Integridad y Sabiduria
Sermones

Prohibido difamar

Héctor Salcedo 18 diciembre, 2011

La difamación y la calumnia destruyen relaciones, y lo hacen de maneras tan sutiles que muchas veces no nos damos cuenta de que estamos participando en ellas. Compartir información sin confirmar, emitir juicios prematuros tras escuchar una sola versión de los hechos, o simplemente comentar sobre alguien con personas que nada tienen que ver con el asunto: todo esto constituye formas de hablar mal del prójimo que Santiago prohíbe tajantemente en su carta.

El pastor Héctor Salcedo ilustra esto con una experiencia personal: durante sus días de seminario, leyó en un periódico universitario noticias alarmantes sobre grupos de estudiantes que buscaban la santidad mediante prácticas ascéticas extremas. Su corazón se llenó de preocupación y comenzó a cuestionar si debía permanecer allí, hasta que descubrió que todo era una broma del día de los inocentes. Una información distorsionada casi lo lleva a tomar decisiones equivocadas.

Santiago 4:11-12 establece el mandato claramente: no hablar mal los unos de los otros ni juzgar al hermano. La palabra griega que se usa, "katalaleo", sugiere un hablar vacío, sin fundamento, a espaldas de la persona. Quien hace esto no solo daña al hermano comprado con la sangre de Cristo, sino que pisotea la ley del amor —amar al prójimo como a uno mismo— y usurpa el lugar de Dios como único juez legítimo de las motivaciones del corazón.

Esto no significa que no podamos señalar el pecado o confrontar en amor, pero debe hacerse con humildad, basándose en hechos confirmados, juzgando acciones y no intenciones. Si excluyéramos de nuestras conversaciones todo lo que decimos de los demás, quizá descubriríamos que nos quedamos sin mucho que hablar.

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

Antes de leer el texto, quiero reflexionar un poco acerca de algunas palabras introductorias de este pasaje. En una ocasión estaba ojeando un periódico universitario y veo varias informaciones que me producen preocupación. En la parte frontal leo un artículo donde veo un grupo que se está formando en el seminario, de jóvenes que quieren alcanzar la santidad mutilándose el cuerpo. Dentro del seminario ellos habían propuesto salir de noche, de madrugada, descalzos, a las nieves, y hacer otras prácticas típicas de monjes, con lo cual ellos entendían que estaban logrando la santidad.

Sigo ojeando el periódico y hay otras noticias del seminario que me inquietan. Había un café muy usado por nosotros los estudiantes que anuncian su cierre esa semana, y va a cerrar en vista de que no había recursos económicos para mantenerlo. Una noticia tras otra me chocaba, y le pregunté a mi esposa: "¿Tú sabes algo? Este no es el seminario al que yo vine. Esta gente buscando la santidad vía el ascetismo y la mutilación del cuerpo, ¿qué es esto?"

En la primera clase que tuve la oportunidad de ir, le pregunté al profesor: "Profesor, ¿qué está pasando? He visto en el periódico de la universidad que hay un grupo de estudiantes aquí que quiere buscar la santidad vía…" Y entonces yo, como no soy americano, no sabía, no me había enterado de que ese era el Día de los Inocentes. Fui engañado en mi buena fe. Una distorsión de la información produjo en mí toda una serie de emociones de preocupación, y de verdad yo estaba pensando: "¿Cómo voy a volver para acá? Este seminario está tomando un camino que a mí no me agrada."

Les menciono este evento, este suceso, porque fíjense cómo la distorsión de una información predispuso mi corazón hacia ese seminario y hacia lo que yo iba a hacer ahí. Una información errada y falsa me condujo a mí a tomar decisiones, o a pensar en tomar decisiones, en base a esa información. Y eso es precisamente hacia donde apunta el texto que tenemos frente a nosotros el día de hoy.

La difamación y la calumnia entre nosotros, el cómo yo manejo la información de la otra persona, cómo la publico, la comento, la comparto, a veces es una información incompleta que me llega. Supe algo de alguien, todavía no está confirmado que sea correcto, y ya lo estoy compartiendo con otras personas, lo cual se convertiría en una especie de difamación y calumnia. No tener yo la certeza de que esa información es correcta, a veces sencillamente comentamos informaciones por comentarlas y por hacer daño, maliciosamente, con la intención de dañar una reputación, dañar un testimonio. A veces nos dejamos llevar por el orgullo, por la envidia hacia ciertas personas, y compartimos información sobre ellas con personas que no tienen nada que ver con aquella persona, y afectamos la imagen, la reputación y el testimonio de esa persona.

Yo he titulado el sermón de hoy "Prohibido difamar" o "Prohibido calumniar". Y cuando lo vemos en esos términos de difamación y calumnia, quizá muchos de nosotros no se sienten ahí, no sienten que es un pecado en el cual nosotros incurrimos. Pero vamos a ver a lo largo del sermón que hay maneras muy sutiles de calumniar y difamar de las cuales quizá todos hemos sido participantes y no nos hemos percatado, no nos hemos dado cuenta.

De hecho, este es un tema tan importante que aun las leyes civiles de los países regulan lo que yo digo o no digo de una persona o de una institución. Hay leyes contra la difamación, la injuria y la calumnia. Alguien puede ser demandado porque dio una información incorrecta sobre otra persona; alguien puede ser demandado porque publicó algo incorrecto sobre una entidad o una institución. O sea, esto es algo serio: que yo tome el testimonio, la vida o la reputación de alguien o de una institución y diga cosas incorrectas, incompletas o no veraces, sencillamente por razones diversas, es muy, muy delicado.

No sé si tú te has sentido, o si nosotros no nos hemos sentido en algún momento, acusados falsamente por otra persona. Que otra persona saque una conclusión de mí que no es correcta, se llevó una mala impresión de lo que soy, dio una mala imagen en un momento dado y ya me juzgan por esa mala imagen que yo di en un evento, en una actividad, en algo que participé. Sentirse juzgado, sentirse calumniado es algo pesado; es algo que al corazón humano le duele, le afecta significativamente. A veces nuestra reputación ha sido dañada por otra persona, a veces intencionalmente. Nosotros tenemos una expresión en el mundo mexicano que dice "nos han seruchado el palo": han hablado en contra de nosotros para afectarnos. A veces dentro de las empresas se da que alguien dice algo incorrecto de mí o de nosotros; a veces se da que alguien se roba el crédito de mi trabajo, y así somos afectados y dañados en nuestra imagen y nuestra reputación.

Yo me pregunto si en algún momento hemos comentado nosotros con otros información de personas que no nos tocaba comentar y compartir. Si hemos sido chismosos al tomar la información de esta persona y compartirla con esta otra que no tiene nada que ver con el problema o con la cuestión. Si en algún momento hemos compartido información prematuramente: a veces hay un problema entre dos personas, viene una parte, oímos una campana, y ya nosotros nos hacemos una imagen terminada de lo que es el problema, damos un veredicto y juzgamos a la que no ha hablado porque ya oímos una sola campana. Todas esas son maneras de difamar, calumniar o también de juzgar prematuramente.

Todo eso es lo que aborda el texto que vamos a compartir el día de hoy. Y hay una razón por la que Santiago pone esto aquí precisamente en su carta. Yo voy a leer el texto y luego explicar por qué Santiago lo coloca ahí, precisamente en ese lugar. Leamos Santiago 4:11-12.

"Hermanos, no habléis mal los unos de los otros. El que habla mal de un hermano o juzga a su hermano, habla mal de la ley y juzga a la ley. Pero si tú juzgas a la ley, no eres cumplidor de la ley, sino juez de ella. Solo hay un dador de la ley y juez, que es poderoso para salvar y para destruir. ¿Pero tú quién eres, que juzgas a tu prójimo?"

En estos dos versículos hay un mandato de no hablar mal contra los hermanos y no juzgarles, y están las razones por las que no deberíamos hacer eso. Dentro de un momento vamos a profundizar en ello. Pero la razón por la que Santiago coloca eso ahí específicamente es porque aparentemente en esta iglesia había conflictos, había problemas, había discusiones, había divisiones. Eso lo sabemos del mismo capítulo 4: en el principio, en el versículo 1, dice: "¿De dónde vienen las guerras y los conflictos entre vosotros? ¿No vienen de vuestras pasiones que combaten en vuestros miembros?" Él está dándole a la iglesia una explicación de dónde vienen los problemas y los conflictos que posiblemente ellos estaban enfrentando.

Ya en el capítulo 3, un poco más atrás, él les había dado toda una charla sobre lo que es el poder de la lengua, y cómo la lengua y la manera de hablar puede ser incendiaria, puede ser literalmente como una chispa que enciende un gran bosque. Cómo la lengua mal usada puede dañar y destruir como lo hace un fuego en llamas. Incluso la llamó un órgano colocado entre nuestros miembros que es un mundo de iniquidad, hablando precisamente de que a través de la lengua nosotros podemos expresar prácticamente cualquier pecado que haya en nuestro corazón. Jesús habló de que de lo que abunda el corazón habla la boca. La boca puede expresar orgullo, puede expresar ira, puede expresar odio, puede expresar sensualidad; la boca puede ser despectiva hacia el otro, puede expresar favoritismo. De ahí que Santiago la llame un mundo de iniquidad, porque prácticamente cada pecado de nuestro corazón puede ser expresado y manifestado a través de nuestra forma de hablar, a través de lo que decimos.

Entonces Santiago viene analizando este tema del conflicto que, entendemos, comienza en el capítulo 3, cuando comienza a hablar del problema que genera una lengua descontrolada. Sigue en el capítulo 4 hablando de la teología del conflicto: de dónde vienen los conflictos, que vienen de dentro de uno mismo, que la gente discute porque tiene posiciones orgullosas dentro de sí y quiere imponerse al otro. Y de ahí que la gente tiene conflictos y problemas. Concluye entonces en esta sección con una especie de llamado a detener lo que estaba pasando entre ellos: "No hablen mal los unos de los otros."

La manera de hablar, la forma en la que me comunico o comunico algo sobre la otra persona, si es incorrecta, si es indebida, si es envidiosa, si es orgullosa, si es chismosa, daña, destruye, trae conflictos y trae problemas. Y eso es verdad no solamente en una iglesia; es verdad también en una familia, es verdad en un ambiente laboral, es verdad también en cualquier medio en que nosotros nos desenvolvamos. Si yo tengo por norma hablar detrás del otro, hablar mal del otro, hablar desinformadamente del otro, juzgar al otro sin antes conocer realmente su corazón, voy a tener problemas y conflictos diversos en la vida. Donde quiera que pase, tendré una estela de problemas producto de que no estoy usando sabiamente mi manera de hablar.

"No habléis mal los unos de los otros." Ese es el mandato, versículo 11, primera parte; dice eso literalmente. Los lingüistas dicen que el tiempo verbal continuo indica que lo que está diciendo es: "Dejen de hablar mal los unos de los otros, dejen esa práctica." Probablemente había algunos entre ellos que en ese momento estaban incurriendo en ese pecado, en esa práctica de hablar mal los unos de los otros.

otros, y lo extienden. La segunda parte, si se fijan, dice: el que habla mal de un hermano o juzga a su hermano. Lo extiende: no solamente condena y prohíbe el hablar mal, sino el juzgar a un hermano. Y obviamente tiene que ver con un juicio incorrecto que podemos hacer de una persona, como vamos a ver más adelante. Esto no es una prohibición a no juzgar lo que una persona hace o dice, pero sí hay ciertos tipos de juicios sobre otra persona que la Palabra nos prohíbe que hagamos, y lo vamos a ver en un momento. Pero el mandato es ese: no hablar mal los unos de los otros ni juzgar tampoco incorrectamente a un hermano.

La palabra que se usa en el griego para "hablar mal" es una combinación de dos palabras más pequeñas: por un lado, "laleo", y por otro lado, "kata". Es la suma de "katalaleó" la palabra que usa Santiago para decir no hablen mal. Y estudiando sobre esta palabra, yo mismo me sorprendí de algunas cosas, porque había algunos aspectos de la gramática que yo hacía tiempo que no veía. Nos dicen los lingüistas que esto es una palabra onomatopéyica. El que pueda explicarme lo que es onomatopéyico, pues yo se lo voy a agradecer. Pero onomatopéyico implica que la misma palabra, la misma forma de la palabra, indica parte de su significado. "Katalaleó" se oye como el hablar sin fundamento, el hablar con cabeza hueca, el hablar sin pensar; es parte de esto. "Kata" significa "bajo", y "laleo" significa hablar sin fundamento, sin pensar, sin meditar, sin investigar, y hablar prematuramente.

Cuando uno junta esas dos cosas, implica que yo hablo para denigrar a otra persona, que yo hablo para ofender a otra persona, que yo hablo por detrás de la persona, que yo hablo sin pensar de esa persona, que yo la juzgo prematuramente, que yo doy juicios sin haber investigado lo que realmente es esa persona; en fin, cualquier otro pecado en esa dirección. Y esa es la palabra que él usa en esta ocasión. Puede significar chisme también. La naturaleza del chisme es esa: yo comentar con otra persona asuntos que se supone son confidenciales de una tercera. Yo comento con Fulano algo de Zutano que no se supone que yo deba comentarlo, porque se supone que es confidencial. Pero el chisme tiene una especie de salsa; es como un caldito de pollo que todo el mundo sabe que no es saludable pero nadie lo puede dejar. Así es el chisme: nadie lo deja, pero sabemos todos que no es saludable para las relaciones, no es sano, es pecaminoso.

Este es el tipo de habla que Santiago nos prohíbe. "Katalaleó" implica hablar a espaldas de la persona de la cual estamos hablando, de información que es confidencial de esa persona, de juicios que yo estoy haciendo sobre esa persona que no son correctos porque no tengo toda la información; a veces afirmaciones que hago por envidia que le tengo, o por orgullo o resentimiento que le tengo, y trato de, a mi manera, deshagarme de destruir esa reputación o ese testimonio para que la gente se dé cuenta de que no está tan bien como parece. En fin, cualquiera que sea la motivación, algunas veces entramos en este hablar mal y no sabemos el daño que estamos haciendo, pero lo estamos haciendo. No sabemos qué tan profundo es ese perjuicio para el otro cuando lo estamos haciendo, porque es parte de la cultura, es parte de la naturaleza humana hablar de esta manera.

Santiago está prohibiendo eso: esa forma de hablar desinformada, enjuiciadora, crítica, envidiosa, detrás de la otra persona. Destruye las relaciones. ¿De dónde vienen las guerras y los conflictos entre vosotros? Vienen de vuestras pasiones que combaten en vuestros miembros. Pero la forma como se manifiestan es hablando mal los unos de los otros. Y esto es un problema significativo en la iglesia a la cual Santiago le escribe, y no tengo la menor duda de que es un problema significativo en toda agrupación humana: iglesia, familia, trabajo. Cuando nosotros no tenemos en cuenta el daño que hacemos con la forma como hablamos de los demás, la dimensión de este pecado, el peso de este pecado, no lo entendemos, a menos que vayamos a la Biblia y veamos qué tan importante es para Dios esta manera difamatoria, calumniadora y falsa de hablar sobre los demás.

No sé si ustedes sabían que uno de los significados de la palabra "diablo", que es "adversario", es "calumniador" o "difamador". En el huerto de Edén, la forma como Satanás tienta a Eva es difamando la reputación de Dios. Satanás viene donde Eva y le dice algo que Dios no dijo, comenzando ya a difamar lo que Dios dijo. Pero no se queda ahí: comienza a difamar el carácter de Dios y le dice que Dios le prohibió eso porque Él sabe que el día que del árbol comieran serían como Dios. Y puso entonces en la mente de Eva la idea de que Dios no es tan bueno como parece. La difamación es algo que comenzó en el huerto de Edén; comenzó con el primer pecado, con cómo Satanás trató de difamar y calumniar el carácter de Dios.

Me llamó la atención también ver en Job capítulo uno, el famoso libro de Job, el famoso personaje Job, que sabemos que pasó las mil y una, uno de los personajes más conocidos en cuanto a sufrimiento se refiere. Sabemos que hay un diálogo en el capítulo uno de Job entre Dios y Satanás, y Dios le dice a Satanás: "¿Has considerado a mi siervo Job, un hombre justo?" Y Dios se lo dice, y Satanás le responde: "Claro, Job te obedece y te es fiel porque tú lo tienes protegido." Es decir, Satanás juzgó que Job era un interesado; juzgó la intención del corazón de Job. Y sabemos por la conclusión del libro de Job que Satanás se equivocó: Satanás pensó que Job era un interesado, pero Dios demostró que Job era un hombre fiel. O sea, que si Satanás se equivoca con relación a la motivación de una persona, ¡cuánto más nosotros nos vamos a equivocar cuando hacemos afirmaciones sobre la motivación de otra persona! Cuánto cuidado debemos tener. Eso nos da una idea del peso de este pecado a los ojos de Dios.

Proverbios 6:16-19 también nos habla del peso de este pecado a los ojos de Dios. Dice: "Seis cosas hay que odia el Señor." Dios hace un resumen de las cosas que le son abominables, que le son odiosas, que le son pesadas a Él, y siete son abominación para Él. Dice: ojos soberbios, lengua mentirosa, manos que derraman sangre inocente, un corazón que maquina planes perversos, pies que corren rápidamente hacia el mal, un testigo falso que dice mentiras, y el que siembra discordia entre los hermanos. De los siete pecados que Dios abomina —esto no se trata de la lista de los pecados capitales, por cierto; simplemente es un resumen de las cosas que le son especialmente detestables a Dios—, hay tres que tienen que ver con la manera de hablar: una lengua mentirosa, un testigo falso que dice mentiras, y el que siembra discordia entre hermanos. De siete, tres son cosas que Dios detesta y tienen que ver con la boca.

Un testigo falso que dice mentiras es un difamador, es un calumniador, es una persona que dice algo de otro, de un tercero, que no se corresponde con la verdad. Y ahí muchos de nosotros hemos caído. Si no estamos en medio de un pecado de difamación, es muy fácil para nosotros comentar algo de otra persona que no es verdad, porque no hemos confirmado la información, porque tenemos una especie de calor en la boca para querer transmitir lo que ya oímos. Y tenemos expresiones que hemos creado: "¿Y tú te enteraste de lo último?" "¿Supiste la bomba?" Son cosas que no podemos quedarnos con ellas en la mano; la palabra de la calle es "la bomba", y no podemos quedarnos con ella porque tenemos que pasarla, a veces sin confirmar, a veces sin pensar lo que estamos diciendo y el daño que pudiéramos causar.

En esta ocasión, Santiago da la prohibición de no difamar, no calumniar, no hablar mal, no hablar por detrás, no hablar de manera envidiosa y resentida. Y no es casual que usa la palabra "hermano" en tres ocasiones en dos oraciones: "Hermanos, no habléis mal los unos de los otros. El que habla mal de un hermano o juzga a su hermano, habla mal de la ley y juzga la ley." Santiago quiere que entendamos que, sobre todo en esta carta que les está escribiendo a cristianos, a hermanos, el hablar mal de un hermano, de tu hermano, es algo significativo. No se trata de un enemigo, no se trata de un desconocido. Y más aún, como leímos o escuchamos en el sermón de la semana pasada, aún a los enemigos se nos llama a amarles. ¡Cuánto más a un hermano en la fe, parte de la familia de Dios, coheredero conmigo con Cristo!

Hechos 20:28 tiene un pasaje que yo creo que es apropiado traer ahora, porque Pablo en este momento en Hechos 20 se está despidiendo de una iglesia en la cual él ha ministrado, y manda llamar a los hermanos, a los líderes, y les dice lo siguiente en el versículo 28: "Tened cuidado de vosotros y de toda la grey en medio de la cual el Espíritu Santo os ha hecho obispos para pastorear la iglesia de Dios, la cual Él compró con su sangre." Líderes, tengan cuidado de cómo se manejan entre la grey de Dios, porque Él compró a esta gente con su sangre. Y vemos eso en el "hermano" de Santiago: es mi hermano, comprado con la sangre de Cristo. ¿No debería haber en mí una disposición a proteger su testimonio antes de destruir su testimonio, a investigar mejor antes de hablar, a conocer su corazón antes de juzgarlo como pesado, como frío, como olvidadizo, como lento, como lo que sea? ¿No debería haber en mí una disposición a cuidar al hermano? Claro que sí.

Y no creo que sea casual que Santiago habla de hermano, hermano, hermano. Es como tú protegerías a tu familia en la carne, a tu familia sanguínea. Esta familia que Dios te ha dado —se supone, a menos que tu familia sanguínea sea completamente cristiana también— esta familia va a ser más larga y más duradera que la familia de la carne.

Terrenal. Con esta nos vamos al cielo, pero esta fue comprada por la sangre de nuestro Señor. La sangre preciosa de nuestro Señor. No debería haber en nosotros un deseo, una intención de proteger la reputación, el testimonio de mi hermano, y no decir algo que pueda dañar su testimonio, a menos, a menos que sea algo ya conocido públicamente. Debería ser así, porque no solamente estoy protegiendo el testimonio del hermano en sí, estoy protegiendo el testimonio de Cristo, de la iglesia de Cristo. Y yo creo que es un punto muy, muy importante dentro de esta exhortación, dentro de este mandato que Santiago nos da.

Ahora, este mandato de no hablar mal y no juzgar incorrectamente a mi hermano, no juzgar a mi hermano, no es un impedimento para que yo no pueda juzgarlo. De hecho, mucha gente ha leído la parte final del versículo 12, que dice: "¿Quién eres tú que juzgas a tu prójimo?", y personas a las que tú les señalas una falta, a las que tú les señalas un mal caminar, a las que tú les señalas una falta de testimonio, un problema en su vida moral, dicen: "No, no me juzgues", y te citan Mateo 7, donde Jesús dice: "No juzguéis para que no seáis juzgados, porque de la misma manera que juzguéis, o con la misma medida se os medirá." Si os dirá ese versículo de Mateo 7, y este versículo de "¿quién eres tú que juzgas a tu prójimo?", no quiere decir que nosotros no podemos emitir ningún tipo de juicio contra lo que el otro está haciendo.

Nosotros sabemos eso porque Jesús no hubiese hablado de diversas cosas, y Pablo y Pedro no hubiesen hablado de la diversa responsabilidad que tenemos nosotros los creyentes de juzgar las acciones, las palabras, las conductas de la gente que está a nuestro alrededor. Jesús habla en por lo menos tres ocasiones, en muchos más, pero Mateo 7, Mateo 24 y Mateo 13 hablan de tener cuidado de los falsos maestros. Eso indica que hay una doctrina falsa y que yo juzgo que esa doctrina es falsa. Pablo en 1 Corintios 5 le dice a la iglesia que expulsen a esa persona que tiene una relación adúltera con su madrastra. De hecho, él dice: "Ya yo juzgué en mi espíritu; ustedes sáquenlo de la iglesia." Podemos juzgar doctrina según Jesús, podemos juzgar acciones según Pablo. Pedro viene más adelante y habla también del peligro de falsos maestros que quieren enriquecerse con el Evangelio; también podemos juzgar ministerios.

Entonces, todo esto nos da una idea de que el mandato de no juzgar de Mateo 7, y el "¿quién eres tú para juzgar?" de Santiago, no implica que yo no puedo emitir un juicio sobre una conducta, sobre una doctrina, sobre un ministerio. Pero lo tengo que hacer de manera cuidadosa. Y vamos a ver algunos principios de cómo podemos hacer eso. MacArthur dice en su comentario sobre esto: "Las palabras de Santiago de no hablar mal y no juzgar los unos a los otros no prohíben la denuncia del pecado como un propósito justo, sino la mentira como un propósito malicioso." Lo que se prohíbe aquí es el hablar por detrás, el hablar maliciosamente para dañar una reputación, dañar un testimonio, o vender a alguien. Eso no excluye que yo pueda juzgar una vida, juzgar a una persona que no está caminando según los parámetros de la Palabra de Dios.

Y yo quisiera dar rápidamente algunos principios que nos puedan ayudar a juzgar conductas, palabras y ministerios apropiadamente, como una manera de aplicar parte de lo que hemos visto. En primer lugar, si vamos a juzgar, y tenemos el permiso para hacerlo bíblicamente, lo tenemos que hacer con humildad. Gálatas 6, Pablo nos dice: "Si alguno es sorprendido en alguna falta, vosotros que sois espirituales, restauradle con espíritu de mansedumbre y humildad, no sea que vosotros también seáis tentados." Cuando tú vas a confrontar a alguien, cuando tú vas a decir algo de alguien, ve donde esa persona, pero hazlo con mansedumbre y humildad, sabiendo que tú mismo puedes estar en su posición. El que juzga la conducta del otro no se coloca como un superior espiritual para decirle: "Tú estás muy mal." Lo hace con un espíritu de amor, tratando de ganar su corazón, de producir arrepentimiento, y lo hace humildemente, sabiendo que yo mismo puedo caer en la misma falta que estoy señalando. Eso fue exactamente lo que Dios dijo: Mateo 7, hablando del juicio, dice: "¿Cómo osas tú, que tienes una viga en tu ojo, ir donde el otro a querer sacarle una paja?" Reconoce tu falta primero, saca tu viga, y después ves mejor. Lo que está diciendo es: trabaja primero contigo, con humildad, reconoce que tú tienes una falta también, y corrige al otro en amor. La humildad es lo primero que yo necesito para juzgar apropiadamente.

Número dos: yo debo juzgar no en base a suposiciones, comentarios o rumores, sino en base a hechos. Proverbios 18:13 nos dice literalmente que es un necio el que emite un veredicto sin haber oído o investigado bien el asunto. En 1 Timoteo 5:19, Pablo le dice a Timoteo: "No aceptes acusación contra ningún anciano, a no ser que vengan dos o tres testigos." Lo que nos está diciendo es: juzga en base a los hechos, no a lo que te digan, no a los rumores que haya por ahí. Lo más que un rumor te puede llevar es a preguntarle a la persona qué está pasando en su vida, pero no a juzgar a esa persona sin antes haber investigado, sin haber oído las dos campanas. Ya sea un problema familiar de pareja, ya sea un problema entre dos hermanos, hay que oír las dos campanas. En consejería, cuando tratamos de reconciliar una relación, siempre tenemos que oír las dos partes, las dos campanas. Y casi siempre, según ellos, ambos tienen la razón. Siempre, siempre hay que oír las dos campanas, investigar el asunto; a veces se requiere orar y esperar que Dios dé más información para yo poder proceder, no en base a suposiciones, sino en base a hechos.

Otro principio es que yo debo juzgar acciones y palabras, no motivaciones. Acciones y palabras, no motivaciones. Ya les comenté el caso de Satanás cuando juzga a Job, diciéndole que Job era un interesado, y se equivocó. En otra ocasión, Pablo en 1 Corintios 4:3 habla de esto y dice que literalmente quien los juzga es Dios, porque solamente Dios conoce las motivaciones de los corazones. ¿Cuántas veces nosotros nos ofendemos y nos herimos, no por lo que la gente nos dice o nos hace, sino por lo que nosotros pensamos que fueron sus motivaciones? Por ejemplo: no me invitaron a una actividad, a un cumpleaños de un amigo mío, y yo tengo el pensamiento de decirle a mi esposa: "¿Tú sabes por qué no me invitó Fulano? ¿Tú te acuerdas aquel día que yo no lo saludé? Eso fue porque yo ese día no lo saludé, y mira cómo me lo sacó aquí. No se podía quedar con eso." ¿Qué estoy juzgando? Algo que yo no puedo ver: una motivación escondida en el corazón.

¿Cuántas veces les pasa a esposos y esposas que el esposo se ofende con la esposa por algo que él entiende que ella debió saber, que ella lo sabe y no lo hizo porque no quiso? Es mi conclusión: "Es un pique con ella." Pero fíjense cómo se separa la relación, se rompe, se quebranta por algo que yo estoy suponiendo que ocurre dentro de ella. Ella no hizo eso porque no lo quiso, porque ella lo sabe, y quizás no lo sabe. Yo estoy juzgando una motivación, una intención del corazón. Eso solamente Dios lo conoce, no yo. Con compañeros de trabajo, ¿cuántas veces nos ocurre eso? Nos pasa por la mente: "Fulano hizo eso, el jefe hizo eso, por algo que yo sé que quiso, porque si él... yo estaba aquí... ¿por qué no me lo dijo?" Señores, nosotros hacemos unos enredos en la cabeza producto de estar juzgando motivaciones e intenciones de la gente.

Si a mí no me invitan a algún sitio, yo voy a suponer que se les olvidó, número uno, sin intención, o sea que no hubo malicia, o sencillamente quizás yo no soy parte de ese grupo. Si mi esposa no hace algo que yo esperaba que hiciera, yo se lo digo: "Mi amor, ¿tú sabes que a mí me hubiese gustado tal cosa?" Y quizás mi esposa me dice: "Ay, perdóname, yo no sabía que estabas esperando eso." ¿Se fijan cómo, por no juzgar motivaciones e intenciones y dejárselas a Dios, evitamos tantos conflictos?

Entonces, yo voy a juzgar, pero necesito humildad, necesito información certera, necesito juzgar acciones y palabras, no motivaciones e intenciones. Necesito juzgar asuntos bíblicos, no preferencias o gustos personales, porque mi juicio y mi afirmación de que esto es así o esto es asado debe tener algún fundamento bíblico, algún origen bíblico, alguna exhortación bíblica. Eso es sumamente importante.

Y ahí entonces llegamos a la primera parte de Santiago. Fíjense que hablamos del mandato, el mandato de no hablar mal de los demás y no juzgar a otros, y ya vimos cómo, si vamos a juzgar, hemos de hacerlo con todos estos principios en cuenta. Paso ahora a explicar cuáles son las razones por las que no se debe hablar mal de los hermanos, porque Santiago da dos razones de por qué esto no debe ser parte de la vida de un cristiano: el hablar mal, el hablar por detrás, el hablar difamatoriamente o calumniosamente de una persona. La primera razón está en el versículo 11, segunda parte: es porque pisoteo la ley de Dios. "El que habla mal de un hermano, o juzga a su hermano, habla mal de la ley y juzga la ley. Pero si tú juzgas la ley, no eres cumplidor de la ley, sino juez de ella."

Se entiende que la ley de la cual Santiago está hablando ya la ha mencionado anteriormente. En Santiago 2:8 dice lo siguiente: "Si en verdad cumplís la ley real, conforme a la Escritura: 'Amarás a tu prójimo como a ti mismo', bien hacéis." ¿De qué ley entonces me está hablando Santiago? De la ley del amor al otro, de amar al otro como yo me amo a mí mismo. Ese se supone que es el resumen de la ley de Dios para los creyentes.

A Cristo se le preguntó en una ocasión cuál es el gran mandamiento de la ley. Lo podemos encontrar en Mateo 22, y Él dijo: "Primero, amarás al Señor tu Dios con toda tu mente, todo tu corazón y toda tu alma. Este es el primero y grande mandamiento. Y el segundo es semejante a este: amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos dependen toda la ley y los profetas."

Todo el resumen de la ley, todo lo que Dios ha prescrito, todo lo que Dios ha normado, se resume en: ámalo a Él por encima de todo, tenlo a Él por único Dios, y ama a tu prójimo como tú te amas a ti mismo. Es la ley del amor, el resumen de la ley de Dios. Por eso, en Romanos 13:8, cuando Pablo habla del cumplimiento de la ley, dice: "No debáis a nadie nada, sino el amaros unos a otros." Esa es mi deuda contigo: amarte. Porque el que ama a su prójimo ha cumplido la ley.

¿Qué es lo que Dios quiere, cómo quiere Dios que yo trate al otro? Bueno, comienza tratándolo como tú te tratarías a ti mismo. Comienza por ahí. Piensa cada vez que emites un juicio, hablas de esa persona, la tratas, te relacionas con ella: ¿la estás tratando y hablando de ella como tú quieres que hablen de ti y te traten a ti? Comienza por ahí, y yo creo que no te vas a equivocar tratándolo a él como yo me trato a mí mismo.

Ahora bien, cuando yo hablo mal del otro o lo juzgo prematuramente, lo juzgo incorrectamente, yo no lo estoy tratando como yo me trataría a mí mismo. De ahí que Santiago dice que el que habla mal de un hermano o juzga a su hermano habla mal de la ley. Si yo como cristiano se supone que deba amar al otro y lo que estoy haciendo es hablar mal, no solo estoy hablando mal de la ley, sino que también estoy juzgando la ley. ¿Por qué? Porque me estoy colocando por encima de ella, estoy diciendo: "Esa ley a mí no me parece. Ese asunto de tratar al otro como a mí mismo, yo no estoy de acuerdo con eso, y yo creo que no debe ser así. Hay algunas cosas que no se pueden pasar por alto." Estoy juzgando la ley, y al convertirme en juez de la ley no soy un cumplidor de ella sino un juez de ella. Le estoy considerando no digna de ser obedecida.

Y eso es una verdad para todo pecado, hermanos. Cada pecado, y esto es parte de la rica teología que está detrás de este versículo, cada pecado en nuestra vida es, en el fondo, una afirmación que yo hago sobre que la ley de Dios no es digna de ser obedecida. Y eso es serio para Dios.

De ahí pasamos entonces a la segunda razón, que tiene mucho que ver con esta teología del pecado que acabo de exponer. La primera razón por la que yo no debo hablar mal del hermano ni juzgarlo incorrectamente es que yo pisoteo la ley de Dios; le estoy tratando con desdén, con ligereza, la estoy considerando no digna. La segunda razón es que yo usurpo el lugar de Dios. Este pecado, y cualquier pecado, me lleva a tomarme un lugar que no me corresponde, a decirle a Dios: "Quítate de detrás de tu puesto, que yo quiero estar en ese lugar."

Miren lo que dice el versículo 12: luego de concluir que tú eres juez de la ley, dice: "No solo hay un dador de la ley y Juez, que es poderoso para salvar y para destruir. ¿Pero tú quién eres, que juzgas a tu prójimo?" ¿Qué haces tú en la posición de no tratar a tu prójimo como tú quieres ser tratado, juzgando la ley como no digna? Ese es el lugar que le corresponde a Dios. Tú no decides lo que vas a poder hacer. Yo soy la criatura, Él es el Señor, yo me someto a su ley; yo no dictamino lo que voy a cumplir y no cumplir de su ley.

Y nosotros tendemos a ser selectivos en cuanto a la ley de Dios. En este caso se nos dice que el no tratar a mi hermano como debe ser tratado usurpa el lugar de Dios, maltrata su ley, usurpa su lugar y desafía su autoridad. Porque estoy diciendo: "Señor, esa ley que Tú prescribiste, yo no la voy a obedecer." Y así como esa, hay muchas otras donde nosotros incurrimos en ese mismo desafío abierto contra la autoridad de Dios en nuestras vidas.

Es interesante ver cómo, cuando confesamos en el Salmo 51:4, David dice, luego de cometer adulterio y de mandar matar a Urías, algo que cualquiera pensaría que lo primero que debemos hacer es pedirle perdón a esa pobre familia. Sin embargo, David va donde Dios y le dice: "Contra ti, contra ti solo he pecado." Uno de los aspectos sobre el pecado que nos ayuda a mantenernos lejos de él es cuando entendemos que el pecado es una afrenta contra Dios. No es un asunto simple y sencillo; es una afrenta, un desafío a la autoridad de Dios.

A veces nosotros los padres con niños pequeños, nuestros niños hacen cualquier disparate. Pero por pequeño que parezca, porque son niños, a veces son desafíos a la autoridad, y tenemos que corregirlos. Aunque sea un disparate, porque el principio que hay detrás es que ellos han desobedecido y roto una instrucción clara y precisa que nosotros les dimos. Por pequeña que parezca, si ellos desafían eso, tienen que ser disciplinados y corregidos. ¿Cuánto más Dios, que es un ser perfecto, tiene entonces que disponer el juicio para su ley, el juicio de aquellos que no cumplen su ley?

Y cada vez que veo el pecado en esos términos, a mí me sale de adentro: "Gracias, Señor, por la cruz. Gracias por la cruz." Porque ni que yo me lo proponga todos los años de mi vida, voy a poder cumplir el estándar que Dios ha prescrito en su Palabra. Ahí debo apuntar, y todos mis esfuerzos, humanamente hablando, deben estar apuntando a elevar el estándar moral de mi vida de tal forma que yo agrade a Dios. Pero al final, yo no voy a llegar a su presencia porque yo cumpla su ley, porque es imposible. Yo voy a llegar a su presencia porque Cristo cumplió su estándar y me ha concedido salvación en Él.

Entonces, el pecado es una afrenta contra Dios. Miren cómo lo dice Ralph Venning, un autor puritano del año 1600 que escribió un libro que se llama "La perversidad del pecado." Dice: "La perversidad del pecado hace que los hombres sean aborrecedores de Dios, resistan a Dios, luchen contra Dios, incluso blasfemen y sean, en resumen, ateos, que digan no hay Dios." El pecador se ocupa en hacer que Dios no sea Dios, y es llamado por algunos filósofos antiguos "asesino de Dios." Muchos llaman a esto el deicidio, la matanza de Dios. Cuando yo sencillamente digo "no, esto yo no lo voy a hacer," estoy diciendo: "Dios, yo no quiero que Tú existas. Yo no me voy a someter a tu ley en este aspecto. Yo me pongo por encima de ti." Y es, en última instancia, una especie de deicidio: matar la autoridad de Dios en nuestras vidas.

De ahí entonces que Santiago dice: el hablar mal de un hermano, el juzgarlo prematuramente, aparte de que se trata de hermanos que deberían protegerse, primero pisotea la ley de Dios y segundo usurpa el lugar de Dios, la soberanía de Dios en la vida del creyente. No lo hagan. No lo hagan. Protéjanse, cuídense, ministrense, edifíquense. Y si nosotros comenzamos a sacar los mandatos positivos de la Biblia acerca de los "unos a los otros," nos vamos a dar cuenta de que hablar mal de un hermano es lo más opuesto que yo puedo hacer en la comunidad de la iglesia.

Quiero exhortarnos a todos a que hagamos una revisión de nuestras conversaciones. Si nosotros excluimos de nuestras conversaciones lo que decimos de los demás, probablemente no vamos a tener nada que decir. Yo he hecho en varias ocasiones en mi vida el ejercicio de no hablar de otra persona, cualquiera que sea, y me doy cuenta de que me quedo sin tema. Y yo a mi esposa, como que le iba a decir algo de fulano o algo de sutano, y me quedo sin tema. Eso no quiere decir que no podamos hablar de otra persona en el buen sentido; podemos comentar lo que hicimos, lo que fulano hizo, cómo creció. Pero normalmente tiene más que ver con los problemas de fulano, con los chismes acerca de fulano.

Alineémonos, hermanos, alineémonos como una disciplina espiritual que va a contribuir a cumplir Filipenses 4:8: "Todo lo puro, todo lo bueno, todo lo digno, todo lo amable, todo lo que es digno de alabanza, todo lo que es una virtud, en esto pensad." Ojalá sea esa nuestra práctica y que sea la exhortación con la que nos quedemos.

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Héctor Salcedo

Héctor Salcedo

Héctor Salcedo es economista de profesión y pastor de corazón. Posee una maestría en Estudios Bíblicos del Moody Bible Institute de Chicago y estudios de posgrado en Macroeconomía Aplicada. Es pastor de la Iglesia Bautista Internacional desde 2004, donde supervisa áreas administrativas y financieras, además de predicar regularmente. Está casado con Chárbela El Hage y tienen dos hijos, Elías y Daniel.