Integridad y Sabiduria
Sermones

Enfrentando mis pruebas victoriosamente (parte 2)

Héctor Salcedo 22 agosto, 2010

Cuando la prueba golpea con fuerza, el gozo no suele ser la primera reacción del creyente. Santiago manda tener "sumo gozo" ante las dificultades, pero ¿qué hacer cuando ese gozo simplemente no está presente? La respuesta aparece en los versículos siguientes: pedir sabiduría a Dios. No gozo directamente, sino sabiduría para entender la prueba a través de los ojos de Dios. Cuando logramos ver el propósito divino en medio del dolor, el gozo encuentra su camino hacia el corazón.

Una historia ilustra cuán desconcertante puede ser la prueba. Dostin, un misionero en China con siete años de servicio, viajó a Estados Unidos para tomar una clase de seminario. Durante esa semana, su hijo de tres años fue atropellado y murió mientras estaba al cuidado de su esposa. ¿Cómo decirle a ese padre que tenga gozo? Sin embargo, cuando Dostin y su esposa regresen a China sin su pequeño Elías y la comunidad pregunte qué pasó, su testimonio de que Dios es fiel y bueno transformará vidas eternamente.

Santiago ofrece tres recursos para enfrentar las pruebas cuando el gozo no aparece: pedir sabiduría con fe genuina, no con lealtades divididas entre Dios y el mundo; adoptar la perspectiva divina sobre nuestra condición, ya sea de pobreza o riqueza, recordando que lo material es pasajero; y fijar los ojos en la recompensa eterna, la corona de vida prometida a quienes perseveran. Lo que más impresionaba a los romanos cuando mataban a un cristiano no era que muriera resignado, sino que muriera cantando. Eso es lo que la sabiduría de Dios produce: no mera resignación ante el sufrimiento, sino gloria en medio de él.

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

Es un gozo de nuevo estar aquí con ustedes compartiendo la Palabra y tratando de aprender juntos lo que el Señor nos dice a través de ella. La idea es que cada domingo, de alguna manera, yo me lleve algo —o algunas cosas cada uno de nosotros— que podamos vivirlas cuando salimos, y que no se queden en un mero mensaje hermoso y en una buena reflexión, sino que comiencen a ser parte de nuestras vidas y que las vivamos.

Como muchos recordarán —la mayoría recordará—, la semana pasada iniciamos una serie sobre el libro de Santiago. Es un libro que está en el Nuevo Testamento, es un libro muy corto, apenas cinco capítulos, pero es un libro muy práctico. Además de corto es práctico, pero además de práctico es amplio, porque toca temas muy variados y que son en extremo relevantes para nuestra vida como creyentes y para nuestra vida como hijos de Dios.

En este caso en particular, este libro está dirigido a una audiencia que estaba pasando momentos y situaciones muy difíciles en sus vidas. Eran gente que había salido huyendo de Jerusalén, estaban siendo perseguidos, rechazados, algunos de ellos martirizados por los judíos tradicionales o la religión judía, y también por el imperio romano. Esa es la razón por la que Santiago comienza su carta, y los primeros doce versículos de su carta tienen que ver con la manera como nosotros —o en este caso ellos como creyentes— debían enfrentar las pruebas y las dificultades en su vida. Ese es el objetivo de estos primeros doce versículos de Santiago.

La idea central, y de hecho más que enfrentar las pruebas, es cómo enfrentar las pruebas victoriosamente, de una manera que edifique el corazón del que la pasa y de una manera que glorifique a Dios, que las permite y en muchos casos las orquesta. Y es precisamente eso lo que Santiago discute en sus primeros doce versos.

La semana pasada vimos el primer componente que Santiago manda a que tengan los creyentes en medio de las pruebas, y decíamos que era una actitud. Santiago dice en su versículo 2, en el capítulo 1, que nosotros hemos de estar de tener sumo gozo cuando nos encontramos en diversas pruebas. Y sabemos que no es gozo porque disfrutamos el sufrimiento, porque eso sería masoquismo. Es un gozo basado, según el versículo 4, en que sabemos que al final habrá una producción de paciencia en nuestras vidas, y que esa paciencia va a generar madurez, perfección y plenitud de nuestras vidas. Por lo tanto, nos gozamos en las pruebas no por la prueba en sí, sino por el resultado que tiene en nuestras vidas. Y decíamos que esa actitud es lo que Santiago manda que nosotros tengamos en medio de la dificultad: sumo gozo.

Pero muchas veces no es esa la reacción del creyente. No era esa la reacción de estos creyentes de los contrarios antiguos. No les hubiese mandado a reaccionar con gozo; posiblemente muchos de ellos estaban ahogándose en la prueba. Posiblemente muchos de ellos, en lugar de gozo, tenían tristeza. En lugar de saber lo que tenían que hacer, estaban sumidos en la incertidumbre. No sabían por qué Dios permitía eso, cuál era el propósito de esta situación, y en lugar de gozo había toda una serie de reacciones inadecuadas a la dificultad.

Y yo creo que eso es una realidad que nos toca a todos, apropiémonos de ella. Yo creo que la mayoría de nosotros reaccionamos no con gozo ante la prueba, sino con otro tipo de reacciones diferentes. Y cuando Santiago habla de prueba, él no las categoriza, no las clasifica. Hay pruebas pequeñas, hay pruebas grandes, como vimos la semana pasada, unas más pesadas que otras.

Y reflexionando sobre eso, yo decía: bueno, si el gozo no es mi reacción natural, si el gozo no es lo primero que yo siento —en algunos casos nunca siento gozo cuando estoy en una dificultad—, ¿qué es lo que me pasa? ¿Cuáles son los recursos que me da la Palabra de Dios para cuando yo no reacciono con gozo ante la prueba? ¿Qué puedo hacer? Y eso es lo que Santiago entonces trata en sus versos 5 al 12: qué recursos tiene el creyente para reaccionar, o para usar, perdón, cuando su reacción no ha sido el gozo. ¿Qué puede hacer? ¿Cómo debe venir ante Dios? Y eso es lo que él ha tratado en los versos del 5 al 12.

Pero antes de eso, precisamente quería ponerles un ejemplo, una ilustración de qué tan desconcertante puede ser una prueba para nosotros. En junio de este año, hace dos meses aproximadamente, yo tuve que ir a Chicago a tomar una materia de la maestría que estoy haciendo en teología. En ese momento tuve que ir por una semana. Charbela, mi esposa, me acompañó, y tenía que tomar esta materia que se llama modular. Es un esquema modular donde uno va por una semana y uno toma de manera intensa la clase que corresponde a todo un semestre. Nos dan de lunes a viernes clases de ocho de la mañana a cinco de la tarde, y ahí vemos todas las clases que nos correspondería tratar en un semestre. Viene gente de muchos sitios, viene gente de muchos sitios de Estados Unidos, de fuera del país, y nos juntamos ahí todos a estudiar diferentes materias. Unos estudiaban una, yo estudiaba otra, pero sucesivamente así eran varios grupos, y en un momento dado todo el grupo se unía a compartir.

Entre nosotros éramos unos cincuenta o sesenta personas. Llegamos un lunes, tomamos clases ese día. El martes teníamos un almuerzo conjunto de todos los estudiantes que habíamos ido esa semana a Chicago. Y yo me senté en una mesa redonda, habíamos como ocho o diez personas. Al lado mío se sienta este joven de nombre Dustin. Y yo comienzo a conversar con Dustin y le pregunto qué clase toma. Me dice que es misionero en China, que ha venido desde China a tomar la clase. ¡Qué privilegio estar tomando clase con una persona que está siendo misionero en China!

Y le pregunto de su familia —estoy hablando de una persona de treinta y tantos años, bien joven para mí— y me dice que él está casado, tiene tres hijos. El hijo menor tiene tres años, se llama Elías, igual que el mío. No en inglés "Elijah", sino Elías, le pusieron ellos Elías en español. ¡Increíble! Y comenzamos a identificarnos el uno con el otro. Me dice que tiene dos niñas más, mayores del bebé de tres años.

Y le pregunto yo: "¿Cómo te ha ido a ti en China?" Me dice: "Bueno, yo estoy gozoso por lo que el Señor está haciendo. Tengo siete años ya trabajando como misionero." Le pregunto si aprendió el idioma. Me dice: "Sí, aprendí mandarín", mandarín, ese idioma chino. Y me dice que está aprendiendo otro idioma porque quiere ir a otra región a trabajar, a seguir ministrando. Y yo lo afirmé mucho, le dije: "¡Wow!" O sea, esas son las historias que uno lee en los libros, que son de motivación para uno, que una persona sale de esta cultura americana de muchos recursos, de muchas comodidades, a una cultura que es hostil al evangelio, a darlo todo por el Señor. Y me ministró de manera especial, tocó mi corazón.

Le pregunto que cómo se siente él, si él se siente seguro en China o no. Me dice: "Sí, más que en Estados Unidos. Allá no hay delincuencia, no hay robo, por lo menos en la comunidad donde yo vivo, y vivimos muy tranquilos." Y ahí nos despedimos, terminó el almuerzo y nos despedimos.

Esa tarde, bajando de la biblioteca, me lo encuentro de frente y lo saludo de nuevo. Le doy un abrazo y le presento a Charbela, que estaba en otro lugar en el momento que estábamos almorzando. Le presento a mi esposa Charbela y le digo: "¿Cómo estás, todo bien?" Me dice: "Sí, sí, todo bien."

Al otro día —eso fue un martes— al otro día, desde que llegamos a las ocho de la mañana, sentimos un run-run, como decimos nosotros, un movimiento, la gente un poco rápida diciendo: "Pasó esto, pasó esto." Cuando nosotros preguntamos qué es lo que pasa, que está todo el mundo hablando, sucedió que Dustin había salido la noche del martes muy rápido para su casa porque su niño de tres años había fallecido.

Y eso fue un shock para mí que ustedes no se pueden imaginar. Cuando Charbela y yo nos enteramos, comenzamos a llorar, a llorar por Dustin, por su esposa. No sabíamos las condiciones de la muerte, pero su esposa estaba con él, ya había venido con él a tomar la clase. Y en los cursos, cada curso oró por él, y nuestra petición era: "Señor, obviamente consuela su corazón, consuela su corazón."

Porque, ¿cómo enfrenta uno una situación de este tipo? Cualquier persona que no conozca a Dios pudiera decir: "¿Así que Dios les paga a sus siervos? ¿Así que tú, Dios, les pagas a tus siervos? Un hombre que ha entregado su vida, que está sirviendo en el campo misionero, y su hijo ni siquiera muere en el campo misionero. Su hijo muere en su país, vienen de vacaciones y lo atropella" —después nos enteramos— "un carro." ¿Cómo enfrenta una situación como esa como padre, como madre? ¿Cómo vive esa madre con la culpa de no haber cuidado a su hijo apropiadamente? Ella estaba con él cuando él es atropellado, y le dice: "No salgas a la calle." Y de repente, en un minuto que ya no se da cuenta, su hijo sale disparado para la calle, viene un carro y lo atropella. ¿Cómo vive esa madre? ¿Cómo vive ese padre?

Es algo desconcertante. Es algo que obviamente yo no le puedo decir a Dustin —sería una muy mala consejería— abrir el libro de Santiago y decirle: "Tened por sumo gozo, hermanos míos, el que hayáis caído en diversas pruebas." Eso es insensible. Obviamente hay una aflicción, un dolor con el cual yo primero tengo que llorar, con el cual yo primero tengo que identificarme. La primera reacción ante una situación como esta no es gozo. De hecho, posiblemente el gozo venga tardíamente.

Pero aun así, el llamado de Santiago es: tengan por sumo gozo cuando se encuentren en diversas pruebas. ¿Cuáles pruebas? Cualquier prueba. Hasta este tipo de pruebas. Hasta esa muerte incomprensible e ininteligible a los ojos de un ser humano, de un niño que no tiene nada que pagar, que pertenece a unos padres que están sirviendo a Dios. ¿Cómo explico eso?

Y es la situación en la que nosotros nos encontramos muchas veces en las pruebas: "Señor, ¿por qué? Yo no sé, yo no entiendo, yo no veo el beneficio, yo no lo veo." Cuando nosotros comenzamos a pensar en esta muerte de este hijo de Dustin, una manera de nosotros mismos encontrar gozo en esto —digo yo— mira, yo no dudo que Dios use esto.

Poderosamente, porque imagínate: cuando Denis y su esposa regresaron a la China, no se descorazonaron de su Dios. Regresaron al campo misionero, regresan sin su niño, y la gente que los conoce, la gente de su comunidad a la que ellos le están ministrando, les comienzan a preguntar: "¿Y dónde está Elías?" "Se fueron con él, no regresaron con él. Él ya murió, él ya falleció, pero Dios nos ha sostenido, pero Dios es fiel, pero Dios es bueno, pero Dios es bueno." Díganme ustedes si no hay un impacto profundo en aquellos que escuchan un testimonio de ese tipo. Hay vidas que van a ser cambiadas eternamente por esas realidades.

Pero definitivamente, ante situaciones como esas, yo no sé cómo reaccionar. Nos perdemos, nos desconcertamos, no sabemos qué aconsejar, qué decir. Lo único que podemos hacer es abrazar a la persona. A veces decimos: "Por sumo gozo." ¿Por qué yo no lo voy a decir? Eso es un mandato de la Palabra, y eso es lo que Santiago trata en los versículos del 5 al 12. Cuando el gozo no es tu primera reacción, cuando el gozo no es ni siquiera tu última reacción, cuando el gozo no está presente en medio de tu dificultad, ¿qué tú puedes hacer? ¿Qué hago? ¿Cómo oro? ¿Qué pido?

Leamos del 5 al 8: "Pero si alguno de vosotros se ve falto de sabiduría, que la pida a Dios, el cual da abundantemente a todos y sin reproche, y le será dada. Pero pida con fe, sin dudar, porque el que duda es semejante a la ola del mar, impulsada por el viento y echada de una parte a otra. No piense, pues, ese hombre que recibirá cosa alguna del Señor, siendo hombre de doble ánimo, inestable en todos sus caminos."

Versículo cinco, leo de nuevo: "Pero si alguno de vosotros se ve falto de sabiduría, que la pida a Dios." Me llama la atención que inmediatamente Santiago termina en el versículo 4 de decirnos: tengan por sumo gozo cuando se encuentren en diversas pruebas, porque la prueba de vuestra fe produce paciencia, y la paciencia produce perfección y plenitud. Eso es lo que dice el texto en el versículo 4: sin que os falte nada. Pero ahora comienza el 5: "Pero si alguno de vosotros se ve falto de sabiduría..." Si tú eres maduro, no te falta nada, pero muchos de nosotros no estamos en ese nivel de madurez. Nos faltan cosas, nos falta sabiduría para entender la prueba, para enfrentarla con gozo. No sabemos cómo enfrentar esta situación, no tenemos la sabiduría de Dios, no tenemos los ojos de Dios, las perspectivas de Dios para yo procesar esta situación de una manera que me resulte en gozo.

Entonces me llama la atención que Santiago en el versículo 5 no dice: "Pero si alguno de vosotros le falta el gozo, pida gozo." Ante la prueba y la dificultad que nos llena de incertidumbre, que nos llena de dolor, que nos llena de aflicción, y el gozo ni se ve por ahí, lo que nos falta no es gozo. Sabiduría, para yo procesar cómo esto contribuye con el propósito de Dios en mi vida. Si yo logro ver esa conexión, yo encontraré razones para gozarme. Y eso es lo que Santiago dice.

Entonces, ¿cuál es la solución? ¿Qué es lo que tenemos que hacer cuando el gozo no está presente en un corazón afligido? Vaya donde Dios y pida sabiduría. Eso es lo que necesitamos: sabiduría. Sabiduría en este contexto es entendimiento y comprensión de la prueba, del beneficio de la prueba, del propósito de la prueba, de entender la prueba y la dificultad a través de los ojos de Dios. Eso es lo que nos hace falta cuando no tenemos gozo en medio de la prueba.

Y fíjense que nos manda pedir sabiduría. Su mandato: pidan sabiduría. Es la primera conexión que hace el libro de Santiago con el Sermón del Monte de Jesús. Una de las, digamos, enseñanzas más conocidas de Jesús del Sermón del Monte es: pedid y se os dará. Y fíjense lo que dice el versículo cinco ahí en la mitad: "que la pida a Dios", y al final dice: "y le será dada." Esta es una aplicación del Sermón del Monte: pedid y se os dará.

Y muchos de nosotros vamos al Sermón del Monte y leemos lo siguiente. Mateo 7, versículo 7: "Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá. Porque todo el que pide, recibe; y el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá." Y luego Jesús entra a decir: "Porque, ¿quién de vosotros hay que si un hijo le pide pan, le da una piedra? ¿O un pescado, le da una serpiente?" Y Jesús concluye: "Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¡cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará cosas buenas a los que se lo piden!" Cosas buenas a los ojos de Dios, cosas convenientes. No es que yo voy donde Dios a pedir una bicicleta. Yo no voy donde Dios a pedir eso. Yo voy donde Dios a pedir cosas que yo necesito para yo agradarle a Él, cosas que contribuyen con que mi vida se adecúe a sus propósitos. "Señor, dame sabiduría." Claro que el Señor va a decir: "Ten sabiduría, la necesitas, porque cuando la tengas me vas a agradar, vas a reaccionar con gozo ante la prueba, que es lo que yo quiero."

Y obviamente esta conexión del Sermón del Monte es importante porque, como decíamos la semana pasada, este libro de Santiago lo podemos ver como una aplicación del Sermón del Monte a nuestras vidas. Pedid y se os dará. ¿Tú necesitas sabiduría en medio de la dificultad? Pídela a Dios. Literalmente es lo que nos dice el texto.

Es interesante también que si nos vamos a Santiago 4:3, ahí dice Santiago, está hablando de diferentes temas, nuevamente un libro muy amplio, pero dice: "Pedís y no recibís, porque pedís con malos propósitos." Perdón, al dos me voy. Al dos: "Codiciáis y no tenéis; por eso cometéis homicidio. Sois envidiosos y no podéis obtener; por eso combatís y hacéis guerra. No tenéis porque no pedís." Y aquí dice: pidan sabiduría. ¿Qué nos pasa a nosotros en medio de la prueba muchas veces? Que Dios no es nuestro primer recurso. Dios no está en el escenario. Vamos donde Dios cuando ya no nos queda ninguna otra opción. Y Santiago dice: pidan sabiduría si la necesitan, si el gozo no está presente en medio de la dificultad, pídanla.

Pero muchas veces la dificultad no nos trae a una mayor comunión con Dios, no nos trae a una mayor intimidad con Dios. Y es lamentable que no aprovechemos, por así decirlo, la dificultad para yo acercarme más a Dios, para hacerme más dependiente de Dios, para hacer crecer mi relación de intimidad con el Señor. Y cuando eso no se produce, la prueba no está dando todo su beneficio. Cuando al final de una prueba yo no termino más cerca de Dios, hay un beneficio de la prueba que no he obtenido. Quizás aprendí una gran lección, pero si mi comunión con Dios no se hace más cercana, la desaproveché en algún sentido. Y eso es lo que Santiago nos dice: vayan donde Dios, en comunión, en intimidad, pidan la sabiduría que necesitan para poder enfrentar la prueba con gozo.

Pero él califica esta petición. No dice: "Pidan, les será dada." Dice, y agrega, en el versículo 6: "Pero pida con fe, sin dudar, porque el que duda es semejante a la ola del mar, impulsada por el viento y echada de una parte a otra. No piense, pues, ese hombre que recibirá cosa alguna del Señor, siendo hombre de doble ánimo, inestable en todos sus caminos." Pidan sabiduría, pero háganlo confiando en que Dios les va a dar la sabiduría.

Y esta expresión de "hombre inestable", "hombre de doble ánimo" —hombre, mujer, obviamente— inestable, de doble ánimo, ha dado mucha agua de beber a muchos estudiosos. ¿Qué significa? ¿Quién es el hombre o la mujer de doble ánimo para Santiago? ¿Quién es este individuo? Bueno, nosotros tenemos una idea de quién es, porque en el capítulo 4, versículo 8, Santiago habla del hombre de doble ánimo de una manera más concreta y más precisa. Le da un mandato al hombre de doble ánimo y le dice en el versículo 8, capítulo 4: "Acercaos a Dios, y Él se acercará a vosotros. Limpiad vuestras manos, pecadores, y vosotros de doble ánimo, purificad vuestros corazones." El mandato al de doble ánimo es purificarse. Y la expresión de purificarse ahí es que este individuo tiene una mezcla de lealtades: su lealtad es con el mundo y con Dios.

Y si nosotros leemos los primeros versos del capítulo 4 nos vamos a dar cuenta. Fíjense lo que dice el capítulo 4:4: "¡Oh almas adúlteras! ¿No sabéis que la amistad del mundo es enemistad hacia Dios? Por tanto, el que quiere ser amigo del mundo se constituye enemigo de Dios." Y concluye al final: "Vosotros de doble ánimo, purificad vuestros corazones." El individuo de doble ánimo es el que tiene dos aguas, el que quiere vivir conforme supuestamente a los parámetros de Dios pero también él recurre a los parámetros del mundo, el que tiene un compromiso con Dios pero él tiene un compromiso con el mundo. Es un hombre literalmente de un corazón dividido, es un media tinta, es un aparente cristiano o un cristiano de medio compromiso. Él tiene un pie en el mundo y un pie supuestamente en Dios. Él le pide a Dios sabiduría, pero no está del todo seguro de que esto va a obrar para su bien. "Pero déjame pedirle a Dios sabiduría porque yo no sé, por si al final... Yo la voy a pedir a Dios sabiduría, sí, pero yo voy a resolver por mi lado, porque uno no puede dejárselo todo a Dios." Un corazón dividido, con lealtades divididas, con confianzas divididas: ese es el hombre de doble ánimo.

Que de hecho es una buena pregunta que nos podríamos hacer: ¿soy un hombre, una mujer de doble ánimo? Porque el versículo 7 me dice: "No piense, pues, ese hombre o esa mujer que recibirá cosa alguna del Señor." Esto es un principio muy amplio. Lo que Dios está diciendo aquí a través de Santiago es: Dios no concede peticiones a personas que tienen lealtades divididas. ¿Tú quieres que Dios te escuche y responda a tu oración? Dios espera un compromiso firme de tu parte hacia Él.

Yo no estoy hablando del que nunca falla, del que nunca es débil, del que nunca duda. De hecho, cuando nosotros leemos "pida con fe y sin dudar", nosotros pensamos que eso se refiere a creer que Dios me va a responder mi oración. Y eso es parte de, pero a veces en medio de la petición, producto de nuestra debilidad, hay una duda en mi corazón: "Señor, yo no... yo no estoy seguro, yo soy débil, yo no sé..." Pero en medio de la duda yo le digo: "Señor, pero yo te he decidido creer a ti, y yo he decidido postrarme ante ti."

Ti creer, en ti seguir. Yo voy a obedecerte aunque mi corazón dude, pero mi voluntad está decidida a obedecerte. Eso es un hombre de una sola voluntad: aunque hay duda presente.

A Abraham le fue dada una promesa de que le iba a dar un hijo. "Te voy a dar un hijo." Veinticinco años pasa Dios en darle ese hijo, y en el medio Abraham duda. Duda de que Dios le va a dar el hijo y tiene un hijo con su esclava Agar. Abraham dudó, y ha sido llamado el padre de la fe. ¿Cómo es posible? Porque no se nos dice que no vamos a tener duda en nuestra vida. No se nos dice una vida con fe sin dudar. No es que yo nunca puedo dudar. No, yo voy a dudar, pero lo que no puedo ser es un hombre de doble ánimo, de doble lealtades, como un pie en el mundo y un pie con Dios. No. Mi determinación y mi voluntad debe ser: "Señor, yo te voy a servir y te voy a obedecer aunque mi corazón y mis emociones apunten en otra dirección, pero yo he decidido servirte." Dios responde la oración de esa persona, la honra. Y eso es importante para nosotros.

Fíjense también que aquí, cuando Santiago nos manda pedir sabiduría en medio de la prueba, le dice "pídanla con fe" y responde algo, y agrega algo que nos habla del carácter de Dios. Nos dice que Dios la da abundantemente y sin reproche. Y esa palabra ahí en el original, "abundante", significa más que gran cantidad; significa intención de propósito. Dios está decidido a darte sabiduría. Dios quiere darte sabiduría. En otras palabras, no es algo que Dios hace esquivamente: "Déjame ver cómo te vas sin mi sabiduría." No, no. Dios quiere dártela, quiere que tú se la pidas confiando en él.

Y la da sin reproche. Dios no te va a decir: "¿Y ahora es que tú vienes a pedir mi sabiduría a mí, después de las diez metidas de pata que tú has dado? Porque tú reaccionaste como no debiste reaccionar, en el momento que debiste reaccionar con gozo y adecuadamente, ¿ahora tú me vienes a pedir? No, ahora no te voy a dar sabiduría. No, eso debía pedirse antes." No, Dios no te dice eso. Dios tampoco te dice: "Pero, ¿es posible que después de tanto tiempo que tú estás expuesto a mi Palabra, enseñándote, creciendo, tú volviste a hacer eso? ¿Volviste a reaccionar de esa manera, actuar de esa manera, a reaccionar con ira en vez de gozo en medio de la prueba?" ¿Es posible? Dios no nos reprocha. Dios quiere darnos sabiduría y nos la da sin reproche, siempre y cuando la pida con una lealtad no dividida.

El segundo recurso que yo tengo para enfrentar la prueba cuando no es gozo mi reacción está en el versículo 9 al 11: "Pero el hermano de condición humilde se gloríe en su alta posición, y el rico en su humillación, pues él pasará como la flor de la hierba. Porque el sol sale con calor abrazador y seca la hierba, y su flor se cae, y la hermosura de su apariencia perece. Así también se marchitará el rico en medio de todas sus empresas."

¿Qué es lo que Santiago está diciendo aquí? Bueno, para yo gozarme en la prueba yo necesito verme como Dios me ve. Si yo soy pobre, necesito verme como Dios me ve. Y si yo soy rico, necesito verme como Dios me ve para yo poder enfrentar la prueba. De hecho, muchos entienden que eso está ahí, en ese lugar del libro de Santiago, porque es una manera de ilustrar cómo la sabiduría de Dios puede darme gozo en medio de la prueba.

¿Cómo el pobre puede gozarse en su pobreza? Santiago lo ilustra. Le dice: "Pero el hermano de condición humilde que se gloríe en su alta posición." ¿Cuál alta posición? Bueno, leamos Santiago 2:5: "Hermanos míos amados, escuchad: ¿No escogió Dios a los pobres de este mundo para ser ricos en fe y herederos del reino que él prometió a los que le aman?"

¿De qué manera el pobre se goza en su pobreza? Bueno, él no considera su pobreza material en lo absoluto. Él pone sus ojos en sus riquezas espirituales, en su gloria eterna, en el reino que le ha sido dado como un heredero. ¿Tiene entonces el pobre razones para gozarse en el Señor o no? Claro que las tiene. Por eso es que el texto dice que el pobre se gloríe en su alta posición, la que Dios le ha dado. Dios te ha hecho heredero de las riquezas en gloria. En otras palabras, olvídate de tu pobreza; esto es temporal, esto es pasajero. Gloríate en esa realidad. Eso es sabiduría aplicada a la vida para producir gozo. Eso es una ilustración de lo que venimos discutiendo.

Al rico se le dice lo mismo. Se le dice: "Gloríate" —por increíble que sea, gloríate en otra cosa— "en tu humillación," no en tu alta posición. Porque ya el rico tiene una alta posición aquí. Si le decimos que se gloríe en su alta posición del cielo además de la alta posición que tiene aquí en la tierra, lo que vamos a producir es un orgulloso. Porque, ¿qué es lo que hacen las cosas materiales en nuestros corazones? Tienden a enorgullecernos, tienden a írsenos a la cabeza y a pensar más de nosotros mismos de lo que realmente somos. Entonces lo que el texto le dice al rico es: no pienses en tus riquezas eternas, piensa en tu humillación, sabiendo que lo que tú tienes es pasajero. Recuerda que tú necesitas a Cristo tanto como el pobre. Esa es tu humillación. Gloríate en eso.

Y algo interesante que es útil es que Santiago está viendo las riquezas como una prueba. No es una mala; cualquiera de nosotros quisiera estar en esa prueba, ¿verdad? La prueba de la riqueza. Una de las pruebas más duras que un cristiano puede enfrentar, porque desafía tu lealtad a Dios, desafía tu fe. Tú comienzas a poner la fe en lo que tienes, no en lo que Dios es. Comienzas a esperar que las riquezas te den valor, no el valor que viene de Dios. Tú crees que vales por lo que tienes, no por lo que eres en Cristo. La prueba desafía tu fe, desafía tu cristianismo, te aleja de la gente, te hace insensible, te hace agarrado con lo que posees. Es increíble ver cómo la persona que más tiene tiende a ser la menos generosa, porque las riquezas se apoderan de tu corazón y no te dejan ser generoso. Las riquezas son una prueba.

El rico, por lo tanto, gloríese en su humillación: en el hecho de que él no vale por lo que tiene, sino que vale por lo que Cristo ha hecho por él. Él ha aceptado a Cristo, lo cual a los ojos del mundo es una humillación. Aceptar a Cristo en ese momento era una humillación, pero gloríate en eso para que no te enorgullezcas. Tú quieres hacerle frente adecuadamente a la prueba de la riqueza: gloríate en el hecho de que tú eres un pecador igual que cualquier otro, y que al final todo lo que tú tienes pasará. Eso es lo que dice el texto. Gloríate en eso, en tu humillación, y enfrentarás la prueba de la riqueza apropiadamente.

Al pobre: ¿Quieres enfrentar la prueba de la pobreza apropiadamente? No pienses en tu pobreza, piensa en tu riqueza en Cristo. Al final, fíjense que el consejo es el mismo. ¿Cuál es el consejo al pobre? Olvídate de lo material, eso no es importante. ¿Al rico? Olvídate de lo material, eso no es importante. El mismo consejo enfocado de dos maneras diferentes. Sabiduría de Dios para gozarnos en las pruebas. Eso es lo que necesitamos y eso es lo que tenemos que pedir.

Y ese es el segundo recurso que Santiago nos dice que tenemos a nuestra disposición para hacerle frente a la prueba: una perspectiva divina de mi condición. Este autor decía, le decía al pobre: "Pudiera tener hambre, pero tiene el pan de vida. Pudiera tener sed, pero tiene agua de vida. Pudiera ser pobre, pero tiene las riquezas eternas."

Los hombres pueden rechazarlo, pero Dios lo ha recibido por la eternidad. Pudiera no tener una morada en la tierra, pero tiene una morada gloriosa en el cielo. ¡Gloria a Dios! ¿De qué tenemos que afligirnos si estamos en una condición de pobreza?

El último aspecto, el último recurso que Santiago nos da para enfrentar la prueba, es que tengamos presente nuestra recompensa eterna en Dios. Miren lo que dice el versículo 12. Ahí concluye Santiago esta parte de las pruebas en la vida del creyente: "Bienaventurado el hombre que persevera bajo la prueba, porque una vez que haya sido aprobado, recibirá la corona de vida que el Señor ha prometido a los que le aman."

Es extraordinaria esta última exhortación a quitar nuestra mirada de la tierra y a ponerla en el cielo. Esta era la esperanza de la iglesia primitiva, y es la esperanza de todas aquellas personas que no han encontrado en la tierra ninguna satisfacción para su corazón. Cuando la tierra no te satisface, piensa en el cielo. Y yo creo que uno de los peligros de esta generación, del momento histórico que nos ha tocado vivir, es que nosotros vivimos tan cómodos aquí en la tierra que la aspiración celestial se ve muy empañada. El cielo ha pasado a ser una realidad de la cual los cristianos hablan muy poco, incluyéndome a mí. Yo hablo muy poco del cielo, hablo muy poco de la promesa.

¿Cuál fue la promesa de Cristo en Juan 14:1-3? "Yo me voy a preparar morada para vosotros, para que donde yo estoy, ustedes estén conmigo." La oración de Cristo en Juan 17 es: "Padre, yo quiero que donde yo estoy, estos también estén, para que vean mi gloria, la gloria que me diste desde la fundación del mundo." El cielo es una realidad que está presente a lo largo de toda la Biblia: la esperanza del cielo, la esperanza de vivir en la presencia de Dios.

Para nosotros el cielo se ha convertido en algo que le decimos a los niños. Muy pocos adultos hoy en día nos vemos apasionados por la realidad del cielo, por la realidad eterna, por la corona de vida que recibiremos por Cristo. El cielo: algo bonito, algo simbólico. Algunos creen que es mitológico; algunos que es un simbolismo de que al final tu vida espiritual va a crecer a tal punto que tú vas a vivir una especie de cielo aquí en la tierra. Pero eso no es lo que nos dice la Palabra. El cielo es una realidad que todos vamos a enfrentar de una manera positiva o negativa. Aquellos que conocemos a Cristo la enfrentaremos para nuestra bendición; aquellos que no conocen a Cristo como Señor y Salvador, lamentablemente, cuando comparezcan ante el tribunal de Cristo, no se les dará entrada al cielo.

Y Santiago dice: ustedes se encuentran en pruebas, ténganlo por sumo gozo porque produce paciencia. ¿No encuentran gozo? Pidan sabiduría, pídanla con fe. Sepan también que su condición frente a Dios no importa si tú eres pobre, tú eres rico; es la misma. Pero número cuatro, final: piensa en el cielo en medio de la prueba. Piensa en la redención de nuestras almas, en la corona de vida que te será dada. Y la palabra "corona" no es la corona que recibe un rey, que por su posición recibe una corona; es la corona que recibe un atleta, que después de su esfuerzo es coronado. Es la corona que aparece: la corona de vida.

Yo creo que nosotros debemos, en nuestros momentos de meditación y de reflexión, dar mucho más espacio a las realidades de las promesas eternas de Dios, las recompensas de Dios para nosotros prometidas en Su Palabra. Si están ahí es porque Dios consideró que era importante para nosotros. Son una motivación para mi corazón. Y como lo decía al principio, a veces muchos de nosotros estamos tan cómodos que la aspiración del cielo no parece apetecible.

Yo ya pensé en mi vida, en un momento dado, antes de yo casarme, yo le decía: "Señor, yo no me quiero ir para el cielo antes de yo casarme." A veces implícitamente le decimos: "Señor, yo no quiero irme para el cielo, que Tú me lleves a Tu presencia, hasta que yo no haga ciertas cosas aquí, que yo no posea cierto estatus, que yo no logre algo aquí en la tierra." Como que hubiera un déficit de satisfacción en el cielo, que yo quiero lograr aquí en la tierra primero antes de irme. Hay cosas que yo quiero experimentar antes de irme.

Cuando la descripción del cielo en la Biblia es que nosotros hoy... han hecho... Dios nos ha dado una capacidad de imaginación extraordinaria. Todo el que es un artista, todo el que ve un lugar hermoso y dice: "¡Wow, qué bonito está esto!", es producto de una imaginación extraordinaria que Dios ha puesto en nosotros. Una pintura de un pintor famoso y uno dice: "¡Wow! ¿Cómo esa persona se pudo imaginar eso?" Y así seguimos sucesivamente. Bueno, sucede que cuando Dios describe el cielo dice que la imaginación humana no es capaz de imaginar lo que Dios tiene preparado para aquellos que le aman. Tú sumas toda la creatividad humana, toda la creatividad humana desplegada en todas las artes, una imaginación extraordinaria, y la imaginación humana no es capaz de imaginar lo que Dios ha preparado.

Eso debe movernos, hermanos. Eso debe motivar el corazón a vivir de una manera aquí que represente un impacto eterno en el cielo, una recompensa de vida eterna.

Hace un par de días, como yo les decía, yo he estado revisando la vida de Joni Eareckson Tada. Y yo mencionaba en el último culto de la semana pasada, aunque no en este, que Joni Eareckson Tada, que ha estado postrada en una silla de ruedas toda su vida, toda su vida, cuarenta años desde los diecisiete... Ella es pintora y tiene una pintura que no la hizo ella, se la regalaron, de una caricatura donde ella es dibujada junto a su esposo bailando en el cielo. Y entonces la silla de ruedas, que ella ha tenido, que ha sido su hermana, su amiga, su madre durante cuarenta años, se ve en una nubecita, supuestamente la parte de atrás. Y ella dice que cuando la vea ahí, a la silla, le va a dar una patada para que se vaya del cielo. No hay lugar para debilidad, imperfección, precariedad, déficit, absolutamente nada.

Pero entonces ella dice, y comienza a llorar, está relatando esto junto a su esposo, su esposo comienza a llorar, porque Joni ha hablado del momento que Joni va a bailar en el cielo. Y ella dice: "Pero la primera pieza será para Jesús." ¡Qué gloria! ¡Qué gloria es eso! Vivir con las pruebas terrenales opacadas por la gloria del cielo. Eso es lo que nosotros tenemos que pedirle al Señor que nos dé, que nos dé esa manera de ver la vida en donde Él pueda, donde Él sea glorificado aún en medio de nuestra aflicción.

Es gozo lo que se nos pide, pero gozo no es muchas veces lo que viene. Necesitamos Su sabiduría, necesitamos Su perspectiva para entender mi condición de pobreza, de riqueza, de aflicción o de prosperidad. Pero necesito una visión del cielo que me motive a vivir en gozo.

William Barclay, en uno de sus libros acerca de Jeremías, decía lo siguiente, y con esto termino. Decía: "La paciencia de la que habla Santiago no es una cualidad pasiva, sino activa. No es solo capacidad para soportar agravios." Yo no estoy hablando de una capacidad para aguantar lo que venga solamente. "No, es la capacidad de convertir el agravio en gloria y grandeza." Oigan esto: lo que más impresionaba a los romanos cuando mataban a un cristiano no era que el cristiano moría resignado; moría cantando. Y eso es lo que nosotros tenemos que perseguir en nuestra vida. La aflicción no solamente es resignación; lo que estamos pidiendo es gozo. Es gozo sabiendo que en la aflicción Dios construye mi carácter y manifiesta Su gloria. Y cuando no tengo el gozo, recurramos a Él en sabiduría, en búsqueda de sabiduría, confiando que la va a dar porque Él es un Dios generoso.

Héctor Salcedo

Héctor Salcedo

Héctor Salcedo es economista de profesión y pastor de corazón. Posee una maestría en Estudios Bíblicos del Moody Bible Institute de Chicago y estudios de posgrado en Macroeconomía Aplicada. Es pastor de la Iglesia Bautista Internacional desde 2004, donde supervisa áreas administrativas y financieras, además de predicar regularmente. Está casado con Chárbela El Hage y tienen dos hijos, Elías y Daniel.