creo que si hay una realidad humana que es común a todos, es que nosotros vivimos en un mundo lleno de conflictos. Lleno de conflictos, diferencias entre personas de diferentes tipos, ya sean conflictos dentro de la familia, conflictos fuera de la familia, en el trabajo, en los centros de estudios, conflictos ciudadanos, conflictos entre naciones, conflictos en las iglesias. O sea, la realidad humana está plagada alrededor de nosotros de conflictos, de problemas, de guerras, de retaliaciones, de ofensas, de discusiones.
Muchas de esas cosas pudiéramos clasificarlas en conflictos que son normales, que son típicos o esperados en una realidad donde todos nosotros somos diferentes. Yo no puedo pensar igual a cada uno de ustedes. Si nos ponemos de acuerdo en pintar esa pared, seguramente yo voy a venir con una sugerencia y usted va a venir con otra sugerencia. Diferencias de opinión no son necesariamente conflictos, son sencillamente cosas donde tú opinas de una manera, yo opino de otra, y tendríamos que ponernos de acuerdo.
¿Dónde surge el tipo de conflicto que Santiago va a tratar en el texto de hoy? Es que haya diferencia de opinión que no solamente se queda en diferencia de opinión, sino que produce una reacción negativa, adversa hacia el otro por esa diferencia. Vamos a pintar esa pared, tú la quieres amarilla, yo la quiero roja. Ok, vamos a ponernos de acuerdo, vamos a orar, ahí no hay conflicto. La diferencia de opinión sencillamente se va a resolver más adelante. Pero cuando yo digo: "No, porque es que el amarillo es más cálido, es más amigable", y el otro dice: "No, pero el rojo es más juvenil, y somos una iglesia llena de jóvenes". Y entonces el que dice amarillo dice: "Bueno, porque tú siempre quieres darle la cosa a los jóvenes". Y el otro dice: "No, porque tú siempre quieres la cosa cálida, yo no entiendo para dónde vamos, y tú no entiendes mis puntos de vista, tú eres muy cerrado, tú eres muy orgulloso".
Una situación que debió ser algo fácilmente resuelto se convierte en algo que produce en nuestros corazones emociones adversas hacia el otro: ofensas, deseos de retaliar, deseos de vengarme, a veces críticas. Y nos vamos a la casa. Tú sabes lo que es eso: "Yo le planteé a Fulano que pintáramos la pared de amarillo y él salió con que el rojo. Yo no entiendo, siempre tiene esas cosas en la cabeza, me voy a orar, yo no entiendo, Fulano es raro". Y entonces estas diferencias de opinión se transforman en un conflicto que destruye, que ofende, que nos hace criticar y nos hace tener sentimientos negativos hacia la otra persona.
Esa es una realidad humana, y yo creo que ninguno de nosotros está exento de esa realidad. Dondequiera que nos desenvolvamos, dondequiera que haya gente, va a haber problemas. En el jardín del Edén, cuando había cuatro personas, dos padres y dos hermanos, uno mató al otro. Caín mató a Abel por envidia del avance espiritual de Abel. Él sintió cómo Abel había avanzado espiritualmente en el favor de Dios, y Caín sintió envidia de esa relación de Abel con Dios, y lo mató. Y eso comenzó y dio inicio a toda una historia de conflictos humanos, no solamente en el seno de una familia, sino a todos los niveles. Y ese es el tema central del libro de Santiago en el día de hoy.
Nosotros hemos venido viendo una serie de sermones, y el último sermón que tenía que ver con el capítulo 3, del 12 al 18 de Santiago, terminaba con el siguiente versículo. Mi último sermón terminó con el siguiente versículo, Santiago 3:18: "Y la semilla cuyo fruto es la justicia se siembra en paz por aquellos que hacen la paz". Santiago concluyó esos cuatro o cinco versículos sobre un sermón de dos tipos de sabiduría: una sabiduría humana o terrenal, y una sabiduría divina que viene de lo alto. Y la sabiduría humana y terrenal siempre produce problemas y pleitos y contiendas, y la sabiduría que viene de lo alto siempre produce paz y entendimiento y comprensión y amor. Y así termina él ese capítulo 3: "Y la semilla cuyo fruto es la justicia se siembra en paz por aquellos que hacen la paz".
Y ahí entra el capítulo 4, porque esa no era la realidad de ellos. La realidad de esta comunidad no era una realidad de una comunidad que estaba en paz, sembrando paz, cosechando justicia. No, no, no. Y él comienza el versículo 1 todo lo contrario, hablando de pleitos y guerras entre ellos.
Entonces, yo quisiera que viéramos en el día de hoy, en estos primeros 10 versos del capítulo 4, tres aspectos que Santiago nos da para nosotros combatir el conflicto. En este caso, ellos estaban en el seno de una iglesia, pero yo creo que los principios son aplicables para cualquier tipo de conflicto que nosotros tengamos en nuestra vida.
Leamos los primeros tres versos, donde vamos a ver ese primer aspecto del combate con el conflicto. Fíjense que el título es como paradójico, y es que el título del sermón es "Combatiendo el conflicto". Porque el combate es un conflicto, pero no queremos conflicto, ¿verdad? Entonces, el único conflicto serio que deberíamos tener es contra el conflicto dañino y pecaminoso. Entonces lo he titulado así precisamente para producir una paradoja.
Y vamos a ver un primer aspecto, que es: para yo poder combatir el conflicto, yo necesito conocer su origen, de dónde viene y de dónde proviene. Versículo 1: "¿De dónde vienen las guerras y los conflictos entre vosotros? ¿No vienen de vuestras pasiones que combaten en vuestros miembros? Codiciáis y no tenéis, por eso cometéis homicidios. Sois envidiosos y no podéis obtener, por eso combatís y hacéis guerra. No tenéis porque no pedís. Pedís y no recibís, porque pedís con malos propósitos, para gastarlo en vuestros placeres".
En estos primeros versos, Santiago nos dice: si ustedes van a querer resolver el conflicto que hay entre ustedes —y hay muchos elementos en la misma carta de Santiago que nos indican que esta gente tenía problemas, tenía problemas entre ellos, tenía problemas relacionales, tenía problemas de tolerancia, de amor y de entendimiento entre ellos— la primera cosa que deben hacer es entender que el conflicto no viene de afuera, viene de adentro.
"¿De dónde vienen las guerras y los conflictos entre vosotros?" Estas palabras "guerras" y "conflictos", o "guerras y conflictos entre vosotros", muchas veces se usaban y aún se usan para los conflictos bélicos, las guerras literales entre países y entre poblaciones. Pero Santiago entendemos que está refiriéndose aquí a guerras y conflictos personales que se están dando dentro de la iglesia. Y la razón por la que lo decimos así es que todo este texto termina en el versículo 11. Fíjense lo que dice el versículo 11 de ese mismo capítulo: "Hermanos, no habléis mal los unos de los otros. El que habla mal de un hermano o juzga a su hermano, habla mal de la ley y juzga la ley". Había un pleito entre ellos.
Y ya en el capítulo 3:1-12 había todo un discurso de la lengua y del mal uso del discurso y de la lengua, y de cómo con la lengua destruimos. Como un fuego que enciende un gran fuego forestal, así la lengua es un fuego que destruye relaciones y destruye personas. Por lo tanto, el tipo de conflicto del cual Santiago está hablando es el conflicto personal, que me lleva a hablar mal del otro, a hablar por la espalda del otro, a chismear del otro, a calumniar al otro, a ofender al otro, a desplegar mi ira contra el otro. Ese es el tipo de conflicto que Santiago tiene en vista aquí.
Él le hace una pregunta, aunque él sabe la respuesta: "¿De dónde vienen las guerras y los conflictos entre vosotros?" Pregunta interesante. Porque si nosotros hacemos esa pregunta aquí, imagínense, nos pasa mucho a nosotros en consejería. Recibimos una pareja en consejería, una pareja de esposos que tienen un problema, un conflicto, una dificultad, una diferencia. Y los sentamos frente a nosotros y decimos: "Ok, esposa, cuéntame, ¿cuál es el problema?" "Bueno, fíjese, pastor, lo que pasa es que él..." "Ok, un momento. Esposo, ¿cuál es el problema?" "Pastor, lo que pasa es que ella..." Eso es matemático, eso siempre es así.
Todos los conflictos humanos, cuando tú le preguntas a las personas que están en medio del conflicto cuál es el problema, siempre —yo no voy a decir en el 100% de los casos, pero en el 99.99% de los casos, como Clorox— eso es así. El problema es el otro. Él reaccionó mal, él me habló mal, él me ofendió, él no me tuvo en cuenta, él no me consideró, él me habla así, él no me busca, él no me atiende, él no me responde, ella no me respeta, ella no quiere... Y los hijos lo dicen de los padres, los padres de los hijos, los esposos de las esposas, los empleados de los jefes, los jefes de los empleados. Es así. Normalmente, cuando nos hacen la pregunta "¿de dónde vienen los conflictos entre vosotros?", respondemos: "Del otro, o de las circunstancias que yo estoy enfrentando".
Santiago no se queda ahí. Santiago le hace una segunda pregunta, que es una pregunta que tiene la respuesta dentro, en el mismo versículo 1, y dice: "¿No vienen de vuestras pasiones que combaten en vuestros miembros?" ¿No son ustedes mismos que con sus pasiones internas, con sus deseos internos, tienen problemas con los demás, y esos deseos internos los conducen a tener conflictos y problemas con los otros?
Fíjense que la pregunta contiene la respuesta: no vienen de vuestras pasiones. Muchos podrán decir: "Sí, sí, sí, pero fíjate, pero también..." y le queremos agregar. Pero Santiago siempre es muy agudo en cuanto al diagnóstico de nuestro corazón. Él hizo exactamente lo mismo en el capítulo uno. Si pueden ir conmigo al capítulo uno, al versículo 13, cuando le está hablando del pecado, él le dice a su audiencia que nadie diga cuando es tentado: "Soy tentado por Dios", porque Dios no puede ser tentado por el mal y él mismo no tienta a nadie, sino que cada uno es tentado cuando es llevado y seducido por su propia pasión.
Santiago, cuando está tratando de diagnosticar los problemas humanos, los problemas internos y los problemas con los demás, es muy agudo y dice: no busque el problema en el otro. Cuando tú pecas, no lo busques en Dios, porque cuando tú pecas es porque tú has sido seducido por tu propia pasión. En el conflicto, no busques el problema en el otro, no busques el problema en la circunstancia, porque tú entras en conflicto cuando tú estás tratando de satisfacer pasiones humanas que están ahí presentes, y muchas de ellas pecaminosas.
De hecho, la palabra que usa para esas pasiones, "no vienen de vuestras pasiones que combaten en vuestros miembros", es hedoné, de donde nosotros obtenemos la palabra hedonismo, que siempre tiene una connotación pecaminosa. Ese es el deseo, cuando yo estoy en medio de una discusión, de salirme con la mía, de que mi punto prevalezca, de no dar mi brazo a torcer, o de satisfacer un deseo que yo quiero a costa del otro, a costa de la comodidad del otro, del prestigio del otro, de la reputación del otro. Yo quiero quedar bien, y eso es lo que me lleva muchas veces. Esa pasión por satisfacerme a mí es lo que me lleva entonces a tener un problema con el otro.
Yo no estoy hablando, como les dije al principio, hermanos, de conflictos que son normales, diferencias de opinión. Yo estoy hablando de aquella diferencia que produce en mí una tentación a agredir al otro de cualquier manera: agredirlo verbalmente, agredirlo emocionalmente, agredirlo físicamente, o de otra manera, o hablar mal de él, o lo que sea. Ese tipo de conflicto es al que me estoy refiriendo. Y para Santiago, el conflicto principal no está con el otro, sino que está en nosotros, en nuestras pasiones que combaten en nuestros miembros internos. Primera de Pedro nos dice que estas pasiones combaten contra nuestra alma. La naturaleza humana pecadora está constantemente tratando de sitiar nuestra alma redimida, el alma que quiere agradar a Dios. Y esos deseos pecaminosos, esos deseos perversos, muchas veces están tratando de sitiar esa alma que ha sido redimida por el Señor.
Y luego de decir de dónde vienen, ahora viene a explicarlo en el versículo 2. En el versículo 2 él dice: "Codiciáis y no tenéis, por eso cometéis homicidios. Sois envidiosos y no podéis obtener, por eso combatís y hacéis guerra. No tenéis porque no pedís. Pedís y no recibís". Y ahí él continúa hablando de las razones por las que esta gente tenía conflictos. Él dice: es de vuestras pasiones, pero déjame decirte cómo funciona eso. Ustedes codician y no tienen, son envidiosos y no obtienen. El conflicto viene del deseo frustrado, cuando ustedes quieren cosas que no pueden tener, pero las quieren.
La codicia es eso. La codicia es querer algo que el otro tiene. En este contexto, ¿qué era lo que ellos estaban codiciando? ¿Qué era lo que ellos estaban queriendo? Bueno, muchos entienden, y yo estoy de acuerdo con eso, que se trataba de personas dentro de la iglesia que querían posiciones de liderazgo, posiciones de renombre, de prestigio. En esa época, ser pastor o ser líder de una iglesia era una posición de mucha nobleza, de mucho prestigio, de mucho reconocimiento, y muchos de ellos querían eso. Lo sabemos porque el capítulo tres, versículo uno nos dice: "Hermanos míos, no os hagáis maestros muchos de vosotros, sabiendo que recibiremos un juicio más severo". Y ahí continúa una sección, toda una sección hasta el final del capítulo cuatro.
O sea que muchos de ellos, posiblemente, querían el prestigio, querían la posición. Pero ¿qué pasa? Que estaban actuando en ese deseo de querer la posición, de querer ser pastor, que es algo bueno, es algo noble. Pablo nos dice que querer ser líder de la iglesia es algo noble. Pero lo estaban haciendo a través de mecanismos pecaminosos: criticando a los otros, hiriendo las reputaciones, dañando las reputaciones, calumniando a otros y demás. Es el tipo de manera como ellos querían lograr lo que querían lograr. Ellos codiciaron esas posiciones, pero no tenían, y por eso cometéis homicidio.
Obviamente no se refiere al homicidio físico. Yo creo que si hubiese tratado de un homicidio físico, Santiago hubiese hablado un poco más del homicidio ahí. Él menciona la palabra homicidio simplemente, yo creo que va en línea con el Sermón del Monte, donde Jesús dice que cuando yo me aíro contra un hermano violentamente, me aíro interiormente, yo estoy cometiendo homicidio. Cuando le ofendo verbalmente, cuando ofendo la imagen de Dios que está impresa en él verbalmente, yo estoy cometiendo homicidio. Es la semilla del homicidio: la ira descontrolada. Entonces yo codicié, yo quiero lo que él tiene, pero no lo tengo, y en esa frustración yo estoy dispuesto a hablar contra él, a criticarlo, a calumniarlo y a tener un conflicto. Por eso que codicié y no tengo.
Pero no solamente codicié, yo envidio también. La codicia y la envidia no son la misma cosa. Yo codicié lo que el otro tiene, yo quiero lo que el otro tiene. La envidia es un sentimiento negativo de la prosperidad del otro, de que al otro le vaya bien, de que al otro le salgan las cosas como a mí no me salen. Esa envidia es lo que muchas veces me lleva a airarme porque al otro le fue bien, a molestarme, a levantar una barrera contra el otro porque sencillamente a él le está yendo mejor que a mí, y yo no quiero esa prosperidad de él a menos que yo tenga la misma o más prosperidad.
Muchos entienden que en este verso lo que estaba pasando era que esta gente estaba envidiando las posiciones, y en esa envidia de las posiciones de liderazgo las estaban codiciando, y estaban dispuestos a cometer homicidio y hacer guerra por esas posiciones. Es el diagnóstico de Santiago. ¿De dónde vienen los conflictos entre vosotros? Vienen de sus corazones, vienen de las pasiones que combaten dentro de ustedes, porque ustedes quieren cosas que no pueden tener, o no las quieren en el tiempo que deben tenerlas, o no las quieren de la manera que las deben tener. Ustedes quieren cosas que no pueden tener, y envidian a los otros. Y en esa envidia y esa codicia se ofenden, se hieren, dividen y fracturan la familia de la iglesia.
Y eso pasa, es la realidad que sucede en nuestros conflictos con los demás. Esto está hablando de una iglesia, posiblemente, muy probablemente se refiera a conflictos dentro de la iglesia. En el caso de nosotros también hacemos lo mismo. A veces nosotros no tenemos en la casa la tranquilidad que queremos porque llegamos y la esposa nos compartió un problema y el hijo se comienza a molestar, y yo sencillamente, ¿qué hago? Yo despliego contra ellos: "¡Déjenme tranquilo! ¡Ustedes no saben de dónde yo vengo! ¡Yo tenía un día muy difícil!". Yo ofendo, yo hiero al otro porque yo quiero mi comodidad. Mi pasión por la comodidad me hace airarme contra el otro, y me hace herir al otro y ofender al otro.
Y a veces aquí hacen algo en la iglesia que esa no es la manera como yo entiendo que se deben hacer las cosas, y yo me aíro contra el pastor, me molesto contra él. Fíjense que yo no estoy diciendo que ustedes tienen que estar de acuerdo con el cien por ciento de las cosas que se hacen. Pero cuando ya viene un sentimiento negativo mío hacia el otro, ese es el problema. Y aquí no están haciendo las cosas como yo deseara, como yo quisiera, como yo entiendo, y yo comienzo a criticar al pastor, a criticar a los líderes, a criticar al grupo de parejas, porque sencillamente las cosas no se acomodan a mi manera de pensar. Y mi pasión interna es mi orgullo, que yo creo que las cosas tienen que hacerse como yo quiero, como yo decido, y no damos nuestro brazo a torcer. No damos nuestro brazo a torcer.
Entonces, ¿de dónde vienen los conflictos entre vosotros? Vienen de vuestras pasiones que combaten en vuestros miembros, que quieren que las cosas salgan como ustedes quieren o como nosotros queremos, y de ahí es que vienen. Y si yo voy a lidiar con el conflicto seriamente en mi vida, yo tengo que reconocer dónde está la raíz del conflicto, y es en mí.
Hay veces que yo tengo un conflicto con una persona difícil, ofensivo, que nos ha dividido, y luego de que yo entiendo estas cosas, yo voy donde esa persona y trato de restablecer y reconciliar esa relación, y sucede que esa persona no quiere. Eso es posible, porque él también tiene pasiones en su interior que lo hacen tener conflictos. Pero si yo hice mi parte, y ya yo no tengo nada contra esa persona, y yo cierro mi boca contra todo chisme, contra toda calumnia, contra todo deseo de venganza que yo quiero tener contra esa persona, hermano, yo delante de Dios he resuelto eso, y yo lo dejo ahí.
Pero muchas veces el conflicto continúa porque yo no quiero ceder, porque el otro fue el que me ofendió, porque el otro tiene que doblegarse, porque el otro es el otro. Es inicuo, y no me doy cuenta que soy yo, es mi orgullo. Que yo quiero que el otro se doble y ver humillado al otro para yo poder darle mi perdón o concederle mi reconciliación.
De ahí viene el conflicto, de nuestras pasiones que combaten en nuestros miembros. Y el problema es que esta gente quería estas cosas. Fíjense lo que dice la última parte del versículo 2: "No tenéis porque no pedís". Ustedes quieren posiciones de liderazgo en la iglesia. ¿Saben quién es el Señor de la Iglesia? Es Dios. ¿Por qué ustedes no se lo piden a Dios? Había algunos de ellos que esos deseos, esos deseos de liderazgo y de prestigio, a dónde no los llevaban, no los llevaban al trono de Dios. No tenían una relación con Dios. Dios no era el refugio en medio de este deseo. No, no, no, ustedes no tienen porque no piden.
Dios podría concederles eso, pero el problema es no solamente que no lo piden, como nos pasa a muchos de nosotros, que nuestros deseos y nuestros apetitos no vamos donde Dios y se los presentamos ante Dios. Y de aquellos que son pecaminosos, a arrepentirnos, y de aquellos que son buenos, a Dios que nos indique y que nos los conceda. Sino que había otro problema: ellos a veces no pedían, pero a veces entonces pedían mal. Versículo 3: "Pedís y no recibís, porque pedís con malos propósitos, para gastarlo en vuestros placeres". Querían posiciones de liderazgo, pero ¿para qué? Para darse coba a sí mismos, para sentirse bien, para sentirse cómodos, para sentirse reconocidos, para que la gente los aplaudiera, para que la gente les llenara sus corazones.
Y eso exactamente pasa con nosotros. Nosotros muchas veces nos vamos delante de Dios a pedir las cosas que estamos deseando en el corazón, y cuando vamos, vamos pero para el otro lado. No le decimos: "Señor, en este problema que tenemos con este hermano, con esta hermana, con mi pareja, con mi hijo, con mi empleado, con mi jefe, Señor, indícame si yo estoy mal". No, no, no, no. Nuestras oraciones siempre son imprecatorias: "Señor, doblega su orgullo. Señor, doblégalo, hazle ver su falta, Señor". Yo estoy en el conflicto. Mi oración es que mi deseo sea satisfecho, de que él sea humillado. Entonces vamos y pedimos mal para satisfacer nuestros deseos. Y qué pasa, Dios en esos casos no lo concede. ¿Por qué? Porque lo queremos para gastar en nuestras pasiones.
Entonces, la primera forma de yo abordar el conflicto, combatir el conflicto en mi vida, sería entender que en todos los conflictos que se presenten en mi vida, el primero que yo tengo que ver es a mí mismo. Y ver de qué manera yo he contribuido o yo le he echado leña a ese fuego para que se haya vuelto la hoguera que está, para que se haya iniciado en primer lugar.
Primera forma de combatir el conflicto, el primer aspecto del combate en el conflicto es saber de dónde viene. El segundo aspecto del combate en el conflicto es saber qué implicación espiritual tiene el que yo reaccione así en medio del conflicto. ¿Cuáles son las implicaciones espirituales que esto tiene para yo poder llegar al fondo de este asunto?
Leamos los versículos 4 y 5: "¡Oh, almas adúlteras! ¿No sabéis que la amistad del mundo es enemistad hacia Dios? Por tanto, el que quiere ser amigo del mundo se constituye en enemigo de Dios. ¿O pensáis que la Escritura dice en vano: Él celosamente anhela el espíritu que ha hecho morar en nosotros?"
Santiago va más profundo, más allá. El conflicto, tu problema y tu tentación a herir al otro, ofender al otro, destruir una relación, mantener rencor contra otro, esa tirantez es tu problema en el corazón. Pero déjame decirte algo: no es solamente un problema relacional que tú tienes, tú tienes un problema espiritual. "¡Oh, almas adúlteras! ¿No sabéis que la amistad con el mundo es enemistad contra Dios?" Tu problema en medio de esto no es tanto tu temperamento, sino que tú tienes que ver a Dios. Es tu día frente a Dios. Y por eso es que usa el término "oh, almas adúlteras", que era un término del Antiguo Testamento siempre usado. Israel fue acusado constantemente de ser una nación adúltera espiritualmente hablando. Siempre Dios lo usó cuando Israel se iba en pos de otros dioses y comenzaba a idolatrar otros dioses y a venerar otras deidades.
Y ahora, la clímax de esa expresión "adúltero" o adulterio espiritual es en el libro de Oseas, cuando Dios le pide al profeta Oseas que se case con una prostituta, que es Gomer. ¿Con qué propósito? Para que el pueblo se diera cuenta que Dios los iba a amar a pesar de que ellos eran infieles y eran adúlteros espiritualmente. Dios hacía muchas veces eso en el Antiguo Testamento. Ponía a su profeta a ilustrar en su vida lo que Dios quería decirle al pueblo.
Dios, a través de Isaías, por ejemplo, quería comunicarle al pueblo que ellos iban a ser juzgados y avergonzados. ¿Y tú sabes lo que hizo Isaías? Que tuvo que predicar desnudo por varios años. ¿Qué era lo que el profeta estaba tratando de ilustrar con su propia vida? O Dios a través del profeta: ustedes serán avergonzados de la misma manera que mi profeta ha sido avergonzado.
Oseas, cásate con una prostituta. Oseas 3:1, miren lo que dice: "Y el Señor me dijo: Ve otra vez, ama a una mujer amada por otro y adúltera, así como el Señor ama a los hijos de Israel, a pesar de que ellos se vuelven a otros dioses". Ve, cásate con una prostituta, que yo le quiero ilustrar a Israel que, aunque ellos son adúlteros, yo soy fiel. Y eso fue lo que Dios ilustró al pueblo.
En este caso, "oh, almas adúlteras", ¿saben de verdad lo que Dios está diciendo en este texto de Santiago? Cuando yo estoy dispuesto a romper una relación, a ofender a una persona, a herir un carácter, a calumniar contra otro, a chismear de otro, a retaliar contra otro, a dividir una familia, a dividir una iglesia, a dividir un trabajo por salirme con la mía, yo soy un idólatra. Yo estoy idolatrando mi posición, mi prestigio, mi orgullo, mi imagen, más que a Dios. Y yo, mi problema entonces no es relacional, es espiritual. Y un problema espiritual no se resuelve en un cuarto de terapia, se resuelve en arrepentimiento delante de Dios.
Y por esa razón entonces él le dice: "¿No sabéis que la amistad con el mundo es enemistad contra Dios?" Claro, ustedes están actuando como el mundo actúa. Ustedes están usando en sus relaciones dentro de la iglesia los mismos principios seculares que usa el mundo. Como el mundo actúa, el mundo cuando quiere una posición de prestigio, cuando quiere una posición de liderazgo, ¿ustedes saben lo que hace? Perdón, déjenme decirles: le echa el palo al otro. Y él sube y escala hablando mal, o llevándose el crédito de otra persona para él subir. Así no es que ustedes actúan, o no deberían actuar. Si ustedes tanto actúan como el mundo más que como Dios quiere, están siendo más amigos del mundo que amigos de Dios. La forma de actuar, en este caso, la forma de usar al otro para sus propósitos y para satisfacer sus placeres, los está haciendo más amigos del mundo que amigos de Dios.
Versículo 5: "¿O pensáis que la Escritura dice en vano: Él celosamente anhela el espíritu que ha hecho morar en nosotros?" ¿Qué es lo que Santiago está diciendo? Ahí es uno de los versículos más controversiales de toda la Palabra, de todo el Nuevo Testamento. Entiendo que la idea detrás de ese verso es: ustedes son almas adúlteras que han estado cometiendo adulterio espiritual contra Dios, siendo amigos del mundo más que amigos de Dios. Pero Dios quiere su completa devoción. Él anhela, Él anhela celosamente el espíritu que ha hecho morar en nosotros.
Si eso se refiere al Espíritu Santo o al espíritu humano que Dios puso en nosotros, no importa tanto. Lo que Dios está diciendo es: Dios anhela tu total y completa devoción. Si tú vas a tener un Dios, debe ser el Dios verdadero. El adulterio espiritual debe ser dejado atrás. Si para ti tu prestigio es más importante que lo que Dios dice, déjalo atrás, deja de ser un idólatra. Porque Dios anhela celosamente el espíritu que ha hecho morar en ti. Él te quiere para sí y no para ninguna otra cosa. Te quiere postrado ante Él y no ante ningún otro dios por ahí, llámese como se llame.
Y esa es la segunda, el segundo aspecto que yo tengo que considerar a la hora de combatir el conflicto. Primero, yo tengo que saber de dónde viene: viene de mi corazón. Pero segundo, no es un problema relacional, yo tengo un problema espiritual. Y de la idolatría espiritual donde yo estoy hiriendo y ofendiendo y destruyendo al otro porque yo quiero salirme con la mía, hay un problema espiritual.
Entonces, ¿qué hacemos ante un problema espiritual como este? ¿Cuál es el remedio divino, que sería el tercer aspecto que Santiago nos recomienda para lidiar con el conflicto, combatir el conflicto? Están los versos del 6 al 10: "Pero Él da mayor gracia. Por eso dice: Dios resiste a los soberbios, pero da gracia a los humildes. Por tanto, someteos a Dios. Resistid, pues, al diablo, y huirá de vosotros. Acercaos a Dios, y Él se acercará a vosotros. Limpiad vuestras manos, pecadores, y vosotros de doble ánimo, purificad vuestros corazones. Afligíos, lamentad y llorad. Que vuestras risas se tornen en llanto y vuestro gozo en tristeza. Humillaos en la presencia del Señor, y Él os exaltará".
¿Está tu vida caracterizada por el conflicto? ¿Está tu vida caracterizada por la división? ¿Está tu vida caracterizada por los pleitos? ¿Está tu vida caracterizada por ese tipo de cosas? Las recomendaciones de Santiago, la última recomendación. En primero dijimos: reconoce de dónde viene, de tu corazón. Segundo, reconoce que es un tema espiritual. Tercero, ven delante de Dios, acércate a él, humíllate delante de él.
Fíjense lo que dice el versículo 6: él da mayor gracia, él da gracia a los humildes. Delante de Dios nadie puede obtener nada si yo voy exigiendo y reclamando y pidiendo compulsivamente. Yo voy delante de Dios, él como Dios, yo como criatura, él como autosuficiente, yo como dependiente. Señor, estoy aquí, estoy aquí, haz lo que tú quieras. Pero yo estoy aquí rendido ante tu presencia. He pecado, perdóname. Te he ofendido, perdóname. He ofendido a otros, ayúdame a pedirles perdón. Pero yo vengo ante ti humillado. Él da gracia al humilde.
Increíblemente, después de Santiago darles duro a su audiencia, de decirles "amigos del mundo", de decirles "almas adúlteras", en el versículo 6 él dice: "Pero él da mayor gracia". ¿Tú quieres gracia? ¿Tú no sabes cómo comenzar? Bueno, acércate a Dios humildemente, sométete a él, acércate a él en búsqueda de su gracia y de su poder para tú poder hacer lo que tienes que hacer. Y de ahí hablamos, pero nada se puede resolver si no te acercas a Dios. Él da gracia a los humildes, pero resiste a los soberbios.
Y ese verso de resistir a los soberbios me llamó mucho la atención, porque Dios no habla de que él no le da gracia a los soberbios. No, no, porque eso sería como algo pasivo. No, el soberbio, Dios no le da gracia. No, no, Dios se opone al soberbio. O sea, él hace, al humilde él le da gracia; al soberbio, al orgulloso, al que no quiere dar su brazo a torcer, al que no quiere humillarse, al que no quiere doblegarse, Dios no solamente dice "no te voy a dar nada". No, no, no, no, yo te voy a dar oposición a ti, yo me voy a poner en frente de ti. Tú no vas a avanzar como tú quieres avanzar, tú no vas a lograr lo que tú quieres lograr, tú no vas a obtener lo que tú quieres obtener, porque tú me tienes de frente.
Sobre todo si somos hijos de Dios. Acuérdense que esto es una carta escrita a hijos de Dios, y yo me voy a poner en frente de ti. Eso es una carta escrita a hijos de Dios. Y si hay algo que Dios trabaja en nuestros corazones muy detalladamente y muy consistentemente, es el orgullo y la soberbia en el corazón cristiano. Eso es algo que Dios no tolera en lo absoluto, porque el orgullo es lo que nos dice que nosotros estamos por encima de Dios. El orgullo fue lo que hizo a Satanás pecar y de ahí todo lo demás se desató.
Y aquí en estos próximos versos que yo acabo de leer hay seis instrucciones que no tienen un orden específico. Todas están bajo el concepto de acércate a Dios, sométete a Dios, todas están bajo ese concepto.
Veamos el versículo 7, que es la primera instrucción. Hay dos instrucciones en una, por así decirlo: "Por tanto, someteos a Dios; resistid al diablo, y huirá de vosotros". Eso es una moneda con dos caras. Tú te sometes a Dios, punto. Resistid, esa palabra pues de esta manera: tú resistes al diablo. La guerra espiritual no se combate yéndome de frente con el diablo. La guerra espiritual se combate sometiéndome a Dios. Y el resultado natural de una vida sometida a Dios es una resistencia al diablo y el huir de ti. Increíble, así es que opera. Así es que opera.
Yo me someto a Dios, ¿cómo? Yo me someto a su Palabra, yo me someto a su autoridad, yo me someto a su señorío en mi vida. Yo le digo: Señor, yo soy el siervo, tú eres el Señor. Yo hago lo que tú digas que yo haga. Yo actúo como tú digas que yo actúe. Yo quiero lo que tú quieras que yo quiera. Y así vivimos sometidos a él.
El versículo 8, segunda instrucción: "Acercaos a Dios, y él se acercará a vosotros". ¿Cómo me acerco a Dios? Está ahí mismo ese verso. Fíjense que cada verso tiene como dos caras: "Limpiad vuestras manos, pecadores; y vosotros de doble ánimo, purificad vuestros corazones".
El acercarme a Dios, esta figura de acercarme a Dios, tiene el telón de fondo de la experiencia judía cuando se acercaba al templo. Cuando yo me acerco al templo, ¿qué hacía el sacerdote? ¿Qué hacía la gente? La gente tenía que lavarse las ropas, el sacerdote tenía que lavarse las manos, simbolizando la limpieza interior. Aquí Dios dice: acérquense a mí. ¿Cómo yo me acerco a Dios? Tú te acercas limpiando tus manos, tus acciones, lo que tú haces, la manera como tú actúas, como tú vives, tú te las limpias. Pero limpia también las motivaciones: "Vosotros de doble ánimo, purificad vuestros corazones".
La purificación que Dios quiere de nuestras vidas no es solamente externa, es interna, es interna. No se queda con yo hacer lo bueno, se queda con yo desearlo bueno, con yo querer lo que Dios quiere y con yo odiar lo que Dios odia. Y tú sabes una cosa, eso no lo hago yo, eso lo hace Dios cuando yo me arrepiento.
Y por eso que el próximo verso dice: "Afligíos, y lamentad, y llorad. Vuestra risa se convierta en llanto, y vuestro gozo en tristeza". ¿Cómo me purifico interiormente? Tú te arrepientes. Tú vas delante de Dios. Fíjense, acuérdense que todo esto tiene el contexto del conflicto. Apliquémoslo ahí por lo pronto para poder aplicarlo más extensamente.
Señor, tengo este problema con esta persona. Señor, mírame a mí y dime qué yo he hecho, de qué manera yo he contribuido con esto. Yo te pido perdón si yo he sido orgulloso, si yo he sido apasionado con mis posiciones, si yo nada más quiero hablar para mi lado, si yo he sido rencilloso, si yo he sido amargado. Perdóname, Señor, yo quiero que tú me des lo que yo no tengo para yo poder cambiar esta realidad con esta persona. Tú, en el contexto de yo me arrepiento.
Y fíjense, la segunda parte, obviamente la primera parte del versículo 9, "afligíos, y lamentad, y llorad", obviamente eso uno lo lee, uno sabe que está hablando de arrepentimiento. Pero la segunda parte: "Que vuestra risa se convierta en llanto y vuestro gozo en tristeza", a lo mejor cause un poquito de confusión. ¿Qué dice Santiago esto? Como que vuestra risa se torne en llanto. ¿No se supone que cuando Cristo viene a nuestra vida el cambio nuestra tristeza en danza, dice la Palabra? Sí, pero en este contexto de pecado mi risa tiene que tornar en llanto.
¿Y qué es lo que implica eso? Que muchas veces nosotros, en nuestro pecado, ciegos a nuestro pecado, nosotros estamos muy bien. Nosotros estamos muy quitados de bulla pensando que estamos bien y que el otro está mal. Cuando Dios ve correctamente dice: no, tú estás mal. Entonces tu risa y tu superficialidad y tu frivolidad pensando que tú estás bien y que tú no tienes que hacer nada, no, no, no, que tu risa se transforme en llanto. Ojalá, es lo que está diciendo, ojalá tú comiences a ver tu pecado como yo lo veo. Si tú lo comienzas a ver como yo lo veo, tu risa se va a tornar en llanto y tu gozo en tristeza. Y no es una tristeza aflictiva y morbosa, sino una tristeza que cambia el corazón en arrepentimiento. Esa es el tipo de tristeza del cual Santiago habla aquí.
Y por último, entonces, el versículo 10: "Humillaos en la presencia del Señor", es como el resumen. Humíllense delante de la presencia del Señor en arrepentimiento, en aceptación de que necesitamos su gracia, necesitamos su limpieza, necesitamos su poder, necesitamos reconocer en dónde estamos mal. Y cuando yo me arrepiento de mis idolatrías, de mis pasiones desenfrenadas, de mi mí mismo, de ese ser que el otro me satisfaga, y yo me arrepiento de todo eso, yo entonces podría tener relaciones sanas que funcionen y que sean de edificación para los otros.
Pues Santiago es muy agudo, muy agudo en su análisis del conflicto. El conflicto humano, si nosotros lo buscamos en los libros seculares, en los libros de terapia, en los libros de psicología secular, es un problema de comunicación. "No, te falta comunicación". Sí, hay problemas de comunicación en todo conflicto humano, pero eso no es la fuente del problema ni el origen del problema. Esa es una manifestación. Hay mala comunicación en todo conflicto, pero es una manifestación de un problema más de fondo, algo del corazón. Y no solamente del corazón y que necesitamos aprender a relacionarnos. No, no, no. Es un problema espiritual de idolatrías, donde tú estás privilegiando más lo que tú quieres, lo que tú deseas, que lo que el otro necesita y lo que a Dios le complace.
O sea, arrepiéntete de toda idolatría. Arrepiéntete de buscar tu bienestar siempre, quedar parado siempre, quedar bien siempre, que todo se haga como tú quieres. Arrepiéntete de eso, sométete a Dios, y tú verás cómo tus relaciones van a fluir. Ojalá sea eso lo que Dios haga en nosotros. Ojalá sea eso lo que Dios haga en nosotros.
Porque estas cosas, hermanos, estas idolatrías en el corazón afectan la iglesia, afectan tu familia, afectan tu trabajo, afectan todas tus relaciones. Y cuando tu vida está caracterizada por espinas por aquí y espinas por allí, conflictos por aquí, conflictos por allí, ojo, el problema no son las espinas, el problema eres tú. Que estás constantemente idolatrando cosas que no deberías idolatrar y poniéndolas en lugares que no deberían estar.
Héctor Salcedo es economista de profesión y pastor de corazón. Posee una maestría en Estudios Bíblicos del Moody Bible Institute de Chicago y estudios de posgrado en Macroeconomía Aplicada. Es pastor de la Iglesia Bautista Internacional desde 2004, donde supervisa áreas administrativas y financieras, además de predicar regularmente. Está casado con Chárbela El Hage y tienen dos hijos, Elías y Daniel.