Integridad y Sabiduria
Sermones

La verdad, toda la verdad y nada más que la verdad

Héctor Salcedo 26 agosto, 2012

La veracidad es una de las marcas más reveladoras del estado espiritual de un creyente. En un mundo plagado de mentiras, donde nadie cree a nadie —los ciudadanos desconfían de los políticos, los esposos dudan de sus esposas, los hijos no inspiran confianza en sus padres—, Santiago cierra su carta con un mandato directo: que nuestro sí sea sí y nuestro no sea no. La necesidad misma de jurar existe porque hay falsedad en el mundo; si entre nosotros hubiera veracidad, el juramento no sería necesario.

Santiago no prohíbe todo juramento, sino aquella práctica capciosa de los judíos que juraban por el cielo, por la tierra o por el templo precisamente porque no tenían intención de cumplir, dejando a Dios fuera de la ecuación para no comprometerse realmente. Esa forma resbalosa de hablar —decir una cosa pensando otra, buscar cláusulas para escapar de la palabra empeñada— procede del mal. Si alguien pudiera recoger todo lo que decimos en un año y escribirlo en varios tomos, ¿cuáles serían los títulos de esos capítulos? Las medias verdades, las mentiras blancas, las exageraciones para quedar bien, el silencio calculado: todas son formas de falsedad que dañan las relaciones porque destruyen la confianza.

El mandato a ser veraces no es arbitrario. Dios mismo es verdad; Cristo murió por la verdad de su santidad y nuestro pecado. Cada palabra que pronunciamos es escuchada en su presencia. La motivación para cumplir nuestra palabra, aunque implique sacrificio, es saber que seremos juzgados —no para condenación, pero sí para recompensas— y que honrar a Dios con nuestro hablar refleja su carácter en nosotros.

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

¡Vamos, hermanos, para mi vida es Su palabra! La semana pasada nosotros vimos los versículos del 7 al 11 del capítulo 5, y básicamente la idea de esos cinco versos era que Santiago mandaba, literalmente les exhortaba, a los hermanos a tener paciencia en medio de la dificultad y la aflicción. Ese es el mensaje principal de la semana pasada.

A lo largo de su carta, Santiago ha hablado varias veces de las dificultades y las aflicciones en la vida cristiana. Yo creo que tiene mucho sentido que en una carta que es eminentemente práctica haya muchas referencias a las pruebas y a las aflicciones. Porque si hay algo que es común a nosotros, a todos los seres humanos —grandes, pequeños, ricos, pobres, blancos, negros, rubios, bonitos y feos—, es que estamos expuestos a problemas, dificultades y aflicciones de diferente índole: a veces en el ámbito económico, a veces en el ámbito familiar, a veces en el ámbito matrimonial, a veces en el ámbito laboral, a veces en nuestra salud, a veces problemas dentro de la iglesia, problemas en el país en el que vivimos. Hay problemas de todo tipo y a todo momento, y el que no esté pasando por uno, pues espere, que por ahí viene uno o varios. Porque si hay algo que es una realidad en nuestras vidas, son los problemas, las aflicciones y las dificultades.

Santiago entonces comenzó su carta con una referencia a las pruebas, a los problemas, a las dificultades, y termina también su carta con una referencia a este tipo de cosas. Y eso fue lo que vimos la semana pasada. Ante esas circunstancias difíciles que todos enfrentamos, Santiago les dice a los hermanos: paciencia, hermanos. Paciencia, porque el Señor viene, el Señor juzgará a aquellos que les han hecho daño, y el Señor también traerá regocijo a sus almas en la medida en que sus sufrimientos se terminen y se acaben. Nos sentiremos regocijados, nos sentiremos refrescados por el Señor. O sea que el estímulo de Santiago al final de su carta no es: ¡ora para que el problema se vaya!, sino: desarrollen la paciencia, una virtud cristiana muy, muy referida en la Biblia, para que nosotros podamos enfrentar las dificultades que nos vienen.

Entonces, habiendo terminado eso, él comienza con el versículo 12, lo que muchos han llamado la conclusión de su carta. Esta es el inicio de la conclusión de la carta de Santiago. El versículo 12 hace referencia a algo que, como vamos a ver, tiene mucha implicación para nosotros. Lo leemos:

"Y sobre todo, hermanos míos, no juréis, ni por el cielo, ni por la tierra, ni con ningún otro juramento; antes bien sea vuestro sí, sí, y vuestro no, no, para que no caigáis bajo juicio."

Es un solo versículo que vamos a ver precisamente porque esta última parte de la carta se trata de instrucciones rápidas y cortas sobre ciertas verdades, algunas de las cuales son un resumen de lo que él ya ha presentado. Santiago ha hablado mucho de la lengua, de la manera de hablar, del contenido de lo que decimos. Ahora vamos a hacer referencia a una serie de versos que Santiago usa a lo largo de su carta. Pero en este caso en particular, si yo les puedo resumir en una sola palabra lo que este versículo implica, es: veracidad. Lo que Santiago está pidiendo de nosotros es veracidad en nuestra manera de hablar y en nuestra manera de caminar en la vida.

Debemos ser individuos veraces. Y si hay algo de lo cual nuestra sociedad y nuestra generación carece, es de veracidad. Vivimos en un mundo plagado de mentiras. Nadie cree en nadie, literalmente. Los ciudadanos no creen a los políticos, los políticos no se creen a sí mismos, las ovejas no creen a los pastores, hay pastores que no creen a sus ovejas tampoco. Los hombres no creen a las mujeres, y los esposos a veces dudan de sus esposas y viceversa. A veces los padres no inspiran confianza en sus hijos, ni los hijos tampoco se ganan la confianza de los padres. Porque vivimos en un mundo de mentiras, falsedades y engaños para salirnos con la nuestra, para salvar nuestro pellejo, para quedar bien, para salvar nuestra reputación, nuestra imagen. Queremos quedar parados donde quiera que estamos, y a veces estamos dispuestos a mentir para que eso sea posible.

Vivimos en un mundo de mentiras donde hay mucha desconfianza, donde hay mucha sospecha de todo el mundo. La gente dice una cosa y no la cumple, así de sencillo. No estamos tratando de inventar el agua tibia ni de decir una gran teología. De lo que estamos hablando es de que sencillamente la gente, el ser humano, nosotros, con frecuencia no cumplimos la palabra que damos. Y a veces no cumplimos esa palabra en cualquier ámbito: en el ámbito de mi profesión, en mi trabajo no cumplo lo que digo, ya sea yo el jefe o el subalterno. A veces no cumplo mi palabra como esposo hacia una esposa, el pastor no cumple su palabra con sus ovejas, el empresario no cumple su palabra con sus clientes, ni cumple su palabra con el gobierno ni viceversa. Esto es un mundo de mentiras.

Por eso entonces el mundo se ha vuelto tremendamente complejo de vivir. Ayer estaba en una reunión familiar y hablábamos de eso, hablábamos de construir una edificación en nuestro país, y decíamos que el problema de la construcción es la gente, porque la gente no cumple. Nos quedamos pensando y al final dijimos: el problema del mundo es la gente. El engaño, la falsedad, la falta de integridad de la gente, ese es el problema. La gente te dice una cosa y no la cumple; tú cuentas con eso, te comprometes con eso, y al final no te cumplen lo que te dijeron. Hay una falta de veracidad epidémica en nuestra generación.

En este versículo hay tres cosas que yo quisiera que revisáramos. En primer lugar, la importancia de ser veraces. En segundo lugar, el mandato a ser veraces, que está aquí presente. Y en tercer lugar, la motivación a ser veraces. La palabra clave aquí es veracidad.

Comenzando con la importancia de ser veraces, fíjense cómo comienza Santiago su exhortación o su mandato: "Y sobre todo, hermanos míos." La frase "sobre todo" ha dado mucha agua de beber, mucha discusión entre diversos comentaristas de la Biblia. ¿Qué quiere Santiago decir con "sobre todo"? Porque "sobre todo" en castellano significa lo más importante que yo les tengo que comunicar, lo más relevante que tengo que decir. Pero realmente creo que los mejores comentarios revisados, y la palabra en el original, aunque puede ser traducida como "sobre todo", nos llevan a dudar que esto sea el mandato más importante que Santiago tenga que decir. No pensamos que el "sobre todo" aquí signifique "lo más importante"; significa que es algo muy importante, que es algo clave, que es un resumen de muchas cosas que él ya ha dicho. Pero no puede ser "sobre todo" en sentido absoluto, porque hay otros mandatos tremendamente importantes también: como no ser oidores de la palabra sino hacedores de ella, como no hacerle caso a la tentación que nos viene de nuestra propia concupiscencia, como ser leales a la ley del amor de amar al otro como nos amamos a nosotros mismos. Todo eso está en el libro de Santiago, y no podemos comparar y decir que este es más importante que aquel.

Lo que pensamos es que, aunque es importante lo que Santiago quiere decir aquí, en resumen, él comienza a dar una serie de instrucciones. Comienza con una instrucción sobre nuestra forma de hablar, sobre nuestra veracidad, y ciertamente una de las razones por las que lo que hablamos y la forma como lo hablamos es importante es porque es una manifestación de nuestro corazón. Santiago apoya a Jesús cuando Jesús dice que de la abundancia del corazón habla la boca. El hombre no es contaminado con lo que come, sino con lo que sale de él: el pecado, la falsedad, la mentira y todas las impurezas que contaminan al hombre salen de adentro del hombre, por la boca, por lo que decimos, por lo que hablamos, por lo que comunicamos. Y de ahí entonces que este sea un mandato vital para que nosotros entendamos que es un indicador de mi salud espiritual, de mi estado espiritual. El grado de veracidad con el que yo vivo es un indicador del estado espiritual de mi alma.

De ahí entonces la importancia de ser veraces. El tema de la lengua ha sido recurrente en el libro de Santiago. Miren lo que dice Santiago 1:26: "Si alguno se cree religioso pero no refrena su lengua, sino que engaña su propio corazón, la religión del tal es vana." En otras palabras: chequea cómo tú hablas, porque si tú no eres capaz de refrenar tu lengua, posiblemente ni siquiera seas cristiano. Eso es lo que está diciendo en 1:26. Si uno no refrena su lengua, la religión del tal es vana; posiblemente ni siquiera eres cristiano.

Santiago 2:12 dice así: "Hablar y así proceder como los que han de ser juzgados por la ley de la libertad." Hay una manera de hablar que debe caracterizar a aquellos que vamos a ser juzgados por la ley de la libertad, por la ley de Cristo.

Hay una manera de hablar que se espera de nosotros. En el texto más largo de la lengua de Santiago, en el capítulo 3 del 1 al 12, la idea de Santiago es: cuida lo que tú dices, cuida la forma como lo dices. No solamente lo que dices, el contenido de lo que dices, sino la forma como lo dices, porque la forma como tú hablas, como yo hablo, hiere y destruye. Él usa algunas metáforas y dice que la lengua es como un fuego que se enciende en un bosque y quema un gran bosque, una pequeña chispa que quema un gran bosque. Así, muchas veces una expresión maldecida, una expresión insensible, desamorosa, una expresión hiriente, es como una chispa que yo la lanzo en un gran bosque seco y se esparce rápidamente. Así es una palabra maldecida.

Cuida tus palabras, porque es algo peligroso la lengua: hiere y destruye reputación, destruye autoestima, destruye valor en la gente. Cuida tus palabras. En 4:11 él agrega: "Hermanos, no habléis mal los unos de los otros." Y en 5:9, hace apenas una semana vimos eso: "No os quejéis los unos contra los otros, para que no seáis juzgados." Fíjense cómo en una carta de apenas cinco capítulos hay tantas referencias a la manera de hablar. Esto no es casual. Lo que pasa es que Santiago, como yo he dicho en varias ocasiones, está muy interesado en la manera práctica como nosotros vivimos nuestro cristianismo, y la forma de hablar es una muy buena manifestación de la realidad de nuestro cristianismo, de nuestra relación con Dios, de nuestra fe.

Por eso hay tantas referencias a la manera de hablar. Al igual que Jesús, como dije a su momento, Santiago entiende lo mismo: la boca, las palabras, la lengua —pónganle como ustedes quieran— es una manifestación de nuestro estado espiritual. John MacArthur, en su comentario acerca de esto, dice lo siguiente: "Cómo hablan las personas es la prueba más manifiesta de su verdadero estado espiritual. Las personas pecan más con su lengua que de ninguna otra forma. Uno no puede hacer cualquier cosa, pero puede decir cualquier cosa." Hay cosas que no puedes hacer, pero la lengua te permite decir lo que tú quieres y de quien tú quieras.

No es de extrañarse que Jesús dijera: "De la abundancia del corazón habla la boca." En otras palabras, el corazón es un almacén y las palabras muestran lo que hay en ese almacén. Yo creo que eso es una gran verdad. Y no solamente les muestran a los demás lo que hay en ese gran almacén, sino que me muestran a mí lo que hay en el almacén de mi corazón. A veces nosotros hablamos de manera ligera sin pensar mucho lo que decimos y, lamentablemente, no volvemos a revisar lo que dijimos ni la manera como lo dijimos. Pero si lo analizamos, nos conoceríamos un poco mejor. Si lo analizáramos, tendríamos un poco más de arrepentimiento y cambiaríamos algunas formas y algún contenido de lo que nosotros decimos.

Hace un tiempo yo tuve que predicar sobre Santiago 3, y decía como introducción a ese mensaje que nosotros pudiéramos escribir varios tomos al año de todo lo que decimos. Si alguien se pone a recoger todo lo que dice en un año, puede escribir varios tomos de palabras, de cosas dichas. Y yo me preguntaba: si tú recoges el último año, ponte a pensar, si tú lo hubieses escrito... Imagínense que está escrito y está archivado en algún lugar. Cuando yo saque uno de los tomos de lo que tú dijiste ese año, ¿cuáles serían los títulos de los capítulos? ¿Dónde andaría la temática principal de tu conversación, el tono de tu conversación? ¿Dónde estaría? Es muy importante que nosotros pensemos en que las palabras dicen mucho de lo que nosotros somos.

De ahí entonces la importancia de ser veraces, y Dios nos manda ser veraces no por capricho, no por arbitrariedad. Recuerden que cada mandato de Dios emana de su carácter, de sus atributos. Cada mandato de Dios no es solamente para ordenar nuestras vidas; es porque la realidad material debería, idealmente, ser un reflejo de las realidades espirituales de Dios. Dios nos creó a su imagen y semejanza, correcto. Y como imagen y semejanza de Dios, en condiciones ideales, yo debería ser un reflejo de lo que Dios es.

Cuando Dios me pide ser veraz, no lo hace solamente para que no se digan mentiras los unos a los otros. ¿Por qué eso no está bien? No es solo que Él es veraz; es que Dios murió por la verdad, mandó a su Hijo a morir por la verdad. ¿Cuál verdad? Por la verdad de que hay un Dios santo y nosotros somos pecadores, y esa verdad hizo que Cristo muriera. Dios no podía tomar la verdad de su santidad y la verdad de nuestro pecado y decir: "La voy a ignorar." Él tenía que morir por esa verdad. Había que hacer un sacrificio reconciliador, redentor, en favor de los pecadores que éramos nosotros. Por la verdad murió Cristo. Ciertamente.

Entonces, este mandato a ser veraces, la importancia de ser veraces, no solamente descansa en todo lo que hemos visto en el libro de Santiago —que es un reflejo de nuestro corazón—, sino en que Dios es veraz, y yo estoy llamado a reflejar lo que Dios es. Y luego de hablar de esta importancia de ser veraces, fíjense ahora la segunda parte del versículo. Santiago habla de la importancia, de lo que ha dicho, y ahora viene el mandato: "No juréis ni por el cielo ni por la tierra ni con ningún otro juramento. Antes bien, sea vuestro sí, sí, y vuestro no, no, para que no caigáis bajo juicio."

Es un solo mandato que tiene dos caras: hay una prohibición a no jurar y hay un estímulo a que nuestro sí sea sí y nuestro no sea no. Hay mucha gente que ha tomado este mandato de manera literal: no se puede jurar. No sé si ustedes crecieron en República Dominicana —yo me imagino que en otros países también—, jurar estaba mal, era pecaminoso, violaba la ley de Dios, porque en algún lugar mucha gente entiende que la Biblia establece que no se debe jurar. Y hay pasajes que pudieran dar a entender que no debemos jurar, como este: "No juréis." Si lo dejamos ahí, no podemos jurar. Pero dice: "ni por el cielo ni por la tierra ni con ningún otro juramento." Hay un tipo de juramento al que Santiago se opone.

Nosotros sabemos que la Biblia no prohíbe el juramento. El juramento no es más que un testimonio que yo doy de que mi palabra, o una promesa que yo hago, se va a cumplir, y yo llamo a Dios como testigo para garantizar que eso es así. Los juramentos son necesarios por la mentira que hay en el mundo. Cuando una persona se para en un juzgado y dice: "¿Usted jura decir toda la verdad, nada más que la verdad?" —¿cómo dicen? "La verdad, toda la verdad y nada más que la verdad." "Sí, lo juro."— ¿Por qué hay que hacer eso? Es una forma de obligar y amarrar la conciencia de la persona: usted está bajo juramento, en otras palabras, no puede mentir. Si no existiera la mentira, el juramento no fuera necesario.

Es la razón por la que Santiago dice que vuestro sí sea sí y vuestro no sea no. Si entre nosotros hay veracidad, yo no debería tener que jurar. La necesidad del juramento es debida a la mentira en el mundo, correcto. A veces nosotros los dominicanos, para hacernos más creíbles, tenemos juramentos culturales, ¿verdad? "Por mi madre." "¡Por la hostia santísima!" Mira, hemos matado a la mamacita como diez veces. ¿Por qué tenemos que hacer uso del juramento para ser más creíbles? Si no hubiese falsedad en el mundo, el juramento no fuera necesario. ¿Está bien entendido ahora?

Fíjense que en la vida hay muchos ejemplos: Abraham juró, Sue juró, David juró, Pablo juró en Hechos 18:18, Dios juró varias veces, Dios mandó a gente a jurar. Siempre se juraba por el nombre de Dios. Y no solamente eso, sino que Dios les dice en Números 30 a su pueblo: "El juramento hay que cumplirlo. Cumplan el juramento, un voto que ustedes me hagan, cumplan ese voto. Es mejor que no lo hagan si no lo van a cumplir", dice Dios. "Es mejor que no lo hagan si no lo van a cumplir."

Entonces, fíjense que Santiago no prohíbe el jurar. Él prohíbe jurar "ni por el cielo ni por la tierra ni con ningún otro juramento." ¿Por qué este tipo de juramento? Porque los judíos, en sus enseñanzas rabínicas —no en las enseñanzas bíblicas, sino rabínicas— habían desarrollado la tradición de que había dos tipos de juramento: aquel juramento que no tuviese validez, y aquel que sí la tuviese. Ellos decían: el juramento que tú haces por Dios, por el nombre de Dios, hay que cumplirlo. Entonces desarrollaron otra capa de juramentos que, lamentablemente, mucha gente todavía les hace caso. "No te lo juro por el templo", pero ellos no tenían la intención de cumplir su palabra. De hecho, ellos dejaron a Dios fuera de la ecuación, fuera del juramento: "No te metes en rojo con Dios. No, por el templo te lo juro, por el cielo te lo juro, por la tierra te lo juro, por mi casa, por mi mamacita te lo juro."

Ellos desarrollaron otra capa de juramentos que no tenían la intención de cumplir, sino que juraban por algo menos que Dios, precisamente porque tenían pensado incumplir ese juramento. Lo que Santiago está diciendo aquí es: no juren por nada menos que Dios, porque al final lo que ustedes quieren es engañar al otro. Eso es lo que ustedes están buscando: engañar al otro. Y eso es lo que Santiago está tratando de evitar en la comunidad de los creyentes: que tengamos una manera de hablar que promueva, o que tenga detrás, la falsedad, el engaño, ser capcioso, ser resbaloso, ser de doble sentir, de doble ánimo. Te digo una cosa, pero estoy pensando otra. No me vengan con esos juramentos de que por el cielo ni por la tierra.

Así como lo dice Jesús en un pasaje muy parecido al de Santiago, Mateo 5:33-37: "También habéis oído que se dijo a los antepasados: no jurarás falsamente, sino que cumplirás tus juramentos al Señor. Pero yo os digo: no juréis de ninguna manera, ni por el cielo, porque es el trono de Dios, ni por la tierra, porque es el estrado de sus pies, ni por Jerusalén, porque es la ciudad del gran Rey. Ni jurarás por tu cabeza, porque no puedes hacer blanco ni negro un solo cabello. Antes bien, vuestro hablar sea: sí, sí; o no, no; y lo que es más de esto, procede del mal."

Una vez más, si ustedes ponen los dos versículos —el de Santiago y el de Jesús— uno al lado de otro, tienen grandes similitudes. Jesús dice aquí: no juren con esta práctica capciosa y engañosa por el cielo, por el templo, por mi cabeza, por mí mismo, cuando al final no tienen la intención de cumplir. Porque no quiere que sean falsos. Quiere que cuando tú digas un sí, sea sí; cuando sea no, sea no. Todo lo que añades procede del mal.

Y yo me pregunto si ustedes no ven a veces en nosotros esto. Nos comprometemos a pagar algo, pero sucede que lo que nos comprometimos a pagar sube de precio en las semanas que vienen. Ya me veo tentado a decirle a mi vendedor: "Mira, fulano, yo sé que hablamos que era tanto, pero tú sabes que el precio de eso ha subido, ha bajado; entonces yo quiero negociar." Y ahí va su palabra. Que vuestro sí sea sí, que vuestro no sea no. Nosotros somos especialistas en buscar cláusulas.

Le prometemos a nuestra esposa algo —ponga usted, llene el blanco con lo que le parezca—, y luego le decimos: "Mira, fulano, pero no vamos a hacer tal cosa." "Sí, bueno, yo te dije eso, pero..." Capciosos, engañosos, resbalosos a la hora de cumplir nuestra palabra, la palabra empeñada. Y vienen los peros. A veces firmamos un contrato, a veces llegamos a una transacción, y cuando el otro nos exige, nos pide algo, decimos: "Sí, bueno, pero lo que pasa es..." Cambiamos nuestra palabra, cambiamos nuestra decisión. Somos falsos, engañosos, faltos de veracidad.

Y eso es lo que Santiago está tratando de evitar. La Palabra de Dios en relación con la mentira, hermanos, es altamente sensible con este tema. Hay un pasaje que a mí siempre me ha llamado la atención, que está en Proverbios 6, donde el proverbista, el sabio, dice lo siguiente: "Seis cosas hay que odia el Señor, y siete son abominación para Él: ojos soberbios, lengua mentirosa, manos que derraman sangre inocente, un corazón que maquina planes perversos, pies que corren rápidamente hacia el mal, un testigo falso que dice mentiras, y el que siembra discordia entre hermanos."

Aunque no voy a analizar en detalles ese pasaje, en la lista de siete cosas que son de especial desagrado para Dios —a Dios le desagrada todo pecado, todo pecado—, por alguna razón esta lista está en la Palabra. Y de esas siete cosas que son de especial y particular desagrado, dos están directamente relacionadas con la mentira: lengua mentirosa, y un testigo falso que dice mentiras. Y hay una tercera que muchos han relacionado con la mentira, que es el que siembra discordia entre hermanos, porque probablemente quien siembra la discordia lo hace con mentiras, con chismes y con falsedades. O sea que tres cosas de siete que a Dios le son abominación están relacionadas con la mentira, la falsedad y la intención de no ser veraces.

Este es un tema sensible para Dios y, por lo tanto, para Santiago. Este es un tema vital, porque Santiago viene hablando a lo largo de cinco capítulos sobre la vivencia cristiana, sobre la práctica cristiana que honre a Dios, sobre ser hacedores de la Palabra y no solamente oidores de la Palabra. Y si hay algo que caracteriza esta Palabra es que esta Palabra es veraz. Y si yo voy a ser un hacedor de esta Palabra, yo tengo que comenzar por ser veraz en mis compromisos, en mis promesas, en lo que yo digo, en lo que yo cuento. Aun si eso implica un costo para mí, aun si cumplir mi palabra implica un sacrificio, yo debo estar dispuesto a cumplir ese sacrificio porque la palabra ha sido empeñada, la palabra ha sido comprometida. Yo debo ser veraz.

Ninguno de nosotros lo puede ser completamente. Solo Cristo fue completamente veraz. Por eso necesitamos cada día recurrir a Él en ayuda de esas deficiencias de veracidad que nosotros tenemos, de esa tentación que constantemente tenemos de recurrir a la mentira para salvar nuestro pellejo, quedar bien, cuidar nuestra reputación, y cualquier otra cosa que nosotros queremos obtener indebidamente.

Hermanos, si hay algo que es vital, yo creo que esto es la manera de entender todo esto y su impacto en nuestra vida diaria: la confianza que yo necesito para tener buenas relaciones se va a edificar en la verdad. Si yo no soy capaz de generar confianza en mi esposa, en mis hijos, en mis empleados, en mis ovejas, no voy a tener buenas relaciones con nadie. Si yo soy un individuo al que no se le puede creer, que debe jurar antes de que alguien le crea, que debe poner una fianza, una garantía para que alguien le crea, no voy a tener buenas relaciones. Las relaciones humanas se basan en la confianza, y la confianza depende de qué tan veraz yo sea con el otro.

Cuando comprometo mi palabra, aunque sea a un niño de tres años al que le doy mi palabra, yo debo cumplirla. Aunque no cumplirla no represente mayores costos, el solo hecho de yo haberme comprometido debe llevarme a cumplir lo que yo dije. Así de sencillo. Nosotros mentimos y engañamos constantemente porque queremos salirnos con la nuestra.

Hay diferentes tipos de mentira de los que nosotros podemos hacer uso. El primero son las medias verdades. ¿Recuerdan el juramento que se hace frente a las cortes? Usted dirá la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad. Fíjense en la segunda frase: toda la verdad. Porque hay cosas que nosotros callamos intencionalmente y, por haberlas callado intencionalmente, se convierte en una falta de veracidad. Hay gente que dice: "Bueno, yo no le dije mentira." No, pero no le dijiste toda la verdad tampoco. El esconder información intencionalmente es mentir, es una falta de veracidad.

Eso no solamente lo decimos nosotros los cristianos y la Palabra de Dios; en el mundo secular, el esconder información es mentir. Recientemente hay un caso en las cortes norteamericanas de una compañía que todo el mundo conoce: Facebook. Los que hicieron una operación financiera con ellos alegan que Facebook no les dijo todo lo que tenía que decirles de la compañía. No les mintió; les ocultó información. Fíjense cómo la media verdad, el mundo secular —no el mundo cristiano, el mundo secular— la considera una falsedad, una falta de veracidad que muchas veces alguien comete porque tiene algún beneficio de retener parte de la verdad. Esa es una forma en que nosotros no somos veraces.

Otras formas son las mentiras de colores: las blancas, las grises. Oigan la contradicción que es esto: una mentira que tiene una buena intención. Decirlo es una contradicción en sí mismo. ¿Cómo una mentira, un engaño, tiene una buena intención? Es contradictorio. Pero nosotros estamos convencidos culturalmente de que hay mentiras que son mejores que una verdad. Ah, imagínate. No hay forma de que entendamos que la verdad sana puede doler al principio, pero sana. La mentira nunca puede construir.

Es como cuando yo trato de tapar literalmente una filtración de agua con cinta adhesiva —que aquí le decimos tape—: le coge una filtración de agua y la amarras con tape, y a los diez minutos va a explotar más duro. Yo no puedo tapar una filtración con una mentira; solamente estoy posponiendo el problema. Tengo que ser veraz, aunque duela. Quizás tengo que buscar el momento apropiado; quizás no estoy listo para decirla en un momento específico; quizás no conviene, quizás no es sabio. Proverbios dice que buena es la palabra dada a su tiempo. A veces es eso lo que sucede. Pues decidamos mejor decirle a esa persona: "Mira, hay algo que tengo que decirte, pero no estoy listo ahora para decirlo; te lo voy a decir." Pero no mentirle con el propósito de posponer la conversación, porque eso no construye, eso destruye. Una mentira ofende a Dios y daña al prójimo.

Otro tipo de falsedad muy recurrida es la exageración. Yo exagero las cosas, las pinto, las coloreo para que se vean mejor. Si soy un vendedor, mi producto solamente tiene virtudes: soy el primero del país, el mejor del mundo, no requiere mantenimiento, usted lo compra y de por vida le estará sirviendo satisfactoriamente. Estoy exagerando un poco. La exageración de nuestras virtudes, de las virtudes de mi iglesia, de las virtudes de un producto que yo tengo...

La exageración para quedar bien, para que el otro piense bien de mí, para quedar bien frente a los otros, para que mi reputación mejore. Exagero las cosas, las pinto. Y la exageración, ¿se acuerdan del juramento?: "la verdad, toda la verdad, y nada más que la verdad". Cuando yo exagero, eso es algo más que la verdad; le añado, le pongo. Eso es parte de nuestra falsedad.

A veces está la mentira del silencio. Esto no es esconder solamente parte de la verdad. Hay algo que yo no quiero que se sepa de mí, que yo no quiero que mi esposa sepa de mí, que mi amigo sepa de mí, que mi jefe sepa de mí, pero es algo que yo debo comunicar. Pero yo he optado por callar, pensando que el tiempo, como dicen, todo lo cura. Pero bíblicamente, el tiempo en presencia de falsedad todo lo inflama.

Es la verdad. Sea cual sea la forma como yo soy falso —diciendo medias verdades, mentiras blancas, exagerando, o callando cosas que yo debo revelar— esto no debe ser parte de mí. Ese es el mandato: que vuestro sí sea sí, y vuestro no sea no. Que cuando usted dice algo, usted está diciendo la verdad, toda la verdad, y nada más que la verdad. Ese es el mandato de Santiago, que nos manda a ser veraces.

Luego de este mandato, en la tercera parte del versículo, él pasa a la motivación para ser veraces. Fíjense lo que dice: "sed veraces para que no caigáis bajo juicio". Ya él les había dicho a los hermanos en el versículo 9 que no nos quejemos los unos a los otros, porque eso traería el juicio de Dios sobre nuestras vidas. Y nosotros los cristianos, con razón, sabemos, afirmamos y predicamos que los que están en Cristo Jesús no están condenados. Romanos 8:1: "no hay condenación para los que están en Cristo Jesús". No hay condenación eterna.

Pero hay un juicio en el tribunal de Cristo, no para condenación, pero sí para recompensas. Ya hablamos de eso la semana pasada: recompensas inmensas, grandiosas, extraordinarias, como cantábamos, cosas que ni siquiera imaginamos, nos han sido prometidas. Pero producto de nuestra falsedad, nuestro pecado, nuestra falta de integridad y santidad en esta vida, nosotros vamos a perder alguna de estas cosas.

Yo les ilustraba con el castigo que les ponemos a nuestros hijos a veces, la semana pasada. No les ponemos un castigo doloroso, pero sí un castigo en el que ellos dejan de disfrutar cosas que disfrutaban. Les quito un juguete electrónico, no vas a ver televisión, no puedes bajar al patio. Esas son las cosas que yo hago, por lo menos. Les quitamos algo bueno, y créame, eso duele. A mí me consta que duele. A veces es mejor y más efectivo hacer eso que darles una pela. No sé por qué es más efectivo, pero lo es, porque apelamos a su deseo: algo que él quiere y desea, se abstiene de eso, le duele, porque no puede disfrutar lo bueno que es tener eso.

Bueno, en este caso, como yo decía la semana pasada, nosotros tenemos una dificultad en entender este juicio en el tribunal de Cristo a los creyentes, donde vamos a ser juzgados por nuestras obras, no para salvación, pero sí para recompensas. Nos resulta abstracto, pero es abstracto no porque sea irreal; es abstracto porque no forma parte de esta realidad material, no lo palpamos. Pero es real, es absolutamente real. Hay cosas que Dios ha prometido que nos serán retenidas en función de nuestra integridad en esta tierra.

Así que quisiera que nosotros comenzáramos a incorporar cada vez más esta realidad a nuestras vidas. Yo tengo que dar cuentas. Yo no solamente quiero ser salvo, yo quiero ser premiado por mi Señor. Salvo ya fui por los méritos de Cristo, pero yo quiero que Él me premie, yo quiero que Él se agrade en mi vida, yo quiero traer complacencia al corazón de mi Señor y que Él me ponga una corona.

Pablo declara en 2 Timoteo 4:8, ya al final de su vida: "Ya estoy preparado para ser derramado como ofrenda de libación; el tiempo de mi partida ha llegado. He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe. Por lo demás, me está reservada la corona de justicia, que me dará el Señor, el Juez justo, y no solo a mí, sino también a todos los que aman su venida." Una esperanza de premio, una esperanza de recompensa por la fidelidad en esta vida. Dios es tan bueno, tan lleno de gracia, que no solamente nos salva; Él nos premia por cosas que nos ayuda a hacer.

Yo quiero desear esas cosas. Por lo tanto, este juicio —"para que no caigáis bajo juicio"— debe tener un peso en nosotros, en la medida en que no queremos perder las recompensas de nuestro Señor. Y esa es la motivación que Santiago da para ser veraces. Entonces, ya vimos la importancia, vimos el mandato, vimos ahora la motivación.

Quiero concluir con esto, que creo que resume todo lo que he querido comunicar. William Barclay, en su comentario de Mateo 5:33, que es el texto paralelo al de Santiago con Mateo, las palabras de Jesús, dice lo siguiente: "Es aquí una gran verdad eterna. La vida no puede ser dividida en compartimientos, en algunos de los cuales Dios está envuelto y otros no. No puede haber un tipo de lenguaje en la iglesia y otro tipo en la fábrica o en la oficina. No puede haber un estándar de conducta en la iglesia y otro estándar en el mundo de los negocios."

"El hecho es que Dios no necesita ser invitado a cierto departamento de nuestra vida y mantenido fuera de otros. Él está en todo lugar, a través de la vida y a través de toda actividad. Él escucha no solo las palabras que son habladas en su nombre o las que juramos en su nombre. Él escucha todas las palabras, y no puede haber tal cosa como una forma de hablar que deja a Dios fuera de la transacción. Consideraríamos todas nuestras palabras como sagradas si recordáramos que ellas han sido dadas en la presencia misma de Dios."

Y ahí está la motivación máxima para la veracidad de nuestras vidas. Quizás el otro no se entera; quizás tu hijo, tu esposa, tu jefe, tu cónyuge no se entera. Pero Dios se entera, de lo que tú dijiste, de tu incumplimiento y de tu intención de falsear. Si somos veraces, es porque vivimos en la presencia misma de Dios, y al final Él nos galardonará.

Así que ojalá ese sea el sentir de nosotros, que el estímulo principal sea al final honrar a Dios con nuestras vidas y reflejar algo que es tan central en su esencia: un Dios de verdad, un Espíritu de verdad, un Hijo que se proclamó a sí mismo como la verdad. Y sea esa nuestra práctica de vida. Vamos a orar.

Héctor Salcedo

Héctor Salcedo

Héctor Salcedo es economista de profesión y pastor de corazón. Posee una maestría en Estudios Bíblicos del Moody Bible Institute de Chicago y estudios de posgrado en Macroeconomía Aplicada. Es pastor de la Iglesia Bautista Internacional desde 2004, donde supervisa áreas administrativas y financieras, además de predicar regularmente. Está casado con Chárbela El Hage y tienen dos hijos, Elías y Daniel.