La lengua es un miembro pequeño del cuerpo, pero su poder es desproporcionado. Como el freno que controla a un caballo de una tonelada o el timón que dirige un barco enorme, la lengua puede dirigir toda nuestra vida. Santiago, escribiendo a creyentes dispersos por la persecución, no comienza su sección práctica con temas que podríamos considerar más espirituales: comienza con la manera en que hablamos. Y es que Jesús mismo estableció una conexión directa entre el estado del corazón y el contenido de las palabras. La lengua no solo nos expresa; nos diagnostica.
El problema es que la lengua tiene un poder destructor comparable al fuego. Una pequeña chispa incendia un bosque entero. De la misma manera, una palabra dicha con ligereza puede devastar una reputación, dividir una familia o herir profundamente a un hijo. San Agustín ilustró esto cuando una mujer le pidió consejo sobre cómo reparar el daño causado por sus calumnias: le dijo que abriera una almohada y esparciera las plumas al viento, y luego las recogiera. Imposible. Así son las palabras: una vez dichas, no pueden recogerse.
Hay una inconsistencia vergonzosa cuando con la misma boca bendecimos a Dios y maldecimos a personas creadas a su imagen. De una fuente no puede brotar agua dulce y amarga. Si mi habla revela veneno, el problema está en la fuente: mi corazón. La solución comienza con arrepentimiento, y luego con atención a tres cosas: el contenido de lo que digo, la forma en que lo digo, y el momento en que lo digo.
Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.
El Señor bendiga su palabra que vamos a compartir en este momento. Le pido al Señor que nos dé sabiduría, claridad, que el mensaje quede claro sin que redunde. Esa es nuestra oración hoy.
Continuamos nuestra serie del libro de Santiago. Es una carta que venimos revisando ya hace un tiempo, y como normalmente me toca predicar no todos los domingos, sino de manera esporádica, pues hace que la gente a veces pierda el hilo. Aparte de que hay muchas personas que quizás no estuvieron en el mensaje último ni en los mensajes anteriores, quise entonces hacer una breve introducción al mensaje, considerando eso para que sepamos dónde estamos.
El libro de Santiago, la epístola de Santiago, es un libro extraordinario. Es un libro escrito por un líder de la iglesia de Jerusalén. En un momento dado, la iglesia de Jerusalén comienza a pasar muchas dificultades, muchas pruebas, mucha persecución, y todo eso produjo obviamente estrés en la comunidad de Jerusalén, en la comunidad judía, que al final fue dispersa no solamente en Jerusalén, sino a lo largo de otros países y otras naciones del Medio Oriente.
Santiago entonces escribe con la esperanza, con el deseo, de que en medio de la persecución y en medio de los problemas ellos se mantuviesen fieles a su fe. Pero no solamente fieles a su fe a nivel intelectual, sino que ellos pudieran en su día a día, en sus cotidianidades, vivir una fe que fuese visible, que fuese evidente en la manera de vivir, de obrar, en la manera de hablar, en la manera de relacionarse con los demás. Santiago estaba inquieto porque muchos de ellos posiblemente no estaban mostrando una fe viva.
Literalmente, el capítulo dos que revisamos en el mensaje anterior tiene precisamente que ver con eso. Es quizás el corazón de la carta: una fe sin obras es una fe muerta. Es decir, una fe que yo digo que tengo, si no se manifiesta en mi manera de ser, de vivir, de actuar, entonces no es una fe real. Esa es la preocupación básica de todo el libro de Santiago.
En el capítulo tres él entra a un tema que en principio parece chocante, pues hablando de una fe viva, ahora en términos prácticos él baja al plano de la lengua. No en términos del órgano, sino en términos de nuestra manera de hablar y de comunicarnos.
Santiago está preocupado por la manera como nosotros hablamos, por el contenido de lo que hablamos, por la forma como lo hablamos. Pues obviamente todos aquellos que han sido víctimas de una lengua descontrolada pueden decir que si la lengua no está bajo control, puede producir muchos problemas. Una de las manifestaciones de una fe viva es precisamente una manera diferente de hablar, una forma y un contenido diferente al nosotros comunicarnos. Eso es precisamente lo que Santiago trata de comunicar comenzando en el versículo uno de su capítulo tres.
Esa fue la introducción a lo que es nuestra serie de Santiago, pero quería introducir un poco lo que es el tema de hoy, que es el tema de la lengua. Muchos de nosotros decían que el tema parecería chocante, porque nosotros no pondríamos quizás en nuestro lugar número uno de prioridad, cuando hablamos de una fe viva, la manera de hablar. Quizás pondríamos otras condiciones, otros aspectos de nuestra vida, de nuestra personalidad. Pero Santiago, luego de que sale de ese concepto de que una fe viva se debe manifestar en obras, el primer tema que toca es la manera de hablar. Y yo creo que está ahí porque es importante, porque es crítico. Nosotros quizás no lo vemos muchas veces; a veces nosotros tendemos a minimizar el efecto que nuestra lengua tiene sobre los otros o sobre nuestras circunstancias. Pero verdaderamente, al Santiago ponerlo de primero luego de tratar el tema de que una fe viva tiene que manifestarse en obra, entiendo que es claro que le está diciendo: esto es más importante de lo que ustedes se imaginan, esto es más importante, de más peso de lo que muchos de nosotros nos percatamos.
Solamente unos datos interesantes para fijar la importancia de este tema. Estadísticas indican, de estudios que se han hecho, que uno pasa más o menos un tercio de su vida hablando. O sea, si uno vive 75 años, aproximadamente 25 uno se lo pasó hablando. Hay gente que dura más de ahí, o sea, gente que dura mucho más de ahí, pero en general esto es un promedio: 25 años de 75, un tercio de la vida hablando. Si uno lo toma en días de 24 horas, más o menos 8 horas de las 24 en promedio uno está hablando y compartiendo y demás. Y obviamente todo ese flujo de palabras, de expresiones, de formas, tiene un efecto. O sea, a través de nuestro hablar, de nuestra comunicación, nosotros instruimos, corregimos, opinamos, formamos, destruimos, dañamos. Hay todo un efecto producido por nuestra manera de hablar.
Santiago no está tan preocupado por la cantidad de la habla, sino por la calidad de nuestra habla. Porque a veces hay gente que habla mucho y dice poco, y hay gente que habla poco y dice mucho. Ojalá nosotros podamos, en la medida que crecemos en el Señor, ser de esa gente que cuando habla dice algo, algo que es digno de escuchar, algo que es útil, algo que edifica, que nutre, que construye, que sana. Ojalá nuestra habla sea caracterizada por esas condiciones y no por las condiciones que típicamente caracterizan el hablar mundano: un hablar muchas veces cargado de orgullo, cargado de egoísmo, cargado de vanidad, cargado de cosas irrelevantes, cargado de sensualidad, cargado de tantas cosas que sabemos. Y esa es una realidad que nosotros observamos en la vida.
La Biblia tiene mucho que decir con respecto al habla. El libro de Proverbios, que es el libro al que todos nos referimos como el libro que nos enseña a vivir sabiamente, tiene muchísimos pasajes acerca del habla, enormes cantidades de pasajes acerca de la manera de hablar. No solamente de la manera, del contenido, de la forma, del momento, de la cantidad, porque precisamente es importante bíblicamente la manera como hablamos y lo que comunicamos.
Jesús fue más allá. Jesús estableció una relación entre mi salud espiritual y la manera en la que yo hablo. Literalmente en Mateo 15:18 dijo: lo que contamina al hombre no es lo que entra al hombre, no es la comida grasosa ni las cosas que entran ni lo que yo veo necesariamente; lo que contamina al hombre es lo que sale, pues del corazón salen las malas intenciones, los adulterios, las falsedades, las mentiras, las fornicaciones. Es del corazón que salen y encuentran su expresión en la manera en la que yo hablo. Impresionante. O sea, Jesús dice: hay una conexión entre tu estado espiritual y el contenido de tus palabras. Entonces la lengua no solamente es el instrumento para expresarnos, es el instrumento para diagnosticarnos en dónde estamos espiritualmente.
Santiago, preocupado por eso, inquietado por eso, inquietado posiblemente por discusiones y trifulcas y divisiones que había en esta comunidad de creyentes, les hace una gran advertencia a ellos acerca del poder de la lengua. Y más que del poder, del poder destructor de la lengua. Eso es lo que yo quisiera que revisáramos en el día de hoy, a partir del versículo uno del capítulo tres de Santiago.
Comencemos leyendo el primer versículo, y a lo largo del sermón lo que vamos a ir haciendo es referirnos al texto e ir explicando y entendiendo lo que Santiago nos trata de comunicar. Versículo uno: "Hermanos míos, no os hagáis maestros muchos de vosotros, sabiendo que recibiremos un juicio más severo."
El primer versículo es una advertencia que Santiago le hace a su comunidad. "Hermanos míos": le está escribiendo a creyentes, posiblemente a personas que considera hermanos. Y les dice: cuidado con ese deseo que muchos de ustedes tienen en convertirse en maestros e instructores y predicadores de la Palabra, pues los que eso son van a recibir o van a enfrentar un juicio más severo. No porque Dios haga acepción de personas, sino porque obviamente el que se para a enseñar tiene que vivir lo que enseña; de lo contrario, Dios le tendrá eso en cuenta.
La posición de maestro en la iglesia primitiva era una posición de mucho prestigio, de mucho privilegio. La palabra hebrea para maestro, sabemos, en el judaísmo es rabí, y los rabíes eran gente muy honorable en general de la comunidad hebrea, de la comunidad judía. El mismo Jesús fue llamado rabí por sus discípulos. Y hasta el punto que muchas personas le daban prioridad y preferencia a su rabí, a su maestro, que a sus padres. Había enseñanzas, por ejemplo, también enseñadas por los rabíes, de que si un rabí y tu padre tienen una necesidad y tú solamente puedes suplir una, pues que prefieras suplir la del rabí, pues él te da verdades de esta vida y de la venidera, mientras que tus padres normalmente dan verdades solamente de esta vida. Si un rabí y tu padre están en riesgo y tú solamente puedes salvar a uno, salva a tu rabí, pues él te instruirá para la vida eterna. Verdades como estas obviamente son verdades enseñadas por los mismos rabíes, entonces no podemos darle mucho crédito a eso. Pero solamente es un reflejo del respeto, de la honorabilidad que representaba el ser maestro en esa época. Era gente considerada muy, muy honorable en esta comunidad, y es así que mucha gente apetecía el ser maestro: quiero enseñar yo, quiero instruir. Pero con la responsabilidad de ser maestro viene el tener que dar cuenta a Dios, y eso es lo que establece el versículo uno: "No os hagáis maestros muchos de vosotros, sabiendo que recibiremos un juicio más severo."
Esto no debe desincentivar a los genuinos maestros de la Palabra que Dios ha llamado a enseñar la Palabra, pues los genuinos maestros de la Palabra, predicadores y pastores, Dios los va a nutrir de su Palabra y les va a dar la fortaleza y la perseverancia para ellos mantenerse en el camino, por así decirlo. El problema está cuando quiero aspirar a esa posición sin tener el testimonio o sin tener la disciplina para yo poder sostener mi manera de vivir de la manera en que predico. Entonces él está preocupado por eso, y la razón de su preocupación es que hay un juicio más severo.
Dice versículo 2: "Porque todos tropezamos de muchas maneras." El problema es que todos somos falibles. O sea, tú que te haces un maestro y tú caes, tú arrastras a muchos. Somos falibles y caemos y tropezamos. Y la palabra para "tropezamos" es una manera bonita de decir "pecamos". Todos pecamos. Es interesante ver cómo Santiago, siendo el líder de la iglesia, uno de los líderes de la iglesia primitiva, se incluye en el paquete de que todos tropezamos, todos pecamos, reflejando obviamente la doctrina, la enseñanza bíblica de que no hay ni una persona en la raza humana que esté exenta de pecar, que esté exenta de una inclinación natural hacia hacer lo malo. Es la razón por la que Cristo tuvo que venir y morir en la cruz y verter su sangre en nuestro favor; de lo contrario no tenemos salvación fuera de Cristo, porque todos tropezamos de muchas maneras, dice Santiago, incluyéndose él.
"Si alguno," ahora sigue diciendo, "si alguno no tropieza en lo que dice, si alguno no tropieza en la manera en la que habla, en sus palabras, es un hombre perfecto o maduro, capaz de también refrenar todo el cuerpo." Tú controlas tu lengua, tú eres capaz de refrenar todo tu cuerpo. Tú controlas tu manera de hablar, tú eres capaz también de controlar toda tu personalidad. La idea que está detrás de esto es que, siendo la lengua uno de los instrumentos con los que más fácilmente pecamos, si yo soy capaz de controlar esa área de mi vida, yo soy capaz también de controlar otras áreas de mi vida, otros aspectos que van a requerir el mismo dominio propio que yo requiero para controlar la lengua; lo voy a poder emplear para controlar otros deseos pecaminosos. Eso es lo que Santiago está tratando de comunicar ahí. Hay una relación entre mi vida espiritual, mi madurez espiritual, dependiendo de qué tan bien yo manejo la manera en la que hablo, qué tan bien yo manejo la manera en la que me comunico.
Esto puede parecer, este primer versículo o este último versículo, como exagerado. ¿Cómo puede ser que una persona capaz de refrenar su lengua sea capaz de refrenar todo su cuerpo? Santiago, tú como que le estás dando mucha importancia a esto. La lengua es un miembro muy...
Pequeño del cuerpo, no puede ser que tenga tanta importancia, tanto peso. Y ahora viene e ilustra el principio con dos ilustraciones y dice: miren, versículo tres, "si ponemos freno en la boca de los caballos para que nos obedezcan, dirigimos también todo su cuerpo". ¿Ok? Ustedes creen que la lengua no es tan importante como yo digo, déjenme poner una ilustración de la naturaleza. Miren los caballos. Obviamente esto es inspirado por el Espíritu Santo. Santiago no está haciendo un jueguito de niños para que entendamos un principio que no es real. No, la verdad es que, a pesar de que nosotros no consideramos la lengua tan importante, Santiago dice: es como el freno en un caballo. Así como el freno es pequeño y el caballo pesa una tonelada, y yo puedo controlar un caballo que pesa una tonelada a partir de un frenito que le va en su boca, de esa misma manera la lengua es poderosa para controlar todo tu cuerpo.
La otra ilustración que pone no es de la creación, sino de la creación humana, por así decirlo. "Mirad también las naves; aunque son tan grandes e impulsadas por fuertes vientos, son sin embargo dirigidas mediante un timón muy pequeño por donde la voluntad del piloto quiere". Versículo 5: "Así también la lengua es un miembro pequeño, y sin embargo se jacta de grandes cosas". ¿Se fijan cuál es el punto que quiere demostrar? No consideres que la lengua, por ser pequeña, no es importante. A pesar de ser pequeña, es como el freno para un caballo, es como el timón para un barco. Un barco que conduce miles de toneladas, que lleva cientos de personas, así de grande es el barco, pero el timón es apenas una fracción, una pequeña parte del barco. Así mismo es la lengua de importante, de poderosa, por así decirlo. Algo pequeño puede conducir algo grande. Así que no subestimen el poder de la lengua.
Ese es el primer punto de Santiago en los primeros cinco versos. Hasta aquí él no ha dicho que la lengua es mala, él simplemente ha dicho que la lengua es poderosa, que la lengua siendo un pequeño miembro se jacta de grandes cosas, puede hacer cosas más allá de las que tú te imaginas. Tal como un freno controla un caballo, así mismo la lengua puede ser tremendamente poderosa.
Y obviamente nadie niega la verdad de que la lengua es muy poderosa en términos positivos. Comenzando con los grandes líderes nacionales, políticos en la historia, vemos que hombres levantaron imperios basados en su manera de hablar. Todo el mundo recuerda los grandes discursos de Winston Churchill cuando enfrentó a Hitler en la Segunda Guerra Mundial, cómo Winston Churchill se levantó y a través de sus discursos logró inspirar a un pueblo que estaba desmoralizado, que estaba casi vencido, para enfrentar a Hitler que venía con toda su fuerza a arrasar con Europa. Vemos a un Abraham Lincoln, la famosa frase de "un gobierno por el pueblo, para el pueblo". ¿Cuál es la otra? Movió grandes multitudes, inspiró gente.
Pero no, no vayamos al líder político. Vayamos a nuestro Maestro. Jesús es el Rey de nuestros corazones por sus palabras, por sus enseñanzas. La gente lo oía y decía: "Es que enseña como quien tiene autoridad, es que enseña de una manera diferente, es que me cautiva, es que me motiva, es que me sana, es que me levanta, es que me sostiene, es que me transforma". Y obviamente sus palabras no iban solamente cargadas de sabiduría humana, iban cargadas del poder de Dios, y de ahí que tenía mucho más poder todavía. Pero el punto es cierto todavía: la palabra es importante para lo bueno, incluso para lo bueno.
¿Quién puede negar el efecto positivo que yo como padre creo en el corazón de mi hijo cuando lo estimulo, cuando le agradezco algo, cuando le digo: "Hijo, lo hiciste bien, mi hijo, estoy orgulloso de ti, mi hijo, Dios te bendiga, déjame orar por ti"? Cuando le digo a mi esposa: "Gracias por servirme, gracias por ayudarme, te amo, te quiero". Esos efectos positivos. Cuando le digo a un empleado: "Gracias por tu servicio, tú lo estás haciendo bien". Esos estímulos, esos efectos digamos motivantes en la palabra, nadie los puede negar. Pero a veces nosotros lamentablemente no solamente usamos la lengua para lo malo, sino que la dejamos de usar para lo bueno. La lengua peca no solamente de acción por lo que hace mal, sino que peca de omisión por lo que dejamos de decir que deberíamos decir, para un efecto grande, poderoso en nuestras palabras para lo bueno. Ya lo ilustré.
Pero Santiago dice: también para lo malo, también para lo malo. Versículo 5: "Así también la lengua es un miembro pequeño, y sin embargo se jacta de grandes cosas". Y ahora viene, mira: "¡Qué gran bosque se incendia con tan pequeño fuego!". O sea, él nos dice: la lengua no solamente es poderosa para hacer buenas cosas, y lo hemos visto. El problema es que la lengua tiene un poder grande, pero es destructor también. Si no la cuidamos, si no nos percatamos del efecto que tiene, podemos destruir más que construir, podemos herir más que sanar.
Y lo compara con un fuego. No es por casualidad que Santiago lo compara con un fuego. El fuego tiene características que se aplican a la palabra, a la lengua. La figura que está detrás de este fuego que prende un bosque son los incendios forestales. Una pequeña chispa destruye miles y miles de tareas de bosque, miles de viviendas, personas mueren, animales mueren.
Recientemente tuve la oportunidad, precisamente preparándome para el sermón, de revisar un estudio acerca de los incendios forestales en Estados Unidos. Y hablaba del estado de Oregón, que sufre mucho de incendios forestales, y los estudios lo que demuestran es que la mayoría de los incendios son ocasionados involuntariamente por conductores que van pasando por el camino y tiran una colilla de cigarrillo. Otros por campistas que están acampando en el bosque, hacen su fogata, hacen un cafecito, lo apagan, tratan de apagarlo y demás, porque todo el mundo recibe entrenamiento para eso, pero no se percatan de que quedó una chispa, que quedó un calor que enciende entonces el resto del bosque. Es decir, el fuego en el bosque muchas veces se enciende de manera involuntaria. La gente no se percata del daño que hace al tirar la colilla, la gente no se percata del daño que hace al dejar el fuego sin extinguir completamente.
De la misma manera, nosotros muchas veces hablamos con una ligereza, decimos cosas con una ligereza, que no nos percatamos del daño, del efecto que tiene eso en la vida de aquel que escucha. Y lo que hemos tirado es una chispa que, con adecuada combustión, con un corazón resentido, señores, es un gran fuego, es un gran fuego.
El fuego, usado aquí por Santiago para ilustrar el poder destructor de la lengua, tiene esa característica: primero, estos fuegos son empezados de manera involuntaria muchas veces. Pero ¿qué pasa? Más abajo vamos a ver que a veces el fuego que nosotros empezamos con nuestra lengua no es involuntario. No es como el que tira la colilla de cigarrillo, y como el campista que ahí anda. No, a veces hay una intención perversa en nosotros de encender el fuego. Y este es uno de los problemas de la lengua también, que lo vamos a ver más adelante.
Pero ¿qué pasa? A veces es involuntario, pero el fuego también se esparce rápidamente. Una mala palabra, cuando digo mala palabra no me refiero a las palabras obscenas, una palabra mala digo, una palabra mal dicha, una palabra no edificante, una palabra destructiva, un chisme, una palabra orgullosa o arrogante, se esparce más rápidamente que una buena palabra. Eso es así. La gente se entera más rápido del chisme y del rumor y de la calumnia, que de la edificación y de lo bueno y de la instrucción y de la enseñanza. La gente se entera más fácilmente de un chisme que se dijo en la iglesia que de un buen sermón que se predicó. Es así, es como el fuego que se esparce rápidamente y destruye ahí, sin darnos cuenta, sin percatarnos del efecto destructor que tienen nuestras palabras.
Entonces, el versículo 6, él dice entonces hablando más profundamente de este efecto destructor, dice: "La lengua es un fuego". Efectivamente es un fuego, es un fuego que tira chispas, que hace encender bosques, que destruye, que no es controlable muchas veces. Y agrega: "Un mundo de iniquidad", un cosmos de inmoralidad y de iniquidad. Y la figura aquí que Santiago quiere presentarnos es que la lengua, hermanos, puede ser usada casi para cualquier pecado. Con mis manos yo puedo hacer, quizá, yo puedo robar, yo puedo dar una galleta, y eso también es pecado, y puedo hacer muchas cosas. Pero con la lengua, mira: yo puedo mentir, yo puedo estafar, yo puedo calumniar, yo puedo hablar cosas sensuales, inmorales, yo puedo expresar orgullo, vanidad. Yo puedo... casi todo pecado encuentra su manifestación en la lengua. Yo puedo expresar egoísmo, envidia, yo puedo dividir familias, romper iglesias, yo puedo destruir reputaciones, yo puedo herir a personas en su carácter, yo puedo literalmente destruir el carácter de un niño a través de mis palabras. Entonces, ¿se fijan que es un mundo de iniquidad? ¿Se fijan que es poderosa para lo bueno y para lo malo, que tenemos que tener cuidado?
De hecho, el título de mi sermón, que lo voy a decir aquí en el medio, es: "Cuida tus palabras". Cuida tus palabras. Es poderoso lo que puedas hacer con la lengua, y no solamente poderoso, es destructor. Y a veces no nos percatamos del daño que hacemos. Es un mundo de iniquidad.
"La lengua está puesta entre nuestros miembros, la cual contamina todo el cuerpo". Dale rienda suelta a tu lengua y tú te contaminarás también a ti mismo. Cosas que tú no sabías que estaban en tu corazón, que cuando las sacas y las expresas, te ensucias más, te ensucias más, y te embarras más de pecado y de iniquidad y de inmoralidad.
Vamos a la tercera expresión. El versículo 6 es que "es encendida por el infierno". Lo que Santiago está diciendo es: este es un instrumento que ha sido colocado en nuestros miembros ciertamente, pero que es uno de los instrumentos preferidos por Satanás para desplegar su obra, sus maquinaciones, sus intenciones. La fuente de toda esta iniquidad, obviamente hay una naturaleza de pecado en nosotros, pero también hay una fuente perversa que es el mismo infierno. Ahí la palabra en el original es
Gehena. Esa palabra solamente la usó nuestro Señor Jesús para referirse a un lugar en el suroeste de Jerusalén donde se quemaban basuras, se quemaban cadáveres. Era algo sumamente impuro, y Jesús lo usó varias veces para referirse al infierno espiritual. Era un lugar donde siempre había fuego, donde siempre se estaban quemando cosas impuras, donde siempre se estaban quemando cosas no deseables, y es la representación del infierno mismo.
La lengua es encendida en su fuego, en su fervor, por las mismas intenciones satánicas. Muchas veces, hermano, yo no te estoy hablando aquí de posesión demoníaca. Yo estoy hablando de que nosotros somos muchas veces más parecidos a las intenciones satánicas que a las intenciones de Dios en nuestra manera de hablar, y en ese sentido es encendida por el mismo infierno. Y no se queda ahí, sino que concluye el versículo 6 diciendo que la lengua inflama el curso de nuestra vida, inflama la rueda de la vida. La palabra en el original era una expresión griega donde los griegos se referían a la vida como una rueda que no se para. Todos los días te levantas, vas al trabajo o bajas al centro de estudio, o te quedas en la casa haciendo labores, y después tienes otra actividad, otro compromiso, otro culto. Es una rueda, la rueda de la vida. Pero sucede que la rueda de la vida, que es imparable, dice que la lengua es capaz de inflamar la rueda de nuestra vida. Cualquier manifestación de tu vida, la lengua es capaz de inflamarla y dañarla.
Tú te levantas hoy, vas al colegio a llevar el niño o tus niños. Sucede que en la tarde el niño tiene un juego de béisbol. Hay padres que van y llevan sus hijos al juego de béisbol, y sucede que en el juego de béisbol, producto de la competitividad, un papá comienza a pelear con otro papá: "¡Cállate, mey!" o "¡Que tu hijo, toque es un gordito que no sirve para nada!" Yo te estoy trivializando un caso que me enteré recientemente de un individuo que lo acabaron de sacar de una liga porque cada vez que iba a ver a su hijo jugar era un problema creado, un problema. Porque su competitividad, su egoísmo, su envidia muchas veces avergonzaba a su propio hijo: "¡Pero tú no sirves para nada! ¡Cómo la tiras! ¡Te sábola!" El hijo se entiende, se mal entiende, se siente amenazado, siendo denigrado por su padre en público. Y el papá, saben qué, sin darse cuenta un fuego, la chispa se tiró, y esa chispa está haciendo daño en el corazón de su hijo y el corazón de otros que estaban ahí.
Pero luego te bajas al supermercado, y el muchacho del supermercado te atiende de una manera incorrecta, y se despliega contra él la ira y el sentido de justicia que tenemos: "Estos son mis cuartos, esto hay que pagar, hazme a mí lo que yo digo." Orgullo desplegado a través de las palabras. Y luego vengo a la iglesia, y entro a la iglesia: "Aquí nadie saluda nada, y aquí no... iglesia como rara." Crítica y observación y queja. Y llego a la casa: "¿Y dónde está la comida? ¿Y qué pasó? ¡Tú no sirves para nada, esposa!" O hijo. Señores, la lengua inflama todo el curso de la vida si la dejamos manifestarse. Ella tiene algo que decir destructor en cada una de nuestras actividades. Si no la cuidamos, ella va a quemar la rueda de la vida completa.
Y no solamente la lengua es poderosa, como vimos en los primeros cinco versículos, es destructora, como vimos en el versículo 6. La lengua es incontrolable. Versículo 7: "Porque todo género de fieras, y de aves, de reptiles y de animales marinos, se puede domar, y ha sido domado por el género humano; pero ningún hombre puede domar la lengua, es un mal turbulento y lleno de veneno mortal."
Mira los animales de los circos. Todo género de fieras, de aves, de reptiles, de animales marinos se puede domar y ha sido domado. Elefantes, tigres, leones, panteras, águilas, halcones, palomas, gatos, perros, serpientes, delfines, ballenas, algunos peces de otro tamaño. Ha sido domado todo. Increíblemente el hombre ha podido domar todo, toda la creación ha sido domada por el hombre, aun los animales más poderosos, y el hombre no puede domar su lengua. ¿Cuál es el problema? El pecado. El pecado hace incontrolable la lengua y me hace incapaz de desplegar el poder que yo uso para domar los animales y las fieras, para yo emplearlo en la domación, si puedo usar el verbo, de la lengua.
Obviamente este versículo 8, "pero ningún hombre puede domar la lengua," no es un verso pesimista. Santiago no está diciendo: "Ah, bien, se de eso, vamos a morir con ese fuego ahí en la boca quemando la vida y quemando la rueda." Lo que está diciendo es: ningún hombre fuera del Señor, ningún hombre sin Cristo, ningún hombre sin Dios rendido a su voluntad puede domar la lengua. Dios puede, a través de su acción en nosotros, ayudarte a domar eso que el pecado hace indomable.
Y luego la caracteriza: "un mal turbulento y lleno de veneno mortal." Sigue hablando de las cosas negativas de la lengua. El mal turbulento literalmente significa, o la expresión tiene que ver con las fieras que tú encierras en una jaula. Esa fiera salvaje que en una pequeña jaula nada más tiene un pequeño espacio para moverse, se mueve de atrás para adelante, para los lados, y hace su sonido, y te mira, y saca sus garras, y está en constante ansiedad para que le abran la puerta. Si le abren la puerta, sale. Así es la lengua. Muchos dicen que por eso Dios la puso, verdad, detrás del diente, adentro de la boca, para que no salga. Pero a veces es inevitable, a veces es inevitable.
Es un mal turbulento, es una fiera salvaje que quiere salir. Y a veces decimos: "No, Señor, Señor, yo me comprometo. Señor, hoy yo me comprometo. Señor, yo voy a dejar atrás el chisme, yo voy a dejar atrás las medias verdades, las mentiras de todos los colores, yo voy a dejar atrás esta manera de hablar, esta manera hiriente, iracunda, ofensiva, denigrante de hablar. Señor, yo lo dejo hoy." Y mañana sale la fiera otra vez. Es un mal turbulento.
Es un mal turbulento y lleno de veneno mortal. No es una fiera que sale a nada, sale a hacer daño. Y a veces mucha de nuestras palabras, es cierto que a veces herimos sin darnos cuenta, sin percatarnos, sin tener la intención. Pero la expresión aquí de que es llena de veneno mortal es que muchas veces nuestras palabras tienen la intención de que el otro se sienta mal como yo me sentí mal, de que el otro sufra como yo sufrí, de que el otro sepa lo que yo quiero que sepa. Ese veneno mortal está contenido en nuestras palabras muchas veces, y es un problema porque eso crea un efecto que no podemos reparar. A veces destruimos cosas y no las podemos reparar.
En una ocasión, esta señora —estoy hablando del tercer siglo— va donde está Agustín, donde el teólogo Agustín, muy conocido por su sabiduría y su profundidad. Y la señora se ha convertido al cristianismo, pero ya tiene una gran preocupación, y es que ella era una mujer muy calumniadora, muy chismosa, muy dañina con sus palabras. Es un peligro no estar cerca de ella, porque si uno estaba con ella ya no decía nada, pero si tú no estabas ahí, te acababa. Ella va preocupada donde Agustín y le dice: "Tengo este problema, no sé cómo recoger, no sé cómo enderezar y restituir el daño que yo he hecho, las reputaciones que he destruido, las familias que he dividido."
Y Agustín lo que usa es una ilustración para decirle lo que ya no puede hacer con sus palabras. Él le dice: "Yo te recomiendo que tú tomes una almohada, tú la abras, y en el viento, en una parte exterior, tú despliegues las plumas de la almohada a los cuatro vientos, así como salga. Y después de eso, tú recojas las plumas." Entonces ella obviamente frustrada, e inmediatamente se da cuenta que es una tarea imposible, y dice: "No, pero tú no puedes ser, o sea, ¿cómo yo recojo las plumas que se van con el viento? Le han caído a otra, una pluma. Imagínese muchas plumas. Es que no, pero yo no puedo hacer eso." Y él dice: "Eso es, eso son las palabras."
Las palabras muchas veces salen y no las podemos recoger. Solamente pedir a Dios en su gracia que restituya, que enderece, que sane lo que nosotros hemos dañado, que nos dé oportunidades nuevas de edificar y de sanar lo que nosotros hemos dañado. Pero muchas veces el efecto de la palabra es irreparable. Hay familias que se rompen por el manejo de las palabras. Y esto es una gran advertencia para nosotros: cuida lo que dices, cuida cómo lo dices, cuida dónde lo dices, a quién se lo dices. Es delicado, es sensible. Cuando tú sabes que tus palabras van cargadas de emociones no santas, no de Dios, que responden más a tu orgullo o a tu resentimiento o a tu división, no las digas, para no crear un efecto irreparable en la vida de otros.
Pero la lengua no solamente es poderosa, es destructiva. Dijimos que es incontrolable, a veces no podemos reparar el daño que hace. La lengua también es, según el versículo 9 y 10, inconsistente. Es vergonzoso a veces las situaciones en las que la lengua nos mete, por así decirlo. Dice versículo 9: "Con ella bendecimos a nuestro Señor y Padre, y con ella maldecimos a los hombres que han sido hechos a la imagen de Dios. De la misma boca proceden bendición y maldición. Hermanos míos, esto no debe ser así."
Es vergonzoso delante de Dios que yo venga aquí y ore, y entonces yo salga y hable de una manera ofensiva, denigrante o despectiva, lo que sea, a una persona que ha sido creada a la imagen de Dios. La imagen de Dios en el hombre, hermanos, es algo, es una verdad fundamental de nuestra creencia. El hombre ha sido creado a imagen de Dios, del Dios santo, del Dios trino, del Dios grande. El hombre tiene aspectos en él que vienen de Dios. Aun el pecado ha dañado esa imagen, el pecado no ha destruido totalmente esa imagen, y por lo tanto otro individuo merece mi buen trato, mi sensibilidad, merece mi consideración. No por lo bien que él me trata a mí, solamente por el hecho de que él es creado a la imagen de Dios merece ese trato.
¡Wow! Increíble. O sea, es una verdad que nos lleva a tratar a todo ser humano de manera sin acepción, de manera considerada y sensible. ¿Por qué? Porque todo ser humano tiene la imagen de Dios impresa. "Pero él me trató, y él me dijo, y él hizo, y él me estafó." Sí, pero no puede ser que yo bendiga a Dios con mi boca y con la misma boca yo maldiga a aquel que tiene la imagen de Dios. En lo mismo que yo voy frente a un Rey.
Ahora ha estado de moda, verdad, la voz real. Y voy frente a la reina de Inglaterra y hago todos los protocolos y todos los pormenores y detalles que hay que tener en cuenta. Yo no sé cómo hoy, todavía hoy en el siglo veintiuno, seguimos con esas cosas: que si ella termina de comer ya nadie puede comer. ¡Que tengo hambre! Cosas así. Ustedes han visto, yo vi una lista de cosas de protocolos: que si ella acaba, ya hay que acabar. "Pero me falta hoy el dulcito." Porque si ya no tiene hambre... Yo voy frente a la reina y le rindo mi pleitesía y le rindo mis honores y la respeto. Entonces salgo de su palacio, y saliendo de su palacio veo ahí, si es que hay una estatua de ella, y a la estatua le entro a palos o le entro a patadas. Entonces obviamente es una inconsistencia. Esta es una imagen de la reina que yo digo que honré, o yo no sé que sea la imagen de la reina, pienso que es otra imagen y le estoy maltratando, o mi honra no fue genuina. Una de las dos.
Entonces yo no puedo venir aquí o ir a mi habitación y orar y pedirle a Dios su bendición, su gracia y todo lo que Él nos da por gracia, por pura gracia, y entonces vivir una vida donde yo no reconozco la imagen de Dios en nadie más. No sé ni quién merece respeto. Santiago dice: esto no debe ser así. Podría ser, fíjense, que no debe. Podría ser que un cristiano viva una vida inconsistente con su lengua. Podría ser que un cristiano esté bendiciendo a Dios y maldiciendo a su prójimo. Primera de Juan nos dice: nadie diga que ama a Dios y no ama a su prójimo. A Dios que no veo, yo amo a Dios que no veo, pero no amo a mi prójimo que sí veo. ¡De no! El amor de Dios no está en ese. ¡Wow!
Entonces fíjense que la lengua y la manera como la usamos es un diagnóstico de nuestro estado espiritual. Esto no debe ser así. Puede ser, pero no debe. Hay que luchar contra esa tendencia de la lengua a ser un mar turbulento, a llevar veneno mortal, a querer controlarnos y nosotros no controlarla a ella. Hay que oponerse a eso con todo lo que tenemos.
Y él concluye entonces diciendo, ilustrando esto, ilustrando la contradicción que existe de que de nosotros proceda la bendición y la maldición. Dice versículo 11: "¿Acaso por una fuente, por la misma abertura, echa agua dulce y agua amarga?" La respuesta lógica, ¿cuál es? No, no es posible. "Acaso, hermanos míos," versículo 12, "¿puede una higuera producir aceitunas, o una vid higos?" No, tampoco. "La fuente de agua salada no puede producir agua dulce."
Es decir, aquí hay un problema. Cuando yo estoy hablando de una manera que es ofensiva, agresiva y llena de veneno mortal, y yo estoy supuestamente bendiciendo a Dios, revisa tu corazón. La fuente está mal. Algo hay mal con la fuente, porque de una fuente no puede salir dos tipos de agua. Cristo dice: "Por sus frutos los conoceréis." Revisa tu fuente. ¿Es un problema de arrepentimiento en tu corazón? ¿Es un problema de pecado? ¿Qué tipo de pecado prevalece en tu corazón? Porque es una inconsistencia que revela un problema en la fuente. Y termina ahí dejándonos esta gran y tremenda advertencia contra el uso de la lengua.
Obviamente es evidente, de hecho, que Santiago, este libro de Santiago, es una composición de sermones que Santiago le dio a la iglesia primitiva. A mí me hubiese particularmente interesado estar en ese sermón de la lengua y oír a Santiago predicar ese sermón y ver qué era lo que estaba pasando. Porque en una congregación como esta, de este tamaño, yo estoy absolutamente seguro, porque conozco la naturaleza humana, no es que estoy acusando a nadie ni conozco ningún caso. Aquí hay, no solamente chismes y rivalidad entre nosotros. No, aquí hay chismes, rivalidad, división entre nosotros y nuestro entorno: padres, madres, cónyuges, hijos, colegas, personas que trabajan para nosotros.
Es frecuente que nosotros, señores, hablemos de una manera descontrolada con respecto a otra persona. Es frecuente eso. A veces lo hacemos sin darnos cuenta. A veces tiramos la chispa y no nos percatamos del daño que estamos haciendo. Y eso necesita ser traído a Dios en arrepentimiento y pedirle al Señor que nos ayude a controlar esta bestia salvaje que tenemos ahí puesta, que sea un instrumento de edificación, de sanación, de instrucción, más que de mortandad, como típicamente es. Ese es mi deseo.
Yo quisiera terminar con una nota de aplicación que a mí me ha sido muy útil. Lo compartía en una ocasión con el grupo de jóvenes, hablando precisamente de la manera de hablar. El libro de Proverbios, nosotros lo estudiamos en el grupo de jóvenes, y el libro de Proverbios tiene mucho que decir con respecto a la manera de hablar. Y yo entiendo que hay tres cosas que nosotros debemos tener en cuenta en esta manera de hablar.
Obviamente lo primero que tiene que haber es: "Señor, ayúdame. Señor, yo me he arrepentido, yo te pido que Tú me perdones por estas cosas que mi lengua ha revelado que yo soy en el interior. Perdóname, ayúdame, dame fuerzas para yo cambiar esa manera de hablar, esa manera de ser, de actuar frente a los demás y de comunicarme." Eso es lo primero. Si no hay un arrepentimiento y comienzo a hacer sin arrepentirme, eso es obras muertas, hermanos. Dios nos bendice, nos respalda, nos da fuerzas cuando yo voy primero y reconozco mi pecado ante Él, me arrepiento, y ahora yo obro en sus fuerzas habiendo contado con su bendición y su gracia. Pero yo no puedo comenzar a hacer sin arrepentirme de lo que yo sé que he hecho, mano, porque no estoy contando con su favor y con su gracia.
Lo primero a tener en cuenta es una fórmula que yo quiero dejar en sus mentes. Es una fórmula de que cualquier comunicación se compone de tres cosas: número uno, el contenido, lo que decimos; número dos, la forma, cómo lo decimos; y número tres, el momento de decirlo. Y la Biblia tiene cosas que decir en cuanto al contenido, en cuanto a la forma, en cuanto al momento.
En cuanto al contenido, hermanos, nuestras palabras deben ser veraces, deben ser correspondientes con lo que es real y verdad: íntegro, recto, bueno, santo, puro. Ese es el contenido. Proverbios 12:22 lo dice: "Los labios mentirosos son abominación al Señor, pero los que obran fielmente son su deleite." Obviamente Dios detesta la mentira. Y la mentira no solamente es decir algo que no es. La mentira es una media verdad, es una mentira. Una exageración es una mentira. Una minimización. "¿Cuánto te costó eso?", le pregunta la esposa al esposo. "¿Cuánto te costó ese celular?" "Me costó diez mil pesos." Pero yo le digo a mi esposa, para evitar conflicto, cinco. Algo común. La media verdad. "No, yo estaba por ahí." Media verdad. Yo estoy diciendo que pasé por ahí, pero ¿cuándo? ¿Qué estaba ahí? Entonces la exageración, la media verdad, la minimización de las cosas, todo eso cae en el ámbito de la mentira.
"En todo trabajo hay ganancia," dice Proverbios 14:23, "pero el vano hablar conduce a la pobreza." El vano, vacío hablar sin sentido. Aquella gente que habla mucho y dice poco. A veces nos pasamos días y días, y ahora sí, ahora compartiendo con gente, nunca compartimos algo significativo, de peso. Nos la pasamos hablando de lo que compramos, del último gadget, del último güay de la tecnología, del tránsito, de la política o de la pelota. No digo que esas cosas no las podamos hablar, pero cuando tu vida se llena de eso, tu conversación está llena de eso, es una conversación vana que no construye, que no edifica. Revisemos el contenido entonces. Si le voy a comunicar algo a alguna persona, tengo que decirle esto a mi esposa, a mi esposo, a mi pareja, a mi papá, lo que sea, tengo algo que decir: ¿es verdad? Revisemos. ¿Y es verdad? Si no, es mi culpa. Si lo que estoy señalando es cierto. Contenido.
Luego la forma, hermanos. A veces podemos decir la verdad de la forma incorrecta, y mejor no haber dicho nada, absolutamente nada. Proverbios 15:1: "La suave respuesta aparta el furor, mas la palabra hiriente hace subir la ira." Aunque sea verdad. "La lengua apacible," Proverbios 15:4, "es árbol de vida, mas la perversidad en ella quebranta el espíritu." Apacible, la palabra que busca la paz. Fíjense que la segunda expresión dice "mas la perversidad": aquella palabra que no busca la paz, que quiere dañar, que quiere sacar un interés en lo que digo, que tiene una doble intención. La palabra apacible, la que es transparente, lo que yo estoy diciendo es lo que es y no quiero contender contigo, quiero la paz contigo. O sea, lo contrario es una palabra perversa, una palabra que hace subir la ira.
Dice Proverbios 16:21: "El sabio de corazón será llamado prudente, y la dulzura de palabras aumenta la persuasión." A mí me llama la atención, porque cuando yo leo la palabra dulzura, yo la asocio más a la mujer que al hombre. Pero esto es un mandato al hombre también. Yo tengo que ser un hombre de dulce hablar con otro hombre. Tú sabes, dulce con otro hombre, eso a veces choca, tú sabes, pero yo te entiendo. La dulzura, dulzura sana, una dulzura intencionalmente buena, procurando la paz. En un negocio yo puedo ser dulce negociando. Yo puedo ser dulce. "No, yo entiendo tu punto, yo sé lo que tú quieres, y por eso entiende mi punto." Dulzura al hablar.
Entonces el contenido es importante. La forma yo creo que es tan importante como el contenido. Obviamente, por más gracioso que yo sea, si vengo a decir una mentira, mejor no digo nada. Pero obviamente, si vengo a decir la verdad y vengo con espíritu de contención y de división, no voy a lograr nada.
Pero por último, otra cosa importante es el momento. Todas son cosas, hermanos, para nosotros cuidar nuestras palabras y la manera como decimos y hablamos. El momento. Proverbios 15:23: "El hombre se alegra con la respuesta adecuada, y una palabra a tiempo, ¡cuán agradable es!" En el momento oportuno, en el momento adecuado. "El que retiene palabras tiene conocimiento, y el espíritu sereno es hombre entendido." A veces hay que callarse, señores. A veces no es el momento de decir las cosas. Quizás más tarde, quizás después, quizás a solas, quizás en otro lugar. A veces no es el momento de hablar. El que responde antes de escuchar...
Cosecha en la siembra de vergüenza. A veces queremos hablar sin escuchar bien. La esposa con la queja, o el hijo con la queja: "No, no, yo sé, pero el hombre... a lo que pasa, pero..." ¡Cállate! Callemos, escuchemos, dejemos que la persona hable. Contenido, forma y momento.
A veces, hermanos, tengo la verdad de mi lado, la voy a decir de buena manera, pero no es el momento para decirla. Hay que esperar, hay que orar. A veces tenemos que pedirle al Señor que abra ese momento, su oportunidad, para yo decir lo que debo decir. Acuérdense, como dije al principio, que el pecado del habla no es solamente lo que decimos mal, lo que retenemos también. Y a veces hay cosas que debemos decir que no decimos. Hay cosas que debemos decir para edificar, o para corregir, o para instruir, que no decimos.
Yo recuerdo en una ocasión —ya le pedí permiso a mi esposa para comentar esto, o sea que es el momento de decirlo— en alguna ocasión yo tenía, teníamos una discusión mi esposa y yo. Más que una discusión, yo tenía un malestar, un malestar con algunas actitudes que yo había observado, que yo entendía que no estaban bien, que debían ser corregidas. En ella es más fácil verlo, ¿verdad? Pero ella también me enseñó a mí dos cosas a veces. Entonces, era algo pesado, era algo que yo sé que ella se iba a sentir confrontada, duramente confrontada con lo que yo tenía que decir. Pero yo sabía lo que iba a decir, sabía cómo se lo iba a decir, pero yo no encontré el momento. Nunca encontré el momento. Siempre había muchas cosas en el medio, mucha gente. ¿Cuándo se lo digo? Siempre había una cosa. Siempre ella me decía: "Tengo hambre, tengo sueño, tengo frío, tengo..." Yo quedé... yo no encontré. Señores, pasaron meses, y yo orando por eso: "Señor, yo quiero que Tú me des la oportunidad, que Tú me des el momento."
Entonces, en esa ocasión, esos meses se orquestó todo un retiro de parejas de aquí de la iglesia en La Romana. Y fuimos a La Romana y tuvimos un excelente retiro. Fue un retiro donde hubo un momento de confrontación mutua, donde se supone que unos le decíamos a los otros las cosas que teníamos que decirle, que teníamos que corregir. Y fue grandioso. Pero yo no se lo dije, no porque era pública —o sea, una confrontación entre todos, estábamos todas las parejas ahí, comenzamos a decirnos las cosas— y fue muy bueno.
Pero ¿qué pasa? Viniendo de La Romana, ella... estábamos hablando del gran momento que habíamos pasado y del tiempo tan bueno, tan edificante que habíamos pasado. Y entonces ella estaba diciendo, y al final de lo que ella me dice, ella me dice: "Chacho, ¿tú crees que haya algo más que yo deba considerar o tomar en cuenta?" ¡Señor! ¡Señor! ¡Las puertas de los cielos se abrieron! Miren, el Señor había preparado también a ella. Y yo le dije —les confieso— no más de quince palabras: "Sí, yo te quería decir que esta actitud está mal y yo quiero que tú la veas." Y eso fue. Ella me dijo: "Wow, es verdad." Sin discusión, sin división, sin defensividad, sin retaliar, sin "tú también." Suavecito. La verdad, en la forma correcta, en el momento.
Para eso hay que ser paciente. Para eso hay que trabajar en nuestra paciencia. Y eso es parte del amor, de nuestro amor por los otros. Esa manera de comunicarnos, a la que Santiago aspira aquí, es un reflejo de nuestro amor hacia los otros. Cuidemos nuestras palabras por amor a nuestro Señor, por amor a los otros. Porque cuando venimos a ver, lo incendiamos sin querer a veces, y a veces queriendo, y dejamos salir a la bestia salvaje, y no consideramos el daño que hacemos.
Héctor Salcedo es economista de profesión y pastor de corazón. Posee una maestría en Estudios Bíblicos del Moody Bible Institute de Chicago y estudios de posgrado en Macroeconomía Aplicada. Es pastor de la Iglesia Bautista Internacional desde 2004, donde supervisa áreas administrativas y financieras, además de predicar regularmente. Está casado con Chárbela El Hage y tienen dos hijos, Elías y Daniel.